El sol bajo tu piel Capítulo 21
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Capítulo 21

Verónica cree que no ha hablado tanto por teléfono en toda su carrera como lo ha hecho hoy.

Tiene la oreja que le echa humo. Pero, cuando cuelga la última llamada, sigue teniendo esa sensación de estar caminando sobre una cuerda floja suspendida en el vacío, balanceándose de un lado a otro entre dos mundos que amenazan con romperse en cualquier momento.

Su portátil reina en el centro del escritorio.

A su alrededor se acumulan folios llenos de anotaciones a boli, gráficos y esquemas dibujados a mano con trazos bastante nerviosos.

Hay tazas de café vacías que forman un pequeño campamento de cerámica a la derecha y una libreta donde lleva horas apuntando ideas que tacha casi de inmediato, frustrada porque no le parecen lo bastante perfectas.

Se pasa una mano por el pelo, revolviéndose la melena sin darse cuenta, y suelta un suspiro que retumba en el silencio de la madrugada.

—Vamos, Verónica. Piensa, joder, piensa —se murmura a sí misma, clavando los ojos en la pantalla mientras el reloj del ordenador marca ya la una de la madrugada. Las musas de las finanzas deben de estar de huelga a estas horas.

El móvil empieza a vibrar sobre la madera, pegando saltos y rompiendo el silencio sepulcral de la habitación. El nombre de Sergio, su mejor amigo en la universidad, parpadea en la pantalla. Menos mal que todavía es un ave nocturna.

—Ey, cualquiera diría que te has perdido por la costa de Amalfi y ya pasas de todo el mundo. Hace siglos que no sé de ti —le suelta con su habitual tono irónico, logrando arrancarle la primera sonrisa de la noche.

—Estoy en un paraíso, ¿para qué te voy a mentir? —responde Verónica, estirando las piernas y frotándose la nuca—. Pero ahora mismo, tengo los ojos que me hacen chiribitas.

Ha cruzado llamadas con media Europa a lo largo de la tarde y la noche, pero necesitaba que alguien entendido le diera el visto bueno legal a la locura que está cometiendo.

Verónica le resume a toda pastilla la alianza estratégica que ha diseñado: su cadena hotelera aportaría el capital y toda la red de comercialización internacional para modernizar dentro de lo posible el hotel.

A cambio, Il Fiore d’Amalfi conservaría intacta su identidad, la propiedad absoluta del inmueble y una gestión independiente, manteniendo esa esencia familiar, cálida y mágica que lo hace único.

Sergio se queda callado unos segundos.

—La propuesta es impecable, Vero. Una obra de arte, de verdad —reconoce, cambiando el tono a uno más serio—. Pero tus jefes en la central van a odiarla. Lo van a ver como una traición a su política de expansión. Ellos quieren absorber y llevar las riendas, no asociarse. Te estás jugando el cuello.

—Ya lo sé, no soy tonta —contesta Verónica, girando la silla para mirar por el ventanal hacia el jardín, que ya está completamente desierto y en penumbra.

A estas horas de la madrugada, el restaurante ha cerrado y los huéspedes duermen.

No hay rastro de Francesca. Se pregunta cómo habrá ido su cena con el impresentable de su marido.

Le viene a la mente la pasión con la que ha defendido este lugar…

Ni siquiera la tiene cerca, pero pensar en ella responde todas sus dudas antes de que Sergio pueda abrir la boca.

—Pero merece la pena —añade Verónica en un susurro, sintiendo un vuelco en el corazón—. Todo esto merece muchísimo la pena.

Sergio mantiene un silencio largo. Cuando vuelve a hablar, su voz suena mucho más tierna, casi protectora.

—Tú nunca pones tanto empeño en algo que no te haya tocado el corazón —responde él, diciendo una verdad que solo los más cercanos a ella conocen—. Dime que no te has enamorado… —adivina.

No es una pregunta, pero ella la siente igual. Cierra los ojos y deja que esa certeza le inunde el pecho sin oponer resistencia en mitad de la noche.

—La verdad es que lo estoy. Y mucho.

—Estaba claro que había sentimientos de por medio. Estás perdida, amiga mía —comenta con un deje de humor resignado.

