Capítulo 11
El tatuaje
Aquel día, Sofía propuso ir a comer a una freiduría situada en la Plaza de las Flores, en la que ponían una de las mejores frituras de todo Cádiz y donde nadie prestaba atención a la conversación del que estaba sentado en la mesa de al lado.
Por supuesto, Daniel conocía el lugar ya que llevaba sirviendo pescado frito desde que tenía memoria, así que le pareció buena idea.
Tuvieron que esperar un rato para coger sitio, pero al final, consiguieron una mesa en el interior del local.
Sofía había estado allí varias veces con Andrés al terminar la jornada laboral, y raro era el día que no tenían que aguardar turno tanto para comprar pescado como para llevárselo a casa o para comer en el local.
Cuando por fin consiguieron sentarse, Daniel que siempre vestía camisa de manga larga, se la remangó hasta los codos, dándole un aspecto más cercano, menos… profesional.
Sofía tuvo que apartar la mirada para que él no se diera cuenta de que se había quedado absorta mirando unos brazos fuertes y morenos en los que se destacaba un tatuaje formado por números que ella no supo identificar.
«¿Qué podrían significar?», se preguntó en silencio.
Pidieron sin consultar demasiado la carta: fritura variada para los dos, un par de cervezas y una cesta con pan y picos.
Entre chocos, pijotas y calamares fritos, comenzaron a hablar del trabajo; un tema que a ambos les resultaba cómodo y del que podían conversar con fluidez.
Sin embargo, poco a poco la conversación fue derivando en cuestiones más genéricas y personales.
—¿Cómo acabaste en esto? —preguntó Sofía con curiosidad—. Me refiero a lo de la tasación de bienes del periodo virreinal.
Daniel cogió un trozo de pan y se lo metió en la boca antes de hablar.
—Mi padre coleccionaba monedas antiguas —comentó sin énfasis—.
No de forma seria; no era numismático ni nada parecido.
Pero le gustaba buscarlas por mercadillos, rastros e incluso haciendo inmersiones de vez en cuando.
Y esa pasión me la traspasó a mí. —Se detuvo un momento—.
Decía que cada moneda había pasado por veinte manos antes de llegar a la suya y que eso era lo que le interesaba.
El recorrido y la historia de cada una de ellas.
Sofía escuchaba sin interrumpir, interesada en todo aquello que pudiera tener una connotación personal.
—Cuando me fui a Madrid —continuó—, encontré trabajo en una sala de subastas.
Es verdad que no tenía una experiencia contrastada, pero sí buen ojo y mis jefes se dieron cuenta.
—Daniel bebió un sorbo de cerveza—. Luego estuve en una empresa en Londres especializada en arte hispanoamericano y de ahí acabé en Ciudad de México, donde residí durante tres años, haciendo prácticamente lo mismo.
Finalmente, decidí montar mi propio negocio, en el que podía trabajar para mí y no para otros.
—¿Cuánto tiempo estuviste en Londres ?
—Cuatro años.
—¿Y te gustó?
Daniel meditó su respuesta.
—Londres me enseñó a trabajar con meticulosidad. Aprendí mucho, pero no llegué a habituarme a su clima. El contraste con Cádiz era tan brutal que, a pesar del tiempo que me llevé allí, nunca terminé de sentirme cómodo del todo.
Sofía lo miró.
—¿Y las otras ciudades? ¿Qué me dices de ellas?
—Madrid fue necesaria por el momento vital en el que me encontraba cuando decidí marcharme. En la capital encontré oportunidades que sabía que aquí no tendría. Pero para mí, Ciudad de México fue la que más me ha aportado en el terreno profesional.
—¿Y cómo fue que regresaste a España? ¿Echabas de menos tu casa?
—Bueno, cuando terminé el encargo que me llevó a México, me ofrecieron renovar el contrato con la empresa en la que estaba para iniciar un nuevo proyecto.
Pero ya llevaba un tiempo dando vueltas a la idea de montar algo propio.
Tenía suficiente liquidez para empezar y sabía que, si no volvía en ese momento, no lo haría nunca.
—No volverías, ¿a dónde? ¿A España?
Él asintió.
—Al fin y al cabo, aquí está mi madre. —Sonrió cuando un pensamiento le cruzó la mente—.
Si ella me oye decir lo que te acabo de confesar, me la estaría dando mortal para que me venga a vivir a Cádiz, así que esto que quede entre nosotros, ¿vale?
—Sofía sonrió y asintió con un movimiento de cabeza—.
Es cierto que no nos vemos mucho y que tenemos puntos de vista muy diferentes en…
demasiadas cosas. Pero es mi madre y me consta que lo llevaba mal cuando me tenía tan lejos.
