Capítulo 22
Verónica no consigue pegar ojo ni a la de tres.
Lo intenta con todas sus fuerzas, pero cada vez que cierra los ojos, no deja de darle vueltas a la desagradable visita de Matteo.
Su mirada inyectada en sangre, sus amenazas, la forma tan repugnante en la que habló de Francesca…
como si fuera un trofeo que estaba a punto de perder y que no pensaba soltar sin dar guerra.
Aprieta la mandíbula con tanta fuerza que le acaba doliendo.
No le asusta ese tipo de hombres, pero le preocupa que pueda hacerle daño a Francesca.
Cuando el cielo comienza a teñirse de un azul pálido, suave y precioso, decide mandar el sueño a paseo.
Se da una ducha de agua fría, dejando que el agua bañe su piel y arranque de su cuerpo la tensión de las últimas horas.
Sigue sin tener noticias sobre la propuesta que envió, y empieza a pensar que no lo va a tener en lo que resta de día.
Verónica cierra los ojos bajo el chorro de agua y deja que la incertidumbre se vaya con ella por el desagüe.
Mira que ha tenido negociaciones duras en su carrera, pero nunca imaginó que esperar una respuesta pudiera resultar tan demoledor.
Cada minuto que pasa en el reloj se estira como si fuera de chicle.
De repente, tres golpes suaves y tímidos resuenan en la madera de la puerta.
Cierra el grifo y se enrolla en una toalla mientras camina por el dormitorio. Son poco más de las ocho de la mañana y frunce el ceño extrañada.
Al abrir la puerta, se queda petrificada en el sitio.
Francesca está ahí plantada, radiante bajo la luz del sol mañanero y bonita no, lo siguiente.
Lleva un vestido que se menea con gracia con la brisa de la mañana, y sostiene con cuidado una pequeña mesa auxiliar con ruedas que es un paraíso para los glotones.
Hay una cafetera, croissants dorados que gritan «cómeme», fruta tropical cortada en trozos perfectos, yogur cremoso, pan recién horneado, mermeladas caseras de todos los colores y, coronándolo todo, un pequeño jarrón de cristal con buganvillas recién cortadas que le dan un toque precioso.
Francesca la mira y le regala esa sonrisa, una mezcla de timidez y picardía que ya reconoce como su sello personal y que, para qué nos vamos a engañar, la derrite.
—Buenos días —le suelta con esa voz suya tan dulce y cantarina.
Verónica parpadea un par de veces, frotándose los ojos para asegurarse de que no está alucinando por la falta de sueño.
—¿Has desvalijado el buffet del restaurante o qué? —pregunta, incapaz de disimular su cara de sorpresa.
La mujer se echa a reír, con una de esas risas limpias y contagiosas que hacen que se le olvide hasta cómo se llama.
—No exactamente. Digamos que la directora de este establecimiento ha autorizado un servicio especial de habitaciones para una huésped muy importante. Quería que fuera perfecto.
Verónica mira el despliegue de comida, luego la mira a ella de arriba abajo y se muerde el labio inferior, admirando cada detalle de su cara.
—Esto es una barbaridad, Francesca.
—Lo sé —responde ella, empujando la mesa hacia el interior de su cuarto—. Pero me apetecía mucho desayunar y empezar el día contigo. Necesitaba mirarte a los ojos y compartir un rato a solas.
Verónica cierra la puerta a sus espaldas con el pie mientras ella termina de encajar la mesa junto al gran ventanal.
La luz dorada del Mediterráneo entra a raudales, inundando la estancia y haciendo que su piel parezca de seda.
Durante unos segundos, decide mandar a la mierda todo lo que ha pasado en estas últimas horas.
Ahora mismo solo existe ella, aquí y ahora.
—¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara? —le pregunta Francesca divertida al darse cuenta de que no le quita el ojo de encima, arqueando una ceja con coquetería.
Verónica niega con la cabeza despacio, ensanchando su sonrisa.
—Es solo que… —Deja la frase en el aire porque si le dice la verdad la va a asustar. Está para comérsela. Verla aparecer así en su habitación, como si la vida fuera un camino de rosas a su lado, hace que le resulte imposible apartar la vista.
Francesca ladea la cabeza, estudiándola. Su sonrisa se desvanece milímetro a milímetro, dando paso a una expresión de preocupación. Se acerca un paso, rompiendo la distancia.
—A ti te pasa algo. Te noto tensa.
Verónica intenta poner cara de póker, aunque sabe que con ella es imposible guardar la verdad.
—Qué va. Es que no he dormido muy bien esta noche.
Ella levanta una ceja con esa elegancia italiana tan innata que tiene y que a Verónica le vuelve loca.
