El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2) PRÓLOGO
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El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2)

El susurro de Cádiz (La estrella de Al-Ándalus 2)

Por Mar Alvarez

© inepub.com

PRÓLOGO

Cádiz, siglo XVIII

El hombre llevaba tres horas sentado frente a la ventana que daba al puerto.

El despacho hacía horas que estaba vacío.

Los escribanos de la Aduana se habían marchado al anochecer, como cada jornada, pero el guarda que cerraba el edificio conocía a Álvaro desde hacía años y le dejaba quedarse cuando los demás se iban.

No era el único comerciante que lo hacía: la Aduana era también su oficina, el lugar donde se gestionaba el tránsito de mercancías, se esperaban las noticias de los barcos y se resolvían los trámites que el comercio atlántico exigía.

Pero sí era, probablemente, el único que seguía allí a esas horas, con una carta a medio terminar y la vista clavada en el puerto.

No había encendido la lámpara de aceite, ni falta que hacía. La luna sobre el océano iluminaba lo suficiente como para ver la epístola que tenía sobre el escritorio.

« Te escribo desde la sala de despachos de la Aduana, donde llevo cuatro meses preguntando por cada barco que atraca. Ya conozco de memoria los nombres de todos los capitanes que han fondeado en este puerto desde que empezó el otoño. A ninguno le has confiado una nota para mí .»

Se detuvo. Mojó la pluma en el tintero y pensó en la siguiente frase.

« Te escribí en julio, cuando supe que el pasaje estaba reservado.

Te escribí en septiembre, para que, si no tú, al menos alguien de tu familia me confirmase que ya habías zarpado.

Y te escribo ahora, en noviembre, sin saber si alguno de esos mensajes llegó a tus manos, o si tú llegaste siquiera a subir a ese navío .

Solo necesito saber si embarcaste o no. Si alguien me confirma que sí, esperaré lo que haga falta. Dime que no, y cruzaré yo el océano para preguntarte el porqué.

Solo necesito una respuesta.

Una certeza .»

Dejó la pluma.

Miró hacia la pared del fondo, hacia la piedra ostionera y hacia las marcas que ya la cubrían: pequeñas, irregulares, algunas apenas visibles y otras hondas y repetidas, como si una única mano hubiera vuelto sobre el mismo punto una y otra vez sin poder parar.

Nadie en la Aduana se había fijado nunca en ellas. Nadie miraba esa esquina del despacho más que él.

Cogió el abrecartas que descansaba sobre la mesa y se acercó al muro como tantas otras noches.

No sabía bien cuándo había empezado aquello, ni por qué.

Solo sabía que cada vez que la espera se le hacía insoportable, necesitaba clavar la punta en la piedra y arrastrarla, sentir que al menos sus manos podían hacer algo mientras todo lo demás escapaba a su control .

Esa noche, al apartarse, vio lo que llevaba meses construyendo sin proponérselo: ocho puntas grabadas en torno a un mismo centro. Una estrella completa, nacida no de un diseño, sino de la insistencia desesperada de quien necesitaba descargar en algún sitio el peso de la incertidumbre.

Se quedó mirándola un instante, sorprendido y sin saber que, más de dos siglos después, alguien iba a descubrirla al fin.