El submundo: La fuerza de los tres 16 #3
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Se le agitó la respiración. Desapareció dejando una ráfaga de aire.

Se fue a correr por el bosque. Javi vio una ventana abrirse, se dio cuenta de la angustia del chico y decidió darle espacio y no avisar a nadie.

Además, era necesario que los chicos se concentrasen en el hechizo para que Isi no pudiera matarle.

Y, a parte de todas estas razones, él también necesitaba estar solo.

El olor de los árboles, el sonido de los pájaros, la textura de la madera, Simón estaba sintiendo todos esos estímulos intensificados mientras corría por el bosque, sin rumbo, con la única intención de despejar la mente. Necesitaba que todo acabara.

Mientras tanto, Lucas, Ros y Jenny se disponían a absorber todo el poder de Isi en el garaje.

Abrieron la puerta y la observaron dormida en la silla que la habían dejado.

Lucas sacó la piedra del bolsillo, que minutos antes le había entregado Simón.

La cogió con las dos manos y Jenny y Ros se pusieron una a cada lado del chico.

Lucas levantó sus brazos y los puso estirados paralelos al suelo, con la piedra encerrada en sus puños como su madre le había indicado.

Las chicas pusieron sus manos encima de las del brujo para canalizar todo su poder.

No había un hechizo exacto para lograr esto, era una magia desconocida, muy poderosa.

La canalización solo la habían conseguido los magos más legendarios de la historia y, entre ellos, sus antepasados.

Kenia y Raina se alejaron un poco de los chicos, por si acaso el conjuro rebotaba sobre ellas.

Se miraron los tres y, tras eso, cerraron los ojos.

Estaban aterrados, ninguno de ellos lo admitía, pero por mucho miedo que sintieran no pensaron en ningún momento la opción de echarse atrás.

El hechizo era puramente psicológico, de lealtades, de fuerza mental y vital.

Los tres debían estar en pura armonía, confiar ciegamente en los otros para conectar sus tres energías.

Una vez lo consiguiesen, debían enfocarla en la piedra y ella actuaría sobre Isi.

Con los ojos cerrados, comenzaron a seguir los consejos que Kenia les había dado hacía escasos minutos.

Debían concentrarse en las vivencias que habían tenido de niños, el tiempo que pasaron juntos, el sentimiento que sentían los unos por los otros.

Jenny pensó en las veces que jugueteaban por el bosque al escondite, Ros se decantó por las horas que pasaban en la biblioteca de la mansión jugando a adivinar de qué iba cada libro por la portada y Lucas pensó en las horas que pasaban en su casa jugando a videojuegos.

Hobbies muy distintos, personalidades opuestas, un sentimiento de familia compartido.

La lealtad y confianza de un niño es mucho mayor que la de cualquier adulto, por eso mientras los tres compartían ese sentimiento con recuerdos de cuando eran pequeños lo notaron.

Sintieron un cosquilleo por el cuerpo, se sintieron poderosos.

Tenían el poder y la energía mágica conjunta, lo sintieron, liberaron la Fuerza de los Tres.

No habían entendido hasta el momento a qué se referían con dicho concepto, y ahora sabían por qué nadie se lo había podido explicar, porque había que vivirlo.

Era un sentimiento, el poder de la unión.

En ese momento, sintiendo toda la fuerza en su interior, Lucas se centró en la piedra, al final él era el que debía hacer el hechizo, el brujo.

La agarró con fuerza, sus pensamientos se fueron hacia Simón, para salvarle; hacia su padre, para vengarle; hacia su madre, para protegerla.

Y lo hizo. Abrió los ojos saliendo del trance psicológico en el que había entrado y salió del interior de sus manos un rayo de luz luminoso directo al pecho de Isabel.

Las chicas continuaban sin abrir los ojos, centradas en transmitir su poder, entrando en una visión donde los recuerdos de niños de los tres se entremezclaban en uno solo.

Kenia y Raina estaban asombradas ante tal escena mágica jamás vista.

Lucas gritaba de la fatiga que le estaba causando usar tanto poder, pero a la vez se sentía más poderoso que nunca.

La luz que salía de sus manos era la más luminosa que habían visto en su vida, directa a la mayor oscuridad allí presente.

De repente, el collar dejó de brillar y un aura de magia que salió de él empujó a los chicos que cayeron al suelo. Sus madres se acercaron corriendo.

—¡Chicos! ¿Estáis bien? —los tres se levantaron, poco a poco, con dolores musculares, pero asintiendo las palabras de Raina, confirmándoles que se encontraban perfectamente.

—¿Ha funcionado? —preguntó impaciente Ros.

Antes de que nadie pudiera contestar o comprobarlo la escucharon a ella.

—¡Qué demonios! ¿Dónde estoy? ¿Qué coño habéis hecho? —Isi gritaba y forcejeaba las cadenas, pero no lograba soltarse—. ¿Qué ha ocurrido con mi magia?

Esa frase fue reveladora para el grupo. Se miraron, sonrieron.

Lucas miró al collar que estaba en el suelo, apagado, ya no emitía ni una sola chispa de luz, pero él sentía su poder, sabía que, en ese momento, era el objeto más poderoso que había visto en su vida.

Isi le siguió la mirada y lo entendió todo.

Miró, de nuevo, a Lucas y vio que salía de él una expresión que nunca le había visto, de satisfacción, de felicidad, de victoria.

—Te tenemos, hija de puta.