Capítulo 17
Elena Vidal
Cuando Sofía encendió el ordenador a la mañana siguiente, lo primero que atrajo su atención fue el correo de Elena Vidal en la bandeja de entrada. Se fijó en la hora en que lo había mandado, y se dio cuenta de que lo había hecho la misma tarde anterior, poco después de que ella saliera del trabajo.
Lo cierto es que ni siquiera se le ocurrió conectarse a su equipo desde el portátil que tenía en casa. Ya bastantes cosas tenía en la cabeza como para preocuparse de otra más.
« Buenas tardes, Sofía.
He recibido las fotografías y he podido estudiarlas con más detenimiento.
El símbolo que figura en la pared es de una naturaleza que conozco bien, aunque el contexto en que aparece aquí tiene características que no he visto antes.
Estaría muy interesada en verlo in situ, si es posible.
¿Habría alguna forma de organizar una visita?
Estoy disponible con relativa flexibilidad, así que me puedo adaptar a cualquier circunstancia.
Quedo a la espera de tu respuesta. Un saludo
Elena.»
Sofía estaba todavía con el correo abierto en la pantalla cuando oyó los pasos de Daniel acercándose por el pasillo. Entró al archivo llevando dos vasos de café, y como cada mañana, los dejó en el escritorio junto a su maletín.
—Buenos días —la saludó dirigiéndole una mirada más intensa de lo normal.
Ella le respondió con un gesto de cabeza, señalando la pantalla encendida que tenía delante.
—¿Qué es eso?
Se acercó para leer el correo en silencio, no sin antes acariciar la espalda de Sofía en un gesto que le salió de forma natural y que provocó en ella un cosquilleo involuntario. Algo que él no pareció notar.
—¿Quiere venir aquí? —le preguntó mientras fruncía el ceño, no muy convencido de la petición.
—Eso parece.
Daniel se incorporó, se apoyó sobre el tablero de la mesa y se cruzó de brazos.
—No sé si es prudente.
—¿Por qué?
Chasqueó la lengua, incómodo.
—Pufff... Después de lo de Bernardo y lo de doña Pilar, no me convence demasiado la idea de que alguien externo empiece a hacer preguntas sobre la estrella. Quién sabe que problemas podría generarnos. No me fío.
Sofía sabía que llevaba razón en parte.
—Ya lo había pensado, pero me interesa conocer la opinión de la experta —le comentó mientras lo enfrentaba—.
Hubo algo en la forma en que me habló por teléfono que me pareció intencional.
—Hizo una pausa—. Ya te lo dije ayer: cuando le describí el símbolo, se quedó en silencio un momento antes de responder.
Tengo la impresión de que le acababa de decir algo que ella ya sabía.
—Quizás solo la sorprendieras por algún dato que le diste.
—No, no fue eso, estoy segura. Era —Sofía buscó la palabra— reconocimiento, no sorpresa. —Miró la pantalla—. Y que me preguntara a continuación si había notado algo extraño… —Levantó la vista hacia Daniel—. Ella dijo que era por protocolo, pero nadie hace una pregunta así por semejante motivo.
Daniel la miró.
—Tiene sentido. —Cambió de posición y se giró de nuevo hacia el ordenador—. ¿Crees entonces que ella sabe algo?
—No estoy segura… Pero sí que creo que sabe más de lo que dijo.
Y ya el hecho de que haya mostrado interés en venir, me confirma que no ando muy desencaminada.
Es posible que, si ve la estrella en persona como desea, tal vez nos cuente de que se trata.
O que nos pueda dar alguna información que nos resulte útil.
Daniel sopesó su respuesta, consciente de que solo cabía una posible.
—De acuerdo, invítala entonces. —Se quedó pensando un instante—. Una cosa más: ¿crees factible que esto quede solo entre nosotros?
Ella asintió con firmeza.
—Déjalo en mis manos. Te aseguro que estoy tan interesada como tú en que nadie meta sus narices en nuestro trabajo hasta que hayamos sacado las conclusiones oportunas.
La seguridad que mostraba le arrancó a Daniel una sonrisa. No era un gesto habitual en él, pero parecía que aquel día se había levantado de un humor excelente .
—¿De qué te ríes? —le preguntó la joven.
—De nada. Me gusta mucho que entre nosotros haya esta sintonía… ¿A ti no?
