Capítulo 2
Vuelta a casa
El tren entró en la estación de Cádiz a las ocho y cuarto de la mañana.
Daniel bajó al andén con su maleta de ruedas y una bolsa de mano, y se quedó un momento inmóvil mientras el resto de los viajeros pasaba a su alrededor, unos con más prisas que otros.
Él no tenía ninguna. Llevaba doce años tratando de evitar cuanto podía aquella ciudad, su ciudad, y le pareció que unos minutos más no iban a cambiar nada.
El viento de levante le llevó el reconocible olor a mar.
En Cádiz, aquel efluvio no era un mero detalle del ambiente, sino más bien una presencia constante.
Era curioso, pero en comparación, Madrid no olía a nada en particular.
Londres, en cambio, a lluvia y a piedra húmeda.
Y Ciudad de México, otra de las ciudades donde había vivido, a gasolina y a tierra caliente.
Aspiró hondo hasta que sus pulmones se impregnaron de aquel conocido aroma, y tras exhalarlo lentamente, cogió la maleta y salió de la estación .
Tardó veinte minutos en llegar caminando al barrio de la Viña. No le apetecía coger un taxi, sino que prefirió hacer ese recorrido a pie, reconociendo rincones por los que hacía meses que no pasaba y que guardaban partes de su propia historia.
A esas horas, Cádiz era una ciudad que todavía no había arrancado del todo.
Las panaderías llevaban un buen rato abiertas y los bares que servían desayunos también, pero las calles del centro mantenían cierta quietud previa al asalto de los miles de cruceristas que en los últimos años se habían convertido en una presencia constante.
Aparte de eso, se cruzó con un par de jubilados sentados en un banco, una mujer con un carrito de la compra y un gato que lo miró con total indiferencia.
Daniel no era un forastero en aquella tierra, pero llevaba tanto tiempo ausente que, cuando volvía (algo que sucedía muy, muy ocasionalmente y solo para ver a su madre), no sabía exactamente en qué categoría encajaba.
A veces se sentía como un gaditano de pura cepa, pero en otras, era como si la sangre hubiera rechazado sus orígenes para convertirse en un ciudadano del mundo.
Siguió recto por Sagasta hasta que la calle se convirtió en Hospital de Mujeres, y de pronto el barrio lo recibió con la misma cara de siempre: las fachadas encaladas, las macetas en los balcones, los bares con los mismos nombres que conocía desde hacía años.
Y, sobre todo, la misma luz blanca y casi metálica que rebotaba en las paredes y hacía que todo pareciera más nítido de lo que era.
Él había cambiado. El barrio, no.
No sabía si eso lo tranquilizaba o lo inquietaba.
Su madre abrió la puerta antes de que él llamara.
—Sabía yo que ibas a venir andando —dijo Concha, mirando la maleta con una expresión que combinaba el reproche y la satisfacción en proporciones iguales—. Con lo fácil que es coger un taxi.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño mío. —Se apartó para dejarlo pasar y tan pronto como estuvo dentro de la casa, le echó los brazos al cuello para recibirlo como de verdad deseaba.
Le dio un beso en la mejilla y se apartó un poco para mirarlo con el amor de madre reflejado en sus ojos—.
Anda, entra, que el café está recién hecho.
Daniel dejó la maleta en el pasillo, la bolsa encima, y siguió a su madre a la cocina.
Concha Cruz tenía sesenta y cinco años, y llevaba tres años jubilada como maestra. Era una mujer a la que le gustaba mantenerse activa y siempre estaba haciendo algo para ocupar sus horas libres. Puso una taza delante de él, se sirvió otra para ella, y se sentó al otro lado de la mesa.
—Estás delgado, Dani —comentó.
—Estoy igual que siempre, mamá. Ya sabes que procuro cuidarme.
—Lo sé, hijo, lo sé.
Daniel bebió un sorbo de su taza. Estaba fuerte, para no variar. Su madre hacía el café como si tuviera que mantenerse como una moto todo el día.
—¿Cómo estás tú? —le preguntó tras echar un poco más de azúcar para endulzar la bebida.
—Yo, bien. —Concha recogió una miga imaginaria de la mesa—. El jueves empiezo con el grupo de lectura del centro cívico. Vamos a empezar una novela de M. Luz Guillén.
—¿Cuál?
— Muerte en Noheda . Tiene muy buena pinta y la hemos votado para que sea el próximo libro a comentar.
—Hizo girar su taza sobre el tablero en un gesto automático—.
¿Cuánto tiempo vas a estar esta vez? No me lo dijiste cuando me mandaste el correo para avisarme de que venías.
Que digo yo que, para variar, bien podrías haberme llamado.
Que, si no lo hago yo, solo sé de ti por los emails y por la aplicación de WhatsApp.
Daniel omitió la puya de su madre.
—Cuatro semanas. Cinco si el encargo lo precisa.
—Vaya, mucho más que la última vez que viniste a verme hace ya… ¿cuánto? ¿un año?
—Sabes que tengo trabajo, mamá.
—Y tú una madre que no te va a durar toda la vida.
