El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—¿Puede describirme la forma? —Le preguntó con tranquilidad.

—Se trata de una estrella —explicó Sofía—. De ocho puntas. Según lo que he encontrado por internet, pudiera tener origen nazarí. Pero como le digo, no cuadra con la fecha en que se construyó el edificio, que antaño fue la Antigua Aduana de la ciudad.

—Entiendo. —Hizo una pausa—. Sofía, antes de que sigamos, necesito hacerle una pregunta. Y le pido que no se alarme.

—De acuerdo.

—¿Ha notado algo extraño? No me refiero a la figura en sí, sino a cualquier cosa que no haya sabido explicar.

Por un momento, Sofía no supo cómo responder. Todas las situaciones a las que no le había podido dar explicación durante los últimos años asaltaron su pensamiento.

—¿A qué tipo de cosas se refiere?

—A sonidos extraños. Temperaturas inapropiadas. Sensaciones que no corresponden con el espacio físico.

De nuevo, silencio, esta vez más largo.

—No… no sabría decirle —dijo Sofía finalmente. No era cuestión de que, a las primeras de cambio, le contara determinadas cuestiones a una desconocida—. El palacio provincial es antiguo y en ese tipo de inmuebles siempre hay… ruidos extraños. ¿Por qué me lo pregunta?

—Por nada. Solo era una simple pregunta de protocolo. Me gustaría ver el elemento que me ha comentado. ¿Podría enviarme alguna de las fotografías que ha hecho?

—Por supuesto. ¿Tiene un correo donde mandárselas?

—Sí, el que está en la web .

Hablaron unos minutos más, acordaron una llamada para cuando tuviera información que fuera de interés, y colgaron.

Daniel, que había estado pendiente de la conversación, la miró y al comprobar el gesto descompuesto de ella, se le acercó.

—Sofía, ¿estás bien? —le preguntó, preocupado por la palidez repentina de su compañera.

—No… no te lo vas a creer. Cuando le he contado sobre la estrella, me ha preguntado por fenómenos extraños. Sonidos, temperaturas, sensaciones… todo lo que ocurre aquí.

—¿Y se lo has dicho?

—No me he atrevido. Pero deduzco que esas preguntas no pueden ser una mera casualidad. Aquí hay algo más que se nos escapa. Cada vez lo tengo más claro. Y creo que esta chica con la que he contactado puede tener la clave. O si no, al menos sabe algo que nosotros desconocemos.

—Me cuesta tener que admitirlo, pero es evidente que normal no es. ¿Habéis quedado en algo?

—Le tengo que mandar las fotos que le hice esta mañana a la estrella al correo que viene en su web. Pero te juro que ahora mismo estoy temblando por dentro.

—Tranquila… Yo estoy aquí.

Con un gesto natural, Daniel la abrazó para infundirle la confianza que por un momento ella parecía haber dejado escapar tras la llamada. Sofía cerró los ojos y apoyó la cabeza contra su pecho. Era agradable esa sensación de seguridad que él le infundía.

Y durante aquel abrazo, un vínculo de unión física e incluso espiritual se apoderó de ellos como si la estrella estuviera fusionando algo más que a dos personas que se habían conocido hacía apenas tres semanas.

—Sofi.. .

—¿Sí?

Daniel tardó un momento en contestar.

—Llevo tiempo queriendo decirte algo. Y no sé cómo hacerlo sin arruinar lo que tenemos.

Ella levantó la cabeza del abrigo de su pecho y lo miró.

—Dímelo de todas formas.

Sin embargo, ninguna palabra salió de sus labios. Sus manos encontraron las mejillas de Sofía con una delicadeza que decía más que cualquier palabra, y simplemente la besó.

Aquel fue un beso largo y seguro, cargado de todo el tiempo que había esperado para darlo. Y detrás de ese contraste entre la suavidad de sus manos y la intensidad de sus labios, estaba todo lo que ninguno de los dos había sabido verbalizar hasta entonces.

Mientras tanto, en el trastero, y sin que ellos ya pudieran verlo, la luz de la mañana siguió recayendo sobre la estrella de ocho puntas, iluminando cada línea que Álvaro Montemayor había trazado tres siglos antes mientras esperaba a alguien que llegó demasiado tarde.

Cuando salieron del archivo, el edificio estaba casi vacío.

Daniel se había encargado de mandar el correo con las fotos a la chica de Sevilla,  y habían continuado trabajando sin prestar realmente atención a lo que estaban haciendo.

Mientras se encaminaban a la salida, ninguno de los dos hizo referencia a lo que había sucedido entre ellos un momento antes. Era como si, después de separarse, cada uno tuviera que asentar todo lo que había pasado durante la mañana.

Las cartas, el mensaje, la voz, la estrella.

Y, sobre todo, el beso.

Un beso que ambos habían deseado pero que ahora no sabían cómo afrontar, cada uno por sus propios motivos.

Al llegar a la puerta del edificio, el viento de levante y el olor a sal los recibieron.

—Mañana nos vemos y seguimos con el trabajo, ¿te parece? —comentó Daniel de manera un tanto aséptica.

—Claro. Hasta mañana.

Se separaron en la plaza y, mientras él se dirigía a su apartamento, ella fue hasta la parada del autobús que la llevaría a su casa.

Mientras tanto, en una casa de la calle Pureza, en Triana, Elena Vidal abría en ese momento un mueble y sacaba una caja que llevaba semanas sin tocar.

Y en el manuscrito que guardaba dentro, una nueva página comenzaba a llenarse de palabras.