Capítulo 22
La visita
Por fin llegó el día que ambos esperaban con ansia. Ninguno se retrasó. A las siete y media, hora en que los ordenanzas abrían las puertas de la institución, ya estaban los dos en la verja de entrada esperando para ponerse manos a la obra.
Habían llegado por separado, a pesar de que habían pasado casi todo el fin de semana juntos.
E increíblemente, el tema central de sus conversaciones no había girado en torno al trabajo, sino a ellos mismos.
Sofía le había hablado de los años en Sevilla, que eran la mayoría; de su infancia, su juventud, de cómo se había adaptado al cambio de ciudad y, sobre todo, al hecho de que le resultaría muy difícil volver a acostumbrarse al calor asfixiante de su tierra natal en pleno verano.
Era fácil habituarse a las temperaturas mucho más suaves de la Tacita de Plata, tanto en invierno como en verano, y eso era algo que no tenía precio.
Por su parte, Daniel fue menos explícito que ella, pero sí que le contó sobre su madre, Concha, una profesora jubilada con una vitalidad envidiable, y sus experiencias vividas en otras ciudades, sobre todo en el extranjero.
Parecía reacio a hablar de su infancia en Cádiz.
Y, a pesar de que a Sofía le hubiera gustado saber más de cómo había crecido, se dio cuenta de que él pasaba de puntillas sobre el tema cada vez que lo intentaba.
Finalmente, dejó de insistir. Sabiendo que su tiempo juntos iba llegando a su fin —calculaba que en una semana o dos a lo sumo el encargo estuviera terminado—, no iba a malgastarlo exponiéndose a situaciones incómodas que molestasen a los dos.
Le habían dicho a Elena que a partir de las ocho podían ir cuando quisieran; que ellos estarían allí esperándolos.
Y que, cuando estuvieran en la puerta, le mandara un mensaje al móvil para salir a buscarlos.
No es que el acceso a la Diputación estuviera vetado a personas ajenas a la entidad, ni mucho menos (al fin y al cabo, no dejaba de ser un edificio público), pero al guardia de seguridad siempre le daba más confianza que cualquiera entrara acompañado por alguien de la casa .
Doña Pilar se había quedado teletrabajando, tal como había confirmado el jueves anterior.
Andrés trabajaba en otra parte del edificio, así que no esperaba que la visitara sin motivo, y menos después de la conversación de días atrás.
Por tanto, el pasillo que llevaba al archivo histórico estaba completamente en silencio a esas horas, teniendo en cuenta además que la mitad de la plantilla estaba de vacaciones.
—¿Tenemos alguna noticia? —preguntó Daniel mientras daban cuenta de su café matutino, preparado en esta ocasión en la máquina que Sofía tenía en la oficina.
—Elena me escribió temprano. Me ha dicho que creen que estarán aquí sobre las nueve o las nueve y media.
Daniel asintió.
—Pues nada. A esperar se ha dicho.
Elena Vidal y Marcos Reyes llegaron antes de lo previsto, cuando todavía no habían dado las nueve en el reloj.
Tal y como habían acordado, Sofía los recibió en la puerta principal que daba a la plaza de España y que a esa hora todavía permanecía tranquila.
Elena era morena. Llevaba el pelo recogido en una cola y tenía una mirada que, a través de unas gafas con montura estrecha, reflejaba la más genuina expectación.
Marcos era un hombre alto y con buena planta.
Su gesto tranquilo sugería que estaba acostumbrado a que Elena llevara la iniciativa en estas situaciones.
—Gracias por recibirnos —dijo Elena, verdaderamente entusiasmada.
—No, gracias a vosotros por venir —dijo Sofía—. Este es Daniel Vega, el tasador del que te hablé y que está trabajando con el fondo.
Se estrecharon la mano con un mutuo reconocimiento profesional.
—He visto algunas de tus publicaciones sobre patrimonio virreinal —dijo Elena—. Me gusta tu trabajo.
—Gracias.
—¿Os parece bien que entremos? —sugirió Sofía—. Supongo que estaréis deseando ver la estrella.
—Lo cierto es que sí. —afirmó Elena, sin más preámbulo.
—Ahora mismo —dijo Sofía.
El trastero estaba exactamente tal y como lo habían dejado la semana anterior, con el armario apartado de la pared y el espacio despejado para que la estrella de ocho puntas fuera visible en toda su extensión bajo la luz de la bombilla del techo.
—Pasad —dijo Sofía, echándose a un lado.
Elena entró la primera.
Se detuvo en el umbral durante un instante, con una quietud que Sofía reconoció. Era la misma que ella había sentido la primera vez que vio el símbolo al completo, cuando el mueble de madera maciza fue retirado y lo que había estado esperando ver durante meses se mostró de golpe.
Luego dio un paso hacia la pared. Despacio, con las manos a los lados, sin tocar nada todavía. Examinó el símbolo con una atención que iba más allá de lo puramente profesional.
