El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

El trastero

El informe de Daniel llegó al correo de Sofía a primera hora, antes de que ella se hubiera preparado el primer café. Lo imprimió y se dispuso a revisarlo.

Era un documento de tres páginas, redactado con un estilo y una elección de palabras impecables.

Se hacía referencia a una descripción detallada del material encontrado, su conexión con el comercio del XVIII y, sobre todo, la justificación técnica de por qué la revisión del trastero formaba parte del encargo original.

Al final, una conclusión de dos líneas que no dejaba margen a la interpretación: la revisión completa del espacio denominado trastero, incluyendo el vaciado y reubicación temporal del mobiliario existente, era condición necesaria para garantizar la integridad del proceso de catalogación.

Sofía lo leyó dos veces buscando un punto débil por el que alguien pudiera objetar.

No lo había .

Daniel llegó cuando estaba terminando el último repaso.

—¿Lo has leído? —preguntó desde el umbral.

—Acabo de hacerlo.

—¿Y qué te parece?

—Es bueno. Muy bueno —afirmó dejando el informe sobre la mesa.

Daniel se sentó en la silla junto a la de Sofía y apoyó los codos en sus rodillas.

—¿Cuándo lo presentamos?

—Hoy mismo, si quieres. Doña Pilar estará aquí hasta las doce.

—Pues cuanto antes.

—Venga. Vamos a acercarnos a su despacho a ver qué nos dice.

Cuando llegaron, se encontraron con que no estaba en su puesto.

Una compañera les informó que había tenido que acercarse a recursos humanos para aclarar un tema de su próxima jubilación, pero que no creía que fuera a tardar mucho.

Decidieron esperarla, pues el trastero se había convertido en una prioridad para ellos.

Por suerte, la funcionaria no se equivocó. Quince minutos más tarde, doña Pilar aparecía por la oficina con gesto contrariado.

—Buenos días, doña Pilar. ¿Tendrías un momento para nosotros? Necesitamos hablar contigo —la interpeló su subordinada.

—¿Es urgente? Acabo de hablar con el director de personal y, ¿no que me dice que se han equivocado al calcular mi fecha de jubilación y que tengo que esperar una semana más?

A Daniel le pareció ridículo que aquella mujer estuviera molesta por unos pocos días de trabajo, pero no era asunto suyo.

—No la entretendremos mucho, doña Pilar —contestó Daniel con educación—. Solo hemos venido a traerle este informe donde solicitamos que nos dé permiso para mover un material que creemos que puede ser de sumo interés para el proyecto.

A regañadientes, la responsable del servicio leyó el informe con más detenimiento del que ellos habían esperado. Al terminar, levantó la vista y clavó sus ojos en el tasador.

—¿Y esto es necesario de verdad? —preguntó al fin.

—Para garantizar la integridad del proceso, sí —dijo Daniel, con el mismo tono neutro del informe.

Doña Pilar miró entonces a Sofía.

—¿Se trata del armario ese que lleva ahí desde siempre?

—El mismo —aclaró la joven.

—Pues mira. —Doña Pilar dejó el informe sobre la mesa—. Si el experto dice que hace falta, por mí que se mueva. Que yo llevo cuarenta años sin saber lo que hay dentro y tampoco he perdido el sueño por eso. Así que encárgate de redactar la autorización y me la pones en el portafirmas.

Sofía se sorprendió ante esa afirmación. Pensaba que su jefa sí conocía el contenido del mueble y que, en algún momento, lo habría visto abierto. Le resultaba increíble que, en cuarenta años, no hubiera movido un dedo para investigar lo que había en su interior.

—Ahora mismo —contestó la joven sin poder contener la emoción—. En cinco minutos la tienes en la aplicación.

—De todas maneras, avísame cuando tenga que entrar a lo de la firma digital. Ya sabes que no suelo estar pendiente de esas cosas.

—Sí, sí… No te preocupes. Ahora te llamo.

Volvieron al archivo, al escritorio de Sofía, y de inmediato se puso a redactar la autorización que debía suscribir su jefa.

Doña Pilar firmó digitalmente el documento en cuestión de minutos .

—Ya lo tenemos —exclamó Sofía cuando le llegó el aviso de que la autorización había sido visada.

—Pues ya tenemos tarea para hoy.

Fueron al trastero después de comer.

Sofía abrió la puerta del cuarto con la llave vieja del manojo y encendió la luz.

Un único fluorescente, en el centro del techo, que apenas iluminaba la sala lo suficiente.

Se notaba que era una estancia a la que nadie le había prestado atención y en la que no habían considerado necesario instalar una iluminación decente.

Por supuesto, el armario seguía en su sitio.

Daniel entró detrás de ella y se quedó mirando el mueble durante un instante, como si estuviera recalibrando la información que tenía sobre él ahora que había más contexto. Luego se acercó al lateral derecho y volvió a mirar por el hueco con la linterna del móvil.

—El diseño es más claro de lo que recordaba —dijo.

