El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

La comida

Daniel llegó a casa de su madre más de una hora antes de lo previsto y sin avisar. Concha, que conocía bien a su hijo, sabía que eso no era normal en él. No obstante, no le preguntó el motivo. Si quería hablar, allí estaría ella para escucharlo, aunque dudaba mucho que le fuera a contar nada.

—Llegas temprano —fue lo único que le comentó cuando lo vio al otro lado de la puerta.

—Sí, lo sé. Hoy he terminado pronto y no me apetecía encerrarme en el apartamento —mintió—. Espero que no te moleste que haya venido antes.

Concha arqueó una ceja, pero una vez más, se abstuvo de hacer ningún comentario.

—¿Desde cuándo me ha molestado a mí tenerte en casa, hijo? Anda, pasa y siéntate conmigo en la cocina mientras termino de planchar. Todavía queda un rato para que el guiso esté listo.

Acompañó a su madre y el olor a comida casera asaltó de inmediato sus fosas nasales.

—¿Un guiso, mamá? ¿Has puesto un guiso en pleno agosto con el calor que hace?

—¿Cuántas veces comes tú en condiciones fuera de casa?

—Mamá, no empecemos. Yo también cocino…

—Sí, a saber lo que preparas tú…

Era absurdo perder el tiempo hablando de comida con su madre… o con cualquier madre, en general.

—¿Te pongo algo de beber? —le ofreció.

—Que yo sepa, esta sigue siendo mi casa. No hace falta que me trates como si fuera una visita formal. Si necesito algo, voy a la nevera y lo cojo sin más. —Lo dijo con un tono tan seco que Concha no tuvo ninguna duda de que Daniel estaba molesto por algo.

Desenchufó la plancha y se sentó en la silla que había enfrente de la de su hijo.

—Claro que es tu casa, aunque a veces no se nota. Parece que te da alergia venir a verme. Fíjate que desde que llegaste, apenas has venido a comer conmigo un par de veces.

—Si vengo pronto, porque vengo. Y si no vengo, porque no lo hago. La cuestión es protestar por todo, ¿no?

«Ojú con el mosqueo del niño. A ver qué demonios le ha pasado a este para que venga con los cables cruzados », pensó su madre.

—Bueno, tengamos la fiesta en paz, Dani. —Era mejor pasar a un tema más neutro , a ver si su hijo bajaba un poco los humos—. Y bien, ¿cómo va el trabajo? —preguntó Concha.

—Regular.

Vaya, esa respuesta tampoco era propia de él .

—¿Regular cómo?

Daniel apoyó los codos en la mesa.

—Hay un tipo, un profesor de la Universidad, que se está entrometiendo en lo que he venido a hacer.

Ha presentado un informe externo que cuestiona mis valoraciones y eso me tiene muy fastidiado.

—Respiró hondo—. Para colmo, el jefe de gabinete, que fue quien gestionó mi contrato, me ha dicho que va a esperar a mi informe final antes de decidir nada, pero me consta que el de la universidad está presionando por otros cauces para que sea su criterio, y no el mío, el que se dé por bueno.

Que no digo que yo lo haga todo perfecto, pero he revisado sus conclusiones y no hay por dónde cogerlas.

Concha lo escuchó sin interrumpir. No era habitual que Dani se mostrara tan abierto a la hora de contar sus problemas, ya fuera por trabajo o por cualquier otra cuestión.

—¿Y tu encargo? ¿Podrás terminarlo entonces?

—Técnicamente, sí. Dispongo del material y también de los datos. Lo que no tengo es la certeza de que vayan a dejarme presentar el informe sin interferencias.

Su madre asintió. Se levantó un momento para acercarse a la olla que estaba en el fuego, removió el guiso y bajó la llama para que siguiera cocinándose lentamente.

—¿Y aparte del trabajo?

Daniel la miró.

—¿Qué?

—Que si hay algo que te preocupe además de lo que me has contado.

—Concha cogió dos platos del armario y un par de cubiertos del primer cajón—.

Porque llevas desde que has llegado con una cara de tres metros, y lo del informe no me parece suficiente motivo para que estés así.

Estoy segura de que has toreado en peores plazas, hijo …

Daniel no respondió de inmediato. Todavía se sorprendía cómo aquella mujer seguía conociéndolo tan bien, a pesar de llevar lejos de casa más de diez años. No había nadie capaz de leer sus inquietudes como ella, aunque no supiera qué las originaba.

—Estoy bien, mamá.

—Ya, ya… —Concha puso los platos sobre el tablero sin mirarlo. Sabía hasta dónde podía llegar, así que no se molestó en insistir más.

Terminó de preparar la mesa y, un rato después, en cuanto estuvo la comida lista, sirvió sendas porciones generosas para que su niño no se fuera a quedar con hambre.

El primer plato lo comieron en silencio, en una calma relativamente cómoda. Pero Concha no era de las que pudiera mantenerse callada durante demasiado tiempo.

