Capítulo 4
Silencio interrumpido
Sofía notó la presencia de la voz nada más llegar al archivo a la mañana siguiente, antes incluso de encender las luces.
El comerciante estaba, para no variar, con su repertorio habitual: que si el barco no llegaba, que si las cartas tampoco, que si el Atlántico no terminaba de cruzarse… En fin, la misma retahíla de siempre.
Encendió el ordenador, puso una cápsula en la máquina de café, y esperó sin prestar atención a la presencia que la acompañaba, con la esperanza de que se aburriera y la dejara en paz de una vez. Debía seguir trabajando con Daniel y ese ruido externo a veces podía resultar bastante molesto.
Cuando estaba a punto de dar las nueve, Sofía oyó pasos en el pasillo acercándose al archivo. Seguramente sería Daniel, así que, siguiendo un instinto del que no solía hacer uso en la oficina, se recolocó los rizos y se arregló la ropa.
Al fin y al cabo, la presencia era importante, se dijo a sí misma para justificarse.
—Buenos días —la saludó cuando abrió la puerta que daba acceso al departamento.
—Hola, Daniel. Buenos días.
No había terminado de saludarlo cuando, de repente, la voz se calló.
No de forma gradual, sino de golpe, en mitad de una frase, como si no quisiera que alguien más terminara de oír lo que estaba diciendo.
Aquello llamó la atención de Sofía, que se quedó quieta un momento con la taza de café a medio camino.
«Uy, ¿qué ha pasado aquí?» — se preguntó a sí misma.
Curiosamente, el día anterior la voz había sonado incluso con Daniel presente, con una claridad que no había tenido en semanas. Justo cuando él estaba en la sala.
Sin embargo, hoy se había callado en el momento en que había entrado.
¿Por qué? No tenía sentido. Nunca se había callado cuando otros compañeros habían estado presentes, pero claro, esos otros, nunca habían llegado a oír nada fuera de lo normal.
—¿Pasa algo? —le preguntó Daniel al ver su gesto de extrañeza.
Sofía sacudió la cabeza y se obligó a apartar las conjeturas que escapaban a su control.
—No, nada. —Sofía dejó la taza sobre el escritorio—. ¿Te apetece un café?
—No te preocupes, acabo de tomarme uno, gracias. —Sacó el portátil de su maletín, lo puso sobre la mesa y lo abrió—. He pasado toda la información de ayer al sistema. Tengo las fichas abiertas y los archivos de referencia cargados, así que podemos seguir donde lo dejamos sin perder tiempo .
Sofía miró la pantalla. Se trataba de una base de datos con campos personalizados, fichas con fotografías y, en definitiva, un sistema de clasificación completo que claramente llevaba años en desarrollo.
—Guau, menudo trabajazo hay detrás de todo eso, ¿no?
—Ni te lo imaginas. Es el resultado de muchos años de estudio.
—Nos vendrá genial. Y estoy segura de que también me servirá a mí para aprender un montón. ¿Te parece entonces que continuemos hoy con las cajas del depósito? —preguntó Sofía.
—Claro. —Daniel cogió el portátil—. Quiero ver qué hay en ese material sin clasificar antes de seguir con los legajos. Tengo la sensación de que ahí puede haber cosas muy interesantes.
Sofía no dijo que ella tenía esa misma sensación desde hacía años.
El depósito en cuestión era una sala más pequeña que el archivo principal, con una única ventana alta que daba a un pasillo interior y una iluminación que nunca había sido suficiente para lo que se guardaba allí.
Varias estanterías metálicas ocupaban las paredes laterales.
Y en el suelo, junto a una de ellas, había dos cajas de cartón reforzado con los laterales marcados con rotulador: « Material diverso. Sin clasificar. Pendiente de revisión.»
La fecha indicada era de hacía once años.
—¿Las ha visto alguien desde entonces? —preguntó Daniel.
—Creo que solo yo. Cada seis meses más o menos, las abro y las reviso.
—¿Y?
—Y nada. Las vuelvo a cerrar porque no soy capaz de clasificarlas como es debido.
—Sofía se encogió levemente de hombros—.
Estoy convencida de que hay cosas de valor, pero no tengo con qué demostrarlo.
Se lo he dicho varias veces a doña Pilar para que le hagan un estudio en profundidad, pero solo me ha dado largas.
Además, sin documentación que lo respaldase, me daba miedo que cualquier decisión que se tomara sobre este material se hubiera hecho sin los estudios previos pertinentes.
Daniel no comentó nada. Dejó el portátil en el alféizar de la ventana, buscó el ángulo donde la luz natural era mejor, y se arrodilló junto a la primera caja.
La abrió con cuidado, por si lo que hubiera dentro pudiera ser frágil, aunque no lo pareciera.
