Capítulo 3
La voz
Cuando Sofía entró al archivo a la mañana siguiente, supo con certeza que la voz no estaba allí.
No sabía cómo ni por qué, pero con los años había aprendido a detectar su presencia.
Cuando ella estaba, notaba una especie de densidad particular que no habría sabido describir, pero que reconocía sin esfuerzo.
Esa mañana, sin embargo, el ambiente era simplemente aire.
Frío, con aroma a papel viejo y a muros del XVIII, pero sin nada más.
Sin duda, prefirió que fuera así, habida cuenta de que iba a empezar a trabajar con el tal Daniel ese mismo día. No hubiera sido agradable tener que concentrarse en las preguntas que él pudiera formular, mientras su particular amigo le susurraba frasecitas en el oído.
Dejó el bolso en el cajón de la mesa, encendió el ordenador, y fue a por un café a la máquina de cápsulas que ella misma se había comprado varios meses antes (no siempre tenía tiempo para desayunar fuera como hacían muchos de sus compañeros).
Miró el reloj de pulsera y comprobó que tenía una hora por delante antes de que llegara Daniel Vega.
Empleó ese tiempo en repasar el orden en que iba a mostrarle el fondo.
Primero la sala principal, donde estaban los legajos que él ya conocía por el inventario.
Luego el depósito, con las dos cajas de material sin clasificar que llevaban años esperando a que alguien con criterio suficiente determinara si tenía algún valor antes de decidir qué hacer con ellas.
Y al final, si daba tiempo, el trastero.
El trastero siempre al final. Por si acaso.
Tal y como estaba previsto, Daniel llegó a las nueve en punto. Sofía oyó sus pasos en el corredor, y por alguna razón inexplicable, supo que se trataba de él. Así lo corroboró cuando llamó con los nudillos a la puerta que había dejado entreabierta y lo vio asomar la cabeza.
—Buenos días —dijo desde el umbral.
Sofía le sonrió.
—Buenos días, Daniel. Entra. Estaba revisando unas cosas mientras tú llegabas.
—Estupendo. ¿Estás dispuesta entonces a empezar?
—Claro. Hace tiempo que quería que alguien le prestara atención al material que quiero enseñarte hoy, así que estoy deseando que nos pongamos a trabajar.
A él debió gustarle aquella respuesta, porque le mostró una sonrisa que no había visto durante la breve visita del día anterior.
Aunque, para ser sincera, con los nervios de causar buena impresión, no se había parado realmente a estudiar al hombre que trabajaría con ella codo con codo durante las siguientes cuatro semanas.
Era alto, aunque no demasiado y de constitución fibrosa.
Piel morena, ojos oscuros y pelo negro donde se asomaban unas canas tempranas.
Sofía calculó que podía rozar los treinta y pico largos.
Pero lo que le llamó la atención fue su sonrisa.
Porque su rostro en reposo parecía serio, pero le cambiaba completamente cuando sus labios se curvaban.
Y esperaba volver a ver aquella expresión más a menudo.
—Pues entonces, estoy a tu completa disposición. —El tasador abrió los brazos en cruz— ¿Por dónde empezamos?
—Había pensado en la sala principal, si te parece.
—Lo que tú digas. Me dejo guiar por ti.
No era un hombre de preámbulos. Eso, al menos, era de agradecer.
La sala principal del archivo histórico ocupaba la mitad del ala norte de la planta baja. Estanterías metálicas de los años setenta convivían con los muros originales del XVIII y suelos de mármol blanco añadido en alguna reforma posterior del edificio.
Sofía conocía cada estantería, cada caja, cada documento. Se movía entre ellos con la seguridad de quien no necesita buscar nada porque sabe exactamente dónde está todo.
Daniel observaba con atención cómo se desenvolvía mientras revisaba las estanterías, qué tocaba, qué no y dónde se detenía.
—Aquí están los legajos del fondo que figura en el inventario como colonial —dijo Sofía, señalando la sección central—. Siglos XVII y XVIII principalmente, con alguna pieza del XVI.
Daniel se acercó a la repisa en cuestión y leyó la etiqueta plastificada que colgaba del primer módulo. « Fondo Colonial. Siglos XVI-XVIII.»
—¿Así lo llaman aquí? ¿Colonial?
Sofía lo miró sin entender a qué se refería
—Sí, ¿por qué? ¿Hay algún problema?
—No exactamente. Es que técnicamente España no tuvo colonias.
Tuvo virreinatos. El comercio con Nueva España, con el Virreinato del Perú, con el Río de la Plata...
todo eso es virreinal, no colonial. Lo de colonial lo heredamos del siglo XIX, cuando empezamos a compararnos con los imperios inglés y francés y adoptamos su vocabulario.
