El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—En efecto. Pues bien, a medida que iba descubriendo la estrella, nos dimos cuenta de que el manuscrito empezó a escribirse por sí solo.

Marcos puede dar fe de ello. No te lo diría si no hubiéramos visto con nuestros propios ojos cómo las letras iban apareciendo sobre el papel de buenas a primeras.

Entonces contactamos con una amiga mía que es arabista, Clara, que fue la encargada de ir traduciendo todas las páginas a medida que fueron surgiendo.

Pero cuando destapamos por completo la estrella y el eco respondió en su totalidad, la escritura se detuvo.

Hasta el día en que me llamaste. Ese día, al revisar el manuscrito, me encontré con una nueva página que fue la que te mandé por correo .

—¿Y qué decían las otras?

—Empezaron siendo textos breves que a lo largo de los días se fueron extendiendo.

Básicamente, nos contaba la historia de Yusuf ibn Nasir, que era la presencia que vivía en mi casa, y de una especie de hechicera llamada Layla al-Khatiba.

Es ella la que se encarga de escribir el manuscrito, pero solo cuando lo considera oportuno.

Ahí nosotros no podemos interferir. Hemos traído una copia del contenido del libro, por si queréis echarle un vistazo.

—Nos gustaría mucho, la verdad. Gracias por haber reparado en eso. ¿Y qué más contaba Layla?

—Hacía referencia a otra cuestión que también debéis tener presente. Resulta que no somos los únicos. Hay otros seis ecos que todavía están pendientes de despertar.

De nuevo, aquello atrajo la atención de Daniel y Sofía.

Seis más dos, ocho. Aquellos debían ser los ocho puntos.

—¿Dónde? —preguntó ella.

—No lo sabemos. Según se indica, es el propio manuscrito el que conoce su ubicación y el que los irá revelando cuando estén listos para ser encontrados.

—¿Y cómo lo revela?

—Parece ser, a la vista de vuestra experiencia, que cuando un eco se activa, una nueva página aparece.

—Has mencionado varias veces la palabra eco. ¿A qué te refieres exactamente? —quiso saber Daniel.

—Tienes razón. Discúlpame. Es un término que ya he interiorizado, pero no os he dicho de qué se trata.

Os lo voy a explicar tal y como me lo expusieron a mí.

Según me contó mi amiga Clara, en la magia andalusí del siglo XV, la estrella de ocho puntas funcionaba como un sello.

Es decir, una especie de punto de anclaje entre el mundo visible y lo que los textos antiguos llamaban el eco .

Sería algo así como un rastro intangible que permanece cuando algo importante ha ocurrido en un determinado lugar, pero que está pendiente de que se resuelva del todo. No sé si me seguís.

—Más o menos. Pero vayamos a lo importante.

Una vez que ese eco se activa, que parece suceder cuando la estrella responde por así decirlo, ¿qué ocurre?

¿Qué se supone que tiene que pasar a partir de ahora?

—quiso saber Sofía—. Porque nosotros seguimos escuchando la voz del comerciante, aunque es cierto que mucho menos que antes, como si quisiera que no nos olvidásemos de que sigue estando ahí.

No deja de repetir la misma frase: «lo que el mar se lleva, el mar lo devuelve. »

—¿La voz sigue presente?

—Sí.

Elena y Marcos se miraron un momento.

—Cuando nuestro eco se activó por completo, la figura de Yusuf dejó de aparecer.

Es cierto que quedan reminiscencias que continúan presentes, como el sonido de una guitarra que nos acompaña desde el primer momento en que pisé la casa y que nos recuerda de alguna manera que sigue despierto.

Pero a él no lo hemos vuelto a ver ni sentir.

—¿Y eso que significa? —preguntó esta vez Daniel.

Elena soltó una bocanada de aire y movió la cabeza de lado a lado.

—No estoy segura al cien por cien. Supongo que quiere dar a entender que el eco, si bien ha despertado, no se ha activado del todo por alguna razón. Tenéis que conseguir que el proceso concluya.

Sofía y Daniel se miraron.

—¿Cómo?

—No lo sé. Pero estoy segura de que se trata de algo que debe de estar muy relacionado con ellos. Me habéis comentado que tenéis algunas cartas, ¿no? La información que contengan podría ayudar.

Fue Daniel quien tomó la palabra.

—Como te ha dicho antes Sofía, sabemos que él se llamaba Álvaro Montemayor y que era un comerciante del siglo XVIII que gestionaba sus negocios a través de este edificio, que era la antigua aduana.

—Y ella, Isabel Alcántara, de Nueva España —continuó Sofía—.

Llevamos semanas revisando sus documentos, que van desde registros públicos de mercancías a las cartas personales de las que te he hablado.

Estas últimas son sobre todo de ella. De Álvaro solo hemos encontrado una que dejó a medias.

