Capítulo 23
Francesca está tan pegada a Verónica, que puede sentir los nervios que atenazan a la mujer.
Hace apenas unos segundos se estaban besando, conscientes de que podían apagar el mundo a su alrededor.
Ahora, en cambio, toda su atención está concentrada en el altavoz del móvil, desde donde sale la voz grave y británica que llega directa desde las oficinas centrales de la multinacional.
—Buenos días, Richard —contesta Verónica, traga saliva y fuerza su voz para que suene segura de sí misma, por mucho que su cuerpo esté hecho un flan.
Al otro lado de la línea solo se escucha un leve carraspeo, de esos que Richard Wallace hace cuando está a punto de decir algo de suma importancia o gravedad.
—He estado leyendo la propuesta alternativa durante buena parte de la madrugada junto al resto del consejo de dirección —le comenta.
Verónica cruza una mirada de auxilio con Francesca y, con una delicadeza que le altera el corazón, entrelaza sus dedos con los de la mujer.
Ese simple gesto basta para insuflarle una dosis de adrenalina; siente el pulso de su mano, firme, cálido y cómplice, y una oleada de gratitud le recorre el cuerpo.
En este instante, con toda su carrera en el aire y balanceándose en la cuerda floja, tenerla a Francesca agarrada a ella es el único ancla que necesita para no mandar a la empresa a la mierda.
—Debo reconocer, señorita Silva —continúa Richard, y el uso de su apellido le pone los pelos de punta—, que esperaba recibir en mi bandeja de entrada la absorción firmada tal y cómo lo imaginamos.
No un documento desmontando de arriba abajo la estrategia que llevamos preparando durante meses en este departamento.
Verónica vuelve a tragar saliva, sintiendo la garganta muy seca.
—Lo sé, Richard.
—¿Lo sabes?
—Sí y, además, perfectamente —responde la mujer, enderezando la espalda.
Se hace un breve silencio al otro lado de la línea. Uno de esos silencios que duran que, a pesar de durar tres segundos, a ella le parecen años.
—Entonces comprenderá que mi primera reacción al abrir el archivo fue de una profunda decepción.
Verónica baja la vista hacia la alfombra, resoplando para sus adentros.
Francesca nota el bajón, le aprieta un poco más la mano y empieza a darle caricias suaves con el pulgar en el dorso de la suya.
Es un gesto tan reconfortante, tan de «estoy aquí contigo, pase lo que pase», que cierra los ojos un segundo y recupera el resuello.
—Richard, déjame que explique… —empieza a decir, dispuesta a defender su informe con uñas y dientes.
Pero él la corta al instante con su habitual autoridad:
—Primero terminaré yo, Verónica.
La mujer asiente con la cabeza como una boba, por mucho que el hombre no la pueda ver en este momento.
—Cuando terminé de leer las primeras páginas —prosigue Wallace, y Verónica nota un deje de ironía en su voz—, pensé sinceramente que mi mejor experta en adquisiciones se había ablandado.
Pensé que te habías dejado influenciar por una propietaria con un talento innato para resultar encantadora y persuasiva.
Verónica siente cómo las mejillas se le ponen rojas.
Francesca la mira divertidísima al escucharlo, arqueando una ceja con una picaresca espectacular y con una sonrisa de lo más traviesa bailándole en los labios.
Ella intenta poner cara de «aquí no pasa nada» e ignorar sus burlas visuales, aunque el rubor le baja por el cuello y le quema la piel.
—Sin embargo —continúa él, y da un respingo—, después leí el resto del informe y entonces entendí que la propuesta no es fruto de un impulso romántico o sentimental. Es un proyecto empresarial perfectamente estudiado, con unos ratios de viabilidad impecables y una proyección de mercado soberbia.
Verónica levanta la cabeza de golpe, parpadeando.
—Aun así —añade Richard—, seguí sin comprender qué demonios te había llevado a cambiar de criterio de una forma tan radical en mitad de la negociación. Hasta que llegué al apartado final de las conclusiones.
Verónica cierra los ojos con fuerza. En ese último apartado se lo jugó todo a una carta.
No habló de los balances, ni de ingresos, ni de amortizaciones.
Habló de las personas. Del valor incalculable de conservar la identidad de un lugar único en el mundo.
De la fidelidad de los huéspedes que vuelven año tras año.
De los trabajadores que son como una familia.
De la memoria de un abuelo que levantó un sueño piedra a piedra.
Richard guarda silencio otra vez, pero esta vez, Verónica nota que exhala un suspiro. Cuando vuelve a hablar, jura por Dios que su voz ha perdido ese hielo británico que te congela las pestañas.
—Debo reconocer, Verónica, que has conseguido algo extraordinariamente difícil en esta compañía.
—¿El qué, si se puede saber? —pregunta ella, soltando el aire y sintiendo que la voz le sale con el empaque de siempre.
—Hacer que toda una junta directiva como la nuestra, deje de mirar los números durante diez minutos para centrarse en el alma de un negocio.
