Capítulo 8
El manifiesto
Sin haberse puesto de acuerdo, los dos llegaron más temprano que de costumbre.
Cuando Sofía abrió la puerta del archivo, lo primero que vio fue el portátil cerrado de Daniel sobre la mesa y el cargador preparado por si hubiera que enchufarlo.
Sin embargo, él no estaba. Pero en cuestión de minutos, oyó cómo golpeaban dos veces a la puerta entreabierta.
Era su señal.
—Buenos días. He bajado un momento y he traído café para los dos. Aunque había bastante gente en la cafetería y por eso he tardado un poco —dijo Daniel desde el umbral, con un cartón doble que hacía las veces de posavasos.
—No te hubieras molestado, hombre. Te recuerdo que tengo una máquina de cápsulas ahí dentro.
—Sí, pero estos están más buenos. Los otros son para emergencias.
—Bueno, pues gracias entonces.
Sofía cogió el vaso que le tendía. Era cortado, con la cantidad exacta de leche que ella ponía siempre. Demostraba una vez más, lo observador que era su compañero.
Durante un momento ninguno de los dos habló. Ambos sabían que había cosas pendientes desde el día anterior. La voz de la galería, el nombre de Isabel en los registros parroquiales, las frases del comerciante que Daniel había repetido. Eran cuestiones de las que tenían que hablar.
Sofía bebió un sorbo de café y miró los documentos sobre la mesa. Daniel hizo lo mismo. Era casi cómico, pensó ella, la cantidad de atención que dos personas podían prestar a unos papeles que ya conocían de memoria con tal de no tener que mirar en otra dirección.
—Deberíamos comenzar con los manifiestos de pasajeros —comentó Daniel rompiendo el silencio.
—Sí, sería un buen punto de partida.
—Anoche le escribí a Arturo —en alusión al jefe de gabinete que había gestionado su contrato— para pedirle a ver si esta mañana nos los podían traer del depósito general. Y cuando me levanté hoy me encontré un correo suyo diciendo que llegarán antes de mediodía.
—Al final vas a conseguir tú más en una semana que yo en ocho años… —dijo ella con humor.
—¿Te molesta?
—No, hombre, qué me va a molestar. Al contrario. Me alegra que por fin se le preste atención a todo este patrimonio olvidado. Lo que me importa es el resultado, no los medios ni la forma.
Se produjo otro silencio.
—Sofía… —Daniel tenía el vaso de café en la mano y la miraba que le dirigió estaba cargada de intención—. Ayer en la galería, no fue solo la acústica, ¿verdad?
Había pensado en eso durante el trayecto en autobús de vuelta a casa .
—Probablemente no. Lo que más curioso me resulta de todo es que la voz llevaba días apagada cuando tú llegabas.
Daniel dejó el vaso sobre la mesa, centrando toda su atención en ella.
—Pero yo la oí el primer día que estuvimos trabajando.
—Y creo que hasta al mismo comerciante le sorprendió que así fuera porque no volvió a hablar en tu presencia. Es como… —Buscó una manera de expresar su deducción—si hubiera estado valorando si podía confiar en ti.
—¿Y por eso sonó ayer en la galería?
—Es posible. O no… La verdad es que solo es una teoría y desconozco si tiene sentido siquiera.
—¿Qué puede significar?
—No lo sé con certeza. —Sofía volvió a elegir las palabras con cuidado—. Pero creo que algo ha cambiado. Que el comerciante ha decidido que tú también puedes formar parte de su círculo de confianza, por así decirlo.
—¿Por qué yo y no otros? Aquí trabajan muchas personas. Me cuesta creer que solo tú y yo podamos oírlo.
Era la pregunta correcta y Sofía no tenía una respuesta que pudiera sostenerse con datos.
—No lo sé —contestó con simpleza.
Daniel asintió y abrió el portátil.
—Pues entonces, averigüemos qué quiere de nosotros.
Los manifiestos de pasajeros llegaron un poco antes de lo esperado.
Una administrativa del depósito general se los llevó y, por su expresión, parecía que hubiera cargado con una caja de plomo en lugar de con una de cartón.
Sofía se lo agradeció y en cuanto se hubo ido, dejaron expedita la mesa en la que habían estado trabajando y se pusieron a curiosear en su interior.
La caja contenía cuatro legajos donde se incluían los manifiestos de pasajeros de los barcos llegados a Cádiz entre octubre y diciembre de 1782.
Daniel cogió el del barco de noviembre.
Sofía se colocó a su lado para que ambos pudieran leerlo a la vez.
Era un documento de doce páginas, con los nombres en columnas y la información básica de cada pasajero: nombre, procedencia, motivo declarado del viaje y estado al llegar.