Sofía procesó aquella información que conocía en parte. Sabía lo de los virreinatos, pero no había pensado nunca en que la catalogación pudiera estar mal definida.
—¿Y cómo lo llamarías tú?
—Fondo virreinal. O fondo de la Carrera de Indias, si queremos ser más específicos con la función que tenía este edificio. —Hizo una pausa—. Aunque reconozco que colonial tiene más reconocimiento. La gente sabe lo que es. La otra acepción, por lo general, hay que explicarla.
—Como acabas de hacer tú ahora mismo, ¿no?
—Sí —volvió a sonreír—. Pero es solo una anotación mía. No nos vamos a rasgar las vestiduras por una simple nomenclatura. Así que, si esta es tu elección, empezaremos por aquí.
Trabajaron durante hora y media sin interrupciones.
Daniel revisaba los legajos con una metodología que Sofía reconoció como la de alguien que había hecho aquello muchas veces.
Primero comprobaba el estado físico del documento, luego la datación, a continuación el contenido y, por último, la catalogación existente comparada con lo que él estaba viendo.
Lo iba anotando todo en una libreta con letra pequeña y regular .
Hacía preguntas concretas, sin rodeos, y Sofía respondía con los datos de los que disponía, dentro de su conocimiento.
Era una forma de trabajar que a Sofía le resultó, inesperadamente, cómoda.
Había tenido visitantes externos antes —investigadores, historiadores, algún doctorado con más ego que criterio— y la mayoría llegaban con sus propias ideas sobre lo que iban a encontrar y tardaban media mañana en entender que Sofía sabía más de ese fondo que ellos.
Daniel, sin embargo, no parecía llevar ideas preconcebidas.
O si las tenía, las fue ajustando en silencio sin que ella tuviera que corregirlo.
—Esta pieza —dijo él en un momento dado, sosteniendo un legajo con cuidado—. ¿Sabes lo que es?
Sofía la miró.
—Un registro de carga. De un barco que zarpó de Cádiz hacia Veracruz en 1743, si no recuerdo mal. Figura como material diverso sin interés en el catálogo.
—¿Sin interés? —Daniel lo abrió con cuidado por la primera página—. Esto es un manifiesto de carga completo con los sellos de la Casa de Contratación. No he visto uno en este estado de conservación fuera de Sevilla.
—Hay tres más como ese en la caja del fondo.
Daniel la miró.
—¿Y por qué figura como material diverso sin interés?
Sofía tardó un momento en responder.
—Porque quien lo catalogó no tenía ni idea de lo que tenía entre las manos.
Lo dijo sin que pareciera una acusación, pero Daniel supo leer entre líneas. No hizo ningún comentario al respecto y volvió al legajo. Pero algo en su forma de sostenerlo cambió levemente, como si el objeto hubiera ganado peso entre sus manos.
Fue durante la revisión de la segunda caja cuando ocurrió algo extraño... o quizás no tanto, según el punto de vista con el que se mirase.
A diferencia de las ocasiones previas, no hubo alteración en el aire, ni tampoco en la temperatura ambiente.
De hecho, Sofía no percibió ninguno de los indicios que había aprendido a asociar con la presencia de su particular compañero .
La voz simplemente se oyó con la naturalidad perturbadora de siempre, en el silencio que se había instalado entre ellos mientras Daniel examinaba uno de los documentos.
«El barco tendría que haber llegado en noviembre ...»
El tasador levantó la vista y giró la cabeza en busca del origen del sonido, como si estuviera comprobando si se había equivocado. Miró hacia la pared y luego, a Sofía.
—¿Has oído eso?
Sofía no respondió de inmediato, sorprendida ante su pregunta. Era la primera vez que alguien parecía mostrar una reacción a lo que ella llevaba viviendo durante años. Su expresión de asombro era tal que Daniel soltó el documento que había estado revisando.
—¿Pasa algo?
—Es que... — Sofía quiso confirmar antes de responder que estaban hablando de lo mismo—. No, nada. ¿A qué te refieres a si lo he oído?
—Pues al comentario sobre el barco. ¿Quién lo ha dicho?
Bien. Ya no le cabía ninguna duda.
—Una voz.
Daniel ladeó la cabeza y frunció el ceño.
—Ya, está claro que lo es. —Su tono tenía una cortesía muy medida—. Pero, ¿me puedes explicar de dónde viene? Me ha parecido muy perturbadora.
—No... exactamente.
—¿Es una grabación? ¿Algún sistema de audio del edificio? ¿Acaso tenéis visitas teatralizadas?
—No.
—¿Alguien en el pasillo?
—No.
Daniel se cruzó de brazos.
—Sofía, soy un profesional con quince años de experiencia que ha venido a hacer un trabajo serio en un plazo de cuatro semanas. Si hay algún tipo de... —buscó la palabra— broma de bienvenida en marcha, te agradecería que me lo dijeras ahora.
