Capítulo 24
Alboroto
El trabajo estaba terminado. Daniel ya había avisado a Sofía de que se pasaría por el archivo a una hora más tardía, ya que poco tenía que hacer allí salvo que lo llamaran para aclarar algún punto del informe entregado el día anterior.
Lo cierto era que la funcionaria había dejado el resto de sus obligaciones aparcadas durante el último mes.
Tenía muchas cosas que gestionar para ponerse al día con todas las tareas que había dejado de lado para colaborar en el proyecto de la catalogación.
Además, todavía no había cogido sus vacaciones anuales y ya le estaba pesando los madrugones.
O quizás fuera todo lo que había experimentado en esos treinta días que, desde luego, no había sido poca cosa.
Le iría bien hacer un viaje y desconectar de todo.
Y cuando decía todo, se refería a TODO.
Daniel llegó a eso de las diez y media, y se la encontró sentada frente a su ordenador con una expresión de aburrimiento que tiraba para atrás .
—¿Y esa cara? —le preguntó nada más entrar.
—Me aburro. Después de todo lo que hemos encontrado, estas peticiones de préstamos para exposiciones temporales me resultan tediosas. O quienes me piden que busque un expediente del año de la Polca… Pero bueno, tarde o temprano tenía que volver a mi rutina.
—Al final le vas a coger más gustillo a mi trabajo que al tuyo. —Una idea fugaz cruzó por su cabeza—. No me importaría tener conmigo a una ayudante como tú.
Aquello era lo más próximo a un ofrecimiento que les permitiría continuar con su incipiente (o ya no tanto) relación.
Pero ella fue tajante en su respuesta.
—Daniel, si bien tú no quieres volver a Cádiz, yo no tengo ganas de estar cambiando de ciudad, y no digamos de país, cuando te canses de un sitio. Prefiero mantener la estabilidad en un mismo lugar. Yo no cuestiono tus motivos, así que tú no cuestiones los míos.
Zasca en toda la boca.
Sofía estaba dispuesta a transigir en algunas cosas para que su relación pudiera seguir adelante, pero no iba a ser ella quien renunciara a todo para seguirlo a él, por más sentimientos que Daniel le provocara.
Había trabajado mucho para ganarse su plaza, y no iba a renunciar a ello por un hombre al que conocía desde hacía un mes.
Estaba segura de que, si había intención, ambos podrían llegar a un punto intermedio. Pero que fuera ella quien lo diera todo para que él no cediera en nada, no estaba dispuesta. Ella no entendía las relaciones de semejante manera.
De repente, un fuerte alboroto fue corriendo por los pasillos hasta el archivo.
Se miraron sin entender qué estaba pasando, y sin necesidad de coordinarse, ambos salieron a la vez para comprobar de qué se trataba. Otros compañeros, que también habían oído el ruido, empezaron a asomar las cabezas de sus respectivas dependencias.
Fueron siguiendo el sonido del jaleo que los llevó muy cerca de donde ellos se encontraban.
La puerta del trastero estaba entreabierta.
Por un momento, el corazón de Sofía pareció detenerse.
—Pero, ¿qué…?
Aceleraron el paso y medio a empujones, fueron apartando a las pocas personas que ya se arremolinaban junto a la puerta. Aquellos eran sus dominios , y nadie les iba a impedir cruzar el umbral.
Al entrar, vieron a Manu, el técnico de mantenimiento, con los brazos cruzados y una expresión que Sofía no le había visto nunca. Respiraba con dificultad. La camisa, con varios botones fuera de sitio, le colgaba abierta sobre el pecho.
Dentro del trastero había otro hombre.
Bernardo Castro tenía un cincel en la mano izquierda y un martillo pequeño en la derecha, y amenazaba con ellos al bueno de Manu que era evidente que se había enfrentado a él.
Los ojos de Sofía y Daniel volaron hacia la estrella y comprobaron que había dado ya varios golpes.
La piedra ostionera alrededor de una de las puntas del símbolo tenía marcas frescas, irregulares, con ese blanco vivo de la piedra recién desgarrada que contrastaba con el color más oscuro de lo que lleva siglos expuesto al aire.
—¡Hay que destruirla! —exclamó el profesor con los ojos abiertos de par en par.
—¡Baje eso de inmediato! —le gritó Manu con firmeza—. Suelte eso ahora mismo o llamo a seguridad.
Bernardo se volvió hacia los recién llegados .
—¡Vosotros sois los únicos culpables! No tenéis ni idea de lo que estáis despertando…
Sofía lo miró y si no fuera porque lo tenía delante, le hubiera costado reconocerlo.
Allí no había rastro de su habitual amabilidad y mucho menos de su perfecta compostura.
En su mirada se leía la determinación y tuvo que dar un paso atrás cuando se dio cuenta de que Bernardo avanzaba otro hacia ella con las herramientas en la mano.
Era como si dudara a quien atacar primero: si a la estrella o a la propia Sofía.
—Manu —dijo Sofía, tratando de mantener la calma—. Llama a seguridad de inmediato. ¡Ya!
Daniel estaba detrás de Sofía. Miraba a Bernardo, pendiente de que realizara algún movimiento que pudiera resultar peligroso para cualquiera de los que estaban allí.
Con un grito de rabia, el profesor se giró con rapidez en dirección a la pared. Levantó el cincel a la altura del centro de la estrella, y antes de llegar a colocar la punta sobre la figura, tanto Daniel como Manu se le echaron encima, haciéndolo caer al suelo.
