El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

Solo para nosotros

El día siguiente, ya viernes y último día laborable de la semana, un intenso aguacero barrió el cielo de Cádiz. Algo bastante impropio para la época del año en la que se encontraban, en pleno verano. Para que dijeran después que el cambio climático no existía...

La lluvia llegaba a ráfagas con el viento de poniente, golpeando las fachadas en diagonal y haciendo que los paraguas resultaran inútiles.

Ese era el motivo de que Sofía no los utilizara en días así.

Era mucho más práctico ponerse el chubasquero, aunque no evitara que llegara a la oficina algo mojada.

A pesar de la hora temprana, Daniel estaba ya en el archivo cuando ella llegó. Ya tenía el ordenador encendido y, junto al equipo, había dos vasos de café que había traído de la cafetería de la esquina.

Sofía se quitó el impermeable que le daba un calor de muerte y lo colgó en el perchero .

—Vaya, últimamente estás llegando tú más temprano que yo. Y con café incluido —comentó Sofía al verlo ya trabajando.

—No podía dejar de pensar en el armario del trastero y tenía ganas de comenzar hoy.

—Ya, ya me doy cuenta —contestó con humor—. ¿Has salido con esta lluvia a buscar café?

—Si te soy sincero, cuando fui a buscarlo no caía tanto como ahora. —Daniel levantó la vista un segundo—. Pero igual el tuyo se ha enfriado un poco.

—No importa. Por cierto, ya he hablado con mis compañeros de mantenimiento para que le echen un vistazo a la cerradura del armario.

Sofía cogió su vaso y le dio un sorbo. En efecto, el café no es que quemara precisamente, pero todavía se mantenía caliente, lo que era de agradecer después de soportar el aguacero de fuera.

—¿Y?

—No me han concretado nada. Se han limitado a decirme que se pasarán en cuanto puedan.

—Vamos, que igual pueden venir hoy que dentro de una semana, ¿no?

—No, hombre. Confío en que se pasen a lo largo del día. Les he dado mi número de móvil para que me avisen para estar allí cuando vayan a ir.

—Pues si no nos queda otra, seguiremos trabajando con lo que tenemos disponible.

Y así lo hicieron durante las dos horas siguientes. Sin embargo, había una cuestión que Daniel quería hablar con ella y que no sabía muy bien cómo plantear. Decidió que la mejor manera era siendo directo.

Daniel cerró el portátil y se echó atrás en su asiento.

—Me gustaría que habláramos de Castro .

Sofía levantó la vista del documento que estaba revisando y lo miró.

—¿De Bernardo? Claro, ¿qué pasa con él?

—¿Te apetece que hablemos fuera de aquí?

—Como quieras.

Salieron cuando la lluvia amainó lo suficiente como para no acabar empapados. Caminaron hasta la plaza de Mina que con semejante tiempo estaba casi vacía, y se sentaron en el interior de uno de los bares.

—¿Cuánto tiempo lleva Bernardo colaborando con el archivo? —preguntó Daniel.

Sofía parpadeó varias veces, tratando de recordar una fecha exacta. No lo logró.

—Años. Desde antes de que yo llegara, según me dijo doña Pilar. —Sofía miró hacia la plaza—. Cuando hemos necesitado contexto histórico para algo concreto, él siempre ha estado ahí.

—¿Por decisión propia o por petición de la Diputación?

—No te sabría decir... —Sofía hizo una pausa—. ¿Por qué?

A Daniel se le escapó una mueca que evidenciaba su recelo.

—Es que no puedo quitarme la sensación de que, por un motivo u otro, él parece estar revoloteando alrededor de nuestro trabajo y no entiendo el motivo.

—Es posible. La primera vez que apareció, el día que empezaste a trabajar, dijo que doña Pilar le había avisado de tu llegada. Que viniera a presentarse podría ser puramente una cuestión de simple cortesía.

—¿Y qué me dices de las siguientes ocasiones?

—Esas ya no tienen tanta explicación. —Sofía se cruzó de brazos—. Y la de ayer menos que ninguna. No puede decir que pasase por casualidad. Nadie llega al trastero si no es porque esa es su intención .

Daniel asintió.

—Y sabe que vamos a mover el armario.

—Sí.

—¿Tienes alguna idea de por qué le importa?

Sofía tardó un momento en responder.

—No. Y, pensándolo bien, es cuanto menos, extraño. Bernardo es especialista en historia económica del comercio atlántico. El armario no tiene nada que ver con su área. —Alzó las cejas—. A menos que sepa algo que nosotros desconocemos.

Daniel la miró.

—Exacto.

La puerta del bar se abrió y una pareja entró para sentarse en una mesa próxima a la de ellos.

—¿Confías en mí? —le preguntó el tasador de repente.

—Claro que sí.

—Entonces, no le contemos nada todavía. Lo del comerciante, lo de Isabel, los registros parroquiales. Nada. Que lo que hemos encontrado de momento quede solo para nosotros.

Sofía vio en su expresión una determinación que evidenciaba que aquella cuestión era importante para él.

—De acuerdo.

—Y cuando consigamos mover el armario, que no lo sepa hasta que ya esté hecho.

Ella volvió a asentir.

