Capítulo 23
El informe
Esa tarde Daniel no apareció por casa de Sofía, ni siquiera para comentar la visita y las conclusiones que habían sacado por la mañana tras la reunión con Elena y Marcos.
Lo llamó un par de veces al móvil, pero siempre le saltaba el contestador, por lo que no lo intentó una tercera.
Trató de restarle importancia, repitiéndose a sí misma que no tenía por qué esperar nada de él; lo cual no era sino una manera de protegerse que, la verdad, de poco le servía.
Cuando tuvo claro que no iba a recibir ninguna respuesta de Daniel, preparó algo ligero de cena, buscó un libro para entretenerse (o al menos para intentarlo) y revisó el móvil más veces de lo que hubiera querido.
A las diez se metió en la cama, se dijo que probablemente había tenido trabajo que atender y apagó la luz.
Daniel llegó a la mañana siguiente al archivo un poco más tarde de lo que solía ser habitual en él. Apenas si le dedicó un gesto con la cabeza a modo de saludo, dejó el maletín sobre el escritorio y fue a por café sin preguntarle si ella quería uno .
No había que ser un lumbreras para darse cuenta de que algo le pasaba.
Así que cuando volvió con los dos vasos, Sofía trató de hablar con él, pero con cierta delicadeza.
—Ayer no viniste. Me extrañó que no lo hicieras.
—No —le dijo sin ningún énfasis—. Me quedé trabajando en el apartamento.
Ella asintió. Le costaba mucho entender esa especie de contención que mostraba después de todo lo que habían averiguado el día anterior. Su intuición le decía que debía andar con pies de plomo.
—¿En el informe de la tasación?
—Sí.
Sofía cogió el vaso que él le había entregado con su café.
—Ya veo. Creía que te quedaba una semana más.
—He decidido adelantar el trabajo. —Daniel se sentó y abrió el portátil—. Quiero presentarlo hoy mismo.
Aquello sí que atrajo poderosamente la atención de la joven que a punto estuvo de atragantarse con la bebida.
—¿Hoy?
—A final de la mañana, si Arturo tiene un hueco para recibirme.
—Él miraba la pantalla de su ordenador—.
Ya te comenté que debo realizar otras tasaciones en diferentes localidades.
Tengo una empresa que gestionar. No puedo permitirme perder otras oportunidades por dedicarle más tiempo del necesario a un encargo.
Lo dijo con tanta frialdad que, si no hubiera sido porque lo tenía delante, hubiera dudado de que fuera el mismo hombre con el que había compartido mucho más que simple trabajo durante los últimos días.
Luego miró la pantalla del portátil de Daniel, donde había un documento abierto que parecía estar bastante avanzado.
—¿Cuándo lo terminaste? —preguntó.
—Anoche.
—¿A qué hora?
—Tarde.
Sofía asintió despacio. Sabía que no debía preguntar, pero...
¡Demonios! ¡Claro que tenía que preguntar!
Habían pasado el fin de semana metidos en la cama.
Y ahora parecía que tenía a un témpano de hielo enfrente y no a un hombre que había demostrado ser más ardiente de lo que ella hubiera imaginado.
No esperaba que le jurase amor eterno o que le dijera que nunca jamás se marcharía de su lado, pero tampoco estaría de más un poquito de consideración hacia ella.
—Daniel.
—¿Sí?
—¿Esta urgencia repentina es por trabajo o por otra cosa?
Él no respondió de inmediato. Siguió mirando la pantalla como si meditara la respuesta.
—Por trabajo —dijo sin más.
—No te creo.
Por fin, desvió la vista del dichoso ordenador y posó sus ojos en ella.
—Desde que Elena dijo lo de devolver las cartas al mar, te has comportado de forma diferente. —En el tono de Sofía no había reproche, sino la constatación de una certeza—. Y no me lo niegues... De repente te has vuelto más distante.
Daniel cerró el portátil a medias .
—Sofía.
—A ver, no te estoy pidiendo que me cuentes nada que no quieras. —Lo miró a los ojos de manera directa—. Pero tampoco quiero que me mientas. Prefiero que me digas, « si, ocurre algo, pero no me apetece contártelo o no te tengo la suficiente confianza para hacerlo», a que me tomes por tonta.
Daniel agachó la cabeza como si cargara con el peso del universo sobre sus hombros.
—Los dos sabemos que no puedo seguir aquí indefinidamente —dijo en voz baja—. Eso ya lo sabías.
—Nadie te ha pedido que lo hagas. Al menos, yo no.
—Lo sé. Pero hay una diferencia entre irse cuando toca o hacerlo antes de que algo se complique más de lo que ya está.
—Perdona que te lo diga tal cual, pero eso me suena a cobardía.
Daniel no respondió. Abrió el portátil de nuevo y volvió al informe, dejando que ella sacara las conclusiones que quisiera.
Sofía lo miró, sin comprender el motivo de su distanciamiento.
Pero si eso era lo que quería, eso tendría.
Así que dio media vuelta, se fue a su extremo de la mesa, y cogió los últimos legajos que estaban pendientes de revisar y que dudaba mucho que fueran a ser incluidos en el documento final.