Las últimas páginas tenían una sección aparte encabezada con una frase que la letra del XVIII hacía difícil de leer.
Sin embargo, Sofía la descifró sin problemas: rezaba como « Pasajeros fallecidos durante la travesía o en los días posteriores al desembarco. »
Constaban siete nombres.
Daniel recorrió la lista despacio, con el dedo índice siguiendo cada línea sin tocar el papel.
Se detuvo al llegar al quinto.
«Isabel Alcántara Martínez. Natural de Nueva España. Fallecida el 19 de noviembre de 1782. Causa: fiebres contraídas durante la travesía. »
El silencio que siguió fue denso, profundo, pesado…
—Isabel Alcántara —dijo Daniel, en voz baja—. Debe de ser ella. Fíjate que dice que es natural de Nueva España. Quizás se conocieran allí.
—Es posible.
Ninguno fue capaz de aportar nada más. Miraban el nombre en el documento conscientes de haber encontrado algo que ni siquiera sabían que buscaban cuando comenzó aquel trabajo.
—Bueno, eso quiere decir que al menos ella llegó —dijo Sofía al fin.
—Sí. —Daniel cerró el manifiesto con el mismo cuidado con el que lo había abierto—. Pero no a tiempo.
Entonces Sofía pensó en la carta a medio terminar. El comerciante había dejado una frase a medias justo cuando le daban noticias de un barco. Y eso había sido en noviembre de 1782.
Sí… Ella había embarcado, había cruzado el Atlántico y llegado a Cádiz un 14 de noviembre.
Y había muerto cinco días después, a doscientos metros de donde él la esperaba.
Trabajaron el resto de la mañana con esa certeza de fondo.
No hablaron de ello directamente, como si el hacerlo les causara una tristeza y un pesar impropios al tratarse de alguien cuya historia se había desarrollado más de doscientos años antes, pero que por un motivo un tanto incomprensible, consideraban cercano.
Era como si hubiera que dejarle al descubrimiento su tiempo de reposo y, a la vez, de respeto.
Así que Sofía volvió a los legajos mientras Daniel se dedicaba a cruzar los datos del manifiesto con los documentos del comerciante, buscando alguna referencia al nombre de Isabel Alcántara en los márgenes o en los registros privados.
No la encontró.
—¿Te has fijado que nunca la nombra? —le comentó un rato después.
—No, es verdad.
—En todos los documentos, en la carta, en el libro de cuentas. Nunca aparece un nombre —Daniel miró la pantalla—, como si nombrarla fuera demasiado para él.
Sofía sopesó aquello.
—Quizás es que no necesitaba ponerlo por escrito.
Daniel la miró y arqueó una ceja.
—Pues teniendo en cuenta lo mucho que le gustaba escribir, me llama la atención que nunca la mencione de manera directa. No le encuentro mucho sentido.
—Yo pienso que escribía porque no podía hacer otra cosa. Supongo que en aquella época era la única forma que tenían de sentir que podían acortar la distancia entre los dos. Incluso hoy en día hay quien lo hace como si fuera una terapia para sus problemas.
—¿Lo dices acaso por propia experiencia? —preguntó de repente.
—¿Escribir? —Se encogió de hombros—. Bueno, tengo un cuaderno en casa con anotaciones personales, aunque no haya nada que me angustie especialmente.
El gesto de Daniel se contrajo.
—Todo el mundo tiene algo que le angustia de una u otra manera… —dijo más para sí que para ella.
—¿Lo dices por ti? —Al no obtener respuesta, continuó dando por sentado que así debía ser—. ¿Y nunca te ha dado por probar si volcar tus pensamientos en un papel en blanco te puede ayudar?
Daniel aspiró hondo.
—Tengo demasiadas cosas en la cabeza como para estar perdiendo mi tiempo con escritos inútiles.
—Se dio cuenta de inmediato de que sus palabras no habían sonado bien, sobre todo hacia alguien que acababa de admitir que sí lo hacía—.
Pero no lo digo a modo de menosprecio. No me malinterpretes, por favor.
—Vale, vale… lo capto.
Sofía volvió a la estantería y cogió el siguiente legajo de la pila.
Pensó que le gustaría saber a qué dedicaba Daniel su tiempo cuando no estaba trabajando.
Lo cierto era que sabía muy poco de él y le hubiera encantado que se mostrara más abierto y que le diera la oportunidad de conocerlo más allá de su perfil profesional.
Ese día decidieron quedarse a comer en uno de los bares de la calle Beato Diego.
