Capítulo 16
La estrella recuerda
Se sentaron juntos en el suelo del trastero, con la espalda apoyada en la pared, hombro con hombro, y con el paquete de cartas de Isabel apoyado sobre los muslos de Daniel.
Abrieron el primer sobre con extremo cuidado.
La letra de Isabel, redonda y clara, les resultó reconocible después de leer la misiva anterior.
Daniel sostenía el papel con los guantes y Sofía leía con voz suave, despacio, con un tono íntimo que en aquel espacio reducido provocaba que el sonido reverberase en sus paredes.
Era una carta de amor. En ella, Isabel escribía sobre una determinada tarde que habían compartido en una rosaleda que Sofía pudo imaginar sin haberla visto siquiera.
Hacía alusión al olor del jazmín en el calor de la tarde y a la manera en que Álvaro se reía cuando ella le comentó algo que le resultó gracioso.
También hablaba sobre la distancia, el tiempo que llevaban separados y cuántas cartas había mandado en contestación a las que había recibido.
Cuando terminaron, Sofía se llevó la mano al pecho.
—Me siento un poco mal con todo esto —comentó de repente.
Daniel la miró.
—¿Por qué?
—Por estar leyéndolas. —Sofía señaló la carta que Daniel todavía sostenía—. Es algo tan privado... Estoy segura de que ella no las escribió para que nadie más lo leyera.
Daniel meditó su respuesta.
—En cambio, yo creo que llevan trescientos años esperando precisamente eso —se justificó—. Creo que ya ha esperado suficiente para que, como dices, alguien le dé su valor.
Sofía movió la cabeza de lado a lado, indecisa.
—Es posible. Pero siento que estoy violentando su intimidad.
—Si lo prefieres, podemos dejarlo para otro momento en el que te sientas más cómoda.
Ella aspiró hondo y negó con la cabeza.
—No. Si esperamos, igual se nos escapa la oportunidad de poder conocerlos de verdad —comentó en alusión a la advertencia que le había hecho su jefa—. Sigamos.
Abrieron la segunda.
Esta era más larga que la anterior, escrita en dos folios que Isabel había doblado juntos.
Hablaba de La Habana, del calor húmedo de la ciudad, y de su tía que le preguntaba cada mañana si había recibido carta de Cádiz.
También le narraba cómo salía todos los días en dirección al puerto para ver llegar a los barcos con la esperanza de que alguno llevara noticias de él.
En sus palabras, se adivinaba una resignación disfrazada de paciencia, mezclada con algo de fe.
Y al final, casi como una nota añadida a posteriori, una sola línea :
«A veces pienso que el Atlántico es demasiado grande para dos personas que quieren estar en el mismo lado.»
Al reconocer la frase, Sofía dejó de leer.
La había oído muchas veces, e incluso, la tenía anotada en el cuaderno donde registraba todas las frases que el comerciante repetía con asiduidad.
Esa era una de ellas.
Ahora le encontraba un sentido a su contenido. Aquella no era la voz de Álvaro; era la de Isabel, que él había guardado tan dentro hasta convertirla en suya también.
—Daniel —dijo, en voz baja—. Reconozco estas últimas palabras. Las llevo oyendo durante años.
—Lo que confirma que esta carta sí llegó a las manos de Álvaro y que, además, la leyó —dedujo él.
—Así es.
Dejaron a un lado el documento y pasaron al tercer sobre. Daniel sacó el papel que había en su interior y ambos pudieron ver que este era diferente a los dos anteriores. Más pequeño y en mejor estado de conservación.
Dentro no había una carta. Había una cuartilla doblada en cuatro, con un dibujo en el centro que reconocieron al instante. Se trataba de la misma estrella de ocho puntas trazada con tinta, bajo la cual rezaba una frase compuesta por tres palabras.
«La estrella recuerda.»
Sofía desvió sus ojos hacia la pared del fondo, donde la estrella grabada por Álvaro los observaba desde la piedra.
—De nuevo se repite el símbolo —dijo.
—Pero esta lleva una especie de lema. ¿Te suena que él lo haya pronunciado alguna vez ?
Sofía no tuvo que pensar la respuesta.
—No. Esto es nuevo para mí. —Miró el dibujo con curiosidad—. ¿Qué significará?
Daniel no supo ofrecerle una respuesta.
—La estrella recuerda —repitió Sofía, esta vez en voz alta, como si necesitara saborear aquellas palabras.
De repente, la luz de la mañana que entraba por el único ventanuco de la sala se desplazó levemente con el movimiento del sol y proyectó un haz que cruzó el espacio y cayó exactamente sobre el centro de la estrella.
El símbolo brilló, iluminando cada punta, cada línea, cada trazo que el abrecartas había grabado en la piedra durante los largos meses de espera.
La temperatura de la sala empezó a subir de manera incomprensible. El trastero, que siempre había sido un lugar fresco incluso en verano, se fue templando con una suavidad ajena a cualquier fuente de calor visible.
Siguiendo un impulso, Sofía se levantó del suelo y se dirigió a la pared. Se detuvo frente a la estrella, con la luz aun reflejándose en ella.
Levantó la mano despacio... y tocó la piedra.