Entre los dos resultó mucho más fácil arrancarle de sus manos las herramientas, pero lo mantuvieron retenido en el piso hasta que un par de minutos después, llegó el vigilante que estaba en la puerta.
Consiguieron reducirlo completamente gracias a las esposas que este último llevaba en el cinturón, y dieron aviso a la Policía Nacional para que se personara en el lugar de los hechos.
Para cuando los agentes hicieron acto de presencia, Arturo ya estaba allí poniéndose al día de lo acontecido.
—Pasé por el pasillo y vi la puerta abierta del trastero —le estaba contando Manu—.
Pensé que Sofía estaba dentro, y como sé que había tenido problemas con el armario, quise ver si todo había quedado solucionado o si necesitaba algo más.
Entonces vi al señor Castro golpeando la pared con un cincel y un martillo.
Obviamente, le dije que se detuviera, que no podía hacer eso.
Pero empezó a insultarme y a decirme que tenía que hacerlo para evitar que el hechizo despertara o qué sé yo…
vamos, el hombre estaba desvariando totalmente.
Así que me acerqué para apartarlo, y se me abalanzó encima con el martillo.
Yo pensé que me iba a golpear en la cabeza.
Empezamos a forcejear, pero claro, él estaba armado, así que me aparté un poco en cuanto pude.
Fue entonces cuando llegó Sofía con el tasador…
Mientras tanto, Bernardo, esposado, balbuceaba cosas incoherentes para casi todos los presentes. Hablaba de la estrella, de lo que significaba, de los puntos que no debían activarse, de cosas que llevaban siglos guardadas y que había razones para que siguieran así.
Nadie, a excepción de Sofía y Daniel, entendió de qué estaba hablando.
Daniel les indicó a los agentes el cincel y el martillo como evidencia del daño causado a un elemento arquitectónico del edificio. Señaló las marcas en la pared, que fueron fotografiadas para que quedara reflejado en el acta.
Finalmente, la policía se llevó a Bernardo a sus dependencias para tomarle declaración y todos los curiosos allí congregados se fueron dispersando para volver a sus puestos. Arturo se quedó un momento con Daniel y Sofía en el pasillo.
—Ya no cabe duda de que el informe del doctor Castro queda descartado como referencia para cualquier decisión sobre el fondo. Será el tuyo el que utilizaremos para tomar las decisiones que correspondan.
Daniel asintió.
—Te lo agradezco.
—No, no me lo agradezcas. —Arturo miró hacia el trastero—.
Lo que acabo de ver no tiene ninguna explicación razonable.
Pero lo que sí tengo claro es que el doctor Castro ha dañado un elemento arquitectónico de un edificio público.
Y que su informe, a la vista de su comportamiento esta mañana, no puede considerarse objetivo.
Hablaremos esta semana sobre siguientes pasos a dar con el fondo.
Ya solo quedaban Sofía y Daniel. Entraron en el trastero para, con más calma, hacer una inspección rápida de los daños.
Las marcas del cincel estaban en el lateral de una de las puntas, entre el cuarto y el quinto trazo que Álvaro Montemayor había dejado con el abrecartas siglos atrás.
La piedra estaba rota en esa zona, con fragmentos pequeños en el suelo que Sofía recogió instintivamente y dejó sobre el papel de embalaje que había sobre la mesa.
La estrella seguía siendo reconocible. Completa en su esencia, aunque dañada en un punto.
—No la ha destruido —dijo Sofía con alivio.
—No. —Daniel estaba de pie a su lado, mirando el daño—. Pero lo habría hecho de no ser por Manu.
Sofía miró las marcas durante un momento.
—¿Viste la expresión de su cara? Era pánico lo que mostraba…
El manuscrito había reflejado que los guardianes tenían miedo de lo que podía ocurrir si los ecos se liberaban. Un miedo heredado durante generaciones.
Suficiente para clavar un cincel en una pared del siglo XVIII.
—Hay que llevar las cartas al mar —dijo Daniel al cabo de un momento.
Sofía lo miró—. Antes de que alguien más intente terminar lo que él no pudo.
—Las palabras de Daniel sonaron con calma, pero también, con determinación—.
La estrella ya está dañada y no sabemos si eso puede afectar en algo.
No sabemos si Bernardo va a intentarlo de nuevo o si hay alguien más que pueda hacerlo en su lugar.
Lo único que podemos controlar es aquello que depende de nosotros.
Sofía miró la marca del cincel en la piedra.
—Tienes razón. —Esperó un minuto antes de realizar la siguiente pregunta—. ¿Podrás hacerlo?
Entonces fue él quien la miró a ella. Y en ese instante supo que ella tenía derecho a saber.
Porque nadie había aprendido a leer sus miedos sin que él tuviera la necesidad de expresarlos en voz alta.
Y allí, observándolo con aquellos ojos que no le pedían nada, había una mujer de la que no quería apartarse.
De la que le iba a costar demasiado trabajo separarse.
—Si quieres, esta tarde me paso por tu casa y acordamos la manera de llevarlo a cabo, ¿te parece? —sugirió él.
Sofía asintió.
Y en el trastero, con la estrella dañada presidiendo la pared de piedra ostionera, el silencio que siguió guardaba la certeza de las decisiones tomadas y la seguridad de su conveniencia.