Capítulo 23 #2
—El análisis de procedencia está en el anexo tres. Página diecisiete, para ser exactos. Allí se encuentran referencias cruzadas con los registros de la Casa de Contratación que encontramos en el fondo.
Bernardo parpadeó levemente .
—¿Registros de la Casa de Contratación?
—Material sin catalogar. Llevaba décadas en el depósito. —Daniel abrió el portátil con naturalidad, mostrándose falsamente paciente—. Si tienes preguntas técnicas concretas, estaré disponible cuando el informe sea público.
Bernardo sostuvo la sonrisa durante unos segundos más. Luego la dejó caer, sabedor de que no iba a obtener ninguna información procedente de aquel tasador con ínfulas de gran entendido.
—Comprendo. —Cogió la carpeta y dio un par de golpes con ella sobre la mesa—. Bueno. Ya hablaremos.
Se volvió hacia la puerta.
Y entonces se detuvo. Bajó los párpados como si meditara si aportar algo más a la conversación. Finalmente, decidió que era mejor hacerle una advertencia a la única persona de la sala que parecía tenerle cierto grado de confianza y consideración.
—Sofía… —Su voz era baja, casi confidencial—. Hay cosas en este edificio que es mejor no remover. No todo lo que lleva tiempo guardado quiere ser encontrado.
Ella lo miró. Podría mentirle, ocultarle la verdad, pero decidió que no tenía sentido hacerlo. Teniendo en cuenta cómo se movía ese hombre por la Diputación, era cuestión de tiempo que se enterase.
—Me temo que ya las hemos removido —admitió.
La expresión del rostro de Bernardo cambió de golpe. Ya no mostraba la calma apacible que solía ser habitual en él, sino un gesto más parecido a la incredulidad.
—¿Qué habéis hecho?
Sabía que con la siguiente frase que iba a pronunciar se arriesgaba a desvelar demasiado, pero Sofía era de la opinión de que el toro era mejor pillarlo por los cuernos.
—El eco de Cádiz ha sido activado.
Y ambos, Sofía y Daniel, supieron leer el reconocimiento reflejado en los ojos del profesor.
—No entendéis la magnitud de vuestra imprudencia.
—¿Acaso usted sí? —le preguntó Daniel, que no había vuelto a pronunciar palabra hasta entonces.
No les ofreció ninguna respuesta. Se limitó a negar con la cabeza, y sin más, dio media vuelta y abandonó el archivo.
—Creo que el profesor Castro no ha tenido un buen día hoy. Primero tu informe, y luego, el tema de la estrella —comentó Sofía cuando dejó de oír sus pasos alejándose.
—Pues no. Respecto a lo primero, sigo sin fiarme de él. Todavía puede tramar algo. Y en cuanto a lo segundo...
—En cuanto a lo segundo, creo que ya no nos cabe duda de que es un descendiente del linaje de Ibrahim del que nos hablaron —dijo Sofía, en voz baja.
—Así parece.
—Y no sé por qué, eso me inquieta más de lo que me gustaría.
Daniel no respondió de inmediato. Miró hacia el pasillo por donde Bernardo había desaparecido, tratando de sacar sus propias conclusiones.
—Bueno, el informe está presentado —dijo encogiéndose de hombros—. Ya la Diputación tiene todo lo que necesita para tomar una decisión sobre el fondo. Lo que Bernardo haga a partir de ahora no está en nuestra mano.
—Y en cuanto a la estrella...
—¿Qué pasa con ella ?
—Tengo miedo de que haga algo que nos impida activarla del todo. Sé que le hemos dicho que lo hemos hecho, pero tanto tú como yo sabemos que el proceso no se ha completado.
La respiración de Daniel se volvió audible por unos segundos.
—Eso no lo sabemos...
—Fue lo que nos dijo Elena. Tenemos que llevar las cartas al mar.
El gesto del tasador volvió a mostrarse contrariado, pero al menos esta vez no se negó en rotundo.
—Es posible...
Durante un instante, se hizo el silencio en el archivo.
—Daniel... Esta noche, ¿vendrás a casa?
Él la miró. La pregunta era sencilla, como también debía ser la respuesta. Sabía que el tiempo con ella se le agotaba.
—Sí.
Sofía asintió y volvió al trabajo.
Al salir del Palacio Provincial, Bernardo no fue directamente a su despacho.
Nada más abandonar el edificio, cruzó la plaza de España con paso acelerado y la respiración agitada. Cuando llegó a su coche aparcado en Canalejas, se quedó dentro sin arrancarlo. Sacó el móvil, buscó el número y llamó.
—Han activado el eco —dijo alterado sin más preámbulo—. Sofía Navarro y el tasador. Esta mañana me lo han confirmado ellos mismos.
Al otro lado de la línea hubo un silencio breve. Cuando Aurelio respondió, su voz era exactamente lo contrario de la suya, tranquila, como si ya hubiera mantenido esa conversación antes.
—A ver, Bernardo, tranquilízate. Solo se han activado dos puntos. Los ecos llevan siglos durmiendo. Si no han despertado en todo este tiempo, no van a hacerlo ahora de un día para otro.
—Sí, pero...
—Dos de ocho —repitió Aurelio con calma.
—Yo no sé en qué situación están los demás, pero si ellos han llegado hasta aquí sin saber lo que hacían...
—Bernardo, escúchame —dijo con paciencia—. ¿Cuántas personas han pasado por ese edificio desde 1782? ¿Cuántas han tenido en sus manos esos documentos? ¿Cuántas han estado delante de esa pared?
Bernardo no respondió.
—Muchas —continuó Aurelio—. Y ninguna ha conseguido nada. Porque el momento no era el adecuado. Dos puntos activados no son ocho. No son el final de nada que tú y yo debamos temer esta noche.
—Pero el tasador sabe lo que hace y ella lleva años en ese edificio. No son como los otros y eso puede ser un problema.
—El problema lo crearás tú si procedes con precipitación. Deja que sigan su curso. Estos procesos se ralentizan solos cuando no hay quien los impulse. Haz tu trabajo, Bernardo. El nuestro es esperar y proteger. No actuar antes de tiempo.
—¿Y si ya es el momento de hacerlo?
Aurelio tardó en responder.
—Si lo es, no habrá nada que tú puedas hacer para evitarlo. Y si no lo es, cualquier cosa que hagas solo acelerará lo que quieres frenar. Buenas tardes .
La llamada se cortó.
Bernardo se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada.
Dos puntos activados.
Había oído hablar de los ocho puntos desde niño, en conversaciones que los mayores cortaban cuando él entraba en la habitación, en referencias oblicuas que había ido uniendo durante años hasta entender el patrón.
Nunca había necesitado hacer nada activo.
Solo estar atento. Solo asegurarse de que ciertas preguntas no encontraran respuesta.
Hasta ahora.
Arrancó el coche con una idea clara en su cabeza.
Había que destruir la estrella.