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El primer ingrediente
La siguiente semana fue extraña para los chicos, se dedicaron a asimilar todo lo que les estaba pasando.
Lucas empezó a dar clases con su madre de brujería, aprendió lo básico, pero se le daba bien, con un poco de práctica ya sería capaz de hacer cosas grandiosas.
Además, su madre le mostró una parte de la casa que él desconocía y que estaba en su propia habitación.
En su armario había una trampilla sellada bajo un hechizo de invisibilidad que sólo podía ser abierta con magia de sangre, es decir, que tan solo podían abrirla Kenia o su hijo.
Federico no era mago, aunque sabía toda la historia de los poderes de su mujer y su hijo.
El día que ella se lo contó fue difícil de aceptar para él, era un mundo muy extraño y una confesión que le llevó un tiempo digerir.
Aun así, el amor por su mujer ganó la batalla y decidió quedarse con ella, dos años después nació el pequeño Lucas.
Tras la trampilla había una gran sala de piedra, como una gruta, en la cual había decenas de grimorios que contenían hechizos de todo tipo.
También se podían observar en diversas estanterías distintos jugos de pociones e ingredientes de lo más extraño.
El centro de la sala estaba ocupado por una larga mesa donde Kenia tenía varios libros abiertos acerca de la Bestia.
Lucas se sorprendió muchísimo al ver todo eso allí, era una sala que no tenía existencia física por fuera, era completamente mágico.
Le preguntó a su madre cómo había hecho todos estos años para entrar ahí sin que él se diese cuenta, a lo que la mujer le respondió que aprovechaba sus momentos en la escuela para bajar, pero que no había tenido la necesidad de bajar a menudo.
Las lobas, por su parte, recurrieron a su madre, Raina, una mujer compuesta físicamente por la mezcla de sus hijas.
Fuerte, tanto física como psicológicamente, baja, pelo rizado y castaño, una luchadora nata.
Ella estaba divorciada, siempre les había contado a las niñas que cuando eran pequeñas su padre las había abandonado y las crio solas, con ayuda de los Edevane, a los que estaban muy unidas desde siempre.
La noche que Lucas les contó todo y despertaron sus poderes, llegaron a casa en busca de más respuestas por parte de su madre, quien ya había estado hablando con Kenia por teléfono.
Llegaron al apartamento y la encontraron en su sofá de color marrón, sentada tomando una copa de vino.
No contaban que estuviera despierta a esa hora, a pesar de que no se habían quedado hasta tarde en la fiesta porque no estaban de humor.
Al verlas, se levantó sin decir ni una sola palabra y fue a abrazarlas de inmediato, demostrándoles que ya era consciente de su despertar.
—Mamá, estamos muy asustadas. —Ros se mostró vulnerable—. Todo esto de que una mujer venga a por nosotras y de que nos vayamos a transformar en lobo cada luna llena… es muy complicado.
—Lo sé, hija, lo sé. No os pasará nada de verdad, no mientras que yo siga con vida —las abrazó aún más fuerte y se dirigieron las tres al sofá para hablar de lo ocurrido.
—¿Cómo lo has logrado mamá? ¿Cómo has hecho para cargar con este peso tantos años sin que nadie lo supiera? —Jenny llevaba toda la noche pensando en la doble vida que había llevado Raina desde que nacieron.
—No ha sido fácil, desde luego. Ser una mujer lobo es mucho más que transformarte en luna llena.
Tenemos las emociones más a flor de piel, principalmente las negativas, la ira, el dolor.
Notaréis que os costará más controlar vuestros enfados a partir de ahora y que incluso desarrollaréis alguno de vuestros atributos físicos si no lográis retenerlos.
—¿Qué tipo de atributos?
—Garras, colmillos, incluso si perdéis el control de todo… podríais convertiros en lobas sin necesidad de una luna llena —las chicas no dijeron nada ante tal confesión que las asustó particularmente—. Pero no debéis temer por eso, yo os enseñaré a controlarlo, tranquilas —les agarró las manos.
—Hay algo que no me he logrado sacar de la cabeza desde que Lucas nos dijo tu poder… ¿papá lo sabía? —Raina se quedó en blanco ante la pregunta de Ros, como si quisiera esconder algo, pero, finalmente, decidió hablar.
—Así es, y esa fue la razón por la que se fue. No quería tener ningún tipo de relación con este mundo, se asustó. No lo culpo en absoluto.
—Es un cabrón, mamá. Dejó a su mujer y a sus dos hijas a su suerte porque le daban miedo un par de colmillos. —Jenny nunca perdonaría haberse criado sin padre, fuera cual fuera la razón.
—Eso es un tema que ya pasó hace años. Ahora nuestro foco es descubrir a la hermana de la Bestia y detenerla. Debéis iros a descansar, quedan largos días por delante.
Las chicas se fueron a acostar aunque tardaron bastante en dormirse pensando en todo lo ocurrido.
Raina, por su parte, no pegó ojo en toda la noche.
Los días siguientes se pusieron al día sobre el tema de la licantropía y les contó algunas anécdotas de los últimos años que sorprendieron a las chicas como, por ejemplo, que ellas siempre iban a dormir una vez al mes a casa de Lucas y nunca se habían percatado de que coincida con la luna llena.
