El sol bajo tu piel Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Vaya, cómo nos estamos creciendo… Empiezo a entender muchas cosas que antes no me cuadraban. Dime una cosa: ¿exactamente cuánto tiempo llevas acostándote con ella a mis espaldas? —le escupe sin más.

El corazón de Francesca da un vuelco en el pecho, pero no por miedo. Es cansancio. Está harta del fango y de sus juegos de poder.

—No sé de qué me estás hablando.

—Por favor, Francesca, no me tomes por idiota —sisea él, inclinándose todavía más y destilando veneno en cada sílaba—.

Esa mujer no está aquí por ti, está por el hotel.

Y tú estás dejándote querer. Yo tendría mucho cuidado con la persona que metes en tu cama.

Estoy seguro de que esa ejecutiva se ha acercado a ti y te está regalando el oído solo para conseguir los beneficios que a ella le dé la gana.

Su comentario no es solo un insulto rastrero hacia ella.

Es una infamia contra Verónica, una forma asquerosa de ensuciar todo lo bonito, tierno y limpio que han empezado a construir.

Levanta la barbilla despacio y, por primera vez en todos los años que ha durado este maldito matrimonio, lo mira y no siente absolutamente nada de miedo.

Solo una profunda, inmensa y sincera lástima por el hombre tan gris y miserable en el que Matteo se ha convertido.

—Pues estás muy equivocado. Y no te atrevas a volver a hablar de ella en ese tono —le advierte Francesca.

Él sonríe con esa arrogancia barata que la mujer tanto detesta.

—Ya veo que he dado en el clavo. Qué patético.

Francesca no se molesta en desmentirlo. Ni se le ocurre. Porque negarlo sería volver a mentirse a sí misma, y ya ha gastado demasiados años de su vida haciéndolo.

—¿Sabes cuál es tu problema, Matteo? —le espeta con una serenidad pasmosa—.

Que llevas tanto tiempo midiendo el mundo bajo tu propio rasero que eres incapaz de concebir que alguien pueda hacer algo bonito por otra persona sin esperar un beneficio a cambio.

Verónica no es como tú. Ella da lo que tiene de forma generosa, sin condiciones.

Y eso es algo que tu mente cuadriculada jamás va a poder entender.

A Matteo se le borra la sonrisita de golpe. La mandíbula se le tensa tanto que parece que se le va a romper.

—Ten mucho cuidado con lo que sale de tu boca, Francesca. No tientes a mi paciencia.

—No, el que tendría que empezar a andar con pies de plomo eres tú —le corta Francesca, sintiendo cómo una fuerza salvaje e imparable le sube desde las entrañas—.

Llevas años machacándome. Diciéndome que este hotel es una ruina, que mis sueños son una estupidez de niña mimada, que mis recuerdos familiares estorban y que soy incapaz de tomar una decisión decente.

Y lo peor de todo es que yo te he dejado hacerlo, callando y asintiendo como una muñeca de trapo.

Cada palabra que suelta le pesa menos en el pecho. Siente físicamente cómo se va quitando sacos de encima con cada frase.

—Me hiciste creer que nunca era suficiente, que necesitaba que un hombre de negocios como tú decidiera mi vida por mí porque yo era incapaz de gestionar el único legado que me dejaron las personas que de verdad me amaron en este mundo.

Pero se acabó el autoengaño. Hoy por fin me veo con claridad, Matteo.

Y veo que esa mujer sumisa que tú querías tener al lado no soy yo.

Para ese momento, el silencio en la terraza es sepulcral. Varios camareros se han quedado petrificados y los clientes de las mesas colindantes disimulan mirando al plato. A Francesca le da igual. Le importa todo una mierda.

—Se acabó. Hasta aquí hemos llegado —sentencia con voz alta y clara.

Matteo se levanta de la silla de golpe, rojo de la rabia, intentando mantener una autoridad que ya no tiene sobre ella.

—Francesca, haz el favor de sentarte ahora mismo y callarte. Estás haciendo el ridículo delante de todo el mundo.

Francesca lo mira fijamente, sintiéndose más alta y fuerte que nunca.

—No vuelvas a darme una orden en tu vida, Matteo. Jamás.

Él aprieta los puños, con los ojos desorbitados.

—¿Te has vuelto loca? Estás montando un espectáculo lamentable.

La mujer niega con la cabeza, con una sonrisa placentera pintada en los labios.

—No. El único espectáculo lamentable que he dado ha sido pasarme los años permitiendo que me convencieras de que esta vida de mierda y de silencios a tu lado era todo a lo que podía aspirar.

Francesa respira hondo, llenándose los pulmones de ese olor a mar y limoneros que tanto ama, y suelta las palabras que su alma gritaba por liberar:

—Nuestro matrimonio está muerto y enterrado, Matteo. Se ha terminado.

Él parpadea un par de veces, por primera vez con una expresión de absoluto desconcierto y pánico en el rostro.

—¿Qué… qué estás diciendo?

—Que mañana a primera hora voy a llamar a mi abogado para que prepare los papeles del divorcio —le confirma Francesca con una voz que suena firme, decidida y sin un ápice de duda—. No hay marcha atrás. Quiero que te vayas del hotel en cuanto amanezca.

El silencio que sigue a sus palabras es atronador.

Hasta la brisa parece haberse detenido para escucharla.

Matteo la mira como si tuviera delante a una perfecta desconocida.

Y en parte tiene razón. Porque la mujer asustada que agachaba la cabeza acaba de evaporarse para siempre, dejando paso a la Francesca real, la que por fin se reconoce al mirarse en un espejo.

Con toda la calma del mundo, dobla la servilleta de lino, la deposita sobre la mesa con un gesto pausado y se pone en pie.

—Disfruta de tu última cena en Il Fiore d'Amalfi.

Francesca no espera a ver qué cara pone ni a escuchar sus amenazas.

Se da la vuelta y empieza a caminar hacia la salida de la terraza con paso firme y la cabeza bien alta.

Las piernas le tiemblan como si fueran de gelatina y el corazón le va a mil por hora, pero sabe que no es por miedo. Es por pura y absoluta libertad.

