El sol bajo tu piel Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Porque ahora que la escucho, entiendo perfectamente por qué una de mis mejores y más implacables ejecutivas ha decidido jugarse su brillante carrera por este proyecto —comenta, volviendo a su tono serio habitual—.

El consejo ha estado debatiendo durante horas.

Y hemos llegado a una conclusión unánime.

La propuesta de alianza estratégica que ha diseñado Verónica no solo es técnicamente viable, sino que a largo plazo es mucho mejor y más prestigiosa para nuestra marca que la absorción completa del hotel.

Verónica queda sin aire en los pulmones. Francesca tampoco respira y se miran fijamente.

—Por lo tanto —sentencia Wallace—, la junta ha aceptado iniciar el proceso de colaboración respetando íntegramente la identidad de Il Fiore d'Amalfi, manteniendo la propiedad en manos de su familia y desarrollando conjuntamente toda la expansión y comercialización internacional del establecimiento.

Las lágrimas aparecen en los ojos de Verónica antes de que sea consciente de que está llorando. Francesca la mira con cara de incredulidad, luego vuelve la vista hacia el teléfono que descansa en la mesa, como si no se creyera lo que está saliendo de ahí.

—¿De verdad…? —pregunta la mujer con la voz rota por completo—. ¿No es una broma de mal gusto?

Richard deja escapar una risa y se lo imaginan negando con la cabeza.

—Créame, signora. No tengo por costumbre bromear durante las reuniones. El acuerdo es firme.

Francesca se cubre los labios con ambas manos, soltando un sollozo de puro alivio. Tiene el pecho moviéndose a mil por hora, como si hubiera estado corriendo una maratón. Cuando consigue recuperar un poco el habla, su voz suena en lo que apenas es un susurro.

—No… no se imagina lo feliz que sería mi abuelo si pudiera levantar la cabeza y ver que el hotel que imaginó en su mente…

va a seguir vivo y va a hacerse real. Llevo años luchando completamente sola, y ahora…

—La voz se le quiebra del todo, gira la cabeza y clava la mirada en la mujer que sigue a su lado—.

Verónica, esto es gracias a ti. Absolutamente todo.

Al otro lado del teléfono reina un silencio lleno de respeto absoluto. Richard tarda unos segundos en responder, dejando que Francesca se desahogue. Cuando lo hace, su voz resulta inesperadamente cálida, casi paternal.

—Déjeme decirle una última cosa, signora Moretti. Si todo lo que Verónica ha plasmado en ese maravilloso informe es cierto… y estoy completamente convencido de que lo es… su abuelo no solo estaría feliz. Estaría profundamente orgulloso de la nieta que tiene.

Francesca cierra los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas se deslicen libres por sus mejillas. Verónica levanta su mano libre y, con toda la ternura del mundo, le seca una gota con el pulgar, despacio, saboreando el momento a la vez que desea guardar ese instante en su memoria para siempre.

—Porque ese hotel —añade Richard— ya es el número uno en la actualidad.

Y no lo es por el grosor de sus paredes, ni por el lujo de sus habitaciones, ni por el saldo de sus cuentas corrientes.

Es único porque usted ha sabido conservar lo único que ningún fondo de inversión internacional puede comprar con dinero: su alma.

Ninguna de las dos consigue responderle. Se han quedado mudas, con el corazón en un puño y las palabras de Wallace envolviéndolas como una manta de lana en pleno invierno. Qué tío, de verdad, cómo se ha coronado.

—Verónica —la llama Richard al cabo de unos instantes, volviendo a su tono profesional.

—¿Sí, Richard? —responde, aclarándose la garganta mientras recupera la compostura.

—Ha hecho usted exactamente aquello para lo que la contraté hace ocho años en esta empresa. Pensar por sí misma. Y tener la fuerza y seguridad suficientes para defender una buena idea con argumentos sólidos. Buen trabajo.

Verónica sonríe entre lágrimas, sintiéndose la mujer más feliz del planeta.

—Muchísimas gracias. De verdad.

—No me las dé todavía. Ahora es cuando empieza el verdadero trabajo duro.

Quiero ver ese hotel convertido en el auténtico referente de todo el Mediterráneo.

Y me da en la nariz que ustedes dos tienen mucho que planear y mucho que hacer juntas para conseguirlo.

Tendremos que reunirnos en persona muy pronto para firmar el papeleo.

Traiga a la signora Moretti si es posible; me encantaría conocerla en circunstancias muchísimo más agradables.

La llamada termina unos segundos después con un pitido que las devuelve a la realidad.

Sin decir una sola palabra más, Francesca se lanza literalmente a sus brazos con una fuerza que casi le hace perder el equilibrio.

La rodea con los brazos, estrechándola contra ella como si quisiera fundirla con su propio cuerpo, mientras Verónica esconde el rostro en el hueco de su cuello.

Siente cómo todo su cuerpo tiembla contra el suyo, cómo sus lágrimas calientes le mojan la piel y cómo se le va escapando toda la tensión acumulada.

Le acaricia la espalda con movimientos lentos, circulares, respirando a pleno pulmón su aroma a jazmín, a mar y a libertad.

Se quedan así durante varios minutos, abrazadas en mitad de la habitación dorada por el sol de la mañana, dejando que todas las preocupaciones desaparezcan.

Poco a poco, Francesca levanta la cabeza de su hombro y la mira fijamente a los ojos.

Tiene los labios curvados en una sonrisa temblorosa, pero que brilla más que el sol de Amalfi.

—Te quiero, Verónica —le dice sin más, con una naturalidad y una entrega que le llenan el pecho de un calorcito que no había sentido en toda su vida.

—Yo también te quiero, Francesca. Muchísimo más de lo que jamás imaginé que sería capaz de querer a alguien en tan poco tiempo —le responde, sintiéndose la tía más afortunada del mundo.

Y la besa. La besa despacio, saboreando cada milímetro de sus labios, con una ternura y un mimo que la hacen flotar.

Este beso es completamente diferente a todos los anteriores: ya no hay desesperación, ya no hay miedo, ya no hay angustia.

Solo está la promesa de un futuro precioso que, por primera vez en mucho tiempo, parece real y está al alcance de sus manos.