Capítulo 14
El informe
Habían decidido continuar con el trabajo de investigación para el día siguiente. Pero aquella mañana llegó con un aviso inesperado.
Cuando Daniel entró al archivo a las ocho y media —Sofía se había dado cuenta de que cada vez era menos cuadriculado en sus rutinas—, todavía llevaba en la cabeza la pared del trastero, el abrecartas guardado en el armario y, sobre todo, la estrella de ocho puntas que habían dejado al descubierto la tarde anterior.
Tenía preguntas que no podían responderse hasta que vieran el contenido de las cajas, y esa impaciencia le generaba una energía que necesitaba convertir en trabajo cuanto antes.
Sin embargo, Sofía lo recibió de pie, con una expresión que no le auguraba nada bueno.
—Buenos días, Sofía. ¿Pasa algo?
Ella suspiró.
—Acaba de llamarme Arturo preguntando por ti —le informó—. Quiere verte con urgencia en su despacho.
Daniel se detuvo.
—¿El jefe de gabinete?
—Sí. Ha dicho que es urgente —insistió.
Soltó el maletín del portátil sobre la mesa y se cruzó de brazos, extrañado.
—¿Ha dicho por qué?
—No. Pero el tono no era precisamente amable.
A ninguno le sonaba bien todo aquello, pero no iban a saber de qué se trataba hasta que Daniel enfrentara la situación.
—Veamos qué ocurre. Ahora vuelvo.
Sofía lo siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo. Luego se quedó observando la puerta cerrada con la sensación de que algo estaba a punto de complicarse.
El despacho del jefe de gabinete estaba en la primera planta, con una ventana que daba a la Plaza de España y una mesa enorme llena de papeles.
Sobre ese escritorio, en el centro, destacaba un documento.
Al ver a Daniel, le señaló con un gesto de la mano la silla del otro lado de la mesa para que la ocupara.
—¿Querías verme, Arturo?
—Sí.
—Bien, dime en qué puedo ayudarte…
El funcionario se reclinó en su sillón.
—Voy a ir directo al grano. Me han hecho llegar un informe —dijo empujando el documento hacia él— sobre el fondo histórico que te estás encargando de catalogar, realizado por el doctor Bernardo Castro, de la Universidad de Cádiz.
Daniel miró el documento sin comprender.
—¿Bernardo Castro?
—Especialista en historia económica del comercio atlántico. Es un colaborador habitual de la Diputación desde hace años.
—Sí, ya sé quién es. Lo que no entiendo es qué pinta él aquí.
Arturo juntó las manos sobre la mesa.
—¿Recuerdas que la semana pasada, cuando nos encontramos en la puerta, me comentaste que el material que estabas revisando era de gran valor, tanto histórico como patrimonial?
—Sí, y así es. Claro que lo recuerdo.
—Sin embargo, el informe que me ha presentado el doctor cuestiona varias de las afirmaciones que me adelantaste de manera informal. Según Bernardo, las piezas de las que me hablaste digamos que están en una categoría significativamente inferior a la que referiste.
Daniel tardó unos segundos en responder. No porque no supiera qué decir, sino porque necesitaba elegir las palabras adecuadas para dar la sensación de la profesionalidad que se presumía en él después de tantos años trabajando en la materia. Aunque por dentro se lo estuvieran llevando los demonios.
—¿Me permites ver el informe?
—Por supuesto. Para eso te he llamado.
Daniel lo cogió y empezó a leerlo despacio, pasando página tras página sin gesticular y controlando cualquier expresión que evidenciara el enfado que sentía. Se detuvo en aquellos detalles que consideró interesantes, no porque tuvieran razón, sino porque resultaban fáciles de rebatir.
Aquello, simplemente, no tenía por dónde cogerlo.
Cuando llegó al final, lo dejó sobre la mesa.
—Este informe —dijo con una calma que le costó bastante mantener— ha sido elaborado sin el acceso directo a la documentación ni a los objetos del fondo. No entiendo en qué se ha basado para sacar unas conclusiones tan... particulares.
—El doctor Castro tiene una amplia experiencia en el período al que corresponde el contenido que tú estás revisando —dijo Arturo, justificando el trabajo del catedrático.
—No lo dudo. —Daniel, no obstante, mantuvo el tono sereno—.
Pero las valoraciones que se hacen aquí sobre piezas específicas son imposibles de realizar sin haberlas inspeccionado físicamente.
Sin ir más lejos, los manifiestos de carga que hemos identificado, o las piezas de cerámica de las cajas del depósito...
Son objetos que requieren una auscultación directa.
Sin ella, cualquier valoración es, en el mejor de los casos, especulativa.
—El doctor Castro ha fundamentado su estudio en registros históricos comparados y en su conocimiento de la época.
Daniel contó hasta tres antes de contestar.
