El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

El inventario

Sofía oyó la voz mientras revisaba por última vez el inventario preliminar que debía entregar a su jefa antes de que dieran las diez.

Como era habitual en ella, no avisó; se hizo presente de la misma manera inesperada de siempre.

Hacía mucho tiempo que había dejado de preguntarse de dónde venía o qué provocaba que apareciera.

Y había llegado a la conclusión de que simplemente surgía cuando el silencio más absoluto la envolvía, como si de esa manera tratara de atraer más su atención.

« El barco tendría que haber llegado en noviembre...»

Sofía bufó, pero no se molestó en levantar la vista de los papeles. Tenía demasiado trabajo pendiente como para andar preocupándose de su particular compañero de fatigas…

Siguió revisando el informe para comprobar que todo estuviera bien: había dejado reflejado en él que todavía quedaban ciento dieciséis legajos del fondo colonial sin catalogar correctamente, cuarenta y tres piezas documentales pendientes de revisión, además de dos cajas con objetos que llevaban años figurando en el registro como material diverso sin clasificar.

Por lo visto, antes de que ella llegara, a nadie le había resultado lo bastante interesante como para ver qué había en su interior y si se trataba o no de una mercancía valiosa.

Aunque no tenía los conocimientos suficientes como para decidir si eran material de valor o simples baratijas, Sofía las abría cada seis meses, las revisaba con sumo cuidado como si fuera a descubrir algo que no hubiera visto antes, y las volvía a cerrar sin saber qué debía hacer con ellas.

Su sexto sentido le decía que aquellos objetos gozaban de una importancia patrimonial que ella no podía determinar, así que las seguía tratando con mimo, esperando que alguien pudiera evaluarlas adecuadamente para que se determinase su verdadera valía.

« Solo necesito saber si embarcaste ...»

Hacía meses que Sofía había decidido que era mejor no responder a la voz .

Al principio sí que lo había hecho, cuando todavía no sabía exactamente con qué estaba tratando y la curiosidad podía más que el sentido común.

Luego se dio cuenta de que la voz no cambiaba según la escuchasen o no; que el monólogo de quien fuera que hablase seguía su curso con independencia de que ella le prestara atención o lo ignorase.

Y hablarle a una pared cubierta con piedra ostionera de la Diputación Provincial de Cádiz era algo que podía costarle que la tildasen de loca si alguien la escuchaba.

De momento, eso no había ocurrido, y desde luego, prefería no correr el riesgo.

Cuando llegó al departamento y aquella voz empezó a asediarla, le preguntó a uno de sus compañeros, con toda la naturalidad de la que fue capaz, si él había notado alguna vez algo raro en ese almacén. Como sonidos, ruidos o voces …

Su respuesta, además de la obvia réplica negativa, fue mirarla con una expresión que a Sofía le bastó para decidir que no volvería a preguntárselo a nadie.

Ni a su jefa, doña Pilar, ni a ninguno de los funcionarios que llevaban años caminando por aquellas dependencias sin dar señales de haber notado nada extraño .

Así que, puesto que aquello carecía de una explicación lógica, había decidido que lo mejor para ella sería llevarlo en silencio. Sobre todo, porque la voz no le había causado ningún mal.

Ese era el razonamiento que más le había ayudado durante los meses de adaptación a su puesto de trabajo, cuando el miedo todavía lo sentía real: si el hombre del archivo hubiera querido hacerle daño, ya se lo hubiera hecho, ¿no?

Lo único que hacía era hablar de un barco que no llegaba, de sus cartas, y de lo que había dejado al otro lado del Atlántico, fuera lo que fuese aquello…

No es que fuera una compañía tranquilizadora, pero había llegado a la conclusión de que tampoco era una amenaza.

Sin embargo, esa mañana la voz sonaba más alta de lo habitual. No decía cosas distintas —el repertorio era siempre el mismo—, pero había algo diferente en la intensidad. Como si el hombre que ella pensaba que pudiera estar tras un muro se hubiera acercado a la pared para hablarle.