La mujer se queda de piedra y suelta el aire muy despacio por la boca, como si le hubieran quitado una mochila de cincuenta kilos de la espalda.
Francesca la observa con los ojos como platos, sin terminar de captar por dónde va la conversación porque no entiende el español tan rápido, pero nota su cambio de energía.
Se muerde el labio inferior, muerta de los nervios, y se pega tanto a ella que su hombro descansa por completo contra el suyo.
—Verónica… ¿se acuerda de cuál fue la primera pregunta que le hice durante su entrevista de trabajo hace ocho años? —la sorprende Richard con un tono casi nostálgico.
A la mujer le da la risa floja, acordándose perfectamente del examen.
—Cómo no voy a hacerlo. Me preguntó cuál era el mejor hotel que había visitado en toda mi vida.
—¿Y qué me respondió?
—Le dije que un buen hotel no es el que tiene más estrellas ni el más caro del catálogo. Es aquel del que uno se marcha sintiendo que se deja un pedazo importante de su vida atrás.
—Exactamente. —Verónica hasta puede notar que el hombre sonríe al otro lado de la línea—. Y supongo que fui yo quien le metió esa filosofía en la cabeza, ¿no?
Verónica no puede evitar soltar una carcajada, libre de toda la tensión acumulada.
—Sí, jefe. Al César lo que es del César.
—Entonces sería bastante incoherente y bastante hipócrita por mi parte ignorar mis propias enseñanzas ahora, ¿verdad?
A Verónica, el corazón le da un vuelco tan bestia que el pulso le retumba en los oídos como si estuviera en una discoteca. Richard suelta un suspiro.
—He visitado la Costa Amalfitana en dos ocasiones, Verónica. Y da la casualidad de que conozco perfectamente Il Fiore d'Amalfi.
Francesca da un respingo a su lado, levantando la cabeza con una cara de asombro que es un verdadero poema. Ella se queda con la boca abierta. Sus miradas se cruzan en el acto y comparten la incredulidad.
—Nunca se lo comenté durante los preparativos porque no era relevante para las cifras de la negociación —prosigue Richard, con una calidez que la deja con la boca abierta—.
Pero recuerdo perfectamente ese hotel. Recuerdo sus jardines, las terrazas, el olor tan intenso de los limoneros por las tardes…
Y, sobre todo, recuerdo que pensé que existían muy pocos lugares en el mundo capaces de hacer sentir a un extranjero como en su propia casa estando a miles de kilómetros de distancia.
Francesca se lleva una mano a la boca, ahogando un grito de sorpresa. Tiene los ojos completamente abiertos, brillantes y empañados en una emoción que no le cabe en el pecho.
—¿De verdad ha estado aquí…? —murmura en su italiano natal, casi en un susurro para sí misma.
Richard continúa con una tranquilidad que le parece el mejor de los regalos.
—Transformar ese hotel en uno de los nuestros, supondría aumentar la rentabilidad a corto plazo, eso es indiscutible. Pero también implicaría destruir a golpe de talonario aquello que lo hace único y especial.
Verónica mira a Francesca y ve que las primeras lágrimas ya asoman por sus pestañas. Ella apenas es capaz de respirar de la emoción que lleva dentro. Le aprieta los dedos, transmitiéndole todo el apoyo.
—Y después de leer todo el informe, Verónica, comprendí algo más —añade Richard con firmeza—.
Il Fiore d'Amalfi no es únicamente un negocio.
Es un legado. Es una historia de amor familiar.
Es la vida de una mujer que ha decidido sostener las paredes del hotel de su abuelo incluso cuando todo su entorno parecía empujarla a rendirse y a vender su alma al mejor postor.
Francesca deja escapar un suspiro tembloroso, de esos que te parten el alma.
Viendo que la conversación se está volviendo lo más bonito del mundo, Verónica no se lo piensa dos veces, y pulsa el botón del manos libres en la pantalla del móvil.
Francesca la mira asustada, parpadeando.
Pero la mujer le sonríe de oreja a oreja y le asiente muy despacio.
—Quiero que escuches esto de primera mano —le susurra al oído, apartándole un mechón de pelo—. Y quiero que él también te escuche a ti.
Richard capta el cambio de sonido al instante.
—¿Verónica? ¿Hay alguien más con usted?
—Sí, Richard. Conmigo está la dueña y directora del hotel. Francesca Moretti.
—Vaya, entonces me alegro enormemente —dice Richard, suavizando el tono—. Porque hay algo que también deseo transmitirle a ella directamente.
Francesca se lleva la mano libre al pecho, justo encima del corazón. Durante tres segundos parece incapaz de articular palabra; tiene la respiración agitada y le busca con la mirada.
—Buenos días… señor Wallace —consigue decir, con ese acento italiano que es música en su mayor esplendor, aunque la voz le tiembla un poquito por los nervios.
—Buenos días, signora Moretti. Permítame que sea el primero en felicitarla de corazón.
Ella frunce el entrecejo, confusa, mirándola a ella como buscando un traductor.
—¿Felicitarme? ¿Por qué cosa?