En el interior había objetos envueltos en papel de seda viejo, varios rollos de documentos atados con cinta que en su momento había sido roja y que el tiempo había convertido en un marrón indefinido.
En el fondo, debajo de todo, encontró una caja de madera pequeña sin ningún tipo de etiqueta.
Daniel desenvolvió el primer objeto con cuidado. Era una figura de cerámica, pequeña, con un esmalte azul y blanco que Sofía había visto muchas veces sin saber exactamente qué era.
—Talavera poblana —dijo Daniel, sosteniéndola contra la luz—. Siglo XVII, probablemente tercer cuarto. El esmalte y el trazo son característicos de los talleres de Puebla de los Ángeles. —La giró despacio—. ¿Sabes lo que vale una pieza en este estado de conservación?
—Intuía que era más de lo que figuraba en ningún registro.
—Bastante más. —Daniel la dejó con cuidado sobre el papel de seda y abrió una ficha nueva en el portátil—. ¿Hay más piezas de este tipo?
—En la segunda caja hay otras cuatro o cinco envueltas igual.
Daniel miró a Sofía con un gesto mezcla de reconocimiento, satisfacción y un tanto de curiosidad.
—Llevas años sabiendo que esto estaba aquí, ¿verdad ?
—Sí. Ya te he dicho que suelo abrirlo cada seis u ocho meses. No sé por qué, pero algo me decía que eran objetos de valor que no merecían estar guardados en una caja de un almacén.
Él se limitó a asentir.
—Y, aun así, nadie te hizo caso.
No era una pregunta. Sofía no respondió, porque la respuesta era evidente y los dos lo sabían.
Daniel volvió al portátil y empezó a volcar los datos en el formulario. Aquello iba a resultar mucho más interesante de lo que había previsto al inicio.
En muchos sentidos.
Estaban tan enfrascados en el trabajo que no oyó a Andrés, su compañero y amigo, cuando se presentó en el depósito a media mañana.
—Hola, Sofi. Qué, ¿muy liada?
Esta levantó la cabeza, sobresaltada. Luego, relajó el gesto.
—Bastante. —Lo miró con la familiaridad de años—. ¿Qué pasa?
—Nada, que iba a ir a desayunar y pensé si te apetecía venir. —Sus ojos se desplazaron hacia Daniel con un interés mal disimulado—. Aunque veo que tienes compañía.
—Eh, sí. Ven, entra. Déjame que te presente a Daniel Vega. Él es el tasador externo que va a estar trabajando con nosotros las próximas semanas. Daniel, Andrés Molina, compañero del área.
Daniel hizo un gesto con la cabeza.
—Encantado. Disculpa que no te dé la mano, pero como ves, las tengo llenas de polvo —explicó levantándolas para mostrar sus palmas sucias.
—No te preocupes... Bueno, ¿y qué me decís? ¿os venís a desayunar? Por supuesto, va también por ti, Daniel.
—Te lo agradezco, pero yo voy a pasar —comentó el tasador—. Tengo esto a medias y prefiero seguir. Pero Sofía, si quieres ir, ve. Yo me quedo con las cajas.
Sofía miró a Daniel y luego a Andrés.
—Otro día, compi. Coincido con él —señaló con el mentón al primero—. Ahora mismo no puedo dejar esto a medias.
—Venga, mujer... Tendrás que tomar algo, ¿no? —trató de convencerla su amigo.
—En serio, otro día. Luego nos tomaremos un café de la máquina los dos. O salimos un momento a que nos dé el aire, que tampoco es plan de estar encerrados todo el día. Pero ahora estamos muy enchufados y es mejor seguir un rato más.
Andrés aceptó su negativa con resignación.
—De acuerdo. Luego te escribo y a ver si a la salida nos vemos un rato.
—Claro… Vamos hablando —contestó Sofía, dejando abierta la posibilidad.
Andrés salió del depósito con la misma sonrisa con la que había entrado, aunque a Sofía le pareció que en realidad no le había sentado del todo bien que no lo acompañara, por más que hubiera tratado de disimularlo.
Aquella jornada resultó bastante movidita en cuanto a visitas. Poco después de haberse marchado Andrés, le tocó el turno a Bernardo Castro de llamar a la puerta del depósito.
Era un hombre de unos sesenta años, pelo entrecano peinado hacia atrás, gafas de montura fina y una chaqueta de tweed (sí, una chaqueta a pesar de estar en pleno verano y con el calor que hacía) que en cualquier otro parecería un anacronismo pero que en él resultaba coherente.
—¿Sofía? —la llamó cuando asomó la cabeza tras la madera.
—¿Sí? Ah, hola Bernardo. —Al verlo, se incorporó de su posición junto al portátil de Daniel.
—Perdona que interrumpa. Doña Pilar me ha dicho que había llegado el tasador y quería pasarme a presentarme.