Sofía no supo con certeza si se refería al trabajo, o a algo más personal.
—Claro —afirmó sin saber qué más decir.
Así que, para evitar responder, se sentó delante del escritorio y se dispuso a escribir a Elena aceptando su petición.
Aprovechó también para facilitarle su correo personal para posteriores contactos.
Si iba a tener más conversaciones con aquella mujer, era preferible que fuera sin pasar por el filtro del correo institucional de la Diputación.
Nunca se sabía en manos de quién podía acabar y de momento era mejor mantener la prudencia.
Cuando terminó, Daniel ya estaba con el portátil abierto, revisando la catalogación de las piezas que todavía tenían pendientes de las cajas. Sofía cogió los legajos que le tocaban y se sentó en su parte de la mesa.
Y durante un buen rato trabajaron en silencio, en sintonía , como decía él. Pero aquella mañana tenía algo diferente: una capa adicional, más fina, que ninguno de los dos nombraba pero que ambos sentían.
—Esto no funciona... —dijo Sofía al fin.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Tienes problemas con algún documento?
Sofía resopló.
—No, no tengo ningún problema con ningún maldito documento .
Se miraron directamente a los ojos y durante los siguientes veinte segundos, ninguno habló. Era evidente qué era aquello que no funcionaba para ella .
Daniel se levantó y se acercó a ella despacio. Cuando estuvo a su lado, le apartó un mechón rizado (le resultaba curioso cuánto le gustaba hacerlo) y la cogió de las manos.
—Creo que deberíamos hablar de lo que ocurrió ayer entre nosotros. Es evidente que no te encuentras cómoda conmigo y no es mi intención que te sientas así —dijo él.
—¿Cómoda? Desde luego, no tanto como lo estás tú. Seguramente para ti no tenga mayor importancia, pero yo no soy de las que se van morreando con el primero que se le cruza.
—¿Crees que para mí no lo tuvo?
—Es obvio que no. No hay más que ver la despedida de ayer. Mas fría, imposible.
Daniel midió bien sus palabras antes de contestar.
—Sofía, no quiero que te equivoques conmigo, pero tampoco que saques conclusiones que no se aproximan ni de lejos a la realidad.
Ella lo miró sin comprender.
—¿Qué conclusiones quieres que saque? Porque lo único que alcanzo a comprender es que ayer me besaste, luego actuaste como si no hubiera pasado nada, y hoy llevas toda la mañana que si una sonrisa por aquí, que si una caricia en el pelo por allá, que si cogiéndome las manos... como si no supieras lo que quieres.
—Sé perfectamente lo que quiero.
—Pues ilumíname, porque yo no lo tengo tan claro.
Daniel soltó sus dedos y se apartó un paso. No mucho, lo suficiente para recuperar la distancia entre los dos.
—Me gustas —reconoció con una simpleza que parecía hasta insultante—. Más de lo que me conviene. Y ese es precisamente el problema .
Sofía lo miró con intensidad.
—No entiendo cómo puede serlo. ¿Acaso no resulta evidente que se trata de algo mutuo?
—Ya... Pero no puedo permitir que esto tenga visos de futuro. —Lo dijo despacio, con seguridad y sin apartar la vista de ella en ningún momento—. Y si sigo por este camino, eso es exactamente lo que va a pasar.
—¿Por qué no puede tener futuro?
Daniel tuvo clara la respuesta.
—Porque no pienso volver a vivir en Cádiz.
Sofía pestañeó varias veces mientras su cabeza trataba de procesar aquel razonamiento que, según el punto de vista de Daniel, debía tener todo el sentido del mundo.
—¿Eso es todo? —dijo al fin—. ¿La razón por la que no puede haber nada entre nosotros es que no quieres vivir aquí?
—No es tan simple como lo estás planteando.
—Pues explícamelo tú, porque yo no lo veo tan complicado como lo quieres hacer ver.
Daniel se pasó la mano por el pelo mostrando por primera vez su incomodidad.
—Si tú estuvieras en cualquier otro sitio, me encantaría descubrir hacia dónde podemos llegar juntos. —Lo dijo mirándola directamente a los ojos, sin esquivar su mirada inquisitiva—. De verdad. Pero estás aquí. Y este es el único sitio donde yo no puedo quedarme.
—En Cádiz está mi trabajo —dijo Sofía—. Es mi presente y también mi futuro.