—¿Puedes asegurarte de que no se entere?

—No puedo controlar si viene o no. Pero te propongo una cosa: si hoy consiguen abrirnos el armario, ¿qué te parecería venir mañana sábado a echar un vistazo?

—¿Podríamos?

—A ver, no es lo habitual. Pero conozco al guarda de seguridad y tendría que avisar al mayordomo para que sepa de nuestra presencia en el palacio. Pero por lo demás, no habría problema. Además, el sábado por la mañana el edificio está tranquilo. Él no tiene por qué saber que estamos allí.

—Eso estaría muy bien.

Sofía miró hacia los árboles de la plaza a través de los cristales del local.

—Pero hay algo que no termino de entender.

—¿El qué?

—Bernardo lleva años viniendo a este archivo. Si hubiera algo que encontrar, ¿por qué no ha hecho nada por buscarlo?

—Porque igual no le dejaban curiosear en lo que había, igual que te ha pasado a ti hasta ahora.

Sofía pensó en eso.

—No lo creo. Él se jacta de que tiene contactos y que puede gestionar lo que precise. Lo que me puede llevar a la conclusión contraria: que sabe lo que hay y justo por eso no quiere que nadie lo toque...

En ese momento, el sonido del móvil de Daniel vino a interrumpirlos.

Lo sacó del bolsillo y Sofía pudo leer el nombre en la pantalla desde donde estaba: Mamá .

También detectó el gesto que cruzó su cara, que si bien no era de desagrado, tampoco era precisamente de felicidad. Aun así, descolgó la llamada .

—Dime. —Una pausa—. Sí, lo sé. —Otra, esta más larga—. Mamá, te dije que esta semana tenía mucho trabajo. —Pausa—. No es eso. —Pausa—. De acuerdo... Que sí... El miércoles, sin falta.

Colgó y guardó el teléfono sin comentar nada.

Sofía esperó un momento antes de preguntar.

—¿Todo bien?

—Sí. —Daniel miró hacia la plaza—. Mi madre. Quería recordarme que había quedado a comer con ella.

—¿Y lo habías olvidado?

—No, no lo había olvidado. Es solo que a veces…

Se detuvo y se pasó la mano por la nuca.

—¿A veces qué? —preguntó, con cuidado. Sin embargo, por la expresión que pudo percibir en sus ojos, a Sofía no le costó llegar a una conclusión que no se alejaba mucho de la realidad—. No te encuentras muy cómodo en Cádiz, ¿verdad?

Daniel tardó un momento en contestar. Cuando lo hizo, desvió la mirada hacia los árboles del exterior.

—Ya te he dicho que es una ciudad que se me ha quedado pequeña.

Todo el mundo se conoce, sabe dónde vives, y cuáles son tus circunstancias personales, ¡cómo si a ellos les importara!

Mi madre lleva aquí toda la vida y conoce a media ciudad, y la otra media la conoce a ella.

Cuando vengo de visita, tengo la sensación de que todos saben exactamente quién soy, de dónde vengo y lo que se supone que debería haber hecho con mi vida.

—¿Y eso te molesta?

—No es eso… Es complicado.

Sofía no añadió nada. Prefirió callarse por si Daniel decidía continuar. Había algo en ese momento que mostraba una fragilidad que no hubiera imaginado en él.

—Mi padre nació también en la Viña —continuó Daniel—.

Era pescador, al igual que su padre antes que él.

Y cuando me fui a Madrid con veintitrés años, mi madre lo entendió, pero el barrio no tanto.

—Se detuvo por unos segundos—. Ella había enviudado hacía varios años y, a pesar de que tenía su trabajo como maestra y que nunca tuvo problemas para sacar a la familia adelante, a muchos no les pareció bien que la dejara sola.

Como si no tuviera derecho a labrarme mi propio camino.

Sé que la gente de aquí echa raíces con facilidad, pero yo nunca pude. Ni aquí, ni en ninguna otra parte…

Se detuvo de golpe, como si acabara de darse cuenta de cuánto había revelado.

Cogió el vaso de café que acababan de servirle, hasta terminarlo de dos grandes sorbos.

—En fin. — Su voz había recuperado el tono de siempre—. El miércoles como con ella y asunto resuelto.

Sofía se dio cuenta del repentino cambio de actitud y entonces entendió el no rotundo que le había dado al preguntarle si echaba de menos la ciudad que lo había visto nacer.

Prefirió no ahondar en el tema, aunque bien sabía Dios que le hubiera encantado que él siguiera contándole algo sobre sí mismo.

—Seguro que se alegrará de que pases tiempo con ella.

—Oye, estaba pensando… ¿Crees que Bernardo podría tener acceso al calendario de cuándo un trabajador se queda en el edificio fuera del horario habitual?

Definitivamente, Daniel acababa de correr un tupido velo sobre cualquier cuestión que tuviera el carácter de personal.

—Teóricamente no. Pero teniendo en cuenta que por el motivo que sea el asunto le interesa, no quita que esté pendiente de nuestros movimientos. Y él conoce a demasiada gente que le puede informar de lo que hacemos y lo que dejamos de hacer.

—Entonces de cara al sábado, nada de comunicaciones oficiales hasta que estemos dentro.

—Me parece bien.