El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

La traducción

El viernes amaneció con el cielo completamente despejado, pero con una humedad en el ambiente poco habitual que provocaba un calor pegajoso en la piel.

Daniel se había despedido de Sofía cuando el día empezaba a clarear, con la intención de pasar un momento por el apartamento a darse una ducha y cambiarse de ropa.

A pesar de que durante la noche ninguno de los dos había dormido demasiado, a ambos pareció importarles poco saber que al día siguiente les quedaba una jornada más de trabajo.

Cuando Sofía llegó al archivo, encendió el equipo y revisó su correo institucional.

Allí encontró dos mensajes que carecían de importancia y que podían esperar a la siguiente semana.

Luego hizo lo mismo con su correo personal, si bien lo consultó desde el móvil, por si hubiera alguna novedad por parte de Elena.

En efecto, había un mensaje de ella enviado a las once y cuarto de la noche anterior, con el asunto: Traducción completa. Lee esto antes de que lleguemos.

El corazón de Sofía empezó a latir apresurado por la expectación.

Sin poder aguantar la espera, lo leyó antes de que Daniel llegara.

Teniendo en cuenta que la noche había resultado movidita, no tenía ni idea de a qué hora podría aparecer.

No obstante, conociendo su profesionalidad, dudaba mucho que se retrasara demasiado.

No se equivocó. Apenas quince minutos más tarde, este entró con los dos cafés de costumbre y, tras asegurarse de que no había nadie a la vista, se acercó a ella para dejarle un beso en los labios.

—Perdón por el retraso.

—No pasa nada. Pero reconozco que te estaba esperando con impaciencia.

—¿Por qué? ¿Ya me echabas de menos? —le preguntó con humor mientras soltaba los vasos sobre la mesa.

—Ha llegado la traducción.

El gesto de Daniel cambió de inmediato.

—¿Cuándo?

—Anoche, pasadas las once.

—¿La has leído?

—No he podido aguantarme. No sabía cuándo llegarías y me moría de curiosidad.

—Lógico, yo hubiera hecho lo mismo. ¿Y qué dice?

Sofía le entregó su móvil para que lo viera.

—Léela tú. Quiero ver si te produce el mismo efecto que a mí.

Daniel la miró durante un segundo, evaluando si aquello era una advertencia o una invitación. Luego se inclinó hacia la pantalla y empezó a leer .

Sofía observaba cómo sus ojos recorrían las líneas despacio, cómo se detenían en algunos puntos más tiempo que en otros, y el momento en que fruncía el ceño ante un párrafo concreto.

Cuando terminó, la miró a los ojos e hizo una mueca con la boca antes de volver a hablar.

—Dios —dijo él en voz baja.

—Sí.

El correo de Elena contenía la traducción completa que había hecho una tal Clara, la arabista de la que le había hablado y que había incluido una nota al principio. Sofía le pidió a Daniel que lo volviera a leer, esta vez en voz alta, para que los dos pudieran procesarlo juntos.

Él cogió el café, lo dejó de nuevo sobre la mesa sin beberlo, y empezó la lectura:

«Nota de la traductora: Segunda parte del mismo texto. La caligrafía es idéntica a la del fragmento anterior. He preservado la ambigüedad del original hasta donde ha sido posible, porque en árabe clásico el sujeto de un ritual puede ser simultáneamente quien lo ejecuta y quien lo recibe:

»Antes de pronunciar las palabras, guarda silencio durante el tiempo que tarda una llama en inclinarse ante el viento. Si las llamas permanecen quietas, el lugar está dispuesto. Si se agitan, espera. El ritual no puede ejecutarse sobre tierra que no ha consentido.»

Sofía pensó en el trastero. En el silencio que había llenado la sala cuando pronunció la frase « la estrella recuerda» por primera vez. En la temperatura que había subido sin ninguna fuente de calor visible.

¿Significaba eso que la tierra había consentido, tal y como indicaba el texto? No había tenido ninguna vela a mano en ese momento que lo verificase, por eso trató de sacar sus propias conclusiones.

Daniel continuó.

«Cuando el silencio sea completo, pronuncia el nombre del que ha de ser guardado. No el nombre que le dieron al nacer sino el nombre que tú le darías si fueras la primera en nombrarlo, pues ese es el nombre que el alma reconoce. Pronúncialo una sola vez. Lo que el agua lleva no necesita repetirse.»

Sofía levantó la vista.

—¿Has visto? « Lo que el agua lleva no necesita repetirse» —repitió en voz baja, haciendo que Daniel la mirase—. Por si no te acuerdas, es la misma frase que pronunció la voz cuando la estrella se iluminó.

—Sí, lo recuerdo perfectamente.

—Y ahora se repite en el manuscrito que tiene Elena en Sevilla. ¿No te parece increíble?

—Lo que me confirma es que nada de esto es casual y que hay una relación entre ambos.

Se miraron durante un momento. Daniel volvió al texto.

«Habrá quienes sepan que algo fue guardado en los ocho puntos y quieran que permanezca guardado para siempre.

No son enemigos. Son guardianes de un miedo que también es legítimo.

Tratar con ellos requiere la misma delicadeza que tratar con la llama: ni apagarla ni dejar que queme lo que no debe quemarse.

