El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Esto no cuadra

Daniel llegó al archivo con la misma puntualidad de los días anteriores, sobre las nueve de la mañana. Sofía ya había aprendido a reconocer sus pasos, como también los dos golpes que solía dar en la puerta antes de entrar, aunque estuviera abierta.

La voz no estaba presente en ese momento, a pesar de que aquella mañana había estado con ella desde temprano.

Pero en cuanto Daniel hizo acto de presencia, el comerciante guardó silencio, como había ocurrido la víspera, por lo que Sofía llegó a la conclusión de que aquello no podía ser una mera coincidencia.

—Buenos días —la saludó Daniel desde el umbral.

—Buenos días —le sonrió ella a modo de respuesta—. Te estaba esperando para decidir por donde seguir. ¿Te apetece que empecemos ya por el trastero o seguimos con los legajos?

—Lo primero, si te parece bien. —Dejó el portátil sobre la mesa y lo abrió—. Luego continuaremos por donde lo dejamos ayer.

Sofía cogió las llaves del cajón y lo instó a acompañarla.

—Pues vamos.

El trastero estaba cerca de la oficina que compartían, detrás de una puerta que no tenía ningún letrero que lo identificase. Sofía la abrió con la llave más vieja de todo el manojo que llevaba y que le había entregado su jefa seis años atrás para que la custodiara.

Daniel entró detrás de ella e inspeccionó el lugar de un vistazo.

La sala no era grande: unos treinta metros cuadrados, con suelo de piedra sin renovar y paredes que en tres de sus lados mostraban el ladrillo visto de una reforma que había quedado a medias en algún momento de los años ochenta.

La cuarta pared, la del fondo, era diferente.

Estaba cubierta de la piedra original del XVIII, más oscura, con la textura característica de la piedra ostionera que en Cádiz aparecía por todas partes.

Y delante de esa pared, el armario del que ella le había hablado.

Dos metros de ancho por metro ochenta de alto. Madera oscura, maciza, con herrajes de hierro que en su momento habían sido funcionales y que el óxido había convertido en decorativos.

Daniel se acercó despacio y se fijó en las puertas cerradas. Tiró de una de ellas con la intención de abrirla, pero esta no cedió.

—¿Y las llaves?

—Ni idea. No he encontrado a nadie que las tenga.

Doña Pilar me explicó una vez que el armario está lleno de tiestos, pero claro, ella lleva aquí media vida y supongo que en algún momento lo habrá visto abierto.

Pero, en mis ocho años en la Diputación no he sido capaz de dar con ellas.

Supongo que habría que llamar a alguien de mantenimiento para que lo intenten abrir, aunque me da miedo que lo fuercen demasiado y se lo carguen.

—Entiendo.

Rodeó el armario y lo examinó con atención como si estudiara la manera de proceder. Miró los laterales, se agachó para ver los pies y comprobó la distancia entre el mueble y la pared con los dedos.

Había unos cuatro centímetros, más o menos.

Los mismos que Sofía había calculado con la linterna del móvil en tantas ocasiones.

—¿Cuánto pesa esto? —preguntó, sin volverse.

—No lo sé con exactitud. Bastante.

—Dijiste que no habías podido moverlo. Pero, ¿sabes si alguien lo ha hecho alguna vez?

—Que yo sepa, no.

—Te parecerá una tontería, pero no sería la primera vez que me encuentro unas llaves caídas debajo del mismo mueble que abre. ¿Has mirado por aquí?

—La verdad, ni siquiera se me había ocurrido.

—Sería bueno poder desplazarlo, aunque fuera solo un poco. —Tocó el armario de nuevo y dio un paso hacia atrás—. No parece que tenga ninguna fijación a la pared. Déjame ver…

Daniel se incorporó e inspeccionó el muro que asomaba por el lateral derecho del mueble. Luego sacó el móvil, encendió la linterna, y dirigió el haz de luz hacia el hueco. Estuvo así casi dos minutos, con la linterna en distintos ángulos, sin decir nada.

—Tenías razón. Parece que hay algo ahí atrás —dijo al fin—. Y no me refiero a las llaves.

—¿A ti también te lo parece entonces? ¿Qué crees que pueda ser?

—No tengo ni idea, pero estoy seguro de que no es una simple irregularidad de la piedra. —Se apartó del lateral y observó el armario de frente—. El patrón es demasiado regular para ser accidental. Hay una repetición que sugiere un diseño.

—¿En serio? ¿Puedes verlo desde ahí?

—No del todo, pero sí lo suficiente. —Bajó el teléfono y se mantuvo pensativo. Aquello había despertado su interés—. Sin duda, hay que moverlo.

—Ya, eso es lo que yo quisiera… Pero ya te dije que hasta ahora no he encontrado ningún motivo que lo justifique. Y mi jefa no quiere complicaciones. Necesitamos una razón de peso que figure en algún documento —explicó.

Daniel apagó la linterna del móvil y se lo guardó en el bolsillo.

—Podemos servirnos de las piezas que encontramos ayer en las cajas. Si hay material sin catalogar en este trastero, y todo apunta a que sí, la revisión del armario formaría parte del encargo.

