El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

El problema

Cuando Sofía llegó a su casa, se enfrentó al silencio habitual de su hogar.

Como consecuencia de vivir sola, tenía como compañera una quietud que a veces resultaba demasiado tediosa.

Aunque se había acostumbrado a ella, había días en los que echaba de menos a su familia que vivía toda en Sevilla y que, aunque ruidosa a veces, era un pilar fundamental de su vida.

En fin, era lo que tenía haber aprobado una oposición a poco más de cien kilómetros de su ciudad.

Soltó el bolso en el perchero de la entrada y se fue a la cocina a poner agua a calentar para una infusión. Mientras esperaba, se quedó con la mirada perdida en los azulejos que había tras la hornilla de gas.

No podía dejar de pensar en la mano de Daniel apartándole el rizo de la cara.

Un gesto bastante tonto y hasta natural.

Pero la mirada que le siguió, el posterior carraspeo y cómo se había apartado de ella, le decía que no había sido tan inocente como parecía.

Aunque también evidenciaba cierto malestar, como si hubiera tomado conciencia de haber traspasado una línea invisible en la que no se sentía especialmente cómodo y que le había hecho dar un paso atrás para volver al lado correcto de la prudencia.

Pero si a él le había resultado embarazosa la situación, a ella le había parecido perturbadora.

No porque le hubiera desagradado, sino por todo lo contrario. Le había gustado aquel simple contacto. El olor que se desprendía de su piel y que le inundó la nariz cuando lo tuvo cerca. El cosquilleo que sintió en la nuca cuando la rozó, y cómo aquellos ojos oscuros se clavaron en los suyos.

Sofía cerró los ojos y aspiró profundo, como si todavía pudiera sentirlo junto a ella.

El sonido del agua hirviendo fue lo que la sacó finalmente de su ensoñación.

No tenía derecho a fantasear.

Daniel se iría en cuestión de pocas semanas y todo volvería a la rutina de siempre.

Así que terminó de prepararse el té y, una vez listo, se sentó en el sofá y conectó el televisor, más que para verlo, para tenerlo como ruido de fondo.

Sobre la mesa baja que había delante de ella, estaba el cuaderno en el que de vez en cuando plasmaba sus pensamientos. Volvió a pensar en Daniel y en su pregunta sobre si escribía...

Dejó la bebida sobre el tablero y cogió el bloc con el bolígrafo que tenía enganchado en la tapa.

Lo abrió en la primera página en blanco.

Escribió la fecha en el margen superior, como hacía siempre, y se quedó mirando el renglón debajo sin saber exactamente qué poner.

«Daniel Vega.»

Lo escribió y lo miró .

Luego, sonrió.

Madre de Dios. Se estaba comportando como una adolescente. Negó con la cabeza, divertida consigo misma, y dejó que las palabras fueran fluyendo por sí solas.

«Lleva dos semanas en el archivo y ya sé que hace el café con demasiado azúcar y que cuando algo le sorprende lo primero que hace es quedarse callado.

Que revisa los documentos tres veces antes de catalogarlos, aunque ya los haya visto bien a la primera.

Que cuando la voz suena, él levanta la cabeza exactamente igual que yo, con un gesto mezcla de sorpresa e incredulidad.

Luego me mira a mí, y sin decirnos nada, nos entendemos. »

Hizo una pausa y aprovechó para dar un sorbo al té.

«Quiero saber más de él y no sé cómo entrarle. Hoy en la comida estuvo a punto de decir algo sobre Cádiz, sobre por qué le cuesta volver; pero se cerró en seco. Como si hubiera abierto una puerta y luego se arrepintiera. Me pregunto cuántas puertas tiene así.»

Se detuvo y se echó hacia atrás, hasta quedar recostada sobre el reposacabezas.

Miró hacia la ventana y pensó cómo escribir la siguiente frase.

Con sinceridad, se dijo.

Al fin y al cabo, nadie iba a leer eso. Así que continuó:

«El problema es que me gusta. Me gusta demasiado, diría yo. Sin embargo, sé perfectamente que cuando termine el encargo se va a ir. Y él también lo sabe.

Pero eso no cambia que me guste.»

De repente un sonido demasiado conocido y que jamás había oído en su casa, vino a interrumpir su tranquilidad.

Sofía se quedó inmóvil con el bolígrafo en la mano .

La voz del comerciante resonó con claridad entre las paredes de su piso, con el mismo tono de siempre, pero con una sensación de urgencia que no había notado hasta entonces.

«Llévame contigo. Dondequiera que vayas, llévame contigo...»

El cuaderno resbaló levemente de sus rodillas y tuvo que cogerlo para que no cayera al suelo. Lo sujetó sin apartar los ojos de la nada que tenía delante.

—Joder, no fastidies... ¿Aquí también? Ya era lo que me faltaba...

Ocho años oyendo aquella voz en el archivo.

En el depósito del ala norte.

En el pasillo que llevaba al trastero.

Ocho años asumiendo que la voz tenía sus espacios, sus horarios y sus límites. Pero que cuando ella salía del palacio se callaba y que fuera de esos muros no existía.

