El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

El profesor

Ninguno de los dos tuvo dudas de que se trataba de documentos del mismo hombre, pero redactados en distintos momentos del mismo período.

Daniel los fue separando con cuidado, creando una pila aparte sobre la mesa, mientras Sofía le pasaba los legajos desde la estantería.

No hablaban mucho durante el proceso. Habían encontrado un ritmo de trabajo en el que el silencio resultaba funcional y, en cierta medida, hasta agradable.

Cada uno sabía lo que tenía que hacer sin necesidad de coordinarse en voz alta.

—Hay ocho —dijo Daniel, cuando terminaron de revisar la caja.

Sofía contó la pila.

—Nueve. Este también. —Le pasó un legajo que había quedado al fondo, debajo de un registro de aduana de 1783 que no tenía nada de particular.

Daniel lo abrió y lo leyó. Lo examinó durante unos minutos que a Sofía le pareció excesivo en comparación al tiempo que le había dedicado al resto.

—¿Qué es? —preguntó.

—Una carta. —Daniel la sostuvo con cuidado—. No es un documento oficial. Se trata de una carta personal, metida entre los demás escritos. Pero está incompleta. Se corta a mitad de una frase.

Sofía se acercó.

La letra era la misma de los otros documentos: densa, inclinada hacia la derecha, con esa forma de trazar las mayúsculas que ya habían aprendido a reconocer.

El papel estaba más deteriorado que el de los expedientes oficiales, lo cual tenía sentido porque no había sido guardado con el mismo cuidado que los documentos de la Casa de Contratación.

Sofía empezó a leer lo que alcanzó a descifrar:

«Querida mía,

Escribo esto desde la sala de despachos sabiendo que probablemente no llegarás a leerlo antes de que yo mismo pueda decírtelo en persona. Y aun así escribo, porque llevar todos estos meses esperando sin hacer nada con las manos es una forma de locura que no me puedo permitir.

Cada mañana pregunto por los barcos que han fondeado durante la noche.

Cada tarde reviso los registros de entrada del puerto.

Los escribanos ya me conocen por el nombre y me saludan con esa mezcla de compasión y fastidio que se reserva para quien pregunta siempre lo mismo y siempre recibe la misma respuesta.

No ha llegado ningún barco de La Habana que lleve a nadie con tu nombre.

Lo que más me cuesta no es la espera en sí.

Es no saber si tú también aguardas al otro lado del océano, o si el silencio que hay entre nosotros es solo mío.

Si mis cartas llegaron. Si las leíste. Si hay alguna razón para este silencio o si simplemente el Atlántico se ha tragado todo lo que nos mandamos para guardarlo en sus oscuras profundidades.

Esta mañana me han informado de que hay un barco. Dicen que zarpó de La Habana en septiembre con viento favorable y que no hay razón para...»

Ahí se cortaba.

—El barco... —dijo Sofía, en voz más baja de lo que pretendía.

Daniel volvió a la carta y la leyó desde el principio, despacio esta vez.

—Sí. Y fíjate en el tratamiento —dijo.

—¿Cómo?

—Al principio. —Señaló la primera línea, la que estaba más deteriorada y que ella había pasado por alto—. Se lee mal, pero el destinatario está en femenino. Dice « querida» . —Dejó la carta sobre la mesa—. El comerciante esperaba a una mujer.

Aquello era algo que Sofía había intuido desde hacía tiempo sin tener ningún dato que lo respaldara.

—Se trata sin lugar a dudas del mismo hombre y la misma espera.

Sofía miraba la carta. Daniel, en cambio, la miraba a ella.

—Lo que no entiendo —dijo él al fin— es cómo ha llegado esto hasta aquí. Una carta personal entre legajos oficiales. O alguien la metió sin querer o, por el contrario, la metió deliberadamente para que no se extraviara.

—No tiene sentido. ¿Por qué haría eso? —le preguntó, extrañada.

Daniel no contestó, pues carecía de respuesta alguna. En su lugar, cogió la carta con cuidado y la dejó sobre la pila de documentos del mismo hombre.

Nueve documentos. Una carta a medio terminar. Y un noviembre de 1782 que seguía apareciendo.

Un rato después, Bernardo Castro llegó sin avisar. Entró sin pedir permiso, acostumbrado como estaba a pasearse por allí como Pedro por su casa . Llevaba una carpeta bajo el brazo y mostraba una sonrisa de suficiencia que Sofía conocía de sobra.

—Buenos días, chicos. ¿Me permitís que os interrumpa?