Sofía siguió tecleando los datos en el programa de ordenador que gestionaba el inventario, mientras resoplaba con ganas.

« Vaya si mi amigo tiene ganas de charlar hoy… No se calla ni debajo de agua. Pues si espera que le conteste, lo lleva claro.», pensó en silencio mientras trataba de mantener toda su atención en el documento que tenía en pantalla.

Cuando por fin estuvo enviado el informe, un nuevo correo remitido por doña Pilar le llamó la atención. Era del viernes de la semana anterior, pero no se había dado cuenta de que estaba entre los pendientes de leer de su bandeja de entrada.

« Sofía, me acaban de avisar desde el gabinete de la presidencia que un tal Daniel Vega, de la firma Vega Tasaciones, va a colaborar con nuestro Servicio en el proceso de catalogación y tasación del fondo histórico pendiente de revisión.

Parece ser que este señor es especialista en patrimonio colonial iberoamericano, así que trabajará con nosotros durante las próximas cuatro semanas.

Por supuesto, tú serás la encargada de coordinar el proyecto y te ocuparás de atender cualquier necesidad que te requieran. Ya sabes cómo va esto.»

Suspiró, consciente de lo que significaba todo aquello.

Poco más o menos, lo que venía a decir era que, si había algo que gestionar, que explicar o que resolver, ella era la responsable.

O como Pilar decía, la coordinadora . Sin embargo, si había que decidir cualquier cuestión de forma oficial, o si era necesario hacer una declaración pública a la prensa o a alguna institución, sería el nombre de su jefa el que aparecería como la artífice de todo, aunque no tuviera ni la menor idea de lo que se había hecho durante la ejecución del proyecto.

Que otros se colgasen las medallas por su trabajo le había dejado de resultar irritante a Sofía en algún momento del quinto año tras su toma de posesión. Más bien, se había resignado a aceptar que así funcionaban las cosas.

Y ojo, no era que considerara a Pilar como una mala jefa.

Era simplemente que llevaba cuarenta años trabajando en ese edificio y le quedaban apenas tres meses para jubilarse, por lo que su cabeza llevaba ya algún tiempo en otra parte.

Al menos a Sofía le quedaba el consuelo de saber que la confianza que le tenía, tras ocho años de estar trabajando codo con codo bajo sus órdenes, era incuestionable.

Eso se había traducido, sin que nadie lo formalizase nunca en un nombramiento que lo corroborase, en acceso a ciertas áreas, en gestión de ciertas decisiones menores y en la posibilidad de moverse por el edificio con una autonomía que técnicamente no correspondía a un simple puesto de administrativa.

Sofía se preparó para tener lista la documentación que iban a necesitar durante las siguientes semanas de trabajo.

El fondo colonial que el tasador iba a revisar estaba distribuido en tres espacios de la planta baja del ala norte del edificio, aunque todos ellos separados entre sí: la sala principal de archivos históricos, el depósito y, por último, el trastero que contenía, entre otras cosas, un armario de dos metros del que nadie había sabido decirle desde cuándo estaba allí.

Era precisamente ese mueble lo que más le interesaba a Sofía.

Y era en esa sala donde la voz que nadie más que ella oía sonaba con mayor intensidad; más que en cualquier otra zona del palacio provincial.

Además, había descubierto por casualidad que, en la pared situada detrás del mueble, había algo que no alcanzaba a definir, a pesar de haberlo iluminado con la linterna del móvil por un pequeño hueco lateral.

Era de una textura irregular, pero no conseguía ver de qué se trataba.

Sería preciso moverlo, pero el armario era de madera maciza y era consciente de que no podía hacerlo sola.

Eso sin hablar de que tendría primero que vaciarlo de arriba abajo para aligerarlo de peso, y no contaba con ninguna justificación ni lugar alternativo donde colocar todo lo que en él se guardaba.

Necesitaba una razón que figurase por escrito para que nadie pudiese cuestionar el por qué lo hacía.

Quizás la presencia del tasador fuera esa razón que estaba buscando.

