El sol bajo tu piel Epílogo
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Epílogo

A lo largo de toda su vida, Francesca ha descubierto que hay veranos que duran tres meses y otros que duran toda una vida.

El suyo empezó hace exactamente un año, el mismísimo día que una española despampanante y demasiado segura de sí misma atravesó la puerta de Il Fiore d’Amalfi.

Aquella mujer llegó convencida de que iba a conseguir que firmase un contrato de absorción total de su hotel.

Ninguna de las dos imaginó en ese momento que, en realidad, estaban a punto de cambiar su destino.

Esta mañana, mientras Francesca Moretti abre de par en par las contraventanas de su habitación, el mismo aroma intenso a limoneros que la ha acompañado desde niña entra arrastrado con la brisa del mar.

El hotel despierta poco a poco, como un gigante perezoso.

Desde el balcón puede ver a Chiara recibiendo a los primeros huéspedes del día con esa risa escandalosa y contagiosa que tanto le gusta.

Los jardineros ya recorren los senderos entre las buganvillas recién florecidas, tarareando alguna que otra canción y ajustando con cuidado las ramas que se han descolgado durante la noche.

El restaurante arranca motores para el desayuno mientras el olor del café se mezcla con el perfume del jazmín que trepa por las paredes de piedra.

Il Fiore d’Amalfi vuelve a rebosar vida por los cuatro costados.

No solo porque la nueva temporada estival acabe de comenzar con el cartel de «completo» colgado en la puerta, sino porque, durante este último año, el hotel ha terminado por convertirse en aquello que su abuelo siempre soñó en sus noches de desvelo.

La alianza estratégica con la multinacional fue un éxito tan inesperado como arrollador.

Conservaron su identidad intacta; siguen siendo ese pequeño hotel familiar, pero ahora huéspedes de medio mundo descubren este rincón mágico gracias a la impresionante red internacional que se maneja desde España.

Las habitaciones se reservan con meses de antelación, los trabajadores tienen por fin contratos estables y el ambiente es una fiesta diaria.

Han ampliado el jardín y también los limoneros, y hace apenas unas semanas inauguraron por fin el pequeño invernadero acristalado que ella llevaba años dibujando en sus cuadernos sin atreverse a construirlo por miedo.

Cuando piensa en ello, todavía se le escapa una sonrisa tonta de orgullo. Al final resulta que ella también tenía derecho a soñar a lo grande.

—¿Otra vez mirando por la ventana, amore mío? —pregunta la voz de esa mujer con acento español que la vuelve loca.

Francesca se gira, apoyando la espalda en el marco, cruzándose de brazos con una sonrisa de oreja a oreja.

Verónica sigue medio dormida entre las sábanas, apoyada sobre un codo y mirándola con un ojo abierto y el otro no.

Su cuerpo, semidesnudo, combina a la perfección con su pelo alborotado y esa expresión pícara y divertida que le aparece cada mañana antes incluso de tomarse el primer café.

La luz del sol que se filtra entre las lamas de la persiana dibuja sombras de lo más sexys sobre su piel y, como siempre que la mira así, siente que el corazón se le ensancha tanto dentro del pecho que casi no le cabe.

—Estoy comprobando que el hotel siga en su sitio —le responde Francesca, contoneando las caderas mientras se acerca un paso.

La mujer levanta una ceja.

—¿Y qué? ¿Sigue ahí?

—Parece que sí… Nadie lo ha vendido a traición durante la noche, no te preocupes.

Verónica se echa a reír con ganas, soltando esa carcajada grave y sincera que la enamoró desde el primer día y que le hace suspirar como una adolescente.

—Menos mal, porque de lo contrario tendría una de papeleo esta mañana como para que me de lgo. Y ya sabes lo poco que me gusta a mí rellenar informes.

Francesca se acerca hasta el borde de la cama, disfrutando al máximo de la visión tan espectacular que tiene delante.

Todavía se pellizca por las mañanas para abrir los ojos y ser consciente de que esta felicidad es real.

Hay costumbres del pasado que pesan como cadenas de hierro y hay otras que te dan alas y te hacen sentir ligera, libre y completa; y despertar junto a Verónica es de las segundas.

Se inclina sobre ella y le da un beso en la frente, luego otro juguetón en la punta de la nariz y otro más, mucho más lento y goloso, en los labios.

—Buenos días, directora de desarrollo estratégico —le susurra acariciando su boca.

Verónica sonríe con un orgullo que le ilumina la cara, la atrapa por la cintura para que no se escape y la mira con esa ternura infinita que solo le regala tras las paredes de este cuarto.

—Buenos días —le devuelve Verónica el saludo, dándole un mordisquito cariñoso en el labio—.

Mira que dejar España y mi puesto de ejecutiva para quedarme a vivir en Amalfi como jefa de expansión contigo en este despacho compartido parece una locura…

, pero es que no lo cambiaría ni por todo el oro del mundo.

