13 #2
Tras esas palabras de Kenia, Lucas permaneció llorando bajo los brazos de su madre un buen rato más. Su dolor opacaba cada hilo de luz que pudiese tener en ese momento en su vida. Se sentía perdido.
Tras eso, se fueron al cuarto del chico y madre e hijo se quedaron toda la noche en vela recordando buenos momentos con ambos.
Para ellos Simón era uno más de la familia y estaba en la gran mayoría de anécdotas familiares.
Rememoraban aquellos veranos en los que el joven se pasaba semanas seguidas durmiendo en su casa con Lucas y se quedaban despiertos jugando hasta las tantas, tratando de que sus padres no lo supieran y ellos haciéndose los locos como si no fueran completamente conscientes de ello.
O cuando comían empanadillas, como siempre Federico le daba una de las suyas al pequeño Simón porque le apasionaban. Por no hablar de las vacaciones familiares, siempre iban los cuatro juntos y los niños liaban alguna en cada hotel que pisaban. Siempre fueron cuatro, solo quedaban dos.
Por su parte, Ros llevaba el dolor de haber perdido a Simón en silencio.
Era una chica muy inteligente y siempre se había considerado fuerte, pero todo lo que había vivido le ha estado pasando factura.
Para ella los estudios siempre han sido importantes y una vía de escape, no de estrés como para muchos otros.
Por lo que los uso como salvavidas y se volcó completamente en ellos.
Aun así, entre sus apuntes, hablaba con su amigo, le escribía numerosas cartas que un día Jenny encontró.
En muchas de ellas le pedía perdón por no haber actuado antes contra Isi, en otras simplemente recordaba momentos con él, pero hubo una que le sorprendió y que le hizo llorar en la habitación violeta oscuro de su hermana:
Querido Simón,
esta debe de ser la carta número 50 que te escribo y aún no te he hablado de lo más importante.
Quizás sea porque tampoco nunca me atreví a hacerlo en persona a pesar de saber que tu llevabas años enamorado de mí.
Pero cuando yo me di cuenta ya era tarde.
Te habías pillado de Isi y yo sabía que no tenía ninguna oportunidad.
Cada noche deseé que ella fuera la gran villana que buscábamos solo para que pudieras odiarla y volver a tener una oportunidad contigo.
Odiaré cada día de mi vida haber deseado eso.
Esto no debía terminar así, eras el que menos merecía morir de todos.
Siempre has sido el mejor amigo, el mejor compañero, la mejor persona.
Yo siempre fui considerada inteligente, pero después de todo lo que ha pasado me siento la más tonta del universo por haberte dejado ir así.
Te quiero, Simón, y toda mi vida lo haré.
Los ojos de Jenny eran un mar de lágrimas tras leer la confesión de su hermana. Fue a buscarla al salón del apartamento, donde la vio hablar con su madre y esperó un rato a meterse en la conversación.
—Mamá, no puedes seguir aquí en casa culpándote constantemente por lo que ha pasado. No eres mala persona, perdiste el control y además, a lo mejor, si no hubieras hecho lo que hiciste, Jenny no estaría viva.
Raina es una persona que tiende mucho a ponerse a corazas y convertirse en un muro sentimental muy difícil de derribar. Pero a la vez es muy analítica, mucho más fría que Kenia y muy fuerte de mente.
—Te di por muerta —la cara de Ros reflejaba incredulidad, nunca le había hecho esa confesión—, cuando entré de nuevo en la casa pensé que habías muerto y al mirar a tu hermana pensé que la iban a matar.
En ese momento la loba se apoderó de mí y defendió lo que quería.
El instinto de supervivencia y protección de un humano es alto, pero el de un hombre lobo lo es más.
Por eso la maté, yo no quería matar a nadie, Ros.
No está bien lo que hice, no sé cómo enseñaros a tener el control de vuestro poder si ni yo he podido controlar el mío. He sido débil.
