El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

El manuscrito

Si algo bueno tenía trabajar en la Diputación, eran los horarios.

En verano no solo terminaban una hora antes, sino que, además, disponían de una hora al mes para gestionar trámites de banco.

Sofía aprovechó ambas circunstancias para marcharse de la oficina poco después de que Daniel se fuera.

No le apetecía permanecer allí y además se moría de ganas de buscar un lugar privado donde poder hablar con Elena.

El correo que acababa de recibir no dejaba de martillearle la cabeza y las preguntas se le agolpaban una tras otra.

Apagó el ordenador, recogió el bolso y salió del despacho.

—¿Ya te vas? —le preguntó Andrés, con quien se encontró en la puerta.

Sofía tuvo que contener un suspiro de cansancio para que no se diera cuenta de que no le apetecía hablar con él en aquellos instantes.

—Sí, tengo asuntos que atender y me voy a coger la hora de cobro.

—Vaya, resulta difícil verte sin el tasador pegado a tus zapatos.

Era difícil no percatarse del punto de celos que se adivinaba en su voz.

—Daniel tiene un tiempo muy limitado para cumplir con el encargo que le han encomendado. Como coordinadora del proyecto, es mi deber permanecer a su lado y asistirlo en todo cuanto necesite.

—Que suerte tiene el hombre. Yo esperando a que me prestes un poco de atención y él la consigue sin necesidad de pedírsela.

Ahora sí, Sofía elevó los ojos al techo con impaciencia.

—Andrés... ¿a qué viene eso ahora?

Hacía tiempo, mucho tiempo, cuando ella estaba recién llegada a Diputación, los dos tuvieron un pequeño rollo que no pasó a mayores. Quedaron como amigos y el asunto rara vez salía a colación.

Sin embargo, la presencia de Daniel había despertado el lado posesivo de su compañero sin venir a cuento.

—Tú ya lo sabes. No creo que haga falta que te lo explique.

—Lo sé yo y también tú. Así que no remuevas cosas que carecen de sentido.

—No tienen sentido porque tú no quisiste que lo tuviera...

Sofía no estaba dispuesta a soportar aquella diatriba. Ya bastante tenía con Daniel como para preocuparse por algo que sucedió siete años atrás y que nunca tuvo ninguna consecuencia.

—Tengo que irme, Andrés —lo cortó con la intención de que se diera por aludido y la dejara en paz.

Miró su reloj de muñeca. Lo cierto era que tenía todo el tiempo del mundo, pero la impaciencia que llevaba instalada desde que había leído el correo de Elena esa mañana no entendía de esperas.

—Si quieres, termino yo con lo que tengo entre manos y nos tomamos algo cuando tú acabes con tus recados. O si me esperas, puedo acompañarte. Al fin y al cabo, seguimos siendo amigos, ¿no?

—Por supuesto que sí. Pero mejor otro día.

—¿No puedes dedicarme siquiera cinco minutos? —le preguntó al fin y ella se sintió en la necesidad de concedérselo. Al menos eso—. Estoy un poco preocupado por ti.

Sofía lo miró. Andrés Molina era un buen hombre, de eso no le cabía duda. El problema era que llevaba demasiado tiempo esperando que ella le diera una segunda oportunidad, cuando aquella era una posibilidad altamente improbable, por no decir imposible.

Quizás lo más justo para con él era decirle la verdad.

—Es que... hay algo con el tasador —reconoció—. Y no es de trabajo, sino personal.

Andrés asintió despacio.

—Ya lo sabía.

—¿Cómo?

—Que ya lo sabía —dijo sin la amargura de hacía un momento—. Lo supe desde el primer día que lo vi en el archivo. La forma en que te miraba él, y como lo hacías tú. Habría que ser ciego para no darse cuenta.

Sofía no supo qué decir.

—Andrés... —empezó a decir.

—No hace falta que me lo expliques, de verdad.

—Levantó una mano con suavidad—. Sabía que tarde o temprano llegaría alguien que borraría de un plumazo las pocas opciones que ya de por sí tenía.