—Los registros históricos comparados son útiles como marco de referencia.
Pero no son suficiente para catalogar un material tan específico.
Además, si me permite decirlo, tengo un contrato con esta institución para realizar exactamente este trabajo en un plazo de cuatro semanas que todavía no ha vencido.
Si no he entregado mi informe y valoración final, es porque aún no he terminado con el estudio.
Dicho esto, ¿para qué se me ha contratado, si mientras trabajo aquí se encargan informes externos que cuestionan lo que estoy haciendo ?
Sin duda, aquel argumento estaba bien fundamentado, y así lo reconoció el jefe de gabinete, aunque con matices.
—Debes entender que la Diputación no puede ignorar un informe firmado por un especialista de reconocido prestigio —explicó al fin.
—Ni yo pido que lo hagas. Pero sí exijo un mínimo de respeto por mi trabajo y que al menos esperen a mi informe antes de decidir cuál de los dos es más acertado.
Sería una pena que se infravalore un patrimonio que pertenece a todos y, en consecuencia, se haga un mal uso de él en el futuro, ¿no te parece?
—Por supuesto. Y no quiero que pienses que no confío en tu trabajo. Solo quería mostrarte el informe del doctor Castro por si pudiera ayudar en tus investigaciones —reculó el funcionario al darse cuenta de que la conversación se le estaba complicando.
—De momento, el trabajo discurre dentro de los plazos fijados en el contrato.
Tengo los documentos, los objetos y los datos, que están siendo procesados y catalogados según mi experiencia profesional.
Te aseguro que mi valoración estará fundamentada en evidencia directa y no en comparativas genéricas.
Arturo sopesó sus palabras.
—Está bien. En tal caso, hablaremos cuando tengamos tu dictamen y entonces valoraremos los resultados.
—Te lo agradezco. ¿Te importa si me lo llevo? —preguntó señalando el dictamen del profesor—. Así puedo contrastar mejor las conclusiones del doctor Bernardo con las mías.
—Sin problema. Puedo sacar otra copia del correo.
Daniel se levantó, cogió el documento que había quedado sobre el escritorio, y salió del despacho.
Caminó de vuelta por el pasillo de la planta noble con el informe en la mano y una furia contenida que estaba a punto de explotar.
No sabía qué le había molestado más: si el dictamen en sí, que ya tenía tela marinera, o el hecho de que alguien había dedicado tiempo y esfuerzo a construir una pantomima para interferir en su trabajo.
¿Cómo se atrevía a hacer algo así sin haber visto el material, sin haber pisado el archivo, sin tener ningún derecho sobre su encargo?
¡A la mierda con el doctor Bernardo Castro!
Cuando entró en el archivo tiró el informe sobre la mesa de mala manera como si le quemase en las manos.
Sofía levantó la vista de los legajos en cuanto lo vio llegar.
—¿Qué ha pasado?
Daniel se desabrochó los puños de la camisa y se la remangó hasta los codos con rabia, dejando a la vista su tatuaje. Respiró hondo varias veces mientras se llevaba las manos a la cintura.
—¿Daniel?
Incapaz de pronunciar palabra aún, porque si lo hacía de su boca solo saldrían sapos y culebras, cogió de nuevo el documento y se lo pasó a Sofía.
—¿Qué es esto?
Ella lo tomó y empezó a revisarlo. Mientras lo leía, él comenzó a caminar de un lado a otro de la oficina, buscando una calma que de momento le resultaba esquiva.
—¿Qué es esto? —repitió Sofía.
—Ha hecho un informe con una valoración estimada del fondo con el que nosotros estamos trabajando —le explicó cuando se vio capaz de hablar sin soltar una barbaridad—.
Sin haberlo visto siquiera. ¿Te lo puedes creer?
Cuestiona mis tasaciones, infravalora las piezas que hemos identificado como relevantes y lo hace con el suficiente lenguaje técnico para que a alguien que no entiende del tema le suene plausible.
Sofía continuó leyendo.
—Pero, ¿quién ha hecho esto?
—¡Tu amigo, el profesor Castro!
—No comprendo. ¿Por qué?
—Te dije que ese hombre no me daba buena espina. Y está claro que mi instinto no iba mal encaminado.
—Pero, ¿qué te ha dicho Arturo?
—Bah... tonterías. Me ha llamado para confrontarme, poniendo en duda algunos avances que le trasladé la semana pasada cuando me lo encontré al salir…
—Daniel se volvió—. Ni siquiera ha visto mi trabajo, y ya lo está cuestionando.
Y solo porque un profesor de universidad que no ha visto ni uno solo de nuestros documentos le ha preparado un pseudo informe basado en conjeturas. Es que… me parece tan inverosímil.
