El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Normalidad

Al día siguiente, Sofía llegó al trabajo especialmente cansada. No había dormido bien la noche anterior, no sabía si a causa de Daniel o por la conversación que había mantenido con Elena. Para colmo, la noche había sido especialmente calurosa, y eso tampoco había contribuido a un mejor descanso.

En cualquier caso, tanto la ducha que se dio al levantarse, como las horas transcurridas desde la tarde anterior, habían ayudado a ver la situación desde otra perspectiva, al menos en lo que a Daniel se refería.

Él había llegado a su vida por una situación laboral puntual, y había terminado por asumir que cuando terminase el trabajo que lo había llevado allí, es decir, en un par de semanas como mucho, se marcharía y todo volvería a la normalidad.

Lo que pudiera pasar o no durante ese escaso espacio de tiempo, que lo decidiera el destino. Ella sabía lo que quería y cómo lo quería. Y no iba a malgastar su tiempo dándole más vueltas a una situación que solo dependía de ella al cincuenta por ciento.

Cuando llegó al archivo, se lo encontró a oscuras. Signo inequívoco de que Daniel todavía no había aparecido por allí. Encendió el ordenador y cuando lo tuvo operativo, volvió a abrir el correo electrónico donde aparecía el mensaje que le había mandado Elena Vidal el día anterior.

Se lo estaba reenviando a su correo personal cuando oyó los pasos de Daniel acercándose por el pasillo. Llevaba los dos vasos de café habituales, tal y como hacía cada mañana.

—Buenos días —la saludó con un tono absolutamente neutro.

—Buenos días. —Si él podía aparentar que nada había sucedido entre ellos, Sofía no iba a ser menos.

Los dejó sobre la mesa y ella cogió el suyo como de costumbre. Pero ni se miraron siquiera. Daniel se dispuso a sacar su portátil mientras Sofía fingía estar más pendiente de su ordenador que de él. Desde luego, no era un silencio de los que se dice cómodos.

—¿Cómo te fue con la llamada a Elena? —preguntó Daniel, rompiendo por fin el mutismo que se había creado.

—Bien. Mucho mejor de lo que esperaba, aunque me dejó con ganas de saber más.

—¿Sí? ¿Por qué? ¿Qué te contó?

Sofía dejó el café sobre su escritorio y giró la silla hacia él.

—Parece ser que tiene un manuscrito antiguo con el que lleva trabajando desde hace meses. Pero agárrate que aquí viene lo mejor: por lo visto tiene la extraña particularidad de que de vez en cuando aparecen páginas nuevas que se escriben solas.

Daniel la miró, escéptico.

—Venga ya... eso es imposible.

—Es lo que me dijo... —Se encogió de hombros .

—¿Y tú te lo crees?

Sofía no pudo contener la sonrisa.

—¿Y me lo preguntas a mí, que llevo ocho años oyendo una voz que sale de las paredes y que hasta ha llegado a perseguirme a casa? Hijo mío, a estas alturas, me creo cualquier cosa.

Daniel asintió, consciente de que llevaba razón. Y no porque ella lo dijera, sino porque él mismo había vivido la misma experiencia.

—¿Y la foto que te mandó?

—Resulta que es una página de ese manuscrito.

Dice que apareció escrita el mismo día que yo la llamé por primera vez.

—Sofía giró el ordenador para que Daniel pudiera ver la pantalla—.

Me explicó que está redactada en un árabe propio del siglo XV y que tiene a alguien que se está encargando de la traducción.

Daniel se mantuvo pensativo un instante. Siglo XV. Eso era mucho antes del periodo con el que ellos estaban trabajando.

—¿Te ha dicho si finalmente podrá venir a Cádiz?

—Sí. Seguramente para la semana que viene, si puede ser. Tengo que ver cuándo teletrabaja doña Pilar para evitar que ande merodeando por aquí.

—¿Y confías en ella?

Sofía consideró la pregunta.