Sofía levantó la cabeza apartando la vista de la pila de documentos que tenía delante.

—Hola, Bernardo. En absoluto. ¿Qué te trae por aquí?

El recién llegado se acercó a la pareja.

—Quería volver a ofreceros mi ayuda. —Miró a Daniel con cordialidad, pero manteniendo cierta distancia ya que no guardaba con él el mismo grado de confianza que con Sofía—.

Había pensado que, como conozco bastante bien el período virreinal gracias a mis años de estudio, podría resultar interesante trabajar con vosotros para dar contexto histórico a lo que sea que estéis encontrando.

—Te lo agradecemos —dijo Daniel con una amabilidad que a Sofía no le sonó del todo sincera—, pero por ahora nos las estamos apañando bastante bien. De momento no lo creo necesario.

—Ajá. No obstante, insisto en que un nuevo punto de vista puede ser...

—Lo tendremos en cuenta —lo cortó el tasador con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.

Bernardo asintió, apoyó las manos sobre la mesa y ojeó lo que había en ella.

—Y bien… ¿Cómo va el proceso? Por lo que veo, habéis sacado bastante material.

—Estamos identificando los documentos de un mismo autor —le informó Sofía—. Un comerciante particular del último tercio del XVIII. Hay más material de lo que esperábamos.

—Interesante. —Bernardo miró la pila sin tocarla—. ¿Tenéis alguna referencia de quién se trataba?

—Todavía no. Pero vamos avanzando.

—Si queréis, puedo echarles un vistazo —insistió una vez más—. Conozco bastante bien los registros de comerciantes privados del período. Podría ayudaros a identificarlo.

—Lo tenemos bajo control, gracias. —Daniel lo dijo con la misma amabilidad de antes, sin ningún énfasis particular, lo que hacía imposible objetar nada—. Pero si llegamos a un punto donde necesitemos contexto adicional, te lo haremos saber.

Bernardo asintió sin perder la compostura.

—Por supuesto. Sin ningún problema. —Miró la sala con curiosidad, a pesar de conocerla a la perfección—. ¿Habéis tenido ocasión de ver todo el archivo, o todavía os queda material por revisar?

—Uy, nos queda bastante —reconoció Sofía—. Y también está pendiente el trastero del fondo. Ahí hay material que lleva años sin que nadie lo toque.

—¿El trastero? Ah, qué bien… Si tenéis pensado revisarlo, me gustaría estar presente, si no es mucho pedir. Creo recordar que dentro hay un armario enorme. —Bernardo lo dijo como de pasada—. No sé si lo habéis visto.

Sofía soltó un bufido.

—Cómo para no verlo con lo grande que es… Queremos moverlo, pero...

—Pero no tenemos prisa, ¿verdad, Sofí? —Daniel la miró de una manera que dejaba entrever que no le estaba gustando que fuera tan espléndida en sus explicaciones.

—¿Moverlo? Supongo que te refieres a abrirlo, ¿no? Igual hay algo en su interior que os interese —continuó el profesor con voz neutra.

—Sí, claro. Pero nadie parece tener la llave de ese muerto —continuó la joven, más prudente esta vez.

—Ahhh. Si necesitáis ayuda con eso, o con la gestión del espacio, puedo hablar con quien corresponda para facilitar el proceso.

Bernardo seguía con el mismo tono neutro.

—No será necesario —insistió Daniel—. Nosotros nos encargaremos.

—Perfecto. —El profesor sonrió—. Pues nada, ya sabéis que estoy disponible. Cualquier cosa que necesitéis, me decís.

Se despidió con la misma cordialidad con la que había llegado y salió al pasillo. Sus pasos se alejaron sin prisa y Sofía esperó a que el sonido desapareciera del todo antes de volver a hablar.

—¿Es impresión mía o le ha cambiado el gesto cuando hemos sacado a colación el tema del armario? —preguntó en voz baja .

Daniel no levantó la vista del portátil

—Lo que tengo claro es que el profesor Castro se ha mostrado muy insistente en sus ganas de colaborar con nosotros. Y en cuanto al mueble, lo que me pregunto es que, si sabe que está ahí desde hace tanto tiempo y, por lo visto, a nadie le ha importado nunca, ¿a qué viene interesarse por él ahora?

—Eso mismo quisiera saber yo.

El resto de la mañana transcurrió sin más interrupciones.

Siguieron con los documentos del comerciante, estableciendo una línea cronológica que empezaba en 1779 y terminaba, siempre, en noviembre de 1782.

