Capítulo 7
La galería
Los registros portuarios llegaron antes de lo esperado.
Daniel había tramitado la solicitud formal el día anterior, y cuando Sofía llegó al archivo esa mañana, los encontró sobre su mesa.
Eran tres carpetas con el sello del fondo histórico y una nota adhesiva de la administrativa de Patrimonio que decía simplemente « tal como se solicitó ».
Los dejó donde estaban y fue a por café.
La voz se mantenía callada. Hacía ya varios días que se repetía el mismo patrón: silencio cuando Daniel estaba en el edificio, presencia cuando se marchaba.
Sofía le había dado mil vueltas a la cabeza intentando encontrarle la lógica, sin conseguirlo.
Lo único que había logrado establecer con certeza era que el ruido externo no era lo que hacía callar al comerciante.
Había otras personas en el palacio durante el día, puertas que se abrían y cerraban, conversaciones en los pasillos o el sonido de las limpiadoras por las tardes. Nada de eso lo silenciaba.
Solo la presencia de Daniel lo hacía, y Sofía no sabía cómo tomárselo.
Para no variar, el tasador llegó a las nueve en punto, con el maletín del portátil colgado al hombro.
—¿Han llegado los registros portuarios? —preguntó mientras soltaba sus cosas.
—Están en la mesa.
—Genial. Después los funcionarios tenéis fama de vagos, pero hay que reconocer vuestra diligencia desde que he llegado.
Sofía sonrió.
—Vaya, se agradece que alguien lo reconozca.
Por desgracia muchos solo ven este trabajo como un chollo, pero nadie se para a pensar en todas las horas que le hemos dedicado al estudio para conseguir aprobar nuestra plaza.
Pero bueno, eso es harina de otro costal.
Vamos al lío que la faena de hoy promete.
Daniel se sentó, abrió las carpetas, y durante los primeros veinte minutos no dijo nada. Sofía lo dejó trabajar y volvió a centrarse en los legajos de la estantería central. Sin embargo, de vez en cuando levantaba la vista hacia donde él estaba, esperando algún comentario o señal.
Daniel revisaba los documentos con una concentración absoluta, como si buscara algo concreto.
Sus ojos recorrían las páginas con rapidez, se detenían, volvían atrás, y luego avanzaban.
De vez en cuando abría el portátil y anotaba algo.
Otras veces, fruncía levemente el ceño, pero continuaba trabajando.
Al cabo de media hora levantó la vista.
—Hay cuatro barcos que llegaron de La Habana entre octubre y diciembre de 1782.
Sofía se acercó a la mesa.
—¿Cuatro?
—El primero atracó en octubre, antes de la fecha de la carta.
El segundo en noviembre, el tercero en diciembre y el cuarto…
—Daniel señaló una línea en el registro— figura como « arribada forzosa» , sin fecha de llegada definitiva.
La anotación dice que entró de emergencia en el puerto con daños en el casco.
—¿Y el de noviembre?
—El de noviembre es el que nos interesa. —Daniel giró la carpeta para que Sofía pudiera ver—. Zarpó de La Habana en septiembre, tal y como dice la carta. Llegó a Cádiz el 14 de noviembre de 1782. Con retraso, pero llegó.
Sofía miró la línea.
—¿Hay lista de pasajeros?
—Eso es lo siguiente que hay que buscar. Los manifiestos de pasajeros estarían en otro fondo, separado de los registros de entrada del puerto. Pero hay algo más.
—¿Qué?
Él señaló la última línea del registro del barco de noviembre, la que figuraba debajo de la fecha de llegada.
Sofía leyó con avidez.
La anotación era breve, con la letra irregular, como si hubiera sido escrita con prisa: « pasajeros trasladados al hospital de la ciudad. Varios fallecidos durante la travesía. Causa: fiebre. »
Sofía se quedó mirando la línea sin decir nada.
—No sabemos si ella estaba en ese navío —comentó Daniel, eligiendo las palabras con cuidado.
—No. —Sofía apartó la vista del registro—. Pero todo cuadra: el comerciante dejó de escribir en noviembre de 1782. Y la carta se cortó cuando llegó una noticia sobre ese barco.
—Es cierto. Aun así, no debemos descartar que podría haber otras explicaciones.
Sin embargo, ninguno de los dos creyó que las hubiera.
Daniel cerró el registro y lo puso aparte con el mismo cuidado con el que trataba todos los documentos.
—Deberíamos buscar los manifiestos de pasajeros. No sé si estarán en este archivo.
—Si lo están, los encontraremos. Y si no, habrá otros registros. Los del hospital, los de las parroquias… —Sofía volvió a la estantería—. En el XVIII todo quedaba registrado en algún sitio.
—Sí. —Daniel abrió el portátil—. En eso llevas razón.
Trabajaron el resto de la mañana sin volver a comentar las conclusiones a las que habían llegado, aunque ninguno de los dos pudo dejar de pensar en ellas.
Más tarde, Andrés pasó por el archivo. Esta vez no venía a invitar a Sofía a desayunar, sino que llevaba una carpeta con documentos.