—¿Y cómo te va con tu compañera? —preguntó de repente nada más servir el segundo plato.

Daniel levantó la vista.

—¿Cómo?

—La chica del archivo con la que trabajas. ¿Cómo me dijiste que se llamaba?

—Sofía.

—Ah, sí, Sofía. ¿Y qué tal te llevas con ella?

Daniel removió la comida con el tenedor, antes de bajar nuevamente la vista.

—Bien. Es una mujer fantástica.

Lo soltó sin pensar demasiado en sus palabras. Y nada más decirlas, supo que se había equivocado. Su madre no iba a dejarlo pasar…

—Vaya, me alegra oír eso. Es importante tener a alguien en quien apoyarte cuando las cosas se complican, ¿no te parece?

—Supongo que sí.

Concha tuvo que contener una sonrisa. Si su intuición de madre no le fallaba, creía que acababa de dar con el motivo real del malestar de su hijo.

—Y la chica esta, ¿lleva mucho tiempo trabajando en la Diputación?

—Ocho años.

—¿Y es de Cádiz?

—De Sevilla. Pero lleva viviendo aquí desde antes de aprobar la plaza. Creo que antes había estado con un contrato como interina o algo por el estilo.

—Ah, entonces ya es una gaditana más.

Daniel no respondió a eso. Concha cogió un trozo de pan, lo partió por la mitad y lo miró.

—Dani, lo del informe externo que me has comentado puede que resulte un inconveniente para ti. Pero no es lo que te tiene así.

—Mamá, por favor...

—No trates de engañarme, hijo. Aunque te pese, te conozco demasiado bien.

Daniel dejó el tenedor sobre el plato.

—Ya sabes que es complicado para mí.

—Las cosas importantes siempre lo son.

—No es que lo sea en el sentido que imaginas. Es que... —Se detuvo buscando las palabras más adecuadas—. Hay algo que no debería haber empezado y que ahora no sé cómo manejar.

Concha asintió despacio, sin sorprenderse por aquella afirmación.

—¿Y por qué no debería haber empezado ?

—Porque en cuanto termine el encargo me voy. Y ella se queda aquí.

—En Cádiz…

—Exacto.

Su madre asintió sin añadir nada más durante un instante. Recogió los platos, los puso en el fregadero y se dirigió al congelador para sacar una barra de helado sin que nadie se lo pidiera.

—¿Y si no te fueras? —preguntó mientras cortaba dos trozos generosos para el postre.

—Mamá.

—Solo es una pregunta, Dani.

—No me voy a quedar. —Daniel cogió el plato que le entregaba su madre.

—¿Por qué te cierras a darte otra oportunidad?

Daniel se removió en su silla, realmente incómodo.

—Conoces mis motivos.

—Cariño, lo único que sé es que llevas doce años marchándote una y otra vez, pero las coordenadas de esta ciudad siguen tatuadas en tu brazo. Algún día tendrás que enfrentarte a tus demonios. Era lo que tu padre hubiera querido.

Daniel bajó la vista al antebrazo derecho, donde el tatuaje estaba medio oculto por la manga de la camisa. No dijo nada.

—Aún no ha llegado el momento, mamá.

—Sabes cuánto me gustaría tenerte más cerca, pero nunca he cuestionado tus motivos para irte. Sé que en su momento era lo que necesitabas y lo respeté. Pero es posible que, cuando decidas dejar de huir, ya sea tarde. Lo quieras admitir o no, la tierra siempre tira. Piénsalo.

Daniel no respondió .

Concha cogió su propio plato de helado y empezó a dar cuenta de él, consciente de que había sembrado la semilla de la duda en el pensamiento de su hijo.

Cuando se marchó de la casa de su madre un rato después, decidió que no le apetecía irse solo a su apartamento.

Comenzó a caminar sin rumbo fijo, hasta que sus pasos lo llevaron por la Alameda Apodaca hacia el paseo marítimo, con el sol de agosto cayendo a plomo y el olor a sal tan propio de la ciudad.

Se detuvo cuando llegó a la barandilla. El Atlántico se extendía delante de él mientras las olas golpeaban sobre la muralla que se erguía majestuosa bajo sus pies.

Daniel miró al océano durante un buen rato.

El recuerdo de su padre lo golpeó de manera inmisericorde. Por más años que hubieran transcurrido desde aquel fatídico día en La Caleta, no podía olvidar la forma en que el mar había devuelto lo que se había llevado.

Sofía le había dicho que no estaba dispuesta a empezar algo con fecha de caducidad. Lo que ignoraba era que el obstáculo no era ella, sino él mismo.

Doce años construyendo una vida fuera para no tener que mirar dentro. Y ahora estaba ahí, delante del agua, sin saber si era capaz de dar el paso que su corazón le exigía.

Quizás algún día... Pero algo en su interior le decía que todavía no había llegado el momento.