Al fin y al cabo, haría falta que viera todo el fondo colonial del que disponían, lo que incluía la sala del trastero.

Por consiguiente, sería factible incluir entre las tareas a llevar a cabo el vaciado de un armario que tal vez ocultara material sin catalogar, olvidado durante décadas a la espera de que alguien con autoridad se decidiera a hacer un inventario de su interior. Y una vez vacío …

Era razonable. Más que razonable.

Quizás aquella visita fuera, después de todo, una buena oportunidad.

A las once y media, doña Pilar asomó la cabeza por la puerta del archivo.

—Sofí, me acaban de confirmar que el tasador llegará mañana a las once. ¿Lo tienes todo controlado?

—Sí. —La administrativa no levantó la vista de los legajos que tenía entre manos.

—Perfecto. Como responsable del servicio, seré yo quien se encargue de darle la bienvenida y de acompañarle al archivo para una primera visita. Doy por sentado que tú estarás allí…

—Por supuesto.

—¿Cuánto tiempo te dije que iba a estar, que ya no me acuerdo?

—Según me indicaste tú misma en el correo, el contrato dice que, en principio, serán cuatro semanas.

—Muy bien, muy bien. —Pilar asintió con la cabeza con rapidez—. Tú te encargas de gestionarlo, como siempre.

Sin nada más que añadir, Pilar se dio por satisfecha y desapareció antes de que Sofía pudiese responder algo más que un claro dirigido a la puerta que ya se cerraba.

La voz, que había guardado silencio durante la breve aparición de su jefa, volvió casi de inmediato.

« El Atlántico es demasiado grande para dos personas que quieren estar en el mismo lado...»

Sofía no dijo nada y siguió trabajando.

Aunque su jornada oficial de trabajo terminaba a las dos de la tarde en verano, decidió quedarse un par de horas extras con la intención de revisar de nuevo la documentación que debía presentar al tasador al día siguiente.

Le gustaba el silencio y la tranquilidad que se respiraba en el edificio cuando solo quedaban unos pocos trabajadores que, como ella, tenían que echar horas de más, los de seguridad que vigilaban la puerta del edificio, y las limpiadoras que aprovechaban para hacer sus tareas cuando ya no quedaba nadie (o casi nadie) en su interior.

Después de comer algo en uno de los bares cercanos al edificio, se dirigió directamente al trastero.

Aprovechó que estaba sola para sacar su móvil y, como había hecho en tantas ocasiones, iluminó el lateral del armario para intentar descubrir qué había detrás.

El resultado fue el mismo que de costumbre: una pared de piedra del XVIII, de textura irregular y algo que podría ser un grabado o simplemente una anomalía en el muro.

Los cuatro centímetros de separación que había entre el armario y la pared no eran suficientes para adivinar de qué se trataba.

—Maldita sea… Tiene que haber una forma de ver qué hay ahí —protestó para sí.

Apagó la linterna.

Y entonces, la voz pronunció unas palabras que no había oído antes...

« Hay cosas que no se pierden. Solo se quedan donde alguien pueda encontrarlas. ..»

Sofía se detuvo.

Estuvo quieta un momento en la estancia en penumbra, con el eco de esa frase todavía en el aire, esperando por si decía alguna otra que fuera nueva para ella.

Pero no sucedió.

La voz guardó silencio y ella, en vista de su mutismo, se dirigió a la salida para ir a buscar el cuaderno que estaba en el cajón de su mesa, donde tenía apuntadas cada una de las frases que le había oído recitar desde que llegó al Archivo.

No tenía tiempo, no obstante, de meditar cuál podría ser su significado, aunque había algo en cómo había sonado, con una claridad diferente a la habitual, que le había provocado un escalofrío en la nuca que hacía tiempo no sentía.

Al día siguiente llegaría el tasador, y quería dejarlo todo preparado.

Así que, olvidándose de las palabras dichas en el silencio del trastero, volvió a su trabajo y trató por todos los medios de dejar a un lado las cuestiones que no tenían explicación.

Otra cosa distinta, es que lo consiguiera.