El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Álvaro

Al día siguiente, Bernardo Castro se presentó en el despacho de Doña Pilar portando una carpetilla con el logotipo de la Universidad de Cádiz. Esta lo recibió con una sonrisa amable y lo invitó a sentarse para tratar cómodamente el asunto que lo había llevado hasta allí.

—¿A qué debo esta grata visita? —preguntó la jefa de servicio cuando estuvieron acomodados.

—¿Acaso no puedo pasar a saludar a una amiga que le queda un suspiro para jubilarse?

—Ay, Bernardo... cuento los días que me faltan para irme.

El hombre se rio.

—Cualquiera diría que estás picando piedra.

—Quita, quita. No me puedo quejar de mi trabajo, pero ya me apetece descansar y no tener que estar preocupándome por todo lo que pasa en el servicio —exageró, como si ambos no supieran que el peso del trabajo del departamento no recaía precisamente en ella—.

Pero bueno, por más que quieras saludarme, estoy segura de que es otro el motivo que te trae hasta aquí.

El hombre sonrió.

—Y no te equivocas, no...

—Bien, ¿en qué puedo ayudarte esta vez?

El profesor dejó la carpetilla sobre la mesa y se la pasó.

—Me temo que, en esta ocasión, no se trata de una cuestión agradable.

—Vaya, lamento oír eso. ¿Qué ha sucedido?

—Debido a la gran confianza que te tengo, debo decir que estoy inquieto por el proceso de catalogación que está realizando el señor Vega junto a nuestra querida Sofía.

Doña Pilar pareció descolocada ante semejante afirmación.

—No te entiendo, Bernardo. ¿Por qué? ¿Acaso has descubierto algo por lo que deba preocuparme?

—A ver cómo te digo esto... Daniel Vega es sin duda un profesional competente, pero hay ciertos aspectos metodológicos que me generan serias dudas desde el punto de vista académico.

He realizado un informe que he enviado a Arturo, no como una interferencia, sino como una aportación de contexto.

Creo que quizás convendría ir despacio y con cierta prudencia, porque algunas de las piezas que el tasador está identificando como de alto valor pueden que estén siendo sobreestimadas.

Por otro lado, parece ser que ha mostrado un interés excesivo en el trastero y, bajo mi punto de vista y experiencia, no considero necesario rebuscar en un lugar donde no hay nada interesante.

Creo que está dedicando su limitado tiempo a especular sobre unos bienes que carecen de relevancia, dejando de lado el estudio de otros que igual sí podría tener interés, pero nunca hasta el punto que él parece haberle expresado a Arturo.

En consecuencia, es posible que esté realizando valoraciones poco juiciosas, y me preocupa que también resulten desacertadas.

Si la Diputación toma decisiones sobre el fondo basándose en una valoración inflada, las consecuencias para la reputación de la institución podrían ser complicadas.

Doña Pilar lo escuchaba con atención, mientras él sembraba la semilla de la duda en su cabeza.

—Entiendo lo que quieres decir y valoro enormemente tu aportación. Por favor, déjame el informe que has preparado y no tengas dudas de que lo estudiaré con detenimiento, como siempre.

—Te lo agradezco mucho, Pilar. Ya sabes que solo miro por el bien de esta Casa .

—No, soy yo quien te agradece tu interés sincero. Y no te preocupes que me encargaré personalmente del asunto.

—En tal caso, no te robo más tiempo. Espero que la próxima vez que nos veamos sea para tomarnos un café y no para tratar asuntos de trabajo.

—Eso dalo por hecho.

Cuando Bernardo se fue, Doña Pilar cogió el teléfono y llamó a su subordinada.

Sofía acudió a la llamada de su jefa de inmediato. Le había dicho que se trataba de un asunto urgente, y después de lo que había pasado el día anterior con Arturo, mucho se temía que el tema pudiera estar relacionado.

—Siéntate, Sofía. —Doña Pilar juntó las manos sobre la mesa—.

El doctor Castro ha estado aquí esta mañana —dijo sin preámbulos para poder cerrar el tema cuanto antes—, y me ha hecho partícipe de su preocupación sobre el proceso de catalogación que se está realizando.

También me ha informado acerca de un informe enviado a Arturo con una valoración alternativa del fondo .

—Lo sé, me consta —le informó la auxiliar—. Daniel ya habló con él ayer.

—Eso también lo sé. —Doña Pilar respiró hondo y se acomodó en su silla—. Sofía, Bernardo Castro lleva años colaborando con la Diputación. Tiene prestigio, contactos y, sobre todo, la confianza de esta Institución. Como comprenderás, eso es algo que no lo puedo ignorar, aunque quisiera.

Sofía esperó, sintiendo cómo el corazón le bombeaba en el pecho.

—Te voy a pedir que controles al señor Vega para que no se apresure —continuó la jefa—. Que no toméis decisiones unilaterales sobre el fondo sin consultarme antes. Y que, de momento, dejéis el trastero como está hasta que se aclare el tema del informe de Bernardo.

Sofía lo oyó todo sin interrumpir.

Tuvo que reconocer que doña Pilar no estaba equivocada desde su lógica.

