El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 25
91%

Capítulo 25

La Caleta

Daniel llegó a La Caleta antes que el sol.

No había dormido bien. De hecho, llevaba varios días sin hacerlo.

Pero el insomnio se había intensificado desde que conviniera con Sofía que sería ese sábado cuando llevarían a cabo lo que tenían pendiente.

Al amanecer, antes de que la playa se llenara de bañistas y de familias con neveras de poliespán y sombrillas de colores.

Se había sentado en la arena cerca de la orilla, con las rodillas recogidas y los brazos apoyados sobre ellas, mirando el agua ir y venir.

El Atlántico, que a esa hora se desplegaba inmenso ante él, tenía un color entre gris y azul.

Los dos castillos, San Sebastián a la izquierda y Santa Catalina a la derecha, flanqueaban la pequeña ensenada en silencio, como centinelas de la historia que han visto cosas peores que un hombre sentado en la arena antes de que salga el sol.

Decenas de barquitas de pesca se encontraban fondeadas cerca de la orilla, como siempre, moviéndose levemente con el ritmo de las olas.

De entre ellas, Daniel sabía cuál era la suya.

O, mejor dicho, la de su tío Antonio, que era quien se había hecho cargo de la embarcación y quien la usaba para salir de pesca algún que otro domingo.

Llevaba más de veinte años sin mirarla, sin acercarse a ella.

La había evitado en las pocas ocasiones en que había regresado a Cádiz durante los últimos doce años, tomando rutas que no pasaban por La Caleta o eligiendo bares que no tuvieran vistas a esa parte del mar.

Sin embargo, sabía que aquella mañana no habría ocasión de evitarla.

Esa mañana tendría que enfrentarse, por fin, a sus recuerdos.

Sofía llegó a las seis y cuarenta y cinco.

Daniel, más que oírla, la sintió a medida que ella se acercaba. Se sentó a su lado sin decir nada, como si pudiera adivinar que lo que él necesitaba en ese preciso instante era solo su muda compañía.

Estuvieron así casi cinco minutos, juntos, mirando el mar.

Luego giró su rostro hacia él.

—No tienes buena cara —dijo ella, rompiendo el silencio.

—Gracias.

—No te lo digo a modo de insulto; solo es una observación. —Hizo una pausa—. ¿Has dormido?

—Algo. Poco. —Admitió sin entusiasmo.

Sofía asintió. Le hubiera gustado poder ayudarlo, pero no se atrevió a preguntar por el motivo de su evidente nostalgia.

El agua llegaba a la orilla con el ritmo suave y constante del mar en calma.

—¿Cuál es? —preguntó Sofía.

—¿El qué?

—La barca que me comentaste la otra tarde que nos dejaría tu tío.

Daniel dirigió su mirada hacia las embarcaciones fondeadas y la buscó durante un momento. No tuvo dificultad en localizarla, a pesar de que llevaba sin verla muchos años.

—La cuarta desde la izquierda, con el casco azul marino y el nombre pintado en blanco en la popa —le indicó.

Carmen.

El nombre de su abuela.

—Es bonita.

Sofía no dijo nada más. Los minutos pasaban, pero Daniel no se movía. Ella no sabía muy bien cómo actuar, pero sí que tenían que moverse antes de que el calor apretase y, sobre todo, antes de que la playa se llenara de bañistas.

Daniel cogió un poco de arena entre los dedos y la dejó caer despacio.

—Esa barca no es de mi tío. Es mía —dijo, de repente.

—¿Tuya?

—Bueno, de mi padre. Cuando él murió, la heredé yo. Pero desde que él falta, no he sido capaz ni de entrar al agua, y mucho menos, de subirme a ella. Y ahora que ha llegado el momento, no sé si seré capaz.

Sofía le dio su tiempo para que siguiera hablando. Sentía que quería contarle algo, aunque no le estaba resultando fácil.

—¿Hace mucho que falleció?

—Veinticuatro años. Yo tenía catorce cuando se fue.

—Demasiado joven para perder a un padre.. .

—Sí, sobre todo cuando durante mucho tiempo te has sentido culpable de su marcha...

—Por un momento, la voz de Daniel se quebró, pero rápidamente se aclaró la garganta para continuar—.

Hoy, ya como adulto, veo las cosas desde otra perspectiva, y me he autoconvencido de que, quizás, su final hubiera sido el mismo, estuviera o no con él.

Sin embargo, cuando no eres más que un niño, el mundo se te cae encima al pensar que eres el responsable de la muerte de alguien tan importante en tu vida.

Supongo que la duda siempre estará ahí, pero la vida continúa.

Sofía lo miró y tuvo que contener las ganas de abrazarlo. Daniel se estaba abriendo por fin a ella y tenía la sensación de que necesitaba hablar, dejar salir aquello que lo ahogaba por dentro.