—Completamente. Pero te juro que me siento muy viva, Sergio. Francesca no es solo una mujer espectacular; es el tipo de persona que te pone la vida patas arriba. Su fuerza, su vulnerabilidad… No puedo permitir que este sitio caiga en manos de mis jefes. No al menos como ellos quieren.

—Entonces déjate de tecnicismos —le aconseja con cariño—. Busca la propuesta más honesta. La que refleje lo que sientes y lo que ese hotel representa.

Cuelgan la llamada pasadas las dos de la madrugada.

Verónica se pasa las siguientes dos horas perfilando el documento, puliendo cada cláusula en el silencio más absoluto de la habitación, rota solo por el tecleo furioso de sus dedos.

Piensa en Francesca con cada línea que escribe; en sus manos acariciando las barandillas antiguas, en el brillo de sus ojos…

Cuando redacta el último punto y guarda el archivo, el reloj marca las cuatro y media de la madrugada.

Las luces del jardín están apagadas y la luna se refleja en el mar.

Se estira en la silla soltando un gemido que le sale del alma; tiene la espalda más rígida que un palo y arrastra una tensión de campeonato.

Pero una sonrisa de oreja a oreja le ilumina la cara.

Más de una decena de páginas que redacta una propuesta que blinda el hotel y respeta la historia de una mujer que le ha robado el corazón.

Abre el correo y en el destinatario escribe el nombre de Richard Wallace, Vicepresidente de Expansión.

Copia al resto de la junta directiva. Sus dedos se quedan suspendidos sobre el teclado.

Sabe perfectamente lo que significa pulsar esa tecla a estas horas.

Significa aceptar que igual mañana estará de patitas en la calle, que su carrera puede irse al garete por una decisión tomada con el corazón.

Piensa en los años de esfuerzo… Pero entonces le viene a la mente la imagen de Francesca y se le quitan todas las dudas.

Respira hondo, adjunta el documento y pulsa Enviar.

Verónica se deja caer hacia atrás en la silla, cierra los ojos y se lleva las manos a la cara. Siente una paz rarísima, como si se hubiera quitado un gran peso de encima. Al menos esta noche podrá mirarse al espejo con orgullo. Ha sido fiel a lo que siente.

Está a punto de bajar la tapa del portátil para meterse por fin en la cama cuando, de repente, llaman a la puerta. Tres golpes secos y violentos, que rompen la calma de la madrugada y le hacen dar un brinco en la silla.

Se queda paralizada un segundo. Se levanta con cautela, cruza la habitación a oscuras y abre la puerta.

Matteo está plantado en el pasillo, bañado por la luz tenue de los apliques de la pared. Va hecho un cuadro. Pero lo peor es su cara. Tiene los ojos inyectados en sangre, la mandíbula apretada y una furia salvaje flotando a su alrededor. Huele a alcohol y a orgullo herido a kilómetros.

—Vaya… menudas horas para visitar a una dama —suelta Verónica, cruzándose de brazos y tapando el hueco de la puerta.

Él ni se inmuta. Empuja la hoja de la puerta con una fuerza bruta que la obliga a retroceder y entra en su habitación como un toro invadiendo su espacio.

Verónica cierra la puerta a sus espaldas, controlando la respiración para no darle el gusto de que la vea alterada.

La habitación está en penumbra, solo iluminada por el brillo azulado de su portátil.

—Creo que no recuerdo haberte invitado a pasar —le señala con su tono más gélido.

—No he venido a jugar, niñata —sisea Matteo, girándose despacio hacia ella. Su tono es bajo, ronco, cargado de un veneno que da muestras de que acaba de estallar una bomba—. Vengo a decirte que recojas tus cosas y te largues de este hotel.

Matteo camina de un lado a otro como un león enjaulado, clavando sus ojos en su escritorio lleno de papeles y tazas de café.

—Sé perfectamente       que te estás acostando con mi esposa. Sé la clase de «profesional» que eres. Te has dedicado a meterle pajaritos en la cabeza para boicotear la absorción.

Hace una pausa, señalándola con el dedo índice, temblando de rabia en mitad de la madrugada.

—Pero te ha salido mal la jugada. Te vas a quedar en la puta calle en cuanto llame a tus jefes por la mañana.