El argumento de Bernardo, aunque fuera falso, había hecho su trabajo tal y como estaba diseñado, es decir, sembrando dudas suficientes sobre si el criterio de Daniel era mejor o no que el del profesor.

No es que su jefa fuera una aliada de Bernardo, sino que no quería dar un resbalón en sus decisiones cuando solo le quedaban tres meses para jubilarse.

—Lo entiendo —dijo Sofía—. Pero supongo que necesitaré un argumento que justifique que el tasador no tenga acceso al trastero cuando hace unos días se le dio permiso para todo lo contrario.

Asintió.

—Tienes razón. Veré que puedo hacer y trataré de solventar esa cuestión cuanto antes. Mientras tanto, como siempre, te dejo que te encargues de todo.

—Muy bien. ¿Algo más?

—No, puedes volver a tus ocupaciones. Muchas gracias.

Sofía sonrió, se levantó de su asiento y salió del despacho.

Al igual que hiciera ella cuando él llegó de su reunión con el jefe de gabinete, Daniel levantó la vista en cuanto la vio entrar al archivo.

Pudo leer en su expresión que la reunión no había sido de su agrado.

—¿Qué ha pasado con doña Pilar? —le preguntó sin demora.

Sofía se dejó caer sobre su silla y suspiró.

—Bernardo ha estado en su despacho esta mañana. Le ha sembrado la suficiente duda para que me pida que te controle y que vayamos despacio. Y lo peor de todo, que dejemos el trastero como está hasta que se aclare lo del informe.

—¡¿Qué?!

—¿Y le has dicho que sí?

—A ver, es mi jefa. No puedo contradecirla porque sí, así que no me ha quedado otra que decirle que lo entendía.

—Sofía dejó asomar una sonrisa ladina—. Pero también le he pedido un documento que avale que no se toque nada cuando hace nada te dieron otro para que sí lo hicieras.

Conociendo como es de tranquila, le llevará unos días redactarlo, pero no podemos confiarnos, no vaya a ser que Bernardo vuelva a entrometerse.

—Muy bien. Ahí has estado rápida —le dijo con orgullo.

—Tenemos que revisar el contenido de las cajas del armario antes de que alguien decida que tiene autoridad para impedírnoslo.

—Tienes razón.

—Deja entonces que coja las llaves y vayamos para allá. Y a ser posible, intentemos ser lo más discretos posible, no vaya a ser que a doña Pilar le dé por mirar dónde nos hemos metido cuando me ha pedido expresamente que no toquemos el trastero.

—¿No es mejor que esperemos a la tarde, cuando el edificio esté vacío?

—Sabiendo las molestias que se está tomando Bernardo, ¿quieres arriesgarte a que a final de la mañana llegue el escrito diciendo que tienes vetada la entrada a esa sala?

Mi jefa no es que lo que se dice una polvorilla trabajando, pero es buena ordenando que otro haga su trabajo.

Lo que me extraña es que no me haya encargado a mí la redacción del informe.

Por eso creo que es mejor que vayamos cuanto antes.

—Pues andando.

Cuando llegaron, se aseguraron de que no hubiera nadie en el corredor que pudiera verlos entrar en el trastero. Y una vez dentro, Sofía se encargó de echar la llave para evitar sorpresas indeseables.

Las cajas seguían en el suelo, repartidas en dos filas. Los documentos y los objetos envueltos, en la mesa. Y el abrecartas descansaba junto a ellos sobre un papel de embalar, con su óxido y su forma inconfundible.

La pared, con la estrella de ocho puntas visible en su totalidad, los esperaba al fondo.

Sin perder ni un minuto, empezaron a revisar las cajas con rapidez. Eran muchas y no sabían de cuánto tiempo disponían para hacerlo.

Las dos primeras contenían documentos administrativos con registros de entrada y salida de mercancías.

Algunos estaban en un estado de conservación aceptable, pero había otros que tenían el papel tan deteriorado que Daniel tuvo que manipularlos con suma delicadeza para evitar que se deshicieran en sus manos.

Los fue catalogando en el portátil con la metodología de costumbre, mientras Sofía se los iba pasando.

Sin embargo, al llegar a la tercera caja, descubrieron que era diferente a las anteriores. En su interior, cubierto por una tela que el tiempo había vuelto de color grisáceo, hallaron un paquete plano y rectangular.

Sofía lo abrió con cuidado y comprobó que no eran documentos oficiales.

Eran cartas.

Un grupo de sobres doblados, en alguno de los cuales todavía se apreciaba el sello de lacre intacto, aunque quebradizo. La caligrafía no era la densa e inclinada de los escritos privados del comerciante, sino que se trataba de otra más pequeña y redonda.

Miró el primer sobre, y en su anverso, había un nombre.

«Para Álvaro Montemayor.»

Sofía se quedó paralizada.

—Daniel, mira esto. —Él levantó la vista del portátil y ella le tendió el sobre.

El joven se puso los guantes y lo abrió con delicadeza. La carta se desplegó en sus manos con la fragilidad del papel muy antiguo. Sofía se acercó a su lado para leer al mismo tiempo.