Sofía se colocó detrás de él, lo bastante cerca como para intentar vislumbrar algo por encima de su hombro. Cuatro centímetros no daban para mucho, pero con la linterna en el ángulo correcto, parecía distinguirse una serie de líneas que se cruzaban de una manera que no resultaba natural.

—No estoy seguro, pero me da la impresión de que tiene como puntas… —comentó Daniel tras observarlo con más detenimiento.

—¿Tú crees? —preguntó Sofía.

Daniel tardó un momento en contestar.

—Maldita sea —protestó con impaciencia—. No puedo verlas bien desde aquí. —Bajó la linterna—. Hay que mover este trasto como sea.

El armario llevaba tantas décadas en el mismo lugar que los pies habían marcado el suelo de piedra con una huella leve pero perceptible, lo que significaba que en algún momento alguien lo había movido.

Otra cuestión era intentar determinar cuándo.

Sofía empujó por un lateral mientras Daniel hacía lo mismo por el otro.

Lo intentaron con todas sus fuerzas, a pesar de que ambos sabían que iba a ser misión imposible. Sin embargo y para su sorpresa, el mueble cedió un par de centímetros con un sonido sordo que el silencio de la sala amplificó de manera desproporcionada.

Se detuvieron los dos al mismo tiempo.

—Necesitamos más gente —dijo Daniel.

—O vaciarlo primero. —Sofía miró las puertas cerradas—. Si está lleno pesa el doble de lo que debería.

—¿Y las llaves?

—Siguen sin aparecer. Tendríamos que llamar a mantenimiento para que lo abran.

—No nos queda otra… ¿Tienes manera de localizar a alguien para que lo haga rápido?

—Puedo intentarlo al menos. Dicen que quien espera lo mucho, espera lo poco. Y yo llevo años esperando para vaciar y mover este tiesto.

En ese momento oyeron pasos en el corredor acercándose a donde ellos estaban.

Ambos se volvieron al mismo tiempo. Bernardo Castro apareció en el umbral con su sonrisa de siempre.

—Vaya, aquí estáis. —Miró la sala, el armario, la posición de los dos junto al lateral—. ¿Qué hacéis ahí? ¿Es que acaso habéis intentado moverlo?

—No, no… —mintió Daniel—. Solo valorábamos la mejor forma de hacerlo.

Bernardo chasqueó la lengua .

—¿Para qué? Es un mueble considerable. —Bernardo se acercó aparentando curiosidad—. No creo que merezca la pena…

—Bueno, eso también es algo que nos toca valorar a nosotros —insistió el tasador.

—Claro, por supuesto. Tan solo os daba mi humilde opinión.

—Gracias, Bernardo —acotó Sofía, más diplomática.

—De todas maneras, os recuerdo mi predisposición para todo aquello que preciséis. Doña Pilar y yo nos conocemos desde hace treinta años, así que puedo hablar con ella si es preciso.

—No te preocupes por eso, que también está ya tramitado —aclaró la joven—. Tenemos la autorización firmada por ella.

—Ah, estupendo. Vaya si sois eficientes… —Bernardo miró el armario como si fuera la primera vez—. Y bien, ¿qué esperáis encontrar ahí dentro?

—No lo sabremos hasta que lo abramos —dijo Daniel, sin mencionar que la pared de detrás les interesaba tanto como el interior.

—Claro, claro —repitió Bernardo, asumiendo que de momento no iba a conseguir arrancar de aquellos dos ninguna información que le fuera útil.

—Parece usted muy interesado en nuestra investigación —comentó el tasador de pasada, sin mostrar si aquello le molestaba o no.

—Bueno, es lógico. Tengo curiosidad académica, como siempre, así que espero que me vayáis informando de vuestras averiguaciones. Creo que el estudio que estáis realizando es de lo más interesante.

—No dudo de que, cuando termine mi trabajo aquí, la Diputación hará público el resultado de las conclusiones a las que lleguemos.

Era una manera poco sutil de decirle que no tenía intención de compartir sus hallazgos con el profesor.

—Por supuesto. Pero de nuevo insisto en que estoy a vuestra entera disposición para lo que necesitéis.

—Y nosotros lo agradecemos, Bernardo. Pero de momento, nos apañamos bien —volvió a intervenir Sofia.

El académico se despidió con la amabilidad de siempre y salió al pasillo. Sus pasos se fueron alejando sin prisa.

—No te gusta Bernardo, ¿verdad?

Daniel hizo un gesto con la cabeza.

—Lo que no me gusta es que husmeen en mi trabajo y tengo la sensación de que ha venido a ver hasta dónde hemos llegado —dijo, en voz baja—. No sé por qué, pero hay algo en él que me escama.

—Te puedo asegurar que no es mal tipo —trató de justificarlo.

—Es posible. Quizás solo sean paranoias mías —Daniel guardó el móvil—. Pero ahora sabe que tenemos el informe firmado y que vamos a abrir el armario. A ver lo que tarda en regresar para volver a ofrecer su ayuda.