Además, les enseñó más acerca de una mansión que tenían en el campo.
Ellas vivían en un pequeño piso en el centro de la aldea, pero a las afueras tenían una gran casa que provenía de los antepasados de su familia, de Margarita Culpenia, miembro de la Fuerza de las Tres.
Allí Raina les explicó que era donde una noche al mes ella se encerraba para no hacer daño a nadie transformada en loba.
La mansión era grande, tenía un gran salón con una llamativa biblioteca con libros de todo tipo, sobre todo de mitología y de historia vampírica, licántropa y de brujería.
Tenía varios baños y habitaciones y abajo, tras una trampilla, una especie de mazmorras, donde las chicas siempre habían tenido prohibido bajar.
Si es cierto que alguna vez habían desobedecido e inspeccionado y se habían sorprendido por lo que había dentro, pero eran demasiado pequeñas como para comprenderlo.
Ahora, Raina les explicó que un hombre lobo cuando no controla su transformación debe encerrarse para evitar hacer daño a nadie.
Las mazmorras tenían una luz tenue que se encendía al llegar al fondo de las escaleras.
Había un total de dos celdas en cada lado, espaciosas.
Cada par de ellas estaban conectadas entre sí, ya que en una había solo cadenas y grilletes para amarrarse y en la otra una cama, una mesa, un retrete y un lavabo, entendiendo así su parte de humano y de lobo.
Luego las llevó al garaje de la mansión donde Raina guardaba el coche y les explicó que muchas veces se metía ahí en sus transformaciones, encadenada, porque le resultaba más hogareño que las mazmorras.
Las chicas también se interesaron en cuál es la razón de que se encerrase si en teoría ella sabía controlar su transformación.
«Más adelante os lo explicaré todo» contestó sin dar más explicaciones.
Por su parte, la semana de Simón había sido tranquilita, se había dedicado un poco a lo de siempre: jugar a videojuegos, ver series, leer...
Él, al contrario que las hermanas, vivía solo con su padre, un hombre dedicado puramente al trabajo.
Viajaba mucho, a Francia principalmente, siempre se había catalogado como un hombre de negocios.
Su personalidad era muy serio, muy distinto a su hijo que siempre encontraba un motivo para reírse o estar contento.
Su relación padre-hijo no era la más idílica, por eso desde pequeño estaba muy acostumbrado a pasar mucho tiempo con Lucas y su familia.
Aparte de sus aficiones habituales, estos días el chico también los había invertido quedar con Isi en varias ocasiones.
Le gustaba su personalidad y le daba ganas de conocerla más.
Además, notaba a sus amigos muy raros últimamente, principalmente Lucas, que siempre se lo contaba todo, había estado muy desaparecido y misterioso esta semana, sólo le veía en el insti y ellos normalmente solían quedar casi todas las tardes.
Lucas había estado evitándole porque no quería involucrarlo, en cierto sentido quería protegerle.
La primera quedada con Isa fue tras la fiesta de fin de verano.
Ese día hablaron de verse al día siguiente porque se habían caído muy bien y les apetecía saber más del otro.
Hablaron de coincidir a las 17:00 en la plaza del pueblo, un lugar característico por tener la cafetería más frecuentada por los adolescentes de la zona.
Simón llegó a las 16:40, estaba muy nervioso, se había peinado el pelo (cosa que rara vez hacía), se puso unos vaqueros (acostumbraba a llevar siempre chándal) y su camiseta favorita del armario de color blanco con las alas de un ángel dibujadas en la espalda,
porque creyó que llevar camisa sería demasiado ya.
Vio aparecer a Isi a las 17:03 con su habitual chaqueta de cuero y una camiseta de un grupo de rock de los 80. Iba a saludarla con un abrazo pero tenía miedo de que le pareciera raro y se limitó a mover nerviosamente la mano en gesto de saludo.
—¿Nos sentamos?
—Sí, claro. —La chica le siguió y se sentó frente a él.
— Y bien, ¿de dónde eres?
—Ser soy de aquí, nací aquí, pero mis padres decidieron mudarse a Vigo cuando era pequeña por lo que estuve allí toda mi vida. —Se mostraba muy segura de lo que estaba diciendo para ser todo inventado, sin duda lo tenía bien preparado.
—¿Y cómo es que habéis vuelto? —Simón se veía muy risueño.
—Bueno, es una historia complicada. Mis padres fallecieron meses atrás en un accidente de tráfico y como soy hija única y no tengo más familia y ya tengo diecisiete años, para cuando mi adopción se tramitase yo ya sería mayor de edad, por lo que me vine aquí con una amiga que ya tiene los dieciocho,
Ana se llama.
—La cara de Simón al escuchar esa historia tan conmovedora era de pena por la chica.
Antes de continuar la conversación el camarero vino a atenderles. Era Tim, el de su clase, que se había puesto a trabajar ahí. Para nadie había pasado desapercibido el hecho de que no tenían mucho dinero por lo que necesitaban ganarlo con algo. Simón pidió un Nestea de maracuyá e Isi una Coca-Cola.