Aunque, todo hay que decirlo, seguimos sin ponernos de acuerdo sobre cuál de las dos prepara el café más asqueroso.

—¡Oye! Hoy te toca a ti ir a la cocina, así que no escurras el bulto —afirma Francesca, sentándose a su lado y dándole un azote cariñoso en el muslo.

Verónica niega con la cabeza, hundiéndose en la almohada y fingiendo un horror espantoso.

—¡Ni hablar! —grita, tirando de la mujer hacia su pecho.

Francesca no puede contener la carcajada, una risa que le sale del alma.

Hace un año habría sido completamente incapaz de imaginarse riendo así, sin mirar constantemente por encima del hombro por culpa de los desplantes de Matteo, sin miedo al qué dirán, sin culpa y sin cargas; simplemente siendo ella misma, una mujer libre y feliz.

Después del desayuno y de recuperar energía, recorren las instalaciones del hotel de la mano, como hacen cada mañana.

Saludan a los empleados con un afecto genuino y comparten bromas con los de la cocina.

Charlan un rato con algunos de los huéspedes habituales que han decidido repetir vacaciones en el paraíso; de hecho, una pareja inglesa encantadora las detiene junto a la piscina para felicitarlas efusivamente por las nuevas flores del jardín y les confiesa que han dormido de maravilla gracias al silencio y al aroma tan rico de los limoneros.

A lo lejos, una niña pequeña de rizos rubios corre como una loca entre los árboles persiguiendo mariposas, mientras su madre intenta alcanzarla muerta de risa y sin mucho éxito.

A Francesca la escena le ablanda el corazón y la enternece profundamente.

Verónica se acerca por detrás con sigilo, la rodea la cintura con sus brazos y apoya la barbilla en su hombro, pegando su cuerpo al suyo.

—¿En qué piensa esa cabecita? —susurra muy cerca de su oído, dándole un beso húmedo en el cuello que la hace estremecer.

—En mi abuelo —confiesa Francesca, entrelazando sus dedos con los suyos sobre su vientre—. En cómo le habría encantado ver el hotel así, tan lleno de alegría. En cómo habría sonreído al ver a esa niña corriendo descalza entre sus queridos limoneros.

Verónica aprieta su mano contra la de Francesca con suavidad, dándole ese apoyo mudo que tanto la reconforta.

—Durante mucho tiempo creí que salvar Il Fiore consistía únicamente en ponerle una coraza para que nadie lo destrozara.

Pero qué equivocada estaba; conservarlo significaba abrirle las puertas y dejarlo crecer sin perder un ápice de su alma.

Exactamente igual que me pasó a mí contigo cuando me derribaste todas las defensas.

Francesca se queda en silencio, paladeando sus propias palabras mientras la brisa mueve consigo las hojas de los limoneros, provocando un suave murmullo que las envuelve.

No se mueven de ahí. Se quedan estáticas en mitad del sendero del jardín principal, a la sombra de los árboles que su abuelo plantó hace ya tanto tiempo.

Verónica la aprieta un poco más contra su pecho. Siente los latidos de su corazón, potentes, golpeando contra su espalda, y un suspiro de paz se le escapa de los labios. Eleva las manos para acariciar sus antebrazos, disfrutando del tacto cálido de su piel bronceada por el sol.

—A veces siento miedo, ¿sabes? —murmura Francesca, ladeando un poco la cabeza para buscar su perfil. Ella tiene los ojos fijos en la inmensidad del mar que se divisa al fondo, justo más allá del borde de los acantilados donde se asienta el hotel. Su mirada, brilla con una luz nueva.

—¿Sientes miedo de mí? ¿De mi mal carácter cuando no duermo bien? —bromea Verónica. Deja caer un beso tierno justo en la curva de su hombro, rozando la tela de su vestido veraniego.

—No, tonta —Francesca se ríe bajito, girándose por fin entre sus brazos para quedar cara a cara con ella.

No rompe el abrazo; sus manos buscan de manera natural su nuca, enredándose en esos mechones castaños que tanto le gusta desordenar—.

Tengo miedo de lo rápido que ha pasado este año y de la inmensidad de todo lo que se nos viene encima.

Míranos. Hace trescientos sesenta y cinco días yo te veía como una ejecutiva implacable y tú me mirabas como si fuera una italiana testaruda y provinciana que no entendía nada sobre números.

Verónica suelta una de esas carcajadas que consiguen que todas sus alarmas se apaguen al instante. La atrapa con más fuerza por la cintura, pegando sus caderas con una familiaridad que todavía le enciende la sangre.

—Bueno, reconócelo, Francesca, testaruda sí que eres —la pica, guiñándole un ojo con esa desfachatez tan suya—. Pero, ¿quieres que te confiese una gran verdad?

—A ver, dispara —le reta Francesca, entornando los ojos, pero sin poder borrar la sonrisa de su rostro.