Un profundo silencio inundó la estancia.
Marcos, desde el umbral, miraba a Elena, consciente de cómo su mente iba procesando la información que de manera visual tenía ante sus ojos.
Daniel miró a Sofía.
Sofía, a su vez, miraba a la pared.
—Bien —dijo Elena, volviéndose por fin—. Necesito contaros unas cuantas cosas. ¿Hay algún sitio donde podamos sentarnos?
El archivo era el único lugar al que podían ir, si bien se aseguraron de cerrar bien la puerta para evitar que alguien del exterior pudiera oír nada de lo que allí se iba a hablar.
Se sentaron alrededor de la mesa en que solían trabajar Sofía y Daniel cada mañana. Estos se sentaron a un lado, mientras que Elena y Marcos ocuparon el otro.
Elena sacó de su mochila una carpeta que dejó sobre la mesa. La abrió y, de su interior extrajo fotografías, algunas fotocopias de documentos, y lo que parecía ser una reproducción de varias páginas manuscritas.
—Voy a contaros lo que sé —expuso sin andarse por las ramas—. Y voy a pediros que esperéis a que termine para hacer las preguntas que os surjan, porque algunas cosas que voy a decir van a necesitar contexto para que les encontréis sentido.
Sofía y Daniel asintieron.
—De acuerdo —dijo la recién llegada.
Elena juntó las manos sobre la mesa.
—Hace unos meses, en la casa de Triana donde vivo, encontré un símbolo idéntico al que hay en esa pared.
Es un inmueble antiguo, con el típico patio andaluz, de paredes encaladas y una fuente en el centro.
Cuando heredé la propiedad, tuve claro que había que hacer reformas ya que llevaba bastantes años cerrada.
Empecé por un muro del patio que llevaba décadas tapado pero que estaba parcialmente descalichado.
Y detrás de la pared de cal, encontré un mosaico hecho con azulejos en colores azul, blanco y amarillo con la forma de una estrella de ocho puntas.
Una estrella idéntica a la que habéis encontrado en el trastero y que, en vuestro caso, está grabada en piedra.
—Hizo una pausa—. Al mismo tiempo, empecé a oír sonidos que no tenían explicación racional y a sentir una presencia que a veces se manifestaba en el sentido literal de la palabra.
No sé si vosotros habéis experimentado algo similar.
Sofía sintió un repentino escalofrío que le recorrió desde la nuca hasta la parte baja de la espalda.
—Yo llevo escuchando una voz desde el primer día que entre a trabajar aquí, hace ya ocho años —reconoció—. Les pregunté a varios de mis compañeros por si ellos la oían, pero se limitaron a mirarme con cara rara, por decirlo de manera amable. ¿Por eso me preguntaste sobre los sonidos extraños?
—Así es. Las personas que el eco encuentra no son aleatorias. Hay algo en su historia, en su situación, que las hace receptivas de una forma que otros no lo son.
Sofía no dijo nada durante un momento.
—¿Y Daniel? —preguntó al fin.
Elena lo miró, sin comprender del todo.
—Él también la ha oído —le explicó la funcionaria.
—¿Desde cuándo?
—Desde el primer día que entré al archivo —aclaró él—. Aunque al principio intenté convencerme de que debía tratarse de la acústica del edificio.
Los labios de Elena dibujaron una sonrisa.
—A Marcos también le pasó algo parecido. —El aludido asintió desde su lado de la mesa, confirmando aquellas palabras—. Los hombres suelen tardar más en aceptarlo. No porque sean menos receptivos, sino porque tienen más resistencia a reconocer que algo no tiene lógica.
—En mi defensa —dijo Daniel—, diré que la explicación racional era la más conveniente dado el contexto.
—Siempre lo es —dijo Elena—. Pero dejadme que os siga contando, y ahora volvemos al asunto de la presencia, si queréis.
Ambos asintieron, deseosos de saber cómo continuaba la historia.
—Bien. Durante el proceso que me llevó a descubrir el mosaico, por casualidad, encontré enterrado un manuscrito redactado en árabe nazarí del siglo XV. Cuando lo abrí sólo había una página escrita cuya traducción decía « La estrella recuerda».
—¿Cómo? —la interrumpió Sofía sin poder contenerse—. ¿La estrella recuerda? ¡Es la misma frase, Daniel! —exclamó dirigiéndose al tasador.
—¿La habíais oído antes?
—La vimos en una de las cartas que Isabel le dirigió a Álvaro. Es a él a quien oímos. Revisando la documentación que encontramos, descubrimos que esperaba a una mujer, Isabel, que venía del otro lado del Atlántico.
—¿Tenéis cartas? ¿Podría verlas después?
—Claro. Pero, por favor, continúa. Creo que ninguno de los cuatro nos cabe ya duda alguna de que ambas estrellas están relacionadas.