—Claro, entra. —El recién llegado se acercó a la pareja—. Daniel, te presento a Bernardo Castro, profesor de la Universidad de Cádiz y especialista en historia económica del comercio atlántico. Conoce el edificio casi tan bien como yo.
—Casi —dijo Bernardo, con una sonrisa modesta.
Daniel se levantó y le tendió la mano, por fin limpia tras lavárselas en cuanto terminó de revisar la primera de las cajas.
—Daniel Vega. Encantado.
—El placer es mío. —El apretón fue breve pero correcto—. He leído algunas de sus publicaciones sobre patrimonio colonial iberoamericano. Un trabajo muy sólido.
—Virreinal — corrigió Daniel.
Bernardo parpadeó levemente.
—¿Perdón?
—Prefiero virreinal. Colonial es una denominación heredada del siglo XIX que no corresponde al sistema imperial español. —Lo dijo sin énfasis, como un dato, igual que había hecho con Sofía—. Pero es solo una preferencia terminológica.
—Por supuesto. —Bernardo asintió con la expresión de quien acaba de recibir una corrección que no esperaba—. Tiene toda la razón, naturalmente. Es un debate que llevamos años teniendo en el ámbito académico.
—Lo sé. —Daniel volvió al portátil—. ¿Lleva mucho tiempo colaborando con el archivo?
—Años. Sofía y yo nos conocemos desde que ella llegó al servicio. —Miró la caja abierta sobre la mesa, las piezas de cerámica en su papel de seda, la pantalla del portátil con las fichas a medio rellenar—. Veo que ya están en plena faena.
—Sí, así es. Hay cosas aquí que llevan demasiado tiempo esperando que alguien las analice.
—Imagino. —Bernardo sonrió de nuevo—. Bueno, no os entretengo más. Solo quería presentarme. Sofía, cualquier cosa que necesites, ya sabes dónde estoy. Y Daniel, si en algún momento le es útil consultar algo de mi área, no dude en decírmelo.
—Se lo agradezco muchísimo. Siempre es bueno contar con diversas opiniones, llegado el caso.
Cuando Bernardo salió del depósito, Daniel esperó a que sus pasos se alejaran por el pasillo antes de volver a hablar.
—¿Lleva mucho tiempo por aquí? —preguntó, volviendo de nuevo a su ordenador .
—¿El profesor Bernardo? Años —respondió Sofía al tiempo que se disponía a abrir la segunda caja para empezar a trabajar en ella—. Es un habitual de la casa.
Daniel no hizo ningún comentario al respecto, pero ella se dio cuenta de que había abierto una nueva ficha en el portátil. En el campo de observaciones pudo leer: « Castro, B. — Historia económica, comercio atlántico.»
Lo cerró antes de que ella pudiera leer nada más.
Cuando terminaron con las dos cajas eran cerca de la una de la tarde.
El recuento final era más de lo que Sofía había estimado en sus revisiones anteriores: seis piezas de cerámica de Talavera poblana, dos documentos con sellos de la Casa de Contratación que Daniel había catalogado con una atención que le llevó casi media hora cada uno, así como un conjunto de monedas que él identificó como reales de a ocho del período de Carlos III.
Y en el fondo de la segunda caja, en otra más pequeña de madera, sin etiqueta, un libro de contabilidad manuscrito con las tapas de cuero deterioradas que el tasador había dejado para el final y que examinó con detenimiento.
—¿Qué es? —preguntó la joven.
—Un libro de cuentas de un comerciante particular. —Daniel lo sostenía con cuidado por los bordes—. No es de la Casa de Contratación, sino que es privado. Las anotaciones son de finales del XVIII, las últimas entradas corresponden a... —pasó las páginas con extremo cuidado— noviembre de 1782.
Sofía se quedó paralizada.
—¿Noviembre?
—Así es. —Daniel la miró—. ¿Por?
—Por nada. —Sofía apartó la vista—. Es una fecha que me suena, eso es todo.
Daniel la observó con curiosidad, pero no preguntó nada más. Cerró el libro de cuentas con el mismo cuidado con el que lo había abierto, lo fotografió con el móvil, y lo añadió a la ficha.
—Mañana me gustaría ver el trastero —dijo, mientras guardaba el portátil—. Antes de seguir con los legajos de la sala principal. Quiero ver ese armario del que me hablaste, aunque todavía no lo toquemos. Al menos, por ahora.
—De acuerdo.
Cuando Daniel se fue a eso de la una y media, Sofía se quedó otros veinte minutos recogiendo, reorganizando las piezas sobre la mesa con el papel de seda, asegurándose de que todo quedara en condiciones hasta el día siguiente.
La voz tardó exactamente cuatro minutos en volver a aparecer.
No era el comerciante con su repertorio habitual. Era algo más breve, más directo, con ese tono que había tenido la frase nueva del día anterior:
«Lo que se busca ya está encontrado. Solo falta verlo...»