Capítulo 5 #2
—En efecto, el formato es el mismo, pero el contenido no.
—Daniel señaló la columna de la derecha—.
Mira, estas cantidades no corresponden a ningún registro oficial de la Carrera de Indias.
Son demasiado pequeñas para ser cargamentos comerciales y demasiado regulares para ser aleatorias.
—Hizo una pausa—. Esto es un registro privado, aunque alguien lo metió entre los documentos oficiales.
—¿A propósito?
—O por descuido. Aunque dado que está aquí desde el XVIII y nadie lo ha separado en trescientos años, me inclino por lo primero .
Sofía miró el documento con una atención diferente a la de antes. La columna de fechas arrancaba en marzo de 1779 y terminaba en noviembre de 1782.
—Daniel.
—¿Sí?
—Mira la última entrada de este documento. —Señaló la fecha—. Es la misma que la del libro de cuentas de ayer.
—Noviembre de 1782 —murmuró en voz baja.
—Sí.
Daniel cogió el portátil y abrió la ficha del libro de cuentas. Puso los dos documentos en paralelo, cotejando las fechas, los nombres y las cantidades.
—Son del mismo hombre —dijo el tasador al fin—. El libro de cuentas y este registro. La caligrafía es la misma, así como también el sistema de anotación. Los mismos códigos en el margen, la misma forma de registrar las fechas.
—¿Quién sería?
—Eso es lo que tenemos que averiguar. —Daniel fotografió el documento con el móvil y lo añadió a la ficha—. ¿Hay más del mismo período en estos legajos?
—Hay una caja entera del 1770 al 1790 que todavía no hemos tocado.
—Eso será lo siguiente entonces.
Sofía asintió. Miró el documento una vez más: la columna de fechas, la última entrada, el noviembre de 1782 que había aparecido dos veces en dos documentos distintos que llevaban siglos sin que nadie los pusiera juntos.
No era una coincidencia. No podía serlo .
Pero todavía tenían que averiguar por qué.
Salieron a desayunar a media mañana. Caminaron hasta la plaza de San Juan de Dios, compraron dos cafés en el quiosco de la esquina, y se sentaron en uno de los escalones del monumento a Moret, junto a la fuente.
El viento de levante había bajado durante las últimas horas, y después de llevarse horas encerrados, les apetecía que les diera un poco el aire.
Era la primera vez que estaban juntos fuera del edificio sin que hubiera una mesa de por medio.
—¿Cuánto tiempo lleva el edificio en manos de la Diputación? —preguntó Daniel tras darle un sorbo a su bebida.
—Según tengo entendido, desde mediados del siglo XIX, pero como ya sabes, en su origen fue la Aduana.
El edificio se construyó sobre 1770 para gestionar el comercio con los virreinatos americanos.
—Sofía apoyó los codos sobre sus rodillas y miró hacia el muelle que tenía frente a ellos—.
Por aquí pasó todo, desde plata a especias… hay registros de miles de expediciones…
—Y también personas que esperaban noticias de esos viajes…
Sofía volvió la vista de nuevo hacia él, que miraba hacia la plaza, con el café en la mano, y los pensamientos claramente en otro sitio.
—El libro de cuentas y el registro —comentó Sofía regresando a la conversación que habían mantenido un rato antes—… son del mismo hombre.
No era una pregunta, sino la constatación de un hecho.
—Sí.
—Y ese hombre estuvo en este edificio en noviembre de 1782.
—O, mejor dicho, en el edificio que había antes, es decir, en la Aduana. —Daniel bebió un sorbo de su café—. Esperando algo. O a alguien.
Sofía no respondió. Pensó en la voz, en el repertorio del comerciante, en el barco que no llegaba y las cartas que cruzaban el Atlántico sin encontrarse.
—¿Qué pasó en Cádiz en esa fecha? —preguntó con curiosidad.
Daniel la miró y se encogió de hombros con rapidez.
—Nada especialmente notable a nivel histórico. El comercio con América seguía su curso. Estábamos en guerra con Inglaterra, lo que complicaba las rutas atlánticas. —Dejó escapar un suspiro—. Los barcos tardaban más de lo previsto en llegar. O, directamente, no llegaban.
Aquello último captó la atención de Sofía.
—¿Y qué pasaba entonces con las personas que esperaban esos barcos?
—Supongo que seguían aguardando hasta que… dejaban de hacerlo.
—Entiendo…
—Bueno, ¿te parece si volvemos ya?
Tiraron los vasos de café en la papelera de la esquina y regresaron al palacio en silencio, con el sol proyectando sus sombras largas sobre el suelo de la Avenida del Puerto.
A la una y cuarto, Daniel comenzó a recoger sus cosas.
—Mañana le echaremos un vistazo a la caja del 1770 al 1790 —comentó mientras guardaba el portátil en su funda—. Y a ver si nos ponemos con lo de la gestión del permiso para poder meterle mano también al trastero. Estoy seguro de que algo encontraremos.
—De acuerdo. Hasta mañana, Daniel.
Cuando salió, Sofía lo oyó alejarse por el pasillo, hasta que de nuevo se hizo el silencio en el archivo.
Dos minutos después, la voz reapareció.
«Escribí en julio, cuando supe que el pasaje estaba reservado...»
Sofía se quedó quieta junto a la estantería.
El pasaje. Alguien había reservado un pasaje en un barco que tardaba en llegar. Un hombre que llevaba meses en ese edificio esperando noticias. Un libro de cuentas que terminaba en noviembre de 1782. Un registro privado con las mismas fechas.
Fue al cajón, cogió el cuaderno, y buscó la página donde había anotado las frases nuevas de la voz.
Buscó una en blanco para escribir una única:
«¿Qué pasó con el barco que esperaba?»