Nueve documentos que contaban una historia en fragmentos: un hombre que había gestionado sus asuntos desde ese edificio durante tres años, que había tenido tratos con comerciantes de Veracruz y La Habana y que había esperado algo que los documentos no nombraban directamente pero que aparecía al margen de cada anotación.

La carta a medio terminar era la pieza que no encajaba.

No era un documento de trabajo. Era algo personal, guardado entre expedientes oficiales, cortado en mitad de una frase. Sofía la miró varias veces durante la mañana sin decir nada, con la sensación de que había algo en ese corte abrupto que no era casual.

—¿Por qué no la terminó? —preguntó al fin, mientras Daniel cotejaba fechas en el portátil.

—¿La carta?

—Sí. Si la estaba escribiendo aquí, en el edificio, ¿por qué se detuvo? ¿Sería que tuvo que marcharse de repente?

Daniel levantó la vista.

—Es posible. Quizás le llegaron nuevas noticias que hiciera innecesario terminar lo que había empezado.

Sofía frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que si estaba esperando referencias de un barco determinado y estas llegaron, la carta que estaba escribiendo dejaba de tener sentido.

Podemos buscar los registros de entrada al puerto de Cádiz del otoño de 1782 —comentó Daniel, abriendo una nueva ventana en el ordenador—.

Si el barco llegó, debería estar documentado.

Sin embargo, no consiguieron encontrar nada relevante durante el resto de la mañana.

Los registros portuarios del período estaban en otro fondo del archivo, en una sección que Sofía conocía pero que requería una solicitud formal de acceso que Daniel tendría que tramitar a través del jefe de gabinete.

Era un procedimiento rutinario, nada que no pudiera resolverse en uno o dos días, pero significaba que esa línea de investigación quedaba pendiente.

Al final de la jornada, en cuanto Daniel se hubo marchado, la voz tardó apenas tres minutos en reaparecer.

«Esta mañana me han dicho que hay un barco. Dicen que zarpó de La Habana en septiembre con viento favorable…»

Sofía se quedó inmóvil.

Era la primera vez que la voz repetía algo que ella había leído en un documento. La primera en que la frontera entre lo que estaba escrito en el papel y lo que sonaba en el aire del archivo se volvía tan fina que casi no existía.

Y estaba segura de que debía de existir algún motivo para ello.

Bernardo Castro llegó a su despacho de la universidad pasadas las dos de la tarde. Dejó la carpeta sobre la mesa, se sentó, y miró el teléfono durante un instante antes de cogerlo.

Marcó un número que no aparecía en su agenda porque no era del tipo que convenía tener guardado en ningún sitio.

—Soy yo —dijo Bernardo cuando descolgaron—. Hay novedades.

Se produjo una breve pausa al otro lado.

—Te escucho.

—El tasador está revisando el fondo completo. Es un tipo sistemático, muy metódico. —Se detuvo para tomar aire—. Han mencionado el trastero y me han comentado que quieren mover el armario.

Silencio.

—¿Cuándo?

—No lo sé exactamente. Dicen que no tienen prisa, pero no me fío. Supongo que estarán buscando el momento oportuno. —Bernardo miró hacia la ventana—. ¿Sabes lo que hay allí?

—Sé lo mismo que tú —dijo la voz al otro lado.

—En Sevilla pasó algo parecido, ¿no? —Bernardo lo dijo con cuidado, midiendo cada palabra—. He oído comentarios.

El silencio fue más largo esta vez.

—Lo de Sevilla está resuelto —dijo la voz de manera un tanto cortante—. No como esperábamos, pero no es algo de lo que tengas que preocuparte.

—¿Y aquí? ¿Qué hago si se acercan más de la cuenta?

—De momento, todavía no hay nada que resolver. Lo que tienes que hacer es no mostrar interés por el armario. Si preguntan, no sabes nada. Y si puedes evitar que descubran lo que hay detrás, mejor para todos. Distráelos para que se centren en lo que hay dentro, no en lo que está oculto.

—Me preocupa no poder evitarlo. No cumplir con mi cometido.

—Mucho me temo que no depende completamente de nosotros.

Podemos obstaculizar, pero no impedir que ocurra, si llegara el caso.

—La voz sonaba calma, como si hubiera aprendido que ciertas cosas no pueden evitarse del todo; solo ralentizarse—.

Entiendo tu temor. Nos han legado una misión, pero nunca nos llegaron a explicar qué sucedería si no pudiéramos contener los hechos.

—Entonces, ¿qué debo hacer?

—Por ahora, no le facilites el trabajo. Sé inteligente, Bernardo.

—Entendido.