«Álvaro mío,

Te escribo desde la casa de mi tía en La Habana, donde llevo ya tres semanas esperando el momento en que me confirmen que el pasaje está reservado. Me han dicho que hay sitio en el barco que parte en septiembre, y si Dios quiere, para cuando esta carta llegue a tus manos yo ya estaré en camino.

No te imaginas cuánto he pensado en ti desde que te fuiste. En las noches, sobre todo, cuando el calor no deja dormir y me quedo mirando el techo y recuerdo cada conversación que tuvimos en nuestra rosaleda donde me decías que me esperarías todo el tiempo que hiciera falta.

Guardo cada carta que me has mandado. Las tengo todas, aunque algunas llegaron tan tarde que ya no correspondían al momento en que las escribiste. Pero son tuyas y en ellas están grabadas una parte de ti. Y el solo hecho de saberlo me reconforta.

Hay una cosa que quiero que sepas antes de que zarpe: llevo la estrella conmigo, la de ocho puntas que decías que era nuestra señal.

La he bordado en el forro del joyero para que nadie me la quite.

Cuando llegue a Cádiz, cuando te vea en el puerto, te lo voy a regalar y sé que tú me dirás que ya no hace falta porque por fin estamos en el mismo lado del océano.

Espérame, Álvaro.

Isabel»

Había un nombre.

Por fin tenían el otro nombre.

—¿Te das cuenta? Ha hecho referencia a la estrella —dijo Sofía, en voz baja.

—Sí.

—Ella la llevaba consigo y él la tenía grabada en la pared. Al parecer se trata de una especie de símbolo especial que los unía de alguna manera.

Daniel miró hacia el fondo del trastero, hacia la pared de piedra ostionera con la estrella de ocho puntas visible en su totalidad.

—¿Cuántas cartas hay?

Sofía las contó sin desenvolverlas.

—Siete. —Las examinó una por una—. Pero creo que algunas de ellas no están abiertas siquiera. O quizás sea que el papel se ha quedado pegado con el tiempo .

—También es posible que él ni siquiera las abriera —conjeturó Daniel.

—¿Por qué no? Si son de su amada, ¿cómo no iba a leerlas?

—Porque a lo mejor no se sintió con fuerzas para hacerlo.

Aquella posibilidad solo tenía una lectura, si bien no pasaba de una simple suposición: que cuando las recibió, el comerciante ya sabía lo ocurrido con Isabel.

—¿Y qué me dices del joyero? —preguntó Daniel.

—¿Qué pasa con él?

—Ella comenta que había bordado la estrella en su forro. —Daniel miró los bultos envueltos en tela que seguían sobre la mesa—. ¿Y si es alguno de esos?

Los dos desviaron la mirada hacia los paquetes al mismo tiempo.

Sofía dejó las cartas sobre el papel protector que había colocado Daniel bajo el abrecartas. Ojeó entre los objetos, tratando de adivinar por el tamaño aquel que buscaban. Uno en concreto atrajo su atención.

Empezó a desenvolverlo con manos un tanto temblorosas. Al terminar, se encontró con una pequeña caja de madera que tenía el cierre de metal oxidado. Tiró de la solapa con cuidado y la tapa cedió sin ningún impedimento.

Allí estaba.

Como era de esperar, el interior del joyero estaba vacío. Pero en la tela que lo recubría, en efecto había un dibujo bordado que, aunque ajado por el paso de los años, era fácilmente reconocible.

Sofía se quedó mirando la tela para, a continuación, hacer lo mismo con la pared. En efecto, la estrella grabada en la piedra y la estrella bordada en la tela de la caja eran la misma, con las mismas proporciones y el mismo número de puntas .

—Son iguales —dijo Sofía.

—Sí. Es curioso que, mientras él la grababa en la pared, ella la bordaba en la tela del joyero.

—¿Qué significado tendría?

—En la carta menciona que « era su señal». Supongo que debe ser un símbolo que en algún momento dado significó algo importante para los dos.

—Sé que esto es algo privado y que igual para ti no tiene un interés histórico tan relevante como el resto de la documentación de los registros. Pero te juro que me encantaría saber más de ellos.

—¿Quién dice que no tiene valor? —Daniel se quedó mirando la estrella en la pared con atención—. Todo depende de lo que su historia nos cuente. Y si no investigamos, nunca lo sabremos.

—Al menos ahora sabemos quién era él. Llevo tanto tiempo oyéndolo hablar, que me gusta la idea de poder darle un nombre. Y no uno cualquiera, sino el suyo.

—Álvaro...

—Álvaro e Isabel —apuntó Sofía.

—Dos nombres y una señal compartida entre dos personas separadas por el Atlántico y a quienes la vida reunió cuando ya era tarde.

—Se merecen que su historia tenga, si no un final feliz, porque eso no está en nuestras manos poder dárselo, al menos sí un mejor lugar mejor que unas cajas de cartón olvidadas en un armario cerrado durante quién sabe cuántos años.

Daniel volvió a mirar la estrella de la piedra.

—Sí, quizás tenga razón. Y seremos nosotros quienes nos ocuparemos de que así sea.