Pero eso no quita que sigas siendo alguien importante para mí y que me preocupe por tu bienestar. Solo quiero saber si estás bien.

—Bueno, está resultando un poco complicado —admitió.

—¿Te hace feliz al menos ?

La pregunta llegó directa, y lo que le molestó no fue que se la formulara, sino que no sabía cómo responderla.

—Todavía no lo sé. Podría, pero sus circunstancias no son las que yo quiero.

—Entonces tendrá que aclararse. Aunque sería un tonto si te dejara escapar. Y lo dice alguien que sabe bien de lo que habla…

Sofía le sonrió con cariño. Era difícil mostrarse antipática con alguien que sabía que, de corazón, solo deseaba lo mejor para ella.

—Eres un buen amigo, Andrés.

Él se encogió de hombros.

—Bueno, supongo que, como dice el refrán, a falta de pan, buenas son tortas .

Así que, si me toca conformarme con tu amistad, lo doy por bueno, siempre que tú estés contenta.

Y ya sabes, si alguna vez necesitas hablar de algo que no puedas contarle a él, recuerda que sigo estando aquí para ti.

Sin segundas intenciones, te lo prometo.

Sofía asintió.

—Lo sé —dijo—. Y te lo agradezco.

—Bueno, no te entretengo entonces. Nos vemos por aquí. Y aunque el guaperas continúe merodeando por el archivo, no olvides que sigo disponible para desayunar.

—Claro. En cuanto me libere un poco con el trabajo, volvemos a la rutina de siempre. Cuenta con ello.

Andrés se despidió y se fue alejando lentamente por el pasillo.

Y mientras lo veía irse, se dio cuenta de que el disgusto que le había provocado el encontronazo con Daniel se había disipado en gran parte.

Aquel era el poder de la amistad, y era algo que no debía poner en peligro por nadie.

Sobre todo, por alguien que valoraba más a un lugar que a una persona .

Y mejor no continuar por esos derroteros, no fuera a ser que volviera a calentarse. Picó a la salida en el reloj del trabajo, cruzó la puerta principal que daba a la calle, y echó a andar hacia la parada del autobús.

Llegó a casa media hora después. Había pillado más tráfico de lo habitual a causa de unas obras en la calle (¿acaso el Ayuntamiento no tenía otro momento para hacerla más que en pleno verano, cuando más gente había en la ciudad?) y, sin perder ni un solo instante, cogió el teléfono.

Buscó en la agenda a Elena Vidal y la llamó de inmediato.

—Buenas tardes, Sofía —contestó Elena, que había identificado el número.

—Hola. Perdona que te llame a esta hora, pero me ha sido imposible hacerlo antes. Aunque después de leer tu correo esta mañana, lo estaba deseando.

—No, no te preocupes. Entiendo que estás trabajando y que tienes que buscar un hueco para llamarme. Pero confiaba en que lo harías.

—Pues tú dirás. Llevo dándole vueltas a lo que me enviaste y no consigo adivinar qué relación tiene ese escrito en árabe con lo que hemos hablado.

Sofía pudo oír cómo al otro lado de la línea Elena aspiraba el aire antes de volver a hablar.

—No me voy a andar con rodeos. Tengo que preguntarte algo y necesito que seas honesta conmigo.

—De acuerdo.

—¿Ha ocurrido algo con la estrella recientemente? ¿ Algo concreto, algo que no puedas explicar?

Sofía miró hacia la ventana del salón, sopesando su respuesta. Le había pedido honestidad, pero todavía no sabía si podía confiar en ella. No obstante, era la única que parecía capaz de darle algunas respuestas, así que debía arriesgarse.

—Sí —admitió al fin.

—¿Cuándo?

—Hace un par de días.

—¿Me puedes decir lo que pasó exactamente?

Sofía apretó los labios, de nuevo indecisa.

—Elena, ¿qué está pasando? Antes de que te cuente nada, necesito entender lo que sucede. Todo esto me tiene desconcertada.

Se produjo un silencio al otro lado.

—De acuerdo. Y quiero que sepas que te entiendo porque yo misma pasé por algo parecido hace unos meses.