Aunque técnicamente no tenían nada que ver con el archivo histórico, él había encontrado la forma de excusar su presencia allí con un trámite que requería el visto bueno de Sofía.
—¿Mío? —preguntó extrañada—. Yo no tengo autorización para visar nada. ¿Por qué no le llevas esto a doña Pilar? Ella es la responsable, no yo.
—Es algo de la gestión de la documentación que el tasador está solicitando. Y como ella ha delegado la coordinación del proyecto en ti, dice que le eches tú un vistazo primero y que te encargues.
—Bueno, está bien. Déjame que lo revise un momento. Siéntate si quieres.
Andrés ocupó la silla libre junto a la puerta y observó a Daniel con discreción mientras estaba concentrado en el portátil. Llevaba días queriendo ver cómo se comportaba y si mostraba más atención de la cuenta a su compañera favorita .
—¿Cómo va el trabajo? —preguntó Andrés, dirigiéndose a su amiga.
—Bien. Avanzando. —Sofía hizo una anotación en uno de los márgenes y le devolvió la carpeta—. Hay más material interesante del que esperábamos.
—¿Sí? —Andrés cogió los papeles sin prisa—. ¿De qué tipo?
—Documentos privados de un comerciante del XVIII, mezclados con el fondo oficial. Estamos intentando trazar su historia.
—Suena interesante. —Andrés miró brevemente a Daniel—. ¿Para cuándo tenéis previsto terminar?
—No lo sabemos. ¿Por qué?
—No, por nada… solo era curiosidad —respondió al tiempo que se levantaba de su asiento—. Solo quería recordarte que tenemos una quedada pendiente.
—Ok. Te escribo cuando pueda, ¿vale? Y en cuanto a eso —añadió señalando la carpeta que acababa de devolverle—, te he puesto una cosa que hay que corregir y ya se puede subir al portafirmas de doña Pilar.
El joven se limitó a asentir y se marchó sin añadir nada más.
Daniel, que no había levantado la vista del ordenador en ningún momento, volvió a dirigirse a ella.
—Tu compañero, ¿viene mucho por aquí?
—Somos amigos .
Volvió la cabeza y clavó sus ojos oscuros en los verdes de ella.
—Claro, ya lo entiendo.
—¿Qué es lo que entiendes?
Daniel no respondió a su pregunta. Volvió a la pantalla con la misma concentración de antes, sin aclarar a qué se había referido.
Decidieron terminar el trabajo a las dos menos cuarto.
Era curioso cómo, durante los primeros días, Daniel solía dar por finalizada su jornada sobre la una; pero a medida que iban encontrando más material, cada vez lo hacía más tarde.
Mientras él guardaba los datos en el ordenador, Sofía se dedicó a recoger los legajos que habían sacado para devolverlos a sus correspondientes estanterías.
—Me gustaría volver después de comer. ¿Sería posible? —dijo Daniel, cuando ya tenía el portátil bajo el brazo.
Sofía lo miró.
—¿A qué hora?
—No lo sé todavía. Quizás sobre las cuatro y media o las cinco. Tengo que hacer unas gestiones de cara al próximo trabajo del que me voy a encargar una vez termine este, pero no creo que me lleve demasiado. Sé que tu horario termina a las dos, pero me gustaría contar contigo. ¿Podrías?
—No hay ningún problema. Aquí estaré.
Daniel regresó a las cinco y media. El edificio estaba prácticamente vacío a esa hora.
Los vigilantes se mantenían en su puesto controlando las imágenes de las cámaras de seguridad, además de hacer alguna que otra ronda de vez en cuando.
Sofía había estado trabajando con la puerta del archivo entornada y reconoció a Daniel por el sonido de sus pasos retumbando en el mármol del pasillo, amplificados por el silencio de la tarde.
—Siento la demora. La gestión que debía realizar ha durado más de lo previsto —dijo desde el umbral a modo de disculpa por la tardanza.
—No importa.
Daniel entró, dejó sus cosas sobre la mesa y se acercó a observar los documentos que Sofía había estado revisando.
—¿Has encontrado algo?
—Los registros parroquiales de noviembre de 1782. —Le señaló la pila de la derecha—. Hay tres personas fallecidas en las dos semanas siguientes a la llegada del barco. Dos hombres y una mujer.
Daniel ojeó por encima los papeles.
—¿Alguna identificación?
—El registro está deteriorado. El apellido de la mujer no se lee completo, pero el nombre de pila sí: Isabel.
—Isabel —repitió Daniel.
Sofía había estado dándole vueltas al nombre durante una hora, intentando decidir si era mejor esperar a tener más datos antes de confirmar su conexión con el comerciante.
—No sabemos si es ella —dijo Sofía.
—No. —Daniel miró el registro—. Pero encaja.
Sofía asintió. Él se sentó en la mesa de al lado y siguieron trabajando con el silencio de la tarde de fondo .
Llevaban un rato revisando nuevos registros cuando Daniel se levantó para ir al baño. Sofía empezó a extrañarse cuando pasaron diez minutos, que se convirtieron en quince, y él no volvía.