Durante el almuerzo, hablaron del manifiesto y de lo que implicaba para la historia del comerciante. Pero también de lo que quedaba por encontrar y de si habría más documentos que pudieran confirmar la conexión entre Isabel Alcántara con el hombre de los registros privados.
Sin embargo, al llegar al segundo plato la conversación derivó hacia otras cuestiones.
Daniel habló de un proyecto en Lisboa que había tenido el año anterior, un fondo de documentos coloniales —se corrigió: virreinales— que habían resultado ser mucho más complejos de lo que el encargo inicial sugería.
Por su parte, Sofía habló de los primeros meses en la Diputación, de cuando había llegado con un contrato de seis meses, pensando que Cádiz solo era un trabajo temporal y que volvería a Sevilla, su ciudad natal, cuando su contrato finalizara.
—¿No eres de aquí?
—No de nacimiento, pero esta ya se ha convertido en mi tierra, mi hogar, mi lugar en el mundo. Y si quiero ir a ver a mi familia, la tengo a poco más de una hora de camino .
—¿Y qué pasó para que decidieras quedarte? —preguntó Daniel con curiosidad.
—Que aprendí a amar esta ciudad y descubrí que Cádiz no tenía por qué ser algo temporal. —Sofía pinchó el último trozo de su plato—. Al menos, no para mí.
Daniel notó una punzada interior que no sentía desde hacía mucho.
—¿No echas de menos Sevilla? —preguntó Daniel—. Siendo una ciudad más grande, tiene más cosas que ofrecer. Y perdona que te lo diga, pero los sevillanos sois muy especialitos. Os creéis que no hay nada mejor en el mundo.
Ella soltó una carcajada. Ahí debía reconocer que tenía razón.
—Y no lo hay, pero eso no significa que no puedas querer estar en otros lugares.
¿Si la echo de menos? A veces. —Sofía dejó el tenedor—.
Pero Cádiz tiene algo que no sé explicar bien.
Una forma diferente de tomarse el tiempo.
—Hizo una pausa—. Y tú, ¿de dónde eres? Que eres andaluz, es seguro. Pero no consigo ubicarte por el acento.
Daniel levantó la vista del plato.
—Del barrio de la Viña.
Sofía lo miró sorprendida.
—¿En serio? No me lo habría imaginado.
Él se encogió de hombros, restándole importancia.
—Llevo doce años fuera. Madrid, Londres, Ciudad de México… Supongo que con el tiempo el acento se va diluyendo.
—Bueno, en ese caso me toca hacerte la misma pregunta: ¿no echas de menos estar aquí?
—No.
Era una sola palabra que pronunció con tanta firmeza, que ella no tuvo ninguna duda de que lo sintiera de verdad. Sofía prefirió no preguntar el motivo por el que se mostraba tan tajante, pero en aquel momento hubiera dado lo que fuera por conocer sus razones.
De regreso al archivo, antes de que Daniel volviera a abrir el portátil, se quedó un minuto mirando la estantería donde estaban los legajos del comerciante.
Allí reposaban los nueve documentos separados, el manifiesto de pasajeros con el nombre de Isabel Alcántara y la carta a medio terminar guardada en una funda de plástico que Sofía había buscado esa misma mañana para protegerlo.
De repente lo asaltó un presentimiento.
—¿Qué puede haber detrás del armario del trastero para que la voz se oiga allí más fuerte? ¿Qué relación puede tener con lo que estamos descubriendo? —preguntó al aire.
No habían vuelto a mencionar el mueble desde que fueran a verlo días atrás. Sin embargo, ahora estaban en un contexto diferente. Sabían quién era el comerciante, o casi. También quién era Isabel. Y, sobre todo, lo que había pasado en noviembre de 1782.
Sofía lo miró sin saber a dónde quería llegar.
—Dijiste que necesitábamos una razón que figurase en algún documento, ¿no? —dijo, usando sus propias palabras.
—Sí.
Daniel asintió. Cogió su ordenador y levantó la tapa.
—Creo que ya la tenemos —murmuró mientras abría una ficha nueva—.
El manifiesto, los registros privados, la carta…
Si hay documentación relacionada con este hombre en ese armario, la revisión del trastero forma parte de mi cometido.
No es una especulación; es una conclusión razonada a partir de lo que hemos hallado.
Así que esta tarde me encargaré de redactar el informe y la petición formal.
Mañana lo tienes sin falta para que puedas tramitarlo con tu jefa .
Sofía asintió. Se sentó, cogió el siguiente legajo de la pila, y volvió al trabajo.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que la voz no se había oído en todo el día. Pero tuvo la sensación de que aquel silencio era diferente a los anteriores.
Era el silencio de alguien que aguarda.