—No lo sé, pero no nos queda otra, Daniel. Quiero pensar que se trata de alguien de fiar, porque te repito que, por la forma en que me ha dicho algunas cosas, sabe mucho más de lo que desde luego sabemos nosotros. Si no confiamos en ella, ¿en quién lo vamos a hacer? ¿En Bernardo?

—No. Está claro que en el doctor Castro, no.

—Pues entonces, dejemos que venga y, una vez aquí, valoramos la situación y determinamos, solo tú y yo, si es digna de nuestra confianza .

A Daniel le gustó que ella tratara la situación hablando siempre en plural. Ellos dos. Poniendo sus opiniones en común y sin que nadie externo pudiera hacer mella en su, hasta ahora, buena sintonía. O bueno, con independencia de lo que pudiera acontecer en su esfera personal.

—Sofía, lo que pasó ayer, lo que te dije sobre Cádiz...

—No tienes por qué explicarme nada. Tú sabrás de tus circunstancias y yo, de las mías. En cualquier caso, tengo que respetar tus motivos, sean los que sean.

—No te estoy dando explicaciones, Sofía. Pero sigo pensando que entre nosotros hay algo que no podemos dejar a medias.

—Bueno, tengo que admitir que en eso estamos de acuerdo. Pero no creo que este sea ni el lugar ni el momento. Tú tienes un trabajo que terminar y el tiempo se nos echa encima.

—Sí. Ya han pasado casi tres semanas y todavía nos quedan legajos que revisar. Creo que deberíamos centrarnos en el material que tenemos pendiente y dejar todo lo demás fuera del horario laboral.

Sofía no sabía si se refería al trastero o a lo otro. Pero ya se tratase de cualquiera de los dos asuntos, coincidía con él en que era mejor ocuparse de ellos fuera de allí.

—Estaba pensando que esta tarde, en vez de quedarnos trabajando en la oficina, ¿qué te parece si seguimos en mi casa? —sugirió ella.

Daniel la miró.

—¿Por qué?

—Porque Bernardo puede enterarse de si estamos en el edificio y no quisiera que el material del que disponemos estuviera aquí más tiempo del necesario.

Prefiero llevarme el abrecartas, el joyero y los escritos de Isabel a casa para seguir revisándolos allí sin que nadie venga a pedirme explicaciones por hacer algo que no debo .

Daniel sopesó la situación y se dio cuenta de que estaba en lo cierto.

—Tienes razón.

—Tengo una mesa en el salón que no suelo usar más que cuando viene mi familia a visitarme. Habría espacio para los dos.

—Pues entonces, decidido.

—Y ahora pongámonos manos a la obra con lo que hay aquí, que cuanto antes terminemos, antes volveremos a lo que de verdad nos interesa.

A las dos de la tarde, dieron por terminada su jornada de trabajo. En una caja de cartón, Sofía guardó con delicadeza las cartas de Isabel junto con el abrecartas y el joyero envueltos en papel de burbujas del que se usaba para embalar.

Se dirigieron a la plaza contigua al edificio de la Diputación para coger el autobús y veinte minutos después, se bajaban en la parada que quedaba más cerca de la casa de la joven.

Nada más llegar, Sofía conectó el aire acondicionado y le señaló a Daniel la mesa. Él soltó allí el maletín del portátil mientras ella depositaba la caja con el material sacado del trastero.

—Voy a preparar algo de comer.

—No quiero darte más trabajo, Sofía. Ya bastante pringada te tengo que, desde que llegué, no has dejado de echar horas extras por mi culpa. Busquemos algún bar por aquí cerca que yo invito.

—Pero si cada vez que comemos fuera pagas tú —contestó con humor—. Nunca me dejas que vayamos a medias.

—Hombre, ¡qué menos! Y que conste que no es por machismo, sino porque me siento culpable por abusar tanto de tu tiempo.

—Anda, déjate de pamplinas. Todo esto de los legajos, la documentación, lo de la estrella...

estoy alucinada con lo que estamos encontrando.