No es qu e ahora viva al lado, pero al menos puedo coger un tren y plantarme aquí en menos que canta un gallo si hubiera una necesidad.
—Y entonces, ¿qué pasó?
Daniel cogió un papel del servilletero y empezó a reliarlo entre los dedos.
—Pues eso: volví. Monté la empresa en Madrid y allí sigo desde entonces, aunque todo el negocio lo gestiono por internet. Tengo la oficina en mi propia casa y así me organizo como quiero.
Sofía lo miró pensativa.
—Si trabajas desde casa, ¿qué más te hubiera dado montar el negocio aquí en Cádiz en lugar de en Madrid?
Daniel le dirigió una mirada profunda, seria.
—Porque no estoy preparado para volver a mi ciudad. Reconozco que me sigue costando pisar Cádiz.
Lo dijo con naturalidad, pero Sofía notó que después de semejante afirmación, cogió el vaso de cerveza y bebió despacio, como si tuviera que bajar no solo el líquido, sino también sus palabras.
Se moría de ganas por preguntar el porqué, pero se dio cuenta de que, a pesar de mostrar serenidad, la pregunta lo había incomodado. Así que decidió que no era el momento de averiguar el motivo.
Al terminar el almuerzo, pagaron y salieron.
El sol había girado lo suficiente como para que la calle Columela, que los llevaba de regreso a la Diputación, estuviera ya en sombra. Sofía agradeció el frescor que le ofrecía la penumbra y Daniel aprovechó para bajarse las mangas de la camisa, tapando así el tatuaje.
Cuando llegaron al edificio, lo encontraron prácticamente vacío, al igual que ocurría las tardes en las que se habían quedado a trabajar. Si poco personal quedaba a esas horas siendo verano, mucho menos aún, un viernes.
Nada más pisar el pasillo que los llevaba a su oficina, la voz los recibió.
No con su repertorio habitual. Como sucedía durante los últimos días, el comerciante pronunciaba frases que ella no le había oído decir anteriormente. Su voz, más alta y clara que de costumbre, se proyectaba por las paredes del palacio.
« ...si supiera que fueras a llegar, esperaría aquí para siempre...»
Ambos se detuvieron y se miraron durante un instante, compartiendo un entendimiento mutuo. Sin necesidad de pronunciar palabra, entraron al archivo.
Trabajaron durante hora y media más. Daniel revisaba un conjunto de legajos del fondo que había dejado pendientes por la mañana mientras Sofía preparaba la documentación adicional que había solicitado el jefe de gabinete sobre el proceso de tasación.
Era trabajo paralelo, cada uno en su parte de la mesa, con un silencio funcional y cómodo entre ellos.
Hasta que uno de los legajos cayó al suelo.
Era uno de los más grandes y Sofía lo había dejado en el borde de la mesa con la intención de revisarlo en cuanto terminara con lo que tenía entre manos.
Sin embargo, al moverse en la silla para acomodarse mejor, movió apenas el escritorio haciendo que el documento rodara.
Y por más que trató de agarrarlo, no lo logró a tiempo.
La mano de Daniel lo cogió al vuelo, con un movimiento rápido, limpio, completamente instintivo.
—Gracias —dijo Sofía.
—De nada.
Se lo tendió y, cuando ella lo recogió, sus manos se tocaron durante un momento. Los dedos de ella sobre los de él. Un segundo. Quizás dos. O tres.
Daniel levantó la vista y sus ojos oscuros se quedaron clavados en los verdes de ella. Una corriente invisible se instaló entre los dos.
Sofía cogió el legajo, pero ninguno de los dos dio un paso atrás para apartarse del otro.
En un gesto natural, la mano de Daniel que acababa de sujetar el documento, se extendió hasta alcanzar un rizo que caía rebelde sobre el rostro de la joven.
Lo apartó y con un movimiento lento, cuidadoso, y lo enganchó detrás de su oreja.
Sofía se quedó inmóvil y se lo agradeció con una sonrisa que pareció descolocarlo por un momento.
Daniel tardó varios segundos en darse cuenta de lo que acababa de hacer.
Acto seguido, carraspeó y retiró la mano.
Se apartó de ella como si acabara de darse cuenta de que había traspasado una línea invisible que lo hacía sentir incómodo.
Daniel volvió al portátil con una expresión, mezcla de fastidio y de concentración, como si quisiera dejar claro de que tenía trabajo pendiente y que no tenía intención alguna de que cualquier otra cosa pudiera distraerlo de su propósito real.
Y esa cosa era… ella.
O lo había sido durante los últimos diez segundos.