Sofía lo miró fijamente y se mordió el labio inferior.
—No es ninguna broma, te lo aseguro.
—Entonces...
Ella soltó el aire despacio, sin estar convencida del todo si debía hablar o no. Pero nunca nadie había reconocido haber oído la voz, hasta que llegó él.
—Lo cierto es que llevo escuchándola desde hace años.
—Lo dijo en voz baja, como si hubiera estado ensayando mentalmente aquella conversación muchas veces sin saber si algún día la tendría con alguien—.
Desde mucho antes de que tú llegaras. Hace tiempo le pregunté a mi compañero si él la oía y me miró como si estuviera chiflada.
Entonces, decidí no preguntarle a nadie más .
Daniel no dijo nada. Seguía con sus ojos oscuros clavados en los suyos y en su mirada se leía el escepticismo más absoluto.
—Eres la primera persona que la ha oído además de mí —continuó—. Así que no, no es una broma. Me alegra que no lo sea, porque llevo demasiado tiempo pensando que me había vuelto medio loca.
El silencio que siguió fue denso; incluso incómodo respecto a cómo había transcurrido la mañana hasta entonces.
Daniel descruzó los brazos. Miró hacia la pared norte, donde la voz había sonado, y luego volvió a mirar a Sofía con una expresión que ella no supo distinguir si era incredulidad o aceptación.
—¿Con qué frecuencia ocurre?
—Depende. Algunos días varias veces. Otros, en cambio, nada.
—¿Siempre en esta sala?
—En esta y en el trastero del que te he hablado. De hecho, allí es donde más se oye.
—¿Y quién se supone que es?
Sofía se encogió de hombros.
—No lo sé. Por lo que dice, deduzco que puede ser un comerciante. O al menos, yo lo llamo así: el comerciante , o simplemente, la voz .
—¿Y siempre dice lo mismo?
—Más o menos. Siempre habla del mismo tema. Un barco que no llega. Cartas que ha mandado y que no sabe si han llegado. —Hizo una pausa—. Hoy no había aparecido en todo el día, y pensaba que, contigo aquí, tampoco lo haría.
Daniel la miró.
—¿Está diciendo que la voz apareció cuando yo llegué?
—Estoy diciendo que es la primera vez que suena desde que entraste al edificio.
Otro silencio. Daniel cogió la libreta, la abrió, y la cerró sin escribir nada. Como si no estuviera seguro si debía hacer alguna anotación al respecto.
—De acuerdo —dijo al fin.
Sofía abrió los ojos y lo miró perpleja.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo en que no es una broma. —Hizo una pausa—. Lo demás ya lo veremos.
Comieron en el bar de la calle Beato Diego donde Sofía solía ir cuando se quedaba por la tarde.
Hablaron del fondo durante la mayor parte del tiempo.
De los manifiestos de carga, de lo que podría haber en las cajas sin clasificar, de la diferencia entre el valor documental y el valor de mercado de este tipo de piezas.
Era una conversación de trabajo, funcional, y, sobre todo, cómoda.
Fue al final, con el café encima de la mesa, cuando Daniel volvió a interesarse por una cuestión que había quedado antes pendiente.
—¿Qué hay en el trastero, exactamente?
Sofía dejó la taza.
—Material sin catalogar. —Se encogió de hombros—. Y un armario de madera maciza de dos metros de ancho por metro ochenta de alto aproximadamente. No sé qué madera será, pero pesa como un muerto. Lleva ahí desde antes de que existan registros del edificio que documenten cuándo se instaló.
—Y supongo que guarda material de interés.
—Supongo, pero... ¿puedo serte sincera?
—Por favor.
Sofía lo miró un momento.
—Lo que me interesa del mueble no es solo lo que pudiera haber dentro, sino lo que hay tras él.
—No te entiendo.
—Es que tengo la impresión de que hay algo oculto detrás, pero igual no son más que invenciones mías. Supongo que es porque allí la voz es más potente que en ningún otro sitio.
—¿Qué crees que hay?
Sofía negó con la cabeza antes de hablar.
—No lo sé. He intentado ver algo con la linterna del móvil por el lateral, pero solo hay cuatro centímetros de separación entre el armario y la pared. Estoy segura de que hay algo en la piedra. Una textura irregular. Podría ser un grabado, o tan solo la superficie de la piedra del XVIII.
—¿Por qué no lo has movido?
—Porque pesa un quintal. Y porque necesito una razón que figure en algún informe para que nadie pueda cuestionar por qué lo hago.
Daniel la miró sobre el borde de la taza de café.
—Quizá yo pueda ser la razón que deba figurar en el documento que dices.
Sofía no respondió de inmediato, pero una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Sí, podrías serlo.