El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Elena lo miró consciente de que cualquier nuevo punto de vista era más que bienvenido.

—Claro.

—Por lo que he podido oír hasta ahora, creo que el eco de Cádiz está ligado al agua.

Está claro que se ha activado, pero falta algo para que esté completo.

A Álvaro e Isabel los separaba el Atlántico.

Ella cruzó ese océano para llegar hasta él, pero murió antes de que pudieran verse.

Lo que el agua separó nunca pudo resolverse, porque ninguno de los dos supo que el otro estaba a su alcance.

Elena meditó sobre aquella posibilidad.

—Podría tener sentido. ¿Y qué propones que hagamos?

—No lo sé; no soy yo el experto en patrimonio ni andalusí, ni colonial, ni nada de eso…

—Virreinal —le corrigió Daniel sin poder evitarlo.

—¿Cómo?

—No importa, disculpa; se trata de una deformación profesional —se excusó el tasador—. Continúa, por favor.

—Lo que iba a decir es que creo que, para cerrar el proceso, tenemos que cerrar el vínculo que quedó inconcluso entre los dos. Para eso, lo lógico sería devolver al agua lo que el agua impidió que llegara. Es la manera de unir a estas dos almas que no llegaron a encontrarse.

—¿Y cómo lo haríamos? No tengo ni idea dónde están enterrados, si a eso te refieres —comentó Sofía que no veía manera de unirlos de ningún modo.

—Pero sí tenemos sus cartas. La de los dos.

Por un momento, se hizo el silencio en el archivo.

—¿Me estás diciendo que tiremos las cartas al mar? —preguntó Daniel, incrédulo—. Eso significaría perder un patrimonio documental del siglo XVIII que ha llegado hasta nuestros días .

—Pero que no nos pertenece a nosotros, sino a ellos. Solo a ellos. ¿Tú qué opinas? —preguntó Marcos a Elena, que seguía meditando sobre todo aquello.

—Las cartas son exactamente lo que el eco necesita —dijo al cabo de un momento—.

Son lo que no pudo cruzar el obstáculo. Lo que el agua separó.

—Miró a Sofía—. En el caso de Álvaro e Isabel, eso son las cartas.

Coincido con Marcos: hay que llevarlas al mar.

Al mismo mar que estuvo entre ellos. Y debéis hacerlo vosotros.

Sofía miró a Daniel.

—¿Por qué nosotros? —preguntó este último, que repentinamente, se había puesto pálido—. ¿Por qué no Sofía? ¿O incluso Marcos y tú, que tenéis más experiencia ?

—Porque solo vosotros dos sois capaces de sentir el eco. Marcos y yo representamos el primer eco; vosotros, el segundo.

Sofía pensó en eso durante un momento.

—¿Y dónde? —preguntó.

—En La Caleta —dijo Daniel, con la mirada perdida.

Sofía lo miró.

—¿Cómo sabes que debe ser allí?

—Porque en una de las cartas se dice lo que el mar se lleva, el mar lo devuelve . Y La Caleta es la playa más antigua de Cádiz, la que lleva más tiempo siendo el punto donde el mar y la ciudad se encuentran.

Sofía no podía apartar los ojos de Daniel. Tenía la mirada perdida, como si estuviera procesando algo que le afectaba de una manera que ella desconocía.

—De acuerdo —afirmó Sofía ante el mutismo de su compañero—. ¿Cuándo hay que hacerlo?

—Depende de vosotros, claro está —contestó Elena—.

Pero mi consejo es que no lo demoréis demasiado.

Los ecos se vuelven más intensos cuanto más cerca están de completarse.

Aunque ahora la voz se muestra calmada, es posible que se vuelva más intensa y frecuente, más urgente, si llega a la conclusión de que sabéis lo que hay que hacer, pero no actuáis.

—Miró a los dos—. No es peligroso en sí mismo, pero puede ser agotador.

Salieron juntos de la Diputación cuando ya apenas quedaba nadie en el edificio. Las horas habían volado y ninguno de los cuatros se habían dado cuenta de la hora que era hasta que llegó el momento de despedirse.

En la plaza, antes de separarse, Elena se quedó un momento con Sofía mientras Daniel y Marcos hablaban unos pasos más atrás.

—¿Estás bien? —preguntó Elena.

Sofía la miró.

—Sí. Es mucho para procesar de golpe, pero te agradezco que me hayas ofrecido algunas respuestas.

—Lo sé. —Elena hizo una pausa—. Me da la impresión de que a Daniel no le ha hecho mucha gracia la idea de lanzar las misivas al mar, ¿no te parece?

Sé que no tenemos la certeza absoluta de que esto pueda salir bien, y que él, como profesional, no le agrade deshacerse de las cartas personales de Álvaro y Sofía.

—No te preocupes. Luego hablaré con él a ver si consigo que se tranquilice.

—Ya. Solo puedo decirte que los ecos no eligen a las personas por casualidad. Y si Daniel está aquí, escuchando lo que escucha, es porque hay algo en él que es especial, aunque todavía no lo sepa.

Sofía miró a Daniel que continuaba hablando con Marcos.

—Gracias por todo, Elena —dijo al fin—. Esta tarde te haré llegar una copia de las cartas a tu correo para que las puedas revisar con tranquilidad. Si se te ocurre algo nuevo, no dudes en decírmelo.

—Por supuesto. Y gracias a ti por permitirme formar parte del proceso. Ojalá pudiera ayudarte más, pero solo tenemos estos dos ecos de momento. Supongo que iremos aprendiendo de ellos a medida que vayan apareciendo los restantes... suponiendo que lo hagan.

—Esperemos que sí.