—Verónica. Nos conocemos desde hace cuatro días como quien dice, pero me bastan y me sobran para saber perfectamente cuándo me mientes. Venga, desembucha.
Verónica baja la vista hacia la mesa. No quiere estropearle el desayuno tan precioso que ha preparado con tanto amor. No quiere meterle más mierda en la cabeza. Pero también se prometieron que se habían acabado los secretos. Respira hondo, se arma de valor y clava sus ojos en los suyos.
—Anoche Matteo vino a mi habitación.
La cara de Francesca cambia de color en un segundo. Y apoya la jarra de leche sobre la mesa como si de repente le pesara un quintal.
—¿Qué? —susurra, con la voz cortada por la sorpresa.
Verónica asiente con gravedad, cruzándose de brazos.
—Como lo oyes. Se plantó aquí en mitad de la madrugada, hecho un basilisco. Y también me amenazó.
Francesca se queda totalmente pálida. Da dos pasos rápidos hacia ella y la agarra de los antebrazos, buscándole las pupilas con desesperación.
—¿Te puso la mano encima? Dime la verdad, Verónica, por lo que más quieras.
—No, no, para nada —le aclara a toda prisa, acariciándole los hombros para calmarla—.
Físicamente ni se atrevió, pero las palabras que soltó por esa boca…
—Le cuenta toda la conversación, detallando cada aspaviento, el veneno que escupió, cómo pretendía usar su trabajo para chantajearla y cómo la trató a ella.
Francesca se queda petrificada mientras la escucha, bebiéndose cada palabra con una mezcla de rabia y asco.
Solo sus manos la delatan: tiene los puños tan cerrados que los nudillos se le han puesto blancos.
Cuando Verónica termina de contarlo todo, se hace un silencio en la habitación que se le hace eterno.
Después, da un paso más, pegándose a su pecho con los ojos cargados de una mezcla de culpa y de determinación.
—Lo siento muchísimo, Verónica… de verdad —murmura, al borde del llanto.
—Ey, no —le corta ella de golpe, atrapando sus manos frías para acariciarlas—. Ni se te ocurra pedir perdón por las burradas de ese energúmeno. Tú no tienes culpa de nada, ¿estamos?
—Claro que sí —insiste ella, apretándole los dedos con fuerza—. Ha venido a por ti porque sabe lo que hay entre nosotras y porque sabe que, si envías esa propuesta, se quedará sin su aportación monetaria para otro proyecto que casi tiene firmado.
Verónica le acaricia el dorso de las manos con los pulgares, intentando infundirle una seguridad que a ella le flaquea por momentos.
—Escúchame, y que se te quede bien grabado en la cabeza. Ha venido porque está perdiendo el control absoluto sobre ti y se está ahogando en su propia miseria. Y tú no eres la responsable de su ego ni de sus pataletas.
Los ojos de Francesca se inundan en lágrimas, brillando como dos luceros bajo la luz del sol.
—Él quería que no enviase la propuesta y te obligase a firmar —continúa, soltando un suspiro—, pero llegó bastante tarde. Mis jefes ya la tienen en el correo. Pero todavía no han dicho nada. No sé por dónde van a salir. Igual me despiden, igual me quitan del medio, o igual…
Francesca, con una ternura que le detiene el pulso, le pone un dedo sobre los labios, mandando a callar todos sus miedos.
—Basta, por favor… —susurra, acariciándole la comisura de la boca—. Has hecho por mí y por este hotel más de lo que nadie ha hecho en toda mi vida. No quiero que te tortures ahora con los «y si…». Te mereces un respiro, aunque sea solo durante este desayuno.
Verónica se queda embobada mirándola, alucinando una vez más con la fuerza interior que tiene esta mujer. Nunca deja de sorprenderla. Cuando parece que se va a desmoronar, saca unas garras que podrían tumbar a cualquiera. Dibuja una sonrisa diminuta, casi tímida, que la derrite por dentro.
—Además, ahora me toca a mí contarte una cosita —dice Francesca, y le cambia el brillo de los ojos por uno mucho más gamberro y luminoso.
Verónica siente un vuelco en el estómago de los buenos.
—A ver… ¿qué has hecho?
Los ojos de Francesca chispean cargados de una felicidad serena, profunda y arrolladora.
—Ayer… durante la cena —hace una pausa, saboreando el recuerdo—. Le dije a Matteo que nuestro matrimonio se había terminado para siempre. Y se lo dije bien alto, delante de todo el restaurante, de los clientes, de mis empleados… Delante de todo el mundo, Verónica.
La boca se le abre tanto que casi se le cae la mandíbula al suelo, pero a Verónica la sonrisa le estalla en los labios.
—¡No me fastidies! ¿En serio? Ahora ya sé por qué olía tanto a alcohol.
Francesca suelta una risa nerviosa, de esas que limpian el alma y te quitan diez años de encima.
