Capítulo 13
La pared
El lunes Daniel apareció en el archivo antes de las ocho de la mañana.
Aunque no había vuelto a hablar con Sofía desde el viernes anterior, no había podido sacársela de la cabeza en todo el fin de semana.
Dedujo que, si no lo había llamado, era porque no había tenido motivos para hacerlo.
Pero eso no quitaba que la tuviera presente a cada minuto, por más que se resistiera a llamarla para preguntarle cómo se encontraba.
Era consciente de que el interés por ella iba en aumento a medida que pasaban los días, y se había autoimpuesto una barrera que no quería cruzar por su propia salud mental.
Cuando la vio aparecer, ya la esperaba con un vaso de café recién hecho, que en esta ocasión iba acompañado por una carmelita de crema.
—¿Cómo estás? —le preguntó en cuanto cruzó el umbral.
Sofía se quitó el bolso del hombro y lo guardó en el cajón más grande de su mesa.
—Bien.
—¿Volvió?
—No. —Fijó sus ojos en la bebida y el dulce que él había llevado—. El resto del fin de semana, nada. Como si no hubiera pasado. —Señaló el desayuno con la cabeza—. Esto que es, ¿para pasar el mal trago?
—Más o menos —Daniel le sonrió.
—Bueno pues, aunque ya esté más tranquila, se agradece igualmente.
Daniel asintió y apartó su portátil del escritorio para dar cuenta de los dulces y el café. Sofía lo miró de reojo.
—Por cierto, espero que no te molestara la llamada del viernes, pero eras la única persona que sabía que me comprendería.
Aquella afirmación le causó a Daniel una sensación agradable.
Demasiado agradable.
—Tú nunca me molestas. Al contrario —le dijo con total sinceridad.
Sofía se llevó el vaso a los labios para que él no viera su sonrisa.
La llamada de mantenimiento llegó cuando apenas habían terminado de desayunar, justo cuando empezaban a organizar la siguiente caja con documentación para proceder a su revisión.
—Sofi, soy Manu. ¿Te viene bien si me paso ahora para echarle un vistazo al armario que me comentaste el otro día?
La joven hizo señas a Daniel para atraer su atención. Él levantó la cabeza para escuchar la conversación.
—Claro, nos viene genial. Voy para allá y llevo las llaves para abrirte el trastero. Te espero en la puerta.
—Perfecto, nos vemos allí en dos minutos.
Cuando colgó, Daniel le preguntó:
—¿Los de mantenimiento?
—Sí. Van para allá, así que voy a abrirles. ¿Te quedas tú con todo esto? —le preguntó refiriéndose a los legajos.
—No, no… Si no te importa, te acompaño. No me lo quiero perder.
—No sabemos si tardarán mucho…
—Da igual. Algo me dice que esto es más importante —dijo Daniel, cerrando el portátil.
—Pues no perdamos el tiempo.
El operario ya estaba en la puerta del trastero cuando ambos llegaron. Llevaba media vida trabajando en la Diputación, lo que significaba que conocía cada cerradura del palacio.
—Este armario —dijo, mirándolo con los brazos cruzados— lleva cerrado desde que yo entré aquí. Y de eso hace treinta años.
—¿Puedes abrirlo? —preguntó Sofía.
—Puedo intentarlo. —Manu dejó la caja de herramientas en el suelo y se agachó para examinar la cerradura—. Si la llave original no apareció en todo este tiempo, es que o la perdieron, la tiraron... o está dentro.
—¿Dentro? ¿Cómo va a estar dentro, hombre?
—Puede pasar. Que alguien bloquee el mecanismo y la llave se quede en el interior sin querer.
—Se encogió de hombros, acostumbrado a ver todo tipo de cosas en tantos años de mantenimiento institucional—.
Déjame que lo intente con el gancho. Si no, tendría que forzarla y eso no me gustaría hacerlo en una madera de esta calidad.
Sofía y Daniel esperaron con paciencia, mientras observaban como Manu maniobraba una y otra vez con destreza. Pasados diez minutos, por fin llegaron las palabras que estaban deseando oír.
—Creo que ya lo tengo —dijo Manu desde el suelo.
De pronto, sonó un clic seco, limpio, y la cerradura cedió.
El hombre se incorporó con esfuerzo y se sacudió las rodillas que habían quedado cubiertas por el polvo del suelo de piedra. Recogió sus herramientas, y los miró a los dos.