Dani suspiró. Sabía que tenía razón, pero a pesar de que quería con locura a su madre, siempre tenía una excusa para no ir a Cádiz a verla.
—Está bien, ¿y dónde te vas a alojar? —volvió a preguntar Concha al ver la incomodidad de su hijo.
—En un apartamento turístico situado por la plaza San Antonio.
—¿Un apartamento en pleno verano? Te va a salir por un ojo de la cara. ¿Por qué no te quedas aquí? Tu cuarto sigue estando disponible, ya lo sabes.
—Sí, lo sé. Y te lo agradezco. Pero el apartamento está más cerca del edificio donde voy a trabajar.
—La Diputación está apenas a quince minutos andando desde aquí —dijo su madre, tirando por tierra su excusa—. Pero bueno, tú mismo. Si cambias de opinión, ya sabes donde tienes tu casa.
Daniel no respondió. Los dos sabían que la distancia no era la razón real, y que no iban a hablar del asunto esa mañana.
—¿Cuándo empiezas? —volvió a inquirir su madre .
—Hoy mismo. A las once tengo una reunión con la jefa del archivo.
—Entonces tienes tiempo. —Su madre se levantó y abrió la nevera con determinación—. Te hago algo de comer para luego. Vienes a las dos y almorzamos juntos antes de que te metas de lleno en el proyecto y me pongas la excusa de que tienes demasiado trabajo para venir a verme otro día.
—Mamá, no tienes que...
—Papas con chocos —dijo ella, sin volverse—, que sé que te gustan. Y no discutas, que no te he visto en doce meses.
Daniel dejó la taza sobre la mesa.
—De acuerdo —aceptó al fin—. Iré a registrarme y luego vuelvo.
La reunión con la jefa del archivo, una tal Pilar Benítez, a la que todo el mundo llamaba doña Pilar , duró unos cuarenta minutos y no le aportó nada nuevo respecto a lo que Daniel ya conocía por el contrato y los correos previos.
El fondo colonial de la Diputación llevaba décadas sin una revisión profesional externa.
Había piezas documentales y objetos de valor incierto que la institución quería catalogar correctamente antes de considerar una posible cesión a una fundación privada.
Daniel sería el especialista encargado de hacerlo.
Ello supondría, tal y como le había dicho a su madre, cuatro semanas, quizás cinco, de trabajo en el que tendría acceso completo al archivo histórico y al resto de dependencias relevantes.
Aquella señora, que adivinó que debía tener una edad similar a la de Concha, le explicó el procedimiento con claridad, y le dijo que la persona de contacto para todo lo operativo sería Sofía Navarro, una funcionaria muy competente según le habían asegurado, que llevaba trabajando en el servicio durante los últimos ocho años.
—¿Está disponible esta mañana? —preguntó Daniel en referencia a la mujer que se iba a encargar de ayudarlo.
—Siempre lo está —contestó Pilar, sin dudar—. Si quiere, le acompañaré para que la conozca y le dejo directamente con ella para que entre ustedes se arreglen. Lo cierto es que tengo otras cuestiones que atender y creo que será mejor que se entienda con Sofía.
Daniel tuvo la sensación de que la mujer estaba deseando quitarse de en medio.
—Si usted está ocupada, me puede decir dónde encontrarla, que yo directamente me presentaré. No quiero robarle más tiempo si tiene otras tareas que atender.
La mujer pareció ver el cielo abierto.
—¿No le importa? Pues si no es mucha molestia, le indico donde está y le dice que va de mi parte. Ella ya está al corriente de su visita y ha estado preparando el material para cuando usted llegase.
Daniel le agradeció la reunión, recogió la carpeta con la documentación que le habían preparado, y salió del despacho.
El edificio tenía la característica típica de los inmuebles que han cambiado de función sin modificar su estructura: pasillos anchos con suelo de mármol, techos altos que provocaban que los fluorescentes parecieran fuera de lugar y puertas de madera oscura con cristales emplomados detrás de las cuales se adivinaban despachos con archivadores metálicos.
Era una construcción que se había levantado para una determinada función y que se había rehabilitado para otra cosa distinta.
Daniel conocía bien ese tipo de edificios.
Caminó por el pasillo principal hasta que, siguiendo las indicaciones, llegó a las dependencias del archivo histórico. Se encontró con la puerta entornada .
Daniel llamó dos veces con los nudillos antes de empujarla.
—¿Hola? —dijo en voz alta al no encontrar a nadie dentro de la dependencia. Le habían dicho que la chica que iba a trabajar con él estaría allí, pero la estancia parecía vacía—. ¿Hay alguien? —repitió.
Una voz se oyó a la distancia.
—Sí, ya voy…
En apenas veinte segundos, apareció una mujer de unos treinta y cinco años, de pelo castaño recogido a toda prisa, con un par de mechones rizados escapándose por los lados como si el moño hubiera librado ya varias batallas esa mañana.
Llevaba una carpeta en las manos y lo miraba con los ojos más verdes que Daniel hubiera visto en su vida.
—Hola, buenos días —lo saludó cuando llegó junto a él.
—Buenos días. ¿Es usted Sofía Navarro?
—Sí. Y usted, si no me equivoco, debe ser Daniel Vega.