—Creo que en mi vida había hablado con tanta firmeza y tanta rabia.
Las palabras me salieron solas, como si llevaran siglos encerradas en una cárcel.
Fue un momento de tensión horrible, con todo el hotel mirándonos, pero al mismo tiempo…
¡Fue maravilloso! Liberador. Por fin fui yo misma y defendí lo que siento.
—Joder, habría pagado una entrada en primera fila para ver el espectáculo.
—No, no, mejor que no estuvieras —se ríe Francesca, negando con la cabeza—. Y eso no es todo… Esta mañana, a primera hora, he llamado a mi abogado en Nápoles.
—¿Has…?
—Sí —le confirma, dando un paso más y clavando su cuerpo contra el suyo—. Quiero el divorcio ya. El proceso ya está empezado y no habrá marcha atrás.
La emoción provoca que Verónica se quede completamente muda, con la garganta seca. Franscesca se pega tanto a ella que ya no queda ni un milímetro de aire entre las dos, y nota cómo la electricidad estática de la habitación le pone los pelos de punta.
—Soy libre, Verónica. Por fin lo soy. —Traga saliva, con los ojos empañados por la emoción—. Y aunque la decisión la he tomado yo por mi propio bien, tengo clarísimo que jamás habría tenido la fuerza de dar el paso si tú no hubieras aparecido en este hotel. Me has devuelto la vida.
Verónica nota que a ella también se le saltan las lágrimas por la emoción. Levanta la mano derecha y le acaricia la mejilla con una lentitud que pretende memorizar cada poro de su piel, disfrutando de su suavidad.
—Ni se te ocurra quitarte mérito. Todo el valor es tuyo, Francesca. Yo solo fui el espejo que te recordó la mujer fuerte, apasionada y salvaje que siempre has llevado dentro.
Ella niega con la cabeza, cubriendo su mano con la propia y presionándola contra su rostro.
—No. Tú hiciste algo mucho más grande. Me miraste cuando yo llevaba años sintiéndome un fantasma invisible en mi propia casa. Me viste de verdad.
El silencio de la habitación se llena de todas esas cosas que ninguna de las dos necesita.
Francesca levanta la otra mano y le acuna la cara entre las palmas, obligándola a acercarse un poquito más.
Verónica cierra los ojos un instante, saboreando el contacto de sus manos, y cuando los vuelve a abrir, le regala una sonrisa que le roba el sentido.
—Creo que te quiero —Verónica lo suelta en un susurro tan bajito que casi parece un pensamiento que se le ha escapado, pero a Francesca le resuena en el pecho con la fuerza de un cañonazo.
Su corazón se para en seco durante un segundo antes de empezar a bombear a mil por hora.
—¿Crees? —se ríe con una emoción que no le cabe en el pecho, con la voz entrecortada—. Pues mira, yo hace ya varios días que dejé de tener dudas. Porque también me estoy enamorando de ti. Con locura.
Y sus labios encuentran con una delicadeza infinita, pausada y deliciosa.
Esta vez no hay prisas. No hay miedos. No hay terceras personas.
Solo son dos mujeres que, por primera vez en sus vidas, se besan con la certeza absoluta de que no tienen que esconderse de sí mismas ni de nadie.
El beso se vuelve más profundo, más cálido.
Verónica se separa un milímetro, apoyando su frente contra la de ella mientras respira su olor.
Y justo en ese instante de película romántica, su teléfono móvil empieza a sonar encima de la mesa, rompiendo toda la magia con un tono estridente. Las dos dan un respingo del susto.
—Joder qué oportuno.
Verónica se ríe entre dientes, aunque ve cómo la tensión le vuelve a los ojos en un segundo. Se acerca al escritorio, coge el móvil y mira la pantalla. Toda la alegría y el subidón se le escurren por los pies en un segundo, dejándole el cuerpo frío.
Francesca se estira un poco y lee el nombre de Richard Wallace en la pantalla.
Sus miradas se cruzan en el acto, cargadas de una esperanza que, en cuestión de décimas de segundo, se transforma en una tensión silenciosa que se puede cortar con un cuchillo.
Verónica inspira todo el aire que puede en los pulmones antes de deslizar el dedo por la pantalla y ponerse el auricular en la oreja.
—Verónica Silva, dígame.
Al otro lado de la línea, la voz británica e implacable de Richard no pierde el tiempo en rodeos ni en saludos cordiales de cortesía. Va directo a la yugular.
—Buenos días, Verónica. La junta acaba de leer tu propuesta alternativa… y tenemos mucho, muchísimo de lo que hablar.
La forma tan fría y cortante en la que pronuncia esas últimas palabras le basta y le sobra para saber que un huracán está a punto de desatarse en la Costa Amalfitana.