Así que nada de culpabilidad. Ahora mismo pongo unos filetes de pollo con pisto que tengo en el frigorífico y comemos aquí fresquitos, que con el aire acondicionado se está de lujo.

—No seré yo quien te diga que no... Tú mandas.

Comieron sin hablar apenas del trabajo. Cada vez con más frecuencia, las conversaciones derivaban hacia cuestiones más personales, sencillas y cotidianas, pero que nada tenía que ver con el comerciante como hilo conductor.

—¿Cómo lleva tu familia que vivas aquí en Cádiz? Sé que no estás muy lejos de tu casa, pero supongo que el contacto no es el mismo que antes —preguntó Daniel en un momento dado.

—Bueno, hablo con ellos todas las semanas. Normalmente los domingos. —Sofía pinchó un trozo de carne de su plato—. Ya son muchos años aquí y están acostumbrados, aunque al principio les costó entenderlo. Ahora lo tienen asumido.

—¿Tú también?

—¿Yo qué?

—Que si tú también lo has aceptado.

Ella se limitó a encogerse de hombros.

—Hace años que Cádiz es mi sitio —replicó con naturalidad—. No es que lo asuma; lo sé, sin más.

Y aquella afirmación tan sincera y simple, le dio qué pensar a Daniel durante un buen rato.

En cuanto terminaron de almorzar, comenzaron con la faena.

Daniel revisaba las cartas de Isabel con la misma metodología de siempre.

Primero examinaba el estado físico del papel, luego la datación aproximada y, por último, el contenido.

Sofía tomaba notas en su cuaderno de trabajo mientras él dictaba los datos.

Fue al revisar la quinta carta cuando Sofía dijo:

—Daniel, mira esto.

Él se acercó. La carta era más breve que las demás y estaba escrita en un papel diferente. Se trataba sin duda de la misma letra redonda de Isabel, pero como si la hubiera escrito con bastante prisa.

«Álvaro, hace tres días que el barco está en el puerto y todavía no he conseguido mandarte aviso.

La fiebre no me deja levantarme. Mi tía dice que mejoro, pero yo sé que miente y que solo lo dice para no preocuparme.

Llevo la estrella conmigo. Si no llego a verte, que sepas que la llevé durante toda la travesía y que pensé en ti cada vez que la toqué.

Que el agua ya no nos separa. Que estoy en tu ciudad, aunque todavía no pueda verla desde aquí. »

Sofía releyó una de las últimas frases: Que el agua ya no nos separa.

Llegó al puerto el 14 de noviembre y murió el 19.

Es decir, que desde esa carta y la muerte registrada en los libros parroquiales habían transcurrido solo cinco días.

Cinco días en que Isabel Alcántara Martínez estuvo en Cádiz sin que Álvaro Montemayor lo supiera siquiera, a pesar de que estar pendiente de todos los barcos que llegaban.

—No llegó a verlo —dijo Sofía, en voz baja—. Esto confirma lo que ya habíamos imaginado, que él no supo que estaba aquí hasta que ya fue demasiado tarde.

Daniel miró la carta durante un instante mientras sacaba sus propias conclusiones.

—Quizás por eso la voz sigue presente —dijo al fin—. Por eso lleva siglos repitiendo lo mismo. Porque nunca hubo un momento en que los dos pudieran estar en el mismo sitio al mismo tiempo.

Sofía se echó hacia atrás en su silla hasta quedar apoyada contra el respaldo.

—Es una historia muy triste. Dos enamorados que no alcanzaron a reencontrarse ni siquiera para despedirse.

—Sí que lo es.

—Pero en toda esta historia, sigue habiendo algo que me tiene totalmente descolocada. —Señaló con el índice la pantalla de su propio portátil que mostraba la página del manuscrito en árabe—. ¿Qué tiene que ver nuestro comerciante con un texto del siglo XV escrito en otro idioma?

Daniel miró la imagen.