Las yemas de sus dedos se posaron sobre la primera punta, en la pared rugosa y antigua donde el abrecartas había dejado su huella siglos atrás.
Estaba caliente.
Y a medida que recorría con sus manos cada una de las líneas horadadas en la piedra, estas se iluminaban de forma notoria bajo su contacto con una luz subyugante.
—La estrella recuerda — volvió a decir Sofía, sin apartar los dedos del símbolo.
La voz respondió.
«Recuerda. Siempre recuerda. Y lo que el mar se lleva, el mar lo devuelve. Lo que el agua lleva no necesita repetirse »
Luego llegó el silencio y la figura, que había llegado a refulgir, se apagó.
Sofía bajó la mano despacio y se giró hacia Daniel. Lo encontró de pie, a menos de un metro de ella. La miraba de una manera que provocó que se le acelerasen los latidos del corazón.
—¿Has visto eso? —le preguntó Sofía para centrarse en lo que debía.
—¿Me lo parece a mí o la pared se ha iluminado?
—Sí... no estaba segura de que no hubiera sido más que un efecto óptico. Pero tú también lo has notado, ¿verdad?
—Ninguno de los dos se ha vuelto loco, Sofía. Ambos lo hemos visto. Lo hemos sentido —dijo en referencia a la subida repentina de la temperatura.
—Esto no es normal. Te juro que no sé qué hay detrás, pero tenemos que buscar más información.
—Estoy de acuerdo contigo.
Sofía cogió el móvil y sacó varias fotos a la pared. Poco a poco la luz se había ido diluyendo, y solo quedaban las marcas normales realizadas por la punta del abrecartas.
—Si te parece bien, seguiré revisando la documentación de las cajas, por si encontramos algo más que pueda resultar de interés —sugirió el tasador.
—Y yo miraré por internet a ver si encuentro algo sobre estrellas de ocho puntas. Igual es buscar una aguja en un pajar, pero debemos intentarlo.
—Me parece buena idea.
—Creo que será mejor que salgamos de aquí y volvamos al archivo, no vaya a ser que nos descubran .
—Nos llevaremos las cartas de Isabel, por si acaso. Y el joyero. No quiero dejarlo atrás.
Una vez en su oficina, en un lugar seguro, Sofía abrió el navegador con un propósito claro. Tecleó « estrella ocho puntas patrimonio histórico andaluz siglo XVIII » y esperó.
A pesar de haber tratado de acotar la búsqueda, los resultados fueron muchos y variados.
Sin embargo, le llamó la atención que la mayoría de ellos hacía referencia a la geometría islámica, decoración nazarí, imágenes de azulejos y yeserías.
Nada que ver con la temática y el período con el que estaban trabajando.
Bajó por la pantalla hasta que una de las entradas atrajo su interés. Se trataba del enlace a una página web profesional con el nombre de una restauradora sevillana en el encabezado.
«Elena Vidal. Restauración e investigación de patrimonio histórico andaluz.»
Sofía leyó la descripción y se detuvo en un artículo sobre un proyecto que la restauradora parecía haber realizado en Triana no hacía mucho. También aparecía otra referencia sobre documentación de patrimonio nazarí en edificios que se habían mantenido hasta la actualidad.
Estaba a punto de descartar la página cuando vio la foto.
Era una imagen de una pared, en un patio típicamente andaluz, con una estrella de ocho puntas que sí reconoció.
Si bien no era idéntica a la del trastero, guardaba cierto grado de semejanza que le llamó la atención.
Tenía las mismas proporciones generales, el mismo número de puntas y una geometría demasiado parecida para ser casual.
Sofía buscó el número de teléfono en la página y, tras dudarlo un instante, llamó.
—¿Elena Vidal?
—Sí, soy yo —se oyó decir a una mujer al otro lado de la línea.
—Buenos días. Me llamo Sofía Navarro. La llamo porque encontré su web hace unas semanas y he estado leyendo acerca de su trabajo. Me gustaría saber si me puede ayudar con un asunto en concreto.
No era del todo cierto, pero fue lo primero que se le ocurrió para no dar la impresión de urgencia.
—Usted dirá.
—Verá… trabajo en la Diputación Provincial de Cádiz. No sé si la conoce; se trata de un edificio antiguo en pleno casco histórico de la ciudad.
—Sí, sé cuál es. He pasado en alguna ocasión por la Plaza de España; creo que es allí donde se ubica, ¿no?
—Así es.
—¿Y en qué puedo ayudarla, Sofía?
No pudo contener un suspiro, mientras estudiaba la mejor manera de exponer la cuestión. Decidió que lo mejor era ser directa.
—En una de las estancias del edificio, he encontrado una figura geométrica que me tiene un tanto desconcertada —explicó sin añadir mucho más—.
Le hice unas fotos con la idea de investigar un poco sobre su origen, y lo que he encontrado no tiene nada que ver con la época en que se levantó el edificio, que es del siglo XVIII.
He pensado que podía ser una réplica de algo más antiguo, pero no tiene sentido que haya sido ocultada tras unas estanterías.
Igual es una tontería y carece de valor, pero tras haber visto su página web, he pensado que quizás usted sea la persona apropiada para aclarar mis dudas .
Se produjo un silencio repentino al otro lado de la línea.