Poco tiempo después, Daniel llamó al despacho del jefe de gabinete para solicitar una reunión para ese mismo día.
Cuando le confirmaron que podría recibirlo a final de la mañana, se lo comunicó a Sofía con la misma frialdad que había mostrado desde que llegara, y se afanó en terminar de organizar las carpetas que habría de presentarle, tanto en papel como en digital.
Arturo lo recibió con la cordialidad de siempre, pero nada más entrar, los ojos de Daniel volaron a la copia del informe de Bernardo que todavía permanecía en una esquina de la mesa.
Tuvo que admitir que le dio rabia ver el documento ahí, aún presente, pero supo mantener su actitud profesional e hizo como si ni siquiera lo hubiera visto.
Sabía que lo que llevaba entre sus manos sí estaba bien fundamentado, así que fue directo al grano.
—Buenos días, Arturo. Ante todo, te agradezco que hayas sacado un momento para recibirme a pesar de haber avisado con tan poca antelación.
Como sabes, el plazo para terminar con mi tarea está a punto de finalizar y quería presentarte con tiempo mis conclusiones por si tuvieras cualquier duda que quieras que revisemos antes de embarcarme en otro proyecto.
—Te lo agradezco, Daniel. No todos los profesionales son capaces de terminar con su trabajo en tiempo y forma.
El tasador se limitó a asentir y le entregó la documentación que llevaba impresa en papel.
—Voy a demostrarte, punto por punto, por qué el informe del doctor Castro no puede tomarse como referencia válida para evaluar este fondo.
Así lo hizo durante los cuarenta minutos siguientes, sin levantar la voz, sin perder el tono profesional en ningún momento.
Abrió las fichas de catalogación de las piezas que Bernardo había infravalorado: las de cerámica de Talavera poblana con fotografías de detalle, las dimensiones exactas y las marcas de identificación que solo podían verse con inspección directa.
Le mostró los manifiestos de carga con los sellos de la Casa de Contratación que Bernardo había clasificado como material de interés medio.
Le presentó el libro de cuentas de Álvaro Montemayor con su datación precisa y la comparativa de valores de mercado para piezas equivalentes.
Luego abrió el informe de Bernardo por la página de conclusiones y lo puso en paralelo con el suyo.
—El doctor Castro valora estas piezas sin haberlas visto.
Sus referencias bibliográficas corresponden a materiales del período, pero no a estas piezas específicas.
Eso es metodológicamente indefendible. —Se detuvo un instante—.
Sin embargo, mi informe está basado en inspección directa de cada pieza, en documentación cruzada con fuentes primarias del archivo, y en comparativas de mercado actualizadas.
Es el trabajo para el que me contrató la Diputación.
El jefe de gabinete revisó los documentos en silencio durante un momento.
—¿Estás diciendo que el informe del doctor Castro es incorrecto?
—Estoy diciendo que es indemostrable, mientras que el mío, es verificable en cada punto. Hay una diferencia. Si la Diputación quiere una segunda opinión externa, por supuesto está en su derecho y la acepto completamente. Pero que sea de alguien que de verdad haya visto el material.
Arturo asintió, consciente de que aquel era un argumento que no se podía rebatir fácilmente.
—Te haré saber nuestra decisión en los próximos días.
—Te lo agradezco. —Daniel recogió los papeles—. El fondo que hay en ese archivo vale significativamente más de lo que cualquier catalogación anterior ha indicado. Eso es lo que dice mi informe. Y creo que es lo que le conviene saber a esta institución.
Bernardo Castro no tardó en enterarse del contenido del informe elaborado por Daniel con tanta meticulosidad y detalle.
Sofía ignoraba cómo lo había sabido, si a través de Arturo o de alguno de los canales discretos que evidentemente tenía en la Diputación, pero cuando Daniel apareció en el archivo, Bernardo ya estaba dentro esperándolo. De pie, con su carpeta, y esa sonrisa amable que Sofía había aprendido a leer.
—Hola, Daniel, me alegra verte —lo saludó el profesor cuando lo vio entrar—. Me han comentado que hoy has presentado el informe final.
«Vaya si las noticias vuelan en estos pasillos... Y eso que media plantilla está de vacaciones», pensó Daniel.
—Así es. —Dejó el portátil sobre la mesa sin devolverle el saludo—. ¿Necesitas algo?
El hombre abrió los brazos sin más.
—No, por favor... Solo he venido porque quería felicitarte. Has realizado un trabajo rápido teniendo en cuenta la complejidad del fondo. —Sus ojos se posaron en Sofía—. Aunque me consta que has tenido una gran ayuda.
La funcionaria le sostuvo la mirada sin responder.
—Mi informe habla por sí solo —acotó Daniel—. Puedes leerlo cuando esté disponible.
—Lo haré, por supuesto... —Bernardo asintió—. Aunque mucho me temo que habrá algunos puntos metodológicos con los que no esté de acuerdo. La valoración de las piezas de cerámica, por poner un ejemplo. Sin un análisis de procedencia completo...
Daniel lo cortó de manera tajante.