—Ojalá lo supiera. Lo que está claro es que necesitamos que la tal Elena venga y nos lo aclare, si es que puede.

—Sí, lo sé. Y ojalá tenga las respuestas que buscamos.

Sofía miró las cartas ordenadas sobre la mesa. Siete cartas de Isabel a Álvaro. La última escrita desde un cuarto de hospital en Cádiz, con fiebre, pensando en él.

—Oye —dijo de repente Daniel atrayendo la atención de Sofía—.

¿Y si lo que dice esa página nos estuviera indicando algo que debiéramos hacer para conseguir que la voz deje de escucharse?

Las historias estas raras que salen en la tele y que hablan de cruzar al otro lado...

Quizás eso sea lo que el comerciante busca de nosotros.

Que lo ayudemos a ir hacia la luz, como Caroline en Poltergeist .

—¿Cómo?

—No sé. Pero Álvaro llevaba meses esperando un barco y nos habla siempre de agua, de travesías, de los dos lados del océano.

—Daniel miró la última carta de Isabel—.

Pero cuando Isabel dice « Que el agua ya no nos separa», me hace pensar que el agua, de alguna manera, era un obstáculo para ellos.

Como si cruzarla fuera lo que importaba.

—Sofía trataba de seguir su razonamiento—.

O no. A lo mejor solo estoy desvariando.

—No descartemos nada. Esperemos a Elena a ver qué sacamos en claro.

Eran las siete cuando decidieron que ya era suficiente. Se habían pasado cuatro horas dándole vueltas a unas conclusiones que no dejaban de ser meras conjeturas. Después de tanto tiempo, ambos tenían la impresión de que les iba a explotar la cabeza.

El calor de la tarde había bajado lo suficiente para que la ventana del salón pudiera estar abierta, dejando pasar a una suave y agradable brisa. Daniel guardó el portátil mientras Sofía ordenaba las cartas de Isabel y las dejaba en la estantería del salón, lejos de la luz directa.

—Gracias por dejarme venir —dijo Daniel.

—No tienes que agradecer nada.

Daniel no se movió. La situación entre ellos se había vuelto a normalizar, al menos en lo referido al trabajo.

Pero sabía que la cuestión personal seguía estando pendiente.

De tratarse de otra persona, seguramente hubiera roto cualquier posible lazo afectivo antes incluso de que este se produjera.

No quería amarrarse a nada ni a nadie. Pero con Sofía había descubierto que no podía mirar hacia otro lado.

Porque no podía y, sobre todo, porque no quería.

—Sofía...

Se aproximó a ella despacio, de manera deliberada, consciente de lo que estaba haciendo. Cuando estuvo lo bastante cerca, puso una mano en su rostro con la misma delicadeza con la que le había retirado el rizo días atrás y la miró a los ojos.

—Lo del lunes… Lo que dije sobre Cádiz. Sigo pensándolo.

—Ya lo sé.

—Pero hay cosas que no puedo continuar ignorándolas, aunque lo piense.

Y entonces, volvió a besarla. De una manera más consciente que la primera vez, sin la estrella ni la voz llenando el espacio entre ellos.

Sofía no solo no se apartó, sino que con sus gestos le dio a entender que no pensaba ir más allá del presente, porque él le había dejado claro que no había posibilidad de futuro para ellos.

Porque al menos Daniel había sido sincero desde el principio.

Pero no podía hacer oídos sordos a lo que él le provocaba cuando lo tenía cerca, así que, a pesar de todo, se dejó llevar por lo que quería y sentía, y ya se preocuparía por su corazón cuando llegara el momento de las despedidas.

El piso quedó en silencio alrededor de ellos, con la brisa de agosto moviéndose por el salón y las pertenencias de Isabel ordenadas en la estantería.

En la distancia, la voz del comerciante no sonó esa noche en la Diputación.

Como si el palacio, a un par de kilómetros de distancia, supiera que había cosas que merecían su respeto y su propio silencio.