No voy a echar por tierra todo lo que he conseguido solo porque a ti no te apetezca vivir aquí.
Tú mismo me has comentado que puedes trabajar desde donde quieras.
¿Por qué tendría que renunciar yo a lo que me he ganado con años de esfuerzo?
—No te estoy pidiendo que te vayas. Y mucho menos que me sigas.
—Entonces, ¿qué me estás pidiendo? ¿Que empiece algo contigo sabiendo que en dos semanas te marchas y no vas a volver?
—A ver, Sofía. No te estoy pidiendo nada —repitió por segunda vez—. Na-da.
—Exacto. —La voz de Sofía tenía una calma que le costaba mantener—. Por eso mismo, Daniel. Por eso no puedo mostrarme como si nada hubiera pasado y como si tú me importaras un pimiento.
Se miraron durante un momento hasta que Daniel desvió la vista. La dirigió hacia el pasillo, en dirección al trastero, deseando que la estrella de la pared lo iluminara de algún modo tal y como había hecho el día anterior.
—Yo no puedo prometerte nada —reconoció—. Quisiera que al menos entendieras eso.
—Y yo que tú también comprendas que no me apetece empezar algo sabiendo que tiene fecha de caducidad —dijo Sofía—. Si tú tienes tus motivos, yo tengo los míos.
El silencio que se produjo a continuación fue el más incómodo que habían vivido los dos en el tiempo que llevaban trabajando juntos.
Finalmente, Daniel se dirigió a su mesa, cerró el portátil y lo metió en el maletín con un movimiento algo brusco.
Necesitaba espacio. Tenía que pensar y decidir qué sentido tenía todo aquello. En una situación normal, lo tendría más que claro. Terminaría el encargo, se largaría por donde había venido, y si te he visto no me acuerdo .
El problema estaba en que la compañía de Sofía estaba resultando más valiosa para él de lo que jamás hubiera imaginado.
Y no se refería a cuestiones laborales. Sería ilógico plantearse siquiera tener algo serio con alguien a quien acababa de conocer, aunque su razón se mostraba más rebelde de lo que le hubiera gustado.
Y para un hombre tan cuadriculado y metódico como él, a quien no le gustaba que le rompieran los esquemas, aquello lo descolocaba.
—Tengo que irme —dijo de pronto—. He quedado con mi madre para almorzar.
Sofía lo miró y supo sin ninguna duda que no era más que una excusa. No había dado aún la una en el reloj y sabía bien que él no se sentía cómodo cuando iba a comer con su madre.
Bueno, por lo visto, no se sentía cómodo con nada que le supusiera una presión en su ordenada vida.
—Claro.
—Sofía...
—Que te vaya bien, Daniel.
Lo dijo con la ironía justa para que él notara que se había dado cuenta de que se marchaba justo en el momento en que la conversación se ponía difícil.
Sabía que se trataba de una excusa real —al fin y al cabo, ella había sido testigo de la conversación telefónica en la que madre e hijo acordaban verse ese día—, pero aquello era una huida como la copa de un pino.
Daniel la observó durante unos segundos sin saber qué decir o qué esperar. Luego salió al corredor y Sofía oyó cómo sus pasos se iban alejando poco a poco. Se quedó de pie en el centro del archivo durante un momento, sin moverse. Molesta con él, con ella misma... y hasta con el universo en general.
Regresó a su mesa y abrió el correo, tanto el corporativo como el personal. Necesitaba algo que le mantuviera la mente ocupada.
En este último, encontró una entrada de parte de Elena Vidal. De inmediato lo abrió y empezó a leerlo. El texto era de apenas tres líneas, y junto a estas, se incluía un archivo adjunto .
«Sofía, acabo de encontrar algo que necesitas ver. Te mando una foto. Llámame cuando puedas. Elena.»
Abrió el documento sin saber qué esperar.
Se sorprendió al comprobar que se trataba de una fotografía correspondiente a una página manuscrita redactada en árabe que, por la imagen, parecía antigua. Examinó la foto durante un instante, preguntándose qué sentido tenía que Elena le hubiera enviado aquel documento.
¿Qué relación podría tener con la estrella grabada en la pared del trastero?
Solo había una manera de averiguarlo, pero no sería desde allí.
Cuando llegase a casa, la llamaría sin falta para que la sacase de dudas.