El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—El mismo. Doña Pilar me ha dicho que estaba un poco apurada de tiempo por otro asunto del que debía encargarse y me he tomado la libertad de presentarme yo directamente.

Sofía dejó la carpeta sobre la mesa, sin mostrar ningún ápice de sorpresa porque su jefa se hubiera quitado de en medio tan elegantemente. Ella sabía que Pilar no tenía ninguna otra cuestión que atender, pero ya estaba acostumbrada a esas artimañas.

—Sí, es una mujer muy ocupada. —Trató de que en su voz no se notase la ironía. Hizo un gesto hacia la silla que había al otro lado de la mesa—. Siéntese, si quiere. Le tenía preparada la documentación.

Daniel entró y se sentó. El archivo olía a papel viejo y a lugar con solera.

Sin más preámbulos, Sofía le pasó la carpeta que llevaba en las manos .

—Esto es el inventario actualizado del fondo colonial.

He marcado en rojo las piezas con catalogación deficiente y en azul las que llevan más tiempo sin revisión externa.

—Abrió la carpeta por la primera página marcada—.

Si le parece bien, podríamos empezar por el archivo principal y después pasamos al depósito del ala norte.

Hay también una tercera sala que figura como trastero en los planos, con material que lleva tiempo sin tocarse.

Daniel pasó las primeras páginas. Las anotaciones eran precisas, el orden lógico y el criterio de clasificación más sofisticado de lo que esperaba de un inventario interno.

—¿Lo ha preparado usted? —preguntó.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando con este fondo?

—Prácticamente desde que llegué aquí: ocho años.

Lo dijo sin énfasis, como si fuera un dato más, pero Daniel supo comprender y valorar todo el trabajo que llevaba detrás.

—Está bien organizado —dijo.

—Gracias. Aunque hay cosas que solo se ven de cerca. Por eso necesitamos revisarlo físicamente, no solo sobre el papel.

—De acuerdo. —Daniel cerró la carpeta—. Si le parece bien, deje que le eche un vistazo a lo que me ha preparado esta tarde y mañana empezamos a trabajar. ¿Le viene bien a eso de las nueve?

—Sí, no hay problema —contestó Sofía.

Daniel recogió la carpeta, se levantó y le tendió la mano. Sofía se la estrechó con firmeza.

—Hasta mañana entonces, señor Vega.

—Daniel, por favor. Nos vemos mañana… Sofía .

Salió con toda la documentación que había recopilado durante la visita bajo el brazo. Atrás quedaba el archivo, el olor a papel viejo y una mujer que llevaba ocho años sabiendo exactamente qué había en cada caja de ese fondo.

Iba a ser un encargo interesante.

Llegó a casa de su madre a las dos en punto, tal y como había prometido. Las papas con chocos que le había cocinado estaban, efectivamente, de muerte. Concha había frito también un poco de pescado y abrió una botella de vino que Daniel no había pedido pero que agradeció.

—¿Y cómo ha ido la mañana? —preguntó su madre durante el almuerzo.

—Bien. Ha sido una primera toma de contacto. Nada más.

—¿Y la gente?

Daniel partió un trozo de pan.

—La jefa del archivo, con la que me reuní nada más llegar, me da la impresión de que tiene la cabeza en otro sitio.

Sin embargo, hay una chica que lleva el fondo desde hace ocho años que parece con buena disposición.

Conoce cada pieza que hay dentro y por suerte será con ella con quien me toque trabajar, así que con su ayuda, supongo que se me va a hacer el trabajo más fácil.

—¿Sí? —dijo Concha, sin levantar la vista del plato.

—El inventario que ha preparado es bueno. Mejor de lo que esperaba.

—Pues qué bien, ¿no?

—Con la documentación que me ha proporcionado, podré empezar a trabajar esta misma tarde.

—¿Esta tarde? ¿No puedes esperar a mañana y pasar hoy el día conmigo?

—Bueno, cuanto antes empiece…

—…Antes terminarás. Y te irás para atender un nuevo encargo. Como siempre.

No pudo evitar que su voz tuviera una entonación parecida a la reprimenda.

—Mamá, no te enfades…

—Y no lo hago, Dani. Pero no entiendo por qué quieres estar en cualquier parte del mundo antes que en tu tierra. ¿Acaso no sabes lo mucho que te echo de menos?

—Te recuerdo que puedes venir a pasar alguna temporada conmigo cuando quieras.

—¿Yo? ¿Y dejar mi Tacita? ¿Qué voy a hacer en países que ni me van ni me vienen cuando toda mi vida la tengo aquí?

—Lo entiendo, mamá. Pero si tu vida está aquí, la mía está lejos. ¿No comprendes que para mí Cádiz se me queda pequeño?

—Lo que entiendo es que eres un desagradecido con la tierra que te vio nacer y que no es de ella de lo que huyes; ambos los sabemos. Algún día la echarás de menos, ya lo verás —vaticinó—. Porque la tierra siempre tira.

—Pues cuando llegue a ese puente, ya veré si lo cruzo, ¿de acuerdo?

Su madre asintió y no dijo nada más.

Terminaron el café y recogieron la mesa juntos.

Antes de salir, tomó la maleta y la mochila que había dejado en el pasillo de su madre esa mañana.

Aunque se había registrado previamente como huésped, la entrada real al apartamento no era hasta las cuatro, por lo que consideró preferible dejarlo todo allí que presentarse en la Diputación arrastrando el equipaje.

—Avísame cuando puedas venir a comer otro día, hijo.

—Dependerá de cómo vaya con el trabajo —comentó Daniel.

—Claro. Pero comer, tienes que comer. Y lo mismo te da que sea aquí que en un bar.

—Tengo cocina en el apartamento, mamá...

—Sí, pero seguro que mis platos están más buenos que los tuyos.

Daniel sonrió y le dio un beso en la mejilla antes de salir.

De camino al piso que había alquilado, volvió a pensar en la tarde que le aguardaba revisando la documentación.

Como cada vez que comenzaba un proyecto, un gusanillo de expectación se había instalado en su estómago.

Por lo poco que había revisado, aquello parecía tener muy buena pinta.

De los tres espacios que había mencionado Sofía, uno en particular le había llamado la atención sin que supiese muy bien el motivo. No el archivo principal, ni el depósito del ala norte.

El trastero.

En un edificio del XVIII, los trasteros siempre albergaban sorpresas.

Sí. La verdad era que tenía ganas de empezar.

Ajustó la carpeta bajo el brazo y siguió caminando.