Aquello despertó aún más la curiosidad de Sofía.

—¿En serio? —preguntó, incrédula.

—Sí. A ver, tengo un manuscrito. —Lo dijo despacio, como si estuviera eligiendo las palabras—.

Es antiguo, y tiene características que no voy a poder explicarte bien por teléfono.

Lo que sí puedo decirte es que se escribe solo.

Ya lo sé, suena a locura total, pero es así.

Lo cierto es que no sé muy bien cómo se activa o cómo funciona.

Sofía la escuchaba con atención.

—El mismo día que me llamaste por primera vez, apareció una página nueva, y creo que está relacionada con la estrella de Cádiz. Con lo que tienes tú en ese edificio. Y cuando vi las fotos que me mandaste, lo que había en esa página encajó de una forma que no puedo ignorar .

—¿Qué decía la página?

—Eso es lo que no puedo contarte por teléfono.

—La voz de Elena era tranquila pero firme—.

No porque no quiera, sino porque está redactado en un árabe que data del siglo XV.

Conozco a una traductora de confianza que está estudiando ahora el escrito, y estoy a la espera de que me diga qué contiene.

Mientras tanto, me gustaría ver la estrella en persona para asegurarme que todo cuadra con lo que hasta ahora conozco.

Por eso te pregunté si era posible concertar una visita en Cádiz.

—Sí, por supuesto —contestó Sofía, sin dudar—. Lo único que te pido es que me dejes organizarlo para cuando mi jefa no esté. No me gustaría que ella pudiera poner algún impedimento, y cuanto menos sepa, mejor.

De inmediato, Elena pensó en Aurelio y en linaje de Ibrahim. Él ya le había advertido que en todos los lugares donde radicaba un punto de poder había un representante del linaje que velaba para que la estrella no fuera descubierta.

—¿Acaso ella te está dando problemas?

—No, no. Lo que pasa es que la mujer está a punto de jubilarse y no quiere meterse en jaleos. Y el otro día me dijo que no siguiera rebuscando en el trastero, así que no me gustaría que ella me viera llevando a alguien externo de la institución a una estancia que no quiere que pise.

—Lo entiendo. Entonces, quedo a la espera de que me digas cuándo es el mejor momento. Como te comenté, yo me adapto a la fecha que mejor te venga.

A Sofía se le ocurrió una posibilidad más que factible.

—Podríamos dejarlo para el día en que ella teletrabaje. Deja que vea su cuadrante y te digo algo, aunque seguramente tenga que ser ya para la próxima semana.

—Perfecto. Sofía, una cosa más .

—Dime.

—Lo que te voy a contar cuando esté allí... hay personas que preferirían que no se supiera. No te lo digo para asustarte, sino para que seas discreta. Que no lo comentes con nadie que no necesite saberlo.

Sofía pensó de inmediato en Bernardo Castro.

—No te preocupes. Te aseguro que a mí tampoco me apetece que nadie meta las narices en esto, al menos hasta obtener algunas respuestas. De momento, solo estamos al corriente un tasador que está trabajando con el fondo virreinal y yo.

—Mejor así. Cuanta menos gente, mejor.

Cuando colgaron, Sofía se quedó en el sofá con el teléfono en la mano durante un rato. La conversación había durado veinte minutos.

Y, lejos de aclararle las dudas, había provocado que tuviera más preguntas que al inicio.

¿Qué decía el manuscrito?

¿Cómo era posible que la página se hubiera escrito sola? Eso era… Aunque bueno, ella era de las que escuchaba una voz que le hablaba de viajes, así que tampoco era quien para cuestionar cualquier afirmación, por más extraña que pareciera.

¿Qué podría saber Elena que tuviera que ver con Isabel Alcántara y Álvaro Montemayor?

Esperaba que pronto todo empezara a cobrar sentido. Pero de momento, la situación distaba mucho de cualquier lógica posible.

Solo era necesario esperar unos pocos días más, hasta que Elena Vidal llegara y le contara lo que no se había atrevido a decirle por teléfono.