El sueño de los otros CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Después de una curva cerrada, el pueblo apareció. La niebla lo liberaba pieza por pieza. Primero el perfil de un poste de luz inclinado, luego el contorno torcido de un letrero oxidado. Cuando finalmente se acercaron, lograron leer lo que quedaba de la inscripción:

THA K YOU F R VISI NG

HOLL WDALE

Las letras faltantes dejaban agujeros en el metal, y la pintura desteñida tenía un aspecto enfermo; el tiempo avva borrado primero el nombre del lugar y luego el lugar mismo.

«Este es el camino de salida del pueblo, no el de entrada.»

Lo dijo para sí, pero lo bastante alto para que Emily lo oyera.

Ella alzó la mirada hacia el letrero inclinado. «Probablemente la carretera principal ya no es transitable,»

La niebla se espesaba entre las casas, haciendo difícil distinguir los contornos.

Las viviendas aparecían semejantes a caparazones, con los techos parcialmente hundidos y las ventanas apagadas, sin cristales.

Algunas puertas habían caído al suelo, otras se sostenían solo sobre una bisagra oxidada que oscilaba ligeramente al viento.

Silas apagó el motor.

El silencio que siguió fue tan total que parecía anómalo, privado incluso del ruido de un insecto o del roce de la hierba. Era el silencio de un lugar que ya no tenía a nadie para escuchar, parecía más terrible que una pesadilla.

Emily apoyó la palma sobre el cristal de la ventanilla, para asegurarse de que no fuera una ilusión. «Es de verdad… así, así ...»

«Sí.» Silas inspiró lentamente. «Bienvenida a Hollowdale Emily.»

«Vamos a ver el resto.»

Silas fue el primero en bajar de la jeep. Emily se mantuvo detrás de él, a pocos pasos, mientras él avanzaba en la niebla que parecía cerrarse alrededor de los tobillos. Recorrió unos metros sobre el terreno removido, luego se detuvo y miró alrededor con una expresión que no consiguió controlar.

«Emily…» dijo en voz baja, casi temiendo escucharse. «No sé cómo es posible, pero el pueblo es idéntico al de mi sueño. Cada disposición, cada calle, cada edificio… podría llegar a cualquier punto sin dudar. Es como si hubiera vivido aquí.»

Se pasó una mano por el pelo, incapaz de encontrar un apoyo racional. «Esto no puede ser una coincidencia. Esto es…»

«Bizarro,» lo completó Emily con voz firme. «Tremenda e irracionalmente bizarro. Pero no por eso menos interesante.»

Silas la miró, sorprendido por la lucidez con la que recibía lo absurdo.

«Sigue tu instinto, Silas,» continuó ella. «Yo te cubro la espalda.»

El viento levantó un poco de niebla, dejando entrever un callejón ennegrecido. Emily un instante perdió el equilibrio interno; no era miedo, sino excitación pura, aquella sensación rara de encontrarse ante un enigma que pide ser abierto.

Silas dio otro paso adelante.

Silas, casi sin reflexionar, tomó una dirección precisa. Sus pasos parecían guiados por una memoria que no debería tener. Emily lo siguió, observándolo moverse entre las ruinas incrédula de que conociera cada giro..

«¿Adónde vamos?» preguntó.

«Quiero ver la tienda de un amigo del sueño.»

La voz le tembló apenas.

«¿Un amigo?» repitió Emily, sorprendida.

«Sí. Un amigo.»

No añadió nada más, y ella no insistió. Estaba más impactada por la seguridad con la que Silas se orientaba que por sus palabras: caminaba entre aquellas calles destruidas con la misma seguridad de quien las hubiera recorrido durante años.

«Es aquí,» dijo él, girando la esquina.

Ante ellos estaba lo que quedaba de una tienda.

El escaparate estaba hecho añicos, reducido a fragmentos sobre los que la luz gris se posaba sin reflejos.

No estaba claro si habían sido el tiempo, el fuego o ambos en destruirlo.

El edificio, aunque ennegrecido, conservaba todavía la forma reconocible de un local comercial.

Silas cruzó los vidrios rotos y entró.

Dentro, el vacío lo golpeó como un golpe en el estómago.

No había casi nada: solo paredes que aún se parecían a las del sueño y, en un rincón, una pila de madera quemada que por un instante le recordó el sofá de Ethan.

Aquel sofá en el que se había sentado, o había creído hacerlo, en un lugar que nunca había existido.

La tristeza llegó sin aviso. Primero un nudo en la garganta, luego un sollozo, luego otro.

Silas se cubrió el rostro con una mano y dejó que el llanto encontrara espacio.

Emily se acercó en silencio y le apoyó una mano en el hombro. «Ánimo, Silas.»

Él asintió, secándose los ojos con el dorso de la mano. «Lo sé… sé que puede parecer absurdo. Es difícil dejar ir el pasado.»

Emily inspiró apenas, para dar tiempo a que las palabras sedimentaran.

Silas añadió, con un hilo de voz: «Especialmente cuando nunca existió.»

Salieron de la tienda. Silas se secó el último resto de lágrimas con el pulgar, luego señaló una dirección entre las ruinas.

«Vamos hacia la plaza principal.»

Emily dio dos pasos, luego se detuvo. Lo miraba con una expresión que oscilaba entre estupor e incredulidad.