Sofía apretó los labios y dejó pasar el momento, consciente al igual que él, de que entre los dos había un entendimiento que iba más allá de unos cuantos pliegos. Pero comprendía que él quisiera mantener la distancia.
Había ido a realizar una tarea y resultaba poco profesional intimar con tu compañera de trabajo. Una compañera con la que solo tendría que compartir apenas cuatro semanas, de las que ya había transcurrido dos .
Volvió la cabeza a su propio escritorio y se centró en su trabajo, aunque las letras del siglo XVIII tardaron un rato en volver a tener sentido.
Decidieron dar por finalizada la jornada a eso de las seis y cuarto de la tarde. Había sido una semana productiva en cuanto a organización de la documentación, pero todavía quedaba bastante por catalogar.
Y, además, estaba el trastero.
Daniel guardó el portátil en su maletín mientras Sofía se encargaba de devolver los legajos a sus estanterías.
En el umbral del archivo, antes de salir al corredor, Daniel se detuvo un momento.
—Tus compañeros de mantenimiento al final no te avisaron, ¿no? —le preguntó.
—Me temo que no.
—Entonces, ¿qué hacemos mañana sábado?
—Si no tenemos acceso al armario, no tiene sentido que vengamos, ¿no te parece?
—Tienes razón —admitió Daniel—. Además, tampoco me parece justo para ti hacerte venir en un fin de semana cuando lo que tenemos por delante puede esperar hasta el próximo lunes.
—Por mí no habría problema, de verdad —dijo Sofía al darse cuenta de que no le importaría en absoluto pasar más tiempo con el tasador, aunque fuera por motivos laborales.
—Pero a mí, sí. Soy consciente de que llevo toda la semana monopolizándote y supongo que tendrás ganas de tener un poco de tiempo para ti. Tu pareja debe odiarme por tenerte tan acaparada.
Sofía sonrió.
—Uy, no te preocupes por eso… No hay nadie que me esté esperando cuando llegue a casa.
Daniel se echó el asa del maletín al hombro y miró para otro lado.
—Y tu compañero… Andrés creo que se llamaba, ¿no?
La sonrisa de Sofía se ensanchó… solo un poco.
—Andrés solo es eso: un compañero. Un amigo.
—Ah…
—Venga, vámonos y no te preocupes por mi tiempo, que solo yo decido a qué lo dedico. Y no me importa emplearlo contigo.
¿Acababa de reconocer que le gustaba estar con él?
—Pues venga, vámonos. La semana que viene, más y mejor —añadió él, antes de que alguno de los dos metiera la pata del todo.
El apartamento que tenía alquilado no era muy grande, pero sí que estaba bien situado. Tenía una pequeña terraza que daba directamente a la plaza San Antonio y desde allí veía a la gente ir de aquí para allá, sobre todo a esas horas de la tarde en las que resultaba agradable salir a pasear.
Daniel entró, dejó el portátil sobre la mesa, y se quedó un momento de pie mirando a través de los cristales del balcón. Se sentía agotado, pero no físicamente, sino por tantas cosas como tenía en la cabeza.
Empezó a desabrocharse la camisa. Necesitaba darse una ducha que arrastrara todo aquello que, de una manera inesperada, empezaba a agobiarle.
Cuando pasó por delante del espejo del baño, el reflejo le devolvió su imagen y sus ojos se quedaron clavados en los números tatuados en su antebrazo derecho.
Las coordenadas.
Cuatro números separados por una coma, en una tinta que el tiempo había vuelto levemente difusa.
Se las había grabado en Londres, en el peor momento de su estancia lejos de casa, cuando todavía no tenía claro qué debía hacer con su vida.
Se quedó mirándolas durante todo un minuto.
Pensó en la tarde, en el momento exacto en el que el legajo caía de la mesa de Sofía y en cómo la mano de ella rozaba la suya cuando lo recogió.
Aquella mujer tenía algo que lo atraía, y esa era una sensación que no le gustaba porque lo hacía sentir vulnerable. No quería encapricharse con nadie cuando su estancia en la ciudad estaba prevista que fuera a ser breve.
Porque él mismo quería que fuera breve.
Sofía no podía ser parte de su mañana, ni siquiera de su hoy. Eso solo complicaría las cosas.
Pero no podía apartar de su mente aquellos ojos verdes y la forma en que lo miraban.
Se llevó la mano a la cara y se frotó los ojos con cansancio.
—No te metas en líos, Dani… —dijo en voz alta, al aire.
Se situó sobre la placa de la ducha, abrió el grifo, y se quedó bajo el agua hasta que el vapor llenó el espacio y las coordenadas del antebrazo quedaron ocultas bajo el vaho del espejo.