Empezaba a preguntarse si debería salir a buscarlo cuando oyó sus pasos en el corredor. Daniel entró al archivo con una expresión que Sofía no había visto en él todavía, mezcla de desconcierto y pasmo.
—¿Te has perdido? —le preguntó.
—Más o menos. El baño al que suelo ir estaba cerrado y subí a la planta de arriba a buscar otro. —Se sentó despacio—. Hay una galería en la planta noble, con el suelo de mármol y ventanas altas.
—Sí. Allí está el Salón Regio, que es donde se realizan los Plenos.
—¿Sueles pasar por esa zona?
Sofía lo miró, intuyendo su confusión
—Lo cierto es que la evito cuando trabajo hasta tarde.
—¿Por qué?
Ella tardó un momento en responder.
—Por la acústica. Recoge sonidos de otras partes del edificio de una forma que resulta… rara. —Soltó un suspiro—. Has vuelto a oír algo, ¿verdad?
Daniel miró hacia la puerta del archivo como si estuviera reconstruyendo mentalmente el recorrido que acababa de hacer.
—Sí. La misma voz del primer día —reconoció al fin—.
Pero no ha sido como aquella vez. —Señaló hacia las estanterías, hacia las paredes del archivo—.
Aquí sonó clara, pero contenida. Pero en la galería de arriba ha sido diferente.
Mucho más fuerte. Como si estuviera hablando en una sala llena de gente y tuviera la necesidad de hacerse oír.
Sofía lo miró durante un instante .
—¿Y qué decía?
—Algo así como… « Solo necesito saber si embarcaste o no. Si alguien me confirma que sí, esperaré lo que haga falta. Dime que no, y cruzaré yo ese océano para preguntarte por qué. »
El silencio que siguió fue largo.
—Me he tenido que sentar en el suelo de lo intensa que ha sido la sensación —dijo Daniel, después de un momento—. Te juro que no soy de los que se impresionan con facilidad, pero ha sido muy fuerte.
Sofía no dijo nada. Ya sabía, por propia experiencia, que la acústica de la galería tenía la capacidad de recoger y amplificar sonidos de otras partes del edificio. Era posible que lo que Daniel había oído fuera la voz resonando desde otro lugar.
Pero lo que más le llamó la atención fue otra cosa. Durante los últimos días, el comerciante había mantenido silencio cuando Daniel llegaba. Y no volvía hacerse presente hasta que se marchaba.
¿Sería posible que la voz hubiera cambiado de opinión y hubiera decidido que era el momento de que él también la oyera?
La única respuesta a aquella pregunta la tenía el propio comerciante y se lo haría saber con el transcurrir de los días.
Cuando recogieron, el edificio estaba completamente vacío. Solo quedaba el guardia de seguridad de la entrada, que los saludó con el gesto cansado de quien lleva horas esperando que la gente se vaya para poder cerrar.
En la puerta, bajo la luz del exterior que ya empezaba a decaer, Daniel pronunció una única palabra:
—Isabel —dijo, sin mirarla.
—Quizás no sea ella.
—Es posible. Pero mañana buscamos el manifiesto de pasajeros .
—Me parece bien —estuvo de acuerdo Sofía.
—Por cierto, ¿vives lejos de aquí? ¿Quieres que te acompañe?
—No te preocupes. Cojo el autobús a la vuelta de la esquina y en quince minutos estoy en casa. Además, lo bueno que tiene el verano es que todavía hay luz y que hay un montón de gente por la calle.
Daniel asintió, conforme.
—Entonces me vuelvo al apartamento. La verdad es que estoy cansado; ha sido un día intenso.
—Sí, es cierto. Descansa y mañana nos vemos.
—Que descanses tú también.
Echó a andar hacia las calles interiores del centro, mientras Sofía se quedaba unos segundos observando cómo se alejaba con el maletín colgado al hombro y esa manera suya de caminar.
Luego se giró de nuevo al edificio y golpeó la puerta de cristal para llamar la atención del vigilante quien, al verla, se acercó a abrirle de nuevo.
—Perdone, pero me he dejado las llaves de casa encima de la mesa. Necesito entrar un momento para recogerlas o me tocará dormir en la calle esta noche.
El buen hombre, que llevaba varios años trabajando en la institución y la conocía de verla a diario, le abrió la puerta.
—Anda, chiquilla, pasa. Un día de estos te vas a dejar la cabeza.
—Gracias —se disculpó con una sonrisa.
Volvió al archivo, y se quedó de pie en el centro de la sala en silencio, escuchando.
La voz no estaba.
— Solo necesito saber si embarcaste o no.
Fue ella quien repitió las palabras, en voz baja, casi sin querer .
Nadie respondió.
Pero en algún lugar del edificio, en la galería vacía con el suelo de mármol y las ventanas altas, el aire se movió levemente, como si alguien hubiera abierto una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada.
Sofía dio media vuelta y, ahora sí, salió del palacio provincial para marcharse a su casa.