—Podría funcionar. —Sofía se llevó la mano a la barbilla sin apartar la vista del armario—. Pero debemos hacerlo bien para que ella crea que de verdad es necesario y no tenga oportunidad de cuestionar el porqué.

Daniel miró el mueble una vez más y luego hizo lo propio con Sofía.

—De acuerdo. Pero no tardemos mucho. Reconozco que tanto el mueble como el muro han despertado mi curiosidad.

Salieron de la estancia con un objetivo claro. Y, aunque ninguno de los dos dijo nada más sobre el armario durante el resto de la mañana, tampoco pudieron dejar de pensar en él.

Los legajos de la sala principal resultaron ser más problemáticos de lo que Daniel había estimado el primer día.

El fondo virreinal de la Diputación de Cádiz era, sobre el papel, un conjunto de documentos del período de la Carrera de Indias catalogados por fechas y tipología.

En la práctica era algo más parecido a un archivo que alguien había organizado con criterios que habían ido cambiando varias veces a lo largo de los años sin que nadie se hubiera tomado la molestia de dar coherencia al conjunto.

Daniel trabajaba con el portátil con dos ventanas en paralelo; una con su propia base de datos, y otra con las referencias de archivos similares. De vez en cuando abría una tercera ventana con documentación que Sofía no alcanzaba a ver desde donde estaba, consultaba algo, y la cerraba.

—¿Cuántos sistemas de clasificación hay aquí? —preguntó él, sin levantar la vista de la pantalla.

—Tres, que yo haya podido identificar. —Sofía se acercó a la estantería—.

El original, que debe de ser de los años cuarenta o cincuenta.

Una revisión parcial de los ochenta que afectó solo a los legajos del XVII.

Y lo que hice yo cuando llegué, que fue intentar unificar sin tocar lo que ya estaba porque no tenía autorización para reorganizar el fondo completo.

—¿Lo que hiciste está documentado?

—En un cuaderno de trabajo que tengo en el cajón. No en el sistema oficial.

Daniel la miró extrañado.

—¿Y por qué no?

Sofía se limitó a encogerse de hombros.

—Porque para introducir cambios en ese sistema necesito una validación de la jefa. Y la mía lleva tres años diciéndome que lo revisará cuando tenga tiempo.

Daniel no dijo nada. Volvió a la pantalla y abrió una ficha nueva.

—¿Podrías traerme el cuaderno para que le eche un ojo ?

—Claro.

Sofía fue a buscarlo.

Era una libreta de tapa dura con anotaciones hechas de su puño y letra en distintos colores: azul para las descripciones, rojo para las discrepancias y verde para las piezas que consideraba de valor especial.

Ocho años de trabajo que no existían en ningún sistema oficial porque nadie había considerado necesario formalizarlos.

Lo dejó sobre la mesa delante de Daniel. El tasador lo cogió, lo abrió por la primera página, y empezó a revisarlo con la misma atención que había dedicado al libro de cuentas del comerciante el día anterior.

—Esto es un sistema de catalogación completo... —reconoció él.

—Es lo que pude hacer con lo que tenía.

—No te quites méritos, Sofía. —Daniel levantó la vista—. Es un trabajo muy bueno —insistió marcando cada palabra—. Con criterios consistentes, con referencias cruzadas, con notas de estado de conservación. —Hizo una breve pausa—. ¿Cuánto tiempo te llevó hacer esto?

—Desde que llegué y me di cuenta del potencial que tenía todo este material.

Daniel la miró durante un momento y movió la cabeza de lado a lado mientras asumía la información.

—¿Sabes lo que significa esto para el proceso de tasación?

—Supongo que podría facilitar un poco el trabajo.

—¿Un poco? Lo adelanta en dos semanas. ¿Me permitirías que lo use como referencia?

—Claro. No sé si todo lo que hay anotado es correcto o no, pero me tranquiliza saber que lo revisa alguien a quien le interesa este tipo de patrimonio. Seguramente tengas que hacer correcciones, pero si te sirve, por supuesto que puedes usarlo.

—Te lo devolveré en cuanto lo estudie. Este es tu trabajo y no seré yo quien te lo robe.

Sofía asintió y Daniel volvió al portátil. Empezó a transferir datos del cuaderno al sistema con una velocidad que sugería que había encontrado exactamente lo que necesitaba.

Llevaban un rato revisando un conjunto de legajos del período del 1760 al 1790 cuando Daniel se detuvo sobre uno que Sofía había clasificado en el cuaderno como registro de salida, interés medio, posible duplicado .

—Esto no es un duplicado —murmuró mientras lo revisaba.

Sofía, que había oído el comentario, se acercó.

—¿El qué?

Era un documento de varias páginas, con el encabezado parcialmente deteriorado pero legible. Una lista de nombres, fechas y cantidades en una caligrafía que no correspondía a los escribanos habituales de la Casa de Contratación.

—Lo clasifiqué así porque tiene el mismo formato que otros tres del mismo período —explicó ella.