El sol bajo tu piel Epílogo #2
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Epílogo #2

—Llegar aquí, a este rincón del mundo, y encontrarme con una mujer de armas tomar que defendía su tierra y el legado de su abuelo con uñas y dientes…

Fue como recibir un bofetón de realidad.

Me di cuenta de que mi vida de ejecutiva perfecta era un aburrimiento.

Que prefería mil veces esto, que el ritmo desesperante que tenía en España.

Sus palabras le calan hondo. Francesca se apoya en su pecho, escuchando de nuevo su respiración, rodeando su cuello con los brazos. La brisa marina les trae el eco lejano de las olas rompiendo contra las rocas, pero aquí arriba, rodeadas de verde y oro, el mundo parece haberse detenido para ellas.

—El futuro da vértigo —confiesa Francesca, mirando hacia las ramas del limonero que tienen justo encima, donde un fruto especialmente grande y maduro cuelga pesado—.

El hotel está creciendo muchísimo. La ampliación, la apertura de las nuevas rutas turísticas, la gestión de la plataforma de reservas…

A veces temo que el trabajo nos sature. Que la rutina o la responsabilidad terminen empañando esto tan bonito que tenemos.

Que nos convirtamos en dos robots de oficina.

Verónica se separa lo justo para obligarla a mirarla. Le toma la barbilla con suavidad, usando sus dedos pulgares para acariciarle las mejillas con una delicadeza que contrasta por completo con su fachada de mujer dura.

—Escúchame bien —le dice, mirándola fijamente a los ojos—.

No te voy a mentir. Trabajo vamos a tener para aburrir.

De hecho, Chiara ya nos está mirando con cara de querer pedir un aumento de sueldo antes de que acabe el mes por aguantarnos.

Y la estrategia de expansión con la cadena va a necesitar que sigamos al pie del cañón muchas horas.

Pero que te quede muy clara una cosa: yo no crucé Europa, ni mandé a paseo mi vida, ni me enfrenté a mi jefe para terminar siendo una ejecutiva estresada en Italia. Yo me quedé aquí por ti. Por nosotras.

Verónica hace una pausa, dejando que sus palabras floten en el aire perfumado del jardín. Su mano baja por su cuello, trazando una línea lenta que le eriza la piel, hasta entrelazar sus dedos.

—Cada decisión la vamos a tomar juntas, en ese despacho donde de vez en cuando nos besamos hasta perder el sentido.

Si el trabajo aprieta, cerramos la oficina antes, le dejamos las llaves a Chiara y nos venimos aquí, entre los limoneros.

O nos perdemos en la cala. Lo que sea, pero siempre de la mano.

No firmé un contrato contigo, firmé una promesa de vida.

Así que quítate esos miedos de la cabeza.

Una lágrima de felicidad, de esa que barre los restos de los malos años, cae por la mejilla de Francesca. Verónica la limpia con el pulgar, dedicándole una sonrisa.

—Eres increíble… —le dice, con la voz un pelín quebrada por la emoción, atrayéndola de nuevo hacia ella para besarla.

Verónica le responde enredando una de sus manos en su pelo, sujetándola como si fuera su posesión más valiosa.

—Aquí, lo más increíble, es que existas tú… —le susurra contra los labios, haciéndola sonreír.

Se quedan así un buen rato, abrazadas, mecidas por el sonido del viento entre las hojas.

Francesca mira hacia el tronco del limonero más antiguo, el que plantó su abuelo cuando apenas comenzaba con su sueño.

Su corteza está rugosa, agrietada por el paso de las décadas, fuerte ante los temporales del invierno y los rigores del verano.

Durante años, ese árbol fue su único refugio cuando las cosas con Matteo iban de mal en peor, cuando sentía que se ahogaba en una vida gris, atrapada en un matrimonio que se desmoronaba por falta de amor y de respeto.

Venía aquí, lo tocaba y le pedía fuerzas al espíritu de su abuelo para aguantar un día más.

Ahora, al mirar el mismo árbol con el cuerpo de Verónica pegado al suyo, comprende que la tormenta ya ha pasado y que el limonero ya no es un refugio para esconderse del dolor; ahora es el testigo de su renacimiento.

—Mi abuelo solía decir que los limoneros de Amalfi no crecen en cualquier parte —le cuenta en voz baja, acariciando su ropa—.

Decía que necesitan una tierra con carácter, un sol que no tenga miedo de brillar y, sobre todo, raíces que sepan agarrarse con fuerza a la roca, por muy empinado que sea el acantilado.

Decía que el amor es exactamente igual. Que, si no tiene raíces fuertes para aguantar las embestidas del viento, se cae a la primera tormenta.

—Tu abuelo era un hombre muy sabio —responde Verónica, apoyando la barbilla en su coronilla—.

Y tenía toda la razón. Nuestras raíces empezaron a crecer en mitad de un terreno bastante escarpado, las cosas como son.

Tuvimos que romper muchas barreras. Pero mira dónde estamos ahora.

Nos hemos agarrado a esta roca con tanta fuerza que ni el peor de los vientos nos va a mover de aquí.

—¿De verdad lo crees? —pregunta Francesca, cerrando los ojos y dejándose llevar por la increíble sensación de seguridad que le transmite su abrazo.

—Lo sé de buena tinta —afirma la mujer con rotundidad—.

Lo veo cada mañana cuando te despiertas y me miras como si fuera tu mayor triunfo, y lo siento cada noche cuando nos dormimos cansadas pero felices.

El futuro no es algo que debamos temer, mi amor.

El futuro es nuestro lienzo. Vamos a llenar este hotel de risas, de buena música, de huéspedes que se vayan de aquí habiendo descubierto la magia de la Costa Amalfitana, igual que la descubrí yo.

Y lo mejor de todo es que no tenemos que ir a buscar la felicidad a ninguna parte.

La felicidad ya está aquí, plantada en este jardín.

Franesca abre los ojos de nuevo y contempla el porvenir que se despliega ante ellas; lleno de proyectos, de retos, de temporadas hoteleras interminables, de reuniones, de reformas y de discusiones absurdas.

Habrá días agotadores, noches de revisar reservas hasta las tantas y momentos en los que el estrés intente llamar a su puerta.

Pero al mirar de reojo el perfil de Verónica, sabe que son invencibles.

Ya no es la Francesca asustada que temía perder su identidad bajo el peso de una multinacional.

Ya no es la mujer que miraba al mañana con resignación.

Ahora es la directora de su propia vida, la dueña de su corazón y la compañera de una mujer maravillosa que estuvo dispuesta a cambiar todo su mundo solo por quedarse a sembrar el futuro con ella.