»No existe plazo para este ritual. El alma no envejece en los puntos de guarda porque el alma no conoce el tiempo de la misma forma en que lo conoce el cuerpo. Lo que sí conoce es la ausencia. Y la ausencia, acumulada durante el tiempo suficiente, se convierte en llamada.»

—La voz —dijo Sofía—. Lo que llevo oyendo desde que llegué al archivo.

—Y la llamada. —Daniel no lo dijo como una pregunta—. Álvaro lleva siglos llamando sin saber que lo está haciendo.

«Llegará un momento en que cada uno de los ocho puntos comenzará a llamar a quien pueda escucharlo, no con sonido sino con la inquietud específica de quien siente que hay algo en un lugar antes de saber qué es.

Quien escuche esa llamada y acuda habrá sido encontrado por el fragmento, no por su propia voluntad. »

Daniel dejó de leer.

—Él te encontró a ti. Por eso eres la única que la oye.

—No, ya no soy solo yo. Tú también la has oído, por lo que también has sido elegido.

Daniel volvió al correo.

—Falta la última parte.

—Sí. —Sofía cogió el café que había dejado enfriarse—. Léela.

«Esto es todo lo que necesitas saber antes de que comience. Lo que sigue no son instrucciones. Lo que sigue son las palabras.»

Sofía se abrazó el cuerpo con sus propios brazos, como si un frío repentino la atravesara.

—Yo no sé a ti —le comentó a Daniel—, pero a mí todo esto me está empezando a dar un poco de miedo. No porque la voz me vaya a hacer daño, sino por toda esta situación. Suena a algo de ultra tumba o qué sé yo.

—Uff, desde luego pone los pelos de punta. Y esto último que dice de que « lo que siguen son las palabras…», ¿a qué se referirá? —preguntó Daniel compartiendo un pensamiento en voz alta.

—No lo sé, el manuscrito desde luego no las da. Y Elena tampoco las ha incluido en el correo .

—¿Porque no las tiene o porque prefiere dárnoslas en persona?

Sofía recordó las palabras de Elena durante la llamada telefónica, en la que le había dicho que había cosas que solo podía contarle cuando viera la estrella en persona.

—Creo que las tiene, pero que hay un motivo por la que prefiere esperar.

—¿Cuál?

—No lo sé todavía. Pero confío en que cuando esté aquí, lo sabremos.

Sofía respondió el correo de Elena desde su cuenta personal, como habían acordado. Le dijo que habían leído la traducción, que tenían preguntas, y que esperaban su visita. Después de consultar el cuadrante de teletrabajo de su jefa, le preguntó si el martes le iba bien.

Esta contestó en apenas veinte minutos, dando por buena la fecha y advirtiéndole de que iría acompañada por su pareja, un tal Marcos, que también estaba al tanto de la situación.

Llegarían temprano, aunque quedaba a la espera de que le confirmase la hora para asegurarse de que no hubiera problema con el acceso al edificio.

Eso suponía que aún les quedaban cuatro días de espera. Demasiados para quienes se encontraban ansiosos de conocer más datos del manuscrito y su relación con la estrella del trastero.

—Bueno, pues solo nos queda armarnos de paciencia —le dijo a Daniel cuando todo quedó cerrado.

—No nos queda otra…

—Por cierto, hay un detalle que no hemos comentado todavía. ¿Te has dado cuenta de que el texto habla de ocho puntos?

—Sí. Pero, ¿ocho puntos de qué? —dijo Sofía, pensando en voz alta.

—No lo sé. Puede que sean fechas, coordenadas o incluso personas. No tenemos suficientes datos para saberlo.

—Coordenadas. Es decir, lugares… —Sofía miró hacia el pasillo que llevaba al trastero—. ¿Y si la estrella no fuera un símbolo, sino un mapa?

Daniel la miraba expectante.

—¿Y este es uno de ellos?

—Es posible.

Se quedaron en silencio durante unos segundos, meditando sobre unas conclusiones que no tenían ninguna certeza de que fueran correctas.

—Suponiendo que sea eso, ¿dónde están los otros siete? —preguntó Daniel.

—No tengo ni idea. Esperemos que eso sea parte de lo que venga a contarnos Elena el próximo martes.

Sin poco más que pudieran hacer por el momento, continuaron trabajando en la catalogación de los objetos virreinales que aún quedaba pendientes, con el runrún mental del documento como trasfondo.

Fue a final de la mañana cuando Sofía se dio cuenta de algo en lo que no había recaído hasta entonces.

—¿Te has dado cuenta de que desde que leímos la traducción apenas hemos vuelto a oír a Álvaro Montemayor? —le preguntó a Daniel de repente.

Él tampoco se había percatado de aquel cambio hasta que ella lo mencionó, absorto como estaba con su tarea.

—Es verdad. —Se miraron—. Solo ha hablado un par de veces, pero muy flojito. Apenas se le oye. Es como si supiera que ya conocemos parte de su historia, pero se resistiera a desaparecer del todo —dijo Daniel.

—Sí. Es como... si estuviera esperando.

—¿Esperando qué?

Sofía recordó en la última línea del texto. « Lo que sigue no son instrucciones. Lo que sigue son las palabras.»

—Las palabras.