Sofia se acercó a él y le acarició el brazo para animarlo. Pudo sentir de inmediato el calor atravesando la tela de la camisa, no sabía si porque era su temperatura natural o por el sofocón que llevaba en lo alto.
—Venga, tranquilízate.
—Claro, es muy fácil decirlo cuando lo que se está atacando es tu criterio profesional.
Sofía lo entendía. Y por un momento, sintió unas ganas enormes de abrazarlo, aunque solo fuera para darle a entender que ella estaba de su parte. Pero se contuvo .
—Y ahora, ¿qué va a pasar con nosotros?
La pregunta, formulada de semejante manera, provocó que Daniel le dirigiera una mirada intensa que hizo que se le cortara la respiración. Quizás no había estado muy acertada eligiendo las palabras.
—Le he dicho que espere a mi informe final, que todavía estoy dentro del plazo. Pero tengo la sensación de que esto va a complicar las cosas.
—Lo entiendo.
Sofía apartó la mano del brazo de Daniel y, al hacerlo, él se dio cuenta de que aquel simple gesto había contribuido en parte a calmar su enfado. Al menos, un poco.
—¿Tienes el teléfono de Bernardo? —le preguntó de repente.
Sofía lo miró.
—Sí.
—¿Me lo podrías dar?
—Daniel...
—Por favor.
Ella suspiró. Daniel tenía derecho a hacerse respetar.
—Está bien.
Buscó el número en la agenda del archivo y se lo dio sin añadir nada más. Sabía que no iba a servir de nada intentar disuadirlo, y que en todo caso tampoco le correspondía a ella hacerlo. Al fin y al cabo, solo estaba defendiendo su trabajo y el motivo por el que lo habían contratado.
Daniel marcó y esperó hasta que descolgaron al otro lado de la línea.
—¿Doctor Castro? Soy Daniel Vega. Le llamo porque acabo de leer su informe de valoración del fondo colonial de la Diputación. —Increíblemente, el tono de Daniel era de cierta cortesía, que Sofía sabía que era impostado .
Desde el otro lado de la mesa, Sofía solo podía escuchar la conversación desde la perspectiva de Daniel, pero era suficiente para entender cómo estaba discurriendo.
—Le agradezco el interés —dijo Daniel—, pero su informe hace valoraciones sobre piezas que usted no ha inspeccionado físicamente.
Eso, desde el punto de vista técnico, invalida cualquier conclusión específica que pueda extraerse de él.
—Pausa—. Entiendo que tiene experiencia en el período, doctor Castro.
Sin embargo, que yo sepa, repito que usted no ha tenido acceso al material que yo sí he analizado.
—Pausa más larga, con Bernardo hablando al otro lado—.
No, señor, no tengo intención de que usted forme parte de mi equipo de trabajo y no le voy a facilitar la consulta del material.
—La voz ya no resultaba tan contenida como al principio—.
Si usted quiere hacer su propio estudio, cuando termine yo, hable con quién considere y haga lo que estime conveniente.
—Una nueva pausa, esta vez más corta—. Escuche.
Tengo un contrato con la Diputación para realizar este trabajo.
Un contrato con un plazo que no ha vencido.
Y le pido, con toda la claridad de la que soy capaz, que no vuelva a meter las narices en mi trabajo. ¿Estamos de acuerdo?
La última pausa fue la más larga.
—Bien —dijo Daniel—. Buenos días.
Colgó y se quedó mirando el teléfono un momento.
—Creo que ha quedado bastante claro —dijo, más para sí mismo que para Sofía.
—Sí, sin duda. Pero no te calientes más por esto. Lleva años haciendo lo mismo.
Daniel la miró.
—¿A qué te refieres?
—A Bernardo le gusta interferir en los trabajos externos que pasan por este archivo .
—¿No es la primera vez?
—Me temo que no. Hace un par de años, hubo un investigador de la Universidad de Sevilla que pasó aquí tres semanas estudiando el fondo del siglo XVI.
Bernardo apareció a la segunda semana con un artículo publicado que cuestionaba la metodología del investigador.
El hombre se fue sin terminar el trabajo.
Y antes de ese, hubo una restauradora de Toledo que vino a valorar unas piezas del XIX.
Bernardo se ofreció como asesor y a la semana siguiente el encargo se paralizó por razones presupuestarias que nunca quedaron del todo claras.
Daniel la observaba en silencio.
—Y tu jefa, ¿no dice nada? ¿le parece bien?
Sofía se encogió de hombros.
—Doña Pilar lo sabe y prefiere no meterse. Y Arturo también lo conoce desde hace años y le tiene aprecio.
—Pero, ¿tú no te has quejado de su intromisión?
—Daniel, yo solo soy una administrativa. Nadie me va a escuchar si me quejo de un catedrático de universidad.
Daniel la miró durante un momento antes de volver a hablar.
—Pues ya tienes a alguien que te escuche.