«Silas… estoy impresionada. Se ve que conoces este lugar. No es una impresión, es evidente. »

Él suspiró, sin volverse. «Lo sé.»

«La parte racional de mí sigue preguntándose cómo demonios es posible.»

Silas se limitó a un gesto. «Te lo dije, Emily.»

«Y yo lo entendí,» concluyó ella, volviendo a ponerse a su lado. «No puedes decírmelo.»

Llegaron a la plaza principal. Silas aminoró apenas, atraído por un detalle que la niebla había dejado al descubierto: un banco, o mejor lo que quedaba de él. Roto, consumido por el tiempo y por el fuego, un farol al lado, doblado, ennegrecido.

«Harold y Mabel se sentaban siempre aquí…» murmuró.

Aquellos dos ancianos, tan educados, tan tiernos en el sueño, parecían seguir allí esperando algo.

Giró la mirada a la derecha, luego subió por una pequeña calle lateral. Emily se mantuvo detrás de él, sin hacer preguntas.

La casa del cura, la casa de Martin Hale, debía estar exactamente allí, en la esquina, con el porche bajo y la puerta siempre entornada.

Pero cuando llegó… no encontró nada.

Ni muros derrumbados.

Ni ladrillos dispersos.

Ni una huella de cimientos.

Nada.

Un espacio vacío.

Un pedazo de tierra desnuda; parecía que allí nunca se hubiera construido nada.

Silas permaneció inmóvil, sin lograr dar un paso adelante ni atrás. Emily se acercó por un lado, observando el estupor formarse en los ojos de Silas.

Él inspiró lentamente, los ojos fijos en el terreno.

Tal vez es obvio, pensó. Si Ethan y Martin eran aspectos de la misma persona… entonces la casa del cura del sueño, en la realidad no era una casa real. Era un constructo. Una forma que la mente la mía o la del verdadero Martin, creó para contar la historia.

«¿Algo no va, Silas?» preguntó Emily,

Silas negó con la cabeza. «No. Todo va bien, sigamos.»

«¿Todavía por la vía de los recuerdos?» preguntó Emily, con una gentileza que traicionaba la intención de devolverlo a la realidad sin herirlo.

Silas bajó la mirada. «No, tienes razón. Estamos aquí por los hechos, no por lo que soñé.»

«Perdóname, Silas. No quería ser irritante.»

«No, Emily. Uno de los motivos por los que estás aquí es precisamente mantenerme con los pies en la tierra.»

Intentó una media sonrisa, más cansada que sincera, y reanudó la marcha.

Se dirigió hacia el ayuntamiento. En el sueño era un edificio importante, con la fachada de madera oscura y las ventanas de pequeños cuadros.

Recordaba incluso el sonido del piso bajo los pasos de los habitantes.

Pero en la realidad, en el lugar de aquel edificio imponente no encontró más que una gran pila de tablas carbonizadas.

Madera quemada, amontonada de manera desordenada: lo que queda cuando un fuego no deja escapatoria.

Silas se acercó, casi temiendo perturbar un lugar de muerte.

«Quién sabe qué experiencia horrible vivieron…» dijo en voz baja, pero lo bastante fuerte para hacerse oír. «Quemados vivos.»

Silas levantó apenas la mano para orientarse. «Si no me equivoco, esta calle debería llevarnos fuera del pueblo… o mejor, hacia el punto donde empezaba.»

Emily caminaba a su lado, los brazos pegados al cuerpo.

«¿Adónde estamos yendo exactamente?» preguntó, con un hilo de impaciencia.

Aquel lugar le daba escalofríos de una manera que no quería confesar.

Parecía un cementerio a cielo abierto: el horror de lo que había ocurrido no había abandonado aquellas piedras, ni siquiera después de treinta años.

«A la posada de Marjuri. The Hollow Lamb,» dijo Silas, como si fuera lo más natural del mundo.

Y de hecho, cuando volvió la mirada a la izquierda, la vio.

Recortada entre árboles crecidos sin que nadie los hubiera podado jamás, ramas retorcidas que casi la engullían, la posada aparecía en toda su ruina. Estaba exactamente donde Silas la había imaginado en el sueño. Misma posición, misma forma, misma presencia.

La estructura se había salvado del fuego, quizá porque estaba en el margen del pueblo, pero el tiempo había sido cruel. Las tablas hinchadas por la humedad, el techo inclinado, las ventanas destruidas.

Y sin embargo seguía en pie.

Emily se detuvo. A sus pies, semienterrado por las hojas, había un letrero de metal oxidado. Lo recogió con cautela.

WELCOME TO THE HOLLOW LAMB

Las letras desteñidas, la chapa corroída, pero perfectamente legibles.

Sintió el hielo subirle lentamente por la espalda.

Permaneció inmóvil, la mirada fija en el letrero, incapaz por un instante de respirar.

¿Cómo es posible? pensó.

Entonces… todo es verdad.

«Si todo lo que soñé corresponde a la realidad… tengo que entrar sí o sí.»

Silas lo dijo mirando la posada, sabiendo que no había alternativa.

«¿Entrar?» Emily lo miró c hubiera perdido la razón. «¿Estás loco? Este lugar se cae a pedazos.»