Hasta ese momento.

«Mi vida no es nada sin ella. No ha sido nada desde que se fue... Necesito reunirme contigo.»

Sofía abrió la boca, para cerrarla a continuación.

No solía hablarle a la voz . No lo volvió a intentar desde aquel primer año en el que había aprendido que nunca respondía, que seguía su monólogo sin importar lo que ella hiciera.

Pero esta vez algo era diferente. En esta ocasión la había seguido hasta su casa, y eso cambiaba las reglas de todo lo que había aprendido.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, en voz baja.

«Espero. Sigo esperando...»

Sofía apretó el cuaderno contra su pecho.

—¿A quién esperas? —dijo—. ¿A Isabel? ¿Isabel Alcántara ?

El silencio que siguió fue extraño, como si hubiera oído su pregunta y no supiera cómo responder.

— ...Isabel...

El comerciante pronunció el nombre con una tristeza profunda, como si su pena, guardada durante siglos, al fin encontrara la oportunidad de liberarse.

—... Isabel ... —repitió.

Y entonces la voz se quebró de manera abrupta y sin previo aviso.

Era un sonido que, si no era llanto, se le parecía bastante. Lo que sí resultaba innegable era la desesperación.

Un segundo después llegó un grito desgarrador que llenó el salón. Sofía no habría sabido decir si venía de dentro o de fuera de la casa, pero sonaba al dolor de trescientos años condensado en un solo instante.

Luego se hizo el silencio.

Un silencio total, absoluto, sin ninguna capa debajo.

Sofía se levantó del sofá y se quedó de pie en el centro del salón con el cuaderno todavía en sus manos y el corazón latiendo más deprisa de lo que debería.

Miró a un lado y a otro, esperando que, de un momento a otro, algo o alguien se hiciera presente.

Estaba asustada, no lo iba a negar.

Pero, ¿qué podía hacer?

El teléfono.

Soltó el cuaderno sobre la mesa del salón lentamente, atenta a cualquier movimiento que no llegó a producirse. Cogió el móvil mientras respiraba despacio y se sentó de nuevo sin dejar de examinar todo cuanto le rodeaba .

Solo había una persona a la que le podía contar lo que acababa de suceder sin que la tildara de loca.

Daniel.

—¿Sofía?

—Sí. —Su voz sonó más normal de lo que esperaba—. Perdona la hora.

—No importa. ¿Qué pasa?

Sofía miró de nuevo a su alrededor.

—Es la voz —dijo—. Me ha seguido hasta casa.

Se produjo un breve silencio al otro lado, como si Daniel estuviera procesando lo que acababa de decirle.

—¿Cómo que te ha seguido a casa? ¿Ha sonado ahí?

—Sí. Bueno, ya no. Ahora está callada. —Tomó aire antes de continuar—. Pero esta vez ha respondido cuando le he hablado. Le he preguntado por Isabel Alcántara y...

Se detuvo buscando las palabras adecuadas.

—¿Y?

—Ha llorado —dijo al fin—. Y luego ha gritado. Un grito que... —Negó con la cabeza, aunque él no pudiera verlo—. No sé cómo describirlo. Ha sido perturbador.

—Sofía, ¿tú estás bien? —preguntó Daniel.

—Sí. Asustada, pero bien. Es que... no lo entiendo. Llevo años oyendo esa voz en el trabajo, pero cuando salía de la oficina, se quedaba allí. Nunca me había seguido. Nunca. —Su voz bajó levemente—. No sé qué significa eso.

—Significa que algo ha cambiado. —El tono de Daniel era tranquilo—. Desde que encontramos los documentos. Desde que sabemos quién era ella.

—Sí.

—¿Sabes lo que creo?

—Dime.

—Que, durante todo este tiempo, él siempre ha sabido que tú eras la única persona capaz de ayudarlo. Por eso solo tú podías oírlo. Ahora somos dos y por fin empezamos a entender su historia. Supongo que eso lo hace volverse más activo.

—Ayudarlo, ¿en qué? ¿cómo?

—No tengo ni idea... Quizás a cerrar su duelo. Si ha salido llorando, debe ser que todavía tiene un dolor ahí que no lo deja partir. Yo que sé. Igual he visto muchas películas de fantasmas y estoy desvariando, pero es que no entiendo nada de todo lo que está pasando.

Sofía miró el cuaderno sobre la mesita, abierto en la página donde había escrito el nombre de Daniel y las cosas que no le había dicho.

—El lunes —continuó Daniel—, hayan abierto el armario o no, buscamos información de Isabel Alcántara. Sabemos quién era ella, pero aún no quién era él. Hay que seguir buscando. Pero de momento, descansa.

—¿Y si vuelve?

—Me llamas de nuevo y buscamos una solución. Algo se nos ocurrirá.

—De acuerdo.

Hubo una pausa breve antes de que Daniel añadiera algo más.

—Y, Sofía.

—¿Sí?

—Cierra bien la ventana antes de dormir, aunque haga calor.

Esa noche, dormiría con el aire acondicionado puesto.