—¿Qué ocurrió?

Él bajó la cabeza y sonrió durante un instante muy breve, como si se retrotrajera a otros tiempos más agradables.

—Se llamaba José. Era pescador, igual que su padre, mi abuelo, y el padre de su padre.

Teníamos una afición en común: bucear en la bahía buscando restos de los pecios de la Carrera de Indias.

Cogíamos esa barquita y nos íbamos mar adentro en busca de tesoros .

Yo pensaba que, si encontrábamos algo gordo, nos haríamos ricos y él podría dejar su trabajo de pescador, que era muy sacrificado.

»Teníamos un equipo muy básico que él había ido comprando pieza a pieza durante años, algunos nuevos, y otros de segunda mano.

»De vez en cuando, encontrábamos alguna que otra cosilla, sobre todo, monedas. Reales de a ocho, algunas de Felipe III y alguna rareza que todavía conserva mi madre en una caja de madera que tiene en la estantería del salón.

»Habíamos previsto salir un domingo de marzo, como otro cualquiera, a buscar tesoros .

Pero ese día, mi padre me dijo que se encontraba muy cansado y que no le apetecía salir.

Sin embargo, yo insistí. Era un niño muy pesado y, después de toda la semana de colegio, le supliqué y supliqué para que fuéramos. Y al final, accedió.

»Él fue el primero en sumergirse y yo lo seguí treinta segundos después, como siempre.

»Estuvimos bajo el agua durante unos veinte minutos. Me señalaba cosas y, en principio, todo iba bien. Luego decidimos volver a la barca y yo subí primero. Él debía seguirme... pero no aparecía. No emergía por ninguna parte. Empecé a preocuparme porque sabía que no nos quedaba demasiado oxígeno.

»Me sumergí de nuevo y entonces lo vi, inerte, casi en el fondo.

»Dios, tengo esa imagen grabada a fuego en mi mente...

»Fui hasta él y lo saqué como pude, pero no tenía fuerzas para subirlo a la barca. Lo mantuve a flote a duras penas. Fueron los diez minutos más horribles de toda mi vida.

»Empecé a gritar, y una barca que pasaba por ahí reparó en nosotros.

»Pero ya era tarde...

—Oh, Daniel, lo siento muchísimo.

—Murió en mis brazos, Sofía. ¿Sabes cuántas veces me he preguntado qué hubiera pasado si yo no hubiera sido tan cabezota?

¿Si no me hubiera empecinado en que saliéramos cuando él me había dicho que no se sentía bien?

Quizás no hubiera podido evitar el infarto que se lo llevó, pero sí hubiera podido ser atendido con rapidez y todavía estaría vivo. Desde entonces, no piso una playa.

—Daniel, tú no fuiste responsable de lo que pasó. Si sufrió un infarto fulminante, el desenlace hubiera sido el mismo, aunque hubiera estado durmiendo en su cama.

—Ya... Es posible, pero... No me podía quedar aquí.

Por eso me fui en cuanto tuve la oportunidad.

Por no hablar de que mi madre ha convertido la casa en un mausoleo en su honor, y mire hacia donde mire, siempre hay algo suyo.

Ella encontró en sus pertenencias su manera de sobrellevar el duelo.

Pero para mí, no es sino un funesto recordatorio de lo que pasó aquel día.

Ese es el motivo de que me siga costando volver.

Y a pesar de todo, llevo grabadas las coordenadas de Cádiz en mi brazo para que nunca se me olvide de dónde vengo.

Sofía miró el tatuaje que ya conocía, pero que cuyos números no había conseguido identificar.

Ahora sí que tenían sentido para ella. Lo cierto era que no había muchas palabras que pudiera calmar el dolor que Daniel sentía en aquellos instantes. Solo se le ocurrió acercarse más a él para cogerlo de la mano.

Daniel la miró.

—Y ahora se supone que tengo que volver a subirme a esa misma barca y adentrarme en el mar para completar un proceso que ni entiendo, ni estoy seguro de que vaya a servir para algo. ¿Cómo lo voy a hacer?

Ella levantó la mano de Daniel y le besó el dorso, antes de volver a bajarla.

—Juntos. Siempre juntos. No tienes por qué huir si estás conmigo. Me importas demasiado para dejarte caer. Iremos a tu ritmo. Nos tomaremos el tiempo que sea necesario. Pero sé que podemos conseguirlo. Que tú puedes conseguirlo.

—No me sueltes, te lo ruego... —Había un nudo en su voz que hizo que a Sofía se le encogiera el corazón.

—Jamás.

Sofía apretó los dedos de Daniel entre los suyos para que sintiera su presencia. Su seguridad y la confianza que tenía depositada en él.

—Está bien. Terminemos con esto de una vez.

Sofía percibió el olor a madera vieja en cuanto se subió a la barca.