Ha sido a través de esos escritos que supimos que Isabel murió de fiebre cinco días después de llegar al puerto y que, a pesar de que coincidieron en la misma ciudad, creemos que no llegaron a reencontrarse.

Elena volvió a intercambiar una mirada con su pareja.

—Eso lo explica todo —dijo él, en voz baja.

—¿Qué explica? —preguntó Sofía.

—La intensidad del eco —dijo Elena—. Cuanto más cerca estuvieron y menos pudieron completar lo que tenían pendiente, más fuerte es el rastro que queda.

Si como dices, Álvaro e Isabel estuvieron en la misma ciudad durante cinco días sin saberlo, eso dejó una marca muy profunda en dos personas que estaban destinadas a estar juntas.

—Tamborileó los dedos sobre la mesa, pensando en el siguiente paso a dar—.

¿Tenéis las cartas para que la revisemos entre todos?

—Aquí no —contestó Sofía—. Están en mi casa porque no nos sentíamos seguros de dejarlas en el palacio.

—¿Por qué? ¿Acaso habéis tenido algún problema?

—Verás, hay un hombre —empezó a explicarle—, un profesor de la Universidad de Cádiz que es especialista en historia económica del comercio atlántico y que lleva años interfiriendo en los trabajos externos que pasan por este archivo.

Siempre hace lo mismo, redactando informes que infravaloran el material, o haciendo sugerencias que llegan al jefe de gabinete antes de que los responsables de los trabajos hayan tenido la oportunidad de redactar sus conclusiones.

Desde que empezamos a investigar en el trastero, su interferencia ha aumentado.

Sobre todo, a Daniel le escama que tenga tanto interés en meter las narices en lo que hacemos.

Marcos soltó un bufido que atrajo la atención de la otra pareja.

—Me suena de algo… No se apellidará Salvatierra por casualidad, ¿no?

—Su nombre es Bernardo Castro. ¿Por qué lo dices?

—Porque todavía hay un asunto más que contar —explicó Elena.

Abrió la carpeta y sacó una nueva hoja que dejó sobre la mesa. La giró para que Sofía y Daniel pudieran verla.

Era un árbol genealógico que apenas estaba empezando a dibujarse. El él se distinguían ocho ramas y solo dos tenía nombre: la que daba inicio a la estirpe y otro más en un nivel inferior.

—¿Os suena el nombre de Ibrahim? —preguntó Elena.

—Para nada —contestó Sofía.

—En Triana tuvimos un problema similar al vuestro.

Hubo alguien que llevaba años asegurándose de que nadie prestara demasiada atención a ciertas cosas, en ciertos lugares.

Un hombre llamado Aurelio Salvatierra. —Elena señaló una rama del árbol—.

Aurelio pertenece a una red de familias que llevan generaciones protegiendo los ocho puntos.

No como guardianes positivos, sino como custodios de la idea de que lo que está guardado debe permanecer oculto.

—« Guardianes de un miedo que también es legítimo.» — Daniel recitó la traducción del texto con precisión .

—Exacto. No es que sean malvados tipo películas.

Tienen miedo de lo que puede ocurrir si los ecos se liberan.

Un temor heredado desde antiguo sin que la mayoría de ellos sepa exactamente el por qué.

—Volvió al árbol y recorrió una línea todavía en blanco con el dedo—.

No puedo confirmarlo sin más, pero con el patrón que describes, la interferencia sistemática y discreta...

Bernardo Castro cumple con el patrón que vimos en Triana.

Sofía observó el árbol genealógico.

—Yo creo que Bernardo desconoce realmente lo que hay detrás del armario. Quizás lo intuye, pero dudo mucho que lo sepa porque ese mueble no se ha movido durante décadas —expuso Sofía, en voz baja.

—Es probable que así sea —dijo Elena—. Los que estaban más cerca del origen del linaje de Ibrahim sí que lo sabían, pero a medida que han ido pasando las sucesivas generaciones, solo saben que hay algo que deben proteger. Cumplen sin entender del todo qué hay detrás.

Eran tantas las cuestiones abiertas, que Sofía no sabía ni por donde continuar. Demasiada información que procesar y que le dejaba la sensación de que algo importante se le escapaba.

—Sea como fuere, seguimos sin saber cómo actuar. ¿Qué pasa ahora con Álvaro e Isabel?

Elena suspiró, y en esta ocasión, no pudo darle una solución clara.

—Por desgracia, no tengo aun respuesta para todo.

Ten en cuenta que, de momento y que sepamos, solo hay dos ecos activados: el de Triana y este de Cádiz.

Si os soy sincera, ni siquiera sé si algún día veré completo el círculo de los ocho puntos; no sabemos ni dónde ni cuándo despertará el siguiente.

—¿Puedo dar mi opinión? —Intervino Marcos que hasta entonces se había mantenido en un discreto segundo plano.