—¿Débil? —Jenny apareció tras estar escuchando un buen rato en la puerta del salón y se puso a la izquierda de su madre dejándola abrazada por sus dos hijas—.
Hacía escasas semanas que perdieras a tu marido y, en ese momento, pensaste que estabas perdiendo a tus dos hijas y no te rendiste.
Sacaste la garra del interior y atacaste, sin derrumbarte, sin bloquearte.
El otro día, Lucas se abrió conmigo y me habló de culpabilidad, tú también te echas la culpa y Ros, te prometo que me las encontré sin querer buscando entre tus apuntes, pero acabo de leer unas cartas donde tú también te consideras la culpable.
Y ya está bien, ninguno de nosotros mató a Simón.
Todo lo contrario, hicimos lo imposible por salvarlo y casi morimos por ello.
Es una puta mierda que esté muerto, pero la única culpable es Isabel y pagará por ello.
Debemos dejar de culparnos, de echarnos sermones de autodesprecio y remontar, tirar para adelante y, llegado el día, despellejar a esa bruja como sabemos hacer.
Las tres sonrieron, era la primera vez que lo hacían en mucho tiempo.
Lucas también sonrió el día que habló con Jenny.
A pesar de poder parecer lo contrario, ella también estaba rota, ninguno se podía imaginar cuanto, pero con Simón muerto, ella era el mayor soporte emocional del grupo.
Su madre, su hermana, su novio… ella se sentía la responsable de todos.
Las abrazó a las dos y, entre sonrisas, se permitieron llorar juntas por primera vez en todo el mes.
Necesitaban desahogarse, era un mes de paz, un mes curativo y preparativo para todo lo que estaba por llegar.
Días más tarde, se reunieron todos en la mansión Culpenia para hacer una comida en honor a Simón ahora que todos estaban un poco mejor, ya que no habían podido enterrarlo ni hacerle un funeral.
La comida fue en el comedor de la casa, al lado de la cocina de leña, los cinco de forma íntima e informal.
Podía ser tranquilamente el tráiler de como pasarían estas Navidades, sin la parte de tranquilidad claro. Comieron pavo asado, una de las especialidades de Raina. Bebieron, recordaron momentos de los chicos jugando en esa casa, lloraron, eran una familia reconstruida como bien pudieron.
Y como en todas las buenas familias hay tradiciones, sean buenas o malas, y desde que todo había comenzado si algo ocurría en cada reunión en esa mansión era una visita inesperada.
Y así es, mientras brindaban por Simón después de un discurso de Lucas que había emocionado a todos, el timbre sonó.
Los nervios les consumieron, se imaginaban lo peor.
Fueron los cinco juntos, se miraron, tenían claro que eran ellos y que venían a acabar lo que empezaron.
Raina abrió la puerta. Tras ella estaba un hombre, tenía la respiración agitada, estaba teniendo un ataque de ansiedad.
Estaba mojado, llovía. Tenía manchas de tierra y hierba.
Todas las caras fueron de asombro, principalmente la de Jenny.
—¿Javi?
***
—¡ANAAAAAAAAA!
Fue su última palabra antes de caer redondo de todo el cansancio y dolor que sintió al ver la cabeza de una de las personas más importantes de su vida rodar por el suelo.
Lo siguiente que recuerda es despertar en la cama de su habitación en casa de Isi.
Su dolor era muy profundo, tenía lagunas, solo podía ver la imagen de Ana.
Se levantó mareado y salió del cuarto. Escuchó voces en el piso de abajo, pero se dirigió al baño que tiene al lado de la habitación.
Se metió en la ducha, fría. Lloró, golpeó la pared haciéndose más sangre de la que ya tenía por todo el cuerpo.
Tenía arañazos en el abdomen y una garra de Jenny marcada bajo el ojo derecho.
Además, cojeaba un poco por uno de los golpes que le dio la loba.
Nada le importaba, todo el dolor que sentía era emocional por haber perdido a su primera amiga de verdad.