A pesar de ser una embarcación con muchos años a cuestas, se notaba que estaba bien mantenida.

El pequeño motor que tenía en la popa arrancó a la primera y, despacio, se fueron adentrando en el mar, donde otrora un joven Daniel salía a navegar con su padre.

Sofía llevaba la carpeta de cartón que contenía las cartas, apoyada sobre las rodillas; mientras él miraba el agua desde la borda.

Unos minutos más tarde, detuvo la pequeña embarcación en un lugar que conocía de otros tiempos.

—Aquí estará bien. No creo que sea necesario avanzar más —dijo apagando el motor. Ya era un logro haber llegado, pero no estaba dispuesto a adentrarse más.

La barca se quedó apenas quieta, meciéndose levemente en el centro de la ensenada.

Sofía abrió la carpeta donde guardaba las siete cartas de Isabel a Álvaro.

Las escritas desde La Habana y la última, la que le había rubricado desde el cuarto del hospital, en Cádiz, donde había muerto sin saber que él estaba a escasos metros.

También la carta de él a ella, la que nunca había mandado y que se había quedado sin concluir.

Fue esta última la que sacó primero y se la tendió a Daniel, quien la cogió al instante.

—¿La leo? —preguntó Daniel.

—Si quieres.

«Querida mía:

Escribo esto desde la sala de despachos sabiendo que probablemente no llegarás a leerlo antes de que yo mismo pueda decírtelo en persona. Y aun así escribo, porque llevar todos estos meses esperando sin hacer nada con las manos es una forma de locura que no me puedo permitir.

Cada mañana pregunto por los barcos que han fondeado durante la noche.

Cada tarde reviso los registros de entrada del puerto.

Los escribanos ya me conocen por el nombre y me saludan con esa mezcla de compasión y fastidio que se reserva para quien pregunta siempre lo mismo y siempre recibe la misma respuesta.

No ha llegado ningún barco de La Habana que lleve a nadie con tu nombre.

Lo que más me cuesta no es la espera en sí.

Es no saber si tú también aguardas al otro lado del océano, o si el silencio que hay entre nosotros es solo mío.

Si mis cartas llegaron. Si las leíste. Si hay alguna razón para este silencio o si simplemente el Atlántico se ha tragado todo lo que nos mandamos para guardarlo en sus oscuras profundidades.

Esta mañana me han informado de que hay un barco. Dicen que zarpó de La Habana en septiembre con viento favorable y que no hay razón para...»

—Y ahí se corta.

Daniel dobló la carta con cuidado. La sostuvo un momento sobre el agua, y luego, la soltó.

El papel flotó durante unos segundos en la superficie, hasta que el Atlántico, con la paciencia de siempre, lo fue recibiendo despacio.

Sofía soltó el lazo que mantenían unidas las de Isabel.

Al igual que Daniel, las depositó en el agua con cuidado, hasta que las recibió a todas.

—Lo que el mar se lleva, el mar lo devuelve.

Y entonces la oyeron.

Era la voz de Álvaro Montemayor. No con la intensidad del trastero o del archivo, sino de una manera más sutil y difusa.

«Isabel. Por fin te encontré.»

No supieron si fue a consecuencia de los primeros rayos de sol reflejados en el agua, o a causa de algún otro motivo inexplicable; lo cierto es que, durante unos breves segundos una tenue luz pareció brillar en el punto exacto donde las cartas de los dos amantes habían desaparecido unidas en el abismo.

Daniel miró a Sofía que permanecía a su lado, en un respetuoso silencio.

—Ahora sí están juntos —dijo ella al fin, en voz baja.

—Sí.

Luego volvió a posar sus ojos en la oscura lámina de agua, consciente del paso que acababa de dar. Solo le hacía falta dar uno más para que, quizás, su alma quedara en paz.

—Quiero entrar en el mar. Creo que también ha llegado mi momento.

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Ahora?

—Ahora.

Sofía asintió, despacio. Daniel se quitó las zapatillas y las dejó en el fondo de la barca.

Era el mismo océano en el que su padre había muerto.

El mismo en el que Álvaro Montemayor había esperado durante siglos a alguien que llegó demasiado tarde.

Puso un pie en la borda y, entonces, saltó.

El agua lo recibió con una frialdad que no esperaba y después de varios segundos sumergido, salió a la superficie con el pelo pegado a la cara y el Atlántico alrededor.

Cerró los ojos y respiró el olor a sal.

Sofía lo miraba desde la barca.

—¿Estás bien ?

Daniel se giró hacia la playa, donde se podía divisar el barrio en el que había crecido.

—Sí —dijo, sintiéndolo de verdad.

Sofía sonrió.

—Espérame que voy contigo.

Y sin dudarlo ni un segundo siquiera, se quitó también sus zapatillas, y saltó.