Y Francesca va a perder este maldito hotel de todas formas, porque no tiene dónde caerse muerta.

Así que vas a borrar lo que sea que estés haciendo en ese ordenador y mañana vas a hacer que firme el contrato original. ¿Te queda claro?

Verónica lo observa fijamente en la penumbra.

Se fija en su respiración agitada, en el sudor de su frente y en cómo le tiembla el labio.

Está desesperado. Francesca lo habrá mandado a la mierda y ahora, el tipo viene a descargar su frustración con el eslabón que cree más débil.

Pero a ella le da la risa, una risa corta, irónica y totalmente liberadora que resuena en el silencio de la noche.

Matteo da un paso violento hacia delante, plantándose a escasos centímetros de ella para intentar intimidarla con su estatura.

—¿Se puede saber de qué coño te ríes, estúpida? —le ruge en un susurro.

—De ti, Matteo. Me río de ti —le responde con una tranquilidad pasmosa, sosteniéndole la mirada—. De tu intento patético de venir a amenazarme en mitad de la madrugada en mi propia habitación. ¿De verdad crees que me das miedo? Llega tarde.

Matteo se queda de piedra, parpadeando sin entender nada.

—¿Por qué dices que llego tarde?

Verónica se da la vuelta, camina hacia el escritorio, apaga su portátil y se apoya contra el borde del escritorio, cruzando los brazos.

—Llega tarde porque mis jefes ya están al corriente de todo —le dice con total orgullo—.

Hace exactamente quince minutos, mientras estabas lamiéndote las heridas de lo que sea que te haya pasado, les he enviado una propuesta alternativa que echa por tierra la absorción agresiva que tú querías forzar.

Algo que, por cierto, tu mujer ya conoce —añade—.

La propuesta blinda Il Fiore d’Amalfi, respetará su gestión independiente y permitirá que Francesca se mantenga en la dirección.

Y, ¿sabes qué? Soy tan buena en mi trabajo que estoy segura de que mis jefes van a dar el visto bueno.

En la penumbra de la habitación, Verónica ve un destello de pánico en los ojos de Matteo.

—Estás mintiendo… —escupe el hombre, dando un paso atrás.

—No suelo hacerlo, no va con mi estilo —replica Verónica, irguiéndose y dando un paso al frente para acorralarlo ella a él—.

Puede que mañana mi empresa me mande la carta de despido, sí.

Y asumiré el riesgo encantada. Porque hay cosas en esta vida, como la dignidad y el amor, que valen muchísimo más que un puesto de trabajo.

Algo que tú, por lo que veo, no vas a entender en la vida.

El aire entre los dos se vuelve denso que casi se podría cortar. Matteo aprieta los puños con tanta fuerza que le crujen los nudillos.

—Todo esto por una mujer estúpida… —dice con un desprecio asqueroso, entornando los ojos.

Lo mira directo a las pupilas, sin pestañear y con el orgullo subiéndole por las venas.

—No. Todo esto por una mujer extraordinaria a la que llevas años asfixiando. Francesca no es de tu propiedad, Matteo. Es una mujer libre y yo pienso estar a su lado para luchar por ella con uñas y dientes.

Un silencio sepulcral vuelve a reinar en el cuarto. Él tiene los hombros caídos, derrotado por la realidad. Sabe que ha perdido el control de su mujer y el control del negocio.

Se da la vuelta bruscamente, destrozado por dentro, pero intentando salvar el orgullo que le queda, y camina hacia la salida. Abre la puerta de un tirón seco y, antes de cruzar el umbral hacia el pasillo envuelto en sombras, suelta una última frase sin dignarse a mirarla:

—Esto no ha terminado aquí.

Y pega un portazo salvaje que truena en todo el piso del hotel, rompiendo la paz de la madrugada.

Verónica se queda inmóvil en mitad del cuarto, plantada en el sitio.

El corazón le va a mil por hora, golpeándole con fuerza las costillas como si quisiera salirse del pecho.

Pero no tiene ni una pizca de miedo. Al contrario, siente una adrenalina brutal recorriéndole el cuerpo porque sabe con total certeza que la verdadera batalla acaba de empezar.