—¿Queréis que os ayude a abrirlo?
—No hace falta —Sofía se lo agradeció con una sonrisa—. Nosotros nos encargamos. Muchas gracias, Manu.
—Nada, mujer. Para eso estamos. —Cogió la caja no sin antes comprobar que estuviera bien cerrada—. Eso sí, si hay algo de valor ahí dentro, me lo dices luego, que tengo curiosidad. Y ahora os dejo que me están esperando arriba. Parece ser que se ha roto un cristal en la segunda planta.
Cuando se marchó, Sofía y Daniel se miraron. En sus ojos había una comprensión mutua y era fácil leer la expectación reflejada en ellos.
Fue Sofía quien se acercó primero.
Puso la mano en la puerta derecha. Daniel, en la izquierda.
Se volvieron a mirar un segundo.
Y abrieron.
Las puertas cedieron con cierta resistencia, lógica por demás después de que la madera llevara décadas en la misma posición. Un sonido sordo llenó el trastero .
Y entonces llegó.
No era viento, porque no había ninguna ventana abierta. Tampoco se trataba de una corriente de aire, porque el trastero no tenía más entrada que la puerta por la que habían accedido ellos.
Era algo diferente que salía del interior del armario como si hubiera permanecido contenido durante mucho tiempo y por fin hubiera encontrado una vía por dónde escapar.
Un aliento.
No cálido, pero tampoco frío. Aunque sí lo bastante denso para notar que no correspondía al aire normal de una sala cerrada.
Tanto Sofía como Daniel dieron un paso atrás de forma instintiva.
—¿Tú también lo has notado? —preguntó ella.
—Sí —reconoció él, sin necesidad de indicar a qué se refería.
—No podemos dejar que esto nos pare. Llevamos demasiado tiempo esperando para descubrir lo que hay dentro.
El interior era lo que cabría esperar de un armario que lleva décadas sin abrirse: amarillentas cajas de cartón apiladas, documentos atados con cinta que el tiempo había vuelto quebradiza y objetos envueltos en tela que resultaba imposible identificar sin abrirlos.
Todo cubierto de una capa de polvo que la apertura de las puertas había agitado levemente.
Todo excepto una cosa.
En el estante superior, apoyado con precisión como si alguien lo hubiera dejado allí a propósito, había una pieza pequeña y oscura que el tiempo había cubierto de óxido pero que conservaba su forma con claridad.
Se trataba de un abrecartas de metal, con el mango trabajado y la hoja roma, tan gastada por el uso, que el filo ya no existía.
—¿Y esto? —preguntó Sofía, extrañada—. ¿Qué hace aquí y por qué estará en tan mal estado ?
Daniel no respondió de inmediato. Miró el abrecartas mientras su cabeza trabajaba a toda velocidad.
—Las marcas de la pared… —dijo de repente—. Alguien debió grabarlas con alguna herramienta.
Sofía lo miró.
—¿Con un abrecartas?
—Yo diría que con ese abrecartas. Mira la punta cómo la tiene. Está absolutamente comida.
Sofía miró el objeto sin tocarlo.
—Esto empieza a asustarme un poco —confesó—. No sé por qué, pero toda esta situación me pone los pelos de punta.
No lo dijo con dramatismo. Pero llevaba demasiado tiempo siendo valiente con todo lo extraño que sucedía a su alrededor y esta era la primera vez que reconocía en voz alta que estaba llegando al límite.
Daniel se le acercó un poco más.
—Estamos juntos en esto, no lo olvides —le dijo. Tuvo que contenerse para no echarle un brazo por los hombros para apretarla contra sí—. No vas a tener que lidiar con la situación tú sola. Mucho menos después de lo que pasó el viernes en tu casa.
Sofía asintió, dejando que la seguridad que le generaba la presencia de él se asentase en su interior.
—¿Prefieres que lo veamos mejor esta tarde o mañana? —le preguntó el tasador, señalando el interior del armario con un gesto.
Sofía miró el trastero, las cajas y, sobre todo, el abrecartas del estante superior.
—Mejor esta tarde. Así evitamos que nadie nos moleste.
Cerraron el armario y volvieron al archivo .
Las siguientes horas las dedicaron a trabajar con lo que habían previsto, pero sin dejar de pensar en lo que le aguardaba en la otra estancia.
Y aunque la voz no se oyó en toda la mañana, la calma que se respiraba en el edificio le resultó a Sofía, paradójicamente, más tensa que el ruido habitual.
A las dos recogieron para ir a comer algo, con la intención de regresar cuando el resto de los compañeros de la Diputación ya se hubieran marchado.
La tarde la pasaron sacando el contenido del armario con sumo cuidado, conscientes de la fragilidad de lo que estaban tocando, aunque a simple vista no lo pareciera.
Las cajas fueron lo primero en mover, con la idea de aliviar el peso del mueble.
Eran quince en total, de diversos tamaños y como era de esperar, ninguna de ellas parecía tener el contenido etiquetado.
Las dejaron en el suelo del trastero con cuidado, y de mayor a menor volumen, para cuando les llegara el momento de ser revisadas.
Los documentos atados con cinta fueron lo siguiente: siete paquetes, algunos con el papel tan deteriorado que Daniel los manipuló con la misma delicadeza que había usado con la carta a medio terminar del comerciante.
También sacaron los objetos envueltos en tela: doce bultos de distinto tamaño que dejaron con sumo cuidado sobre la única mesa de la sala.
El abrecartas lo dejaron para el final.
Cuando el armario estuvo completamente vacío, los dos se quedaron mirando el estante superior donde seguía apoyado, solitario, con su óxido y su forma inconfundible .
Daniel se puso unos guantes finos de látex que sacó del maletín de su portátil, y lo cogió con cuidado.
Lo sostuvo bajo la débil luz de la bombilla del techo.
El mango tenía un grabado casi borrado por el tiempo.
Una serie de líneas que en algún momento habían formado un patrón decorativo y que el óxido había convertido en algo apenas visible.
Sin embargo, la hoja, aunque sin filo, conservaba en el extremo pequeñas muescas irregulares, como las que dejaría una punta de metal arrastrada contra la piedra durante mucho tiempo.
Sofía lo miró desde su posición, a su lado.
—Tenías razón. Las marcas se hicieron con esto —confirmó la deducción que Daniel había hecho hacía unas horas.
—Sí, eso parece.
Al igual que el resto de piezas, lo dejó con cuidado sobre un trozo de papel de embalaje que había extendido en el tablero de la mesa, abarrotada ya por el resto de objetos. Luego se fijó en el armario vacío, para luego posar sus ojos en la pared del fondo.
—Va a costar moverlo —comentó él de nuevo—. En el interior del mueble no había tantas cosas como para que nos impidiera apartarlo de la pared. Las cajas eran lo que más pesaban, pero tampoco era para tanto.
—Intentémoslo de todas maneras. La última vez conseguimos desplazarlo un poco.
—Sí.
—¿Cómo lo hacemos? ¿Tú por un lado y yo por el otro?
—Creo que mejor nos ponemos los dos en el lado de las marcas. Será mejor que apliquemos la fuerza a la vez primero en un lateral y después en el otro.
—De acuerdo .
No fue una tarea fácil. Fueron necesarios varios intentos hasta que por fin el armario empezó a ceder. Con un chirrido fuerte, consiguieron moverlo varios centímetros hacia un lado. Dieron un paso atrás, con la respiración agitada y volvieron a fijarse en la pared.
—Ahora se ve mejor —comentó Sofía, entusiasmada de que de una vez el esfuerzo estuviera dando sus frutos—. Teníamos razón, Daniel. No es una simple marca de la pared. Es una forma geométrica.
—Sigamos un poco más.
Fueron ahora al otro lado del mueble, y una vez que se había desplazado uno de los lados, el otro le resultó algo más fácil.
De nuevo, regresaron al lateral que les interesaba.
Con un poco más de hueco disponible, Daniel consiguió meter medio cuerpo para ejercer más fuerza en el empuje, mientras Sofía se colocaba en su posición anterior.
—Venga, a la de tres…
—Uno, dos…
—¡Tres!
De nuevo el armario se movió lo bastante para que, ahora sí, la pared de piedra ostionera del siglo XVIII de detrás quedara al descubierto, tal y como ellos pretendían.
Y lo que había en ella, grabado con la insistencia de alguien que volvía sobre el mismo punto una y otra vez, era perfectamente visible incluso con la luz insuficiente de la bombilla del techo.
Los dos se quedaron observándola en silencio hasta que Sofía lanzó una pregunta al aire.
—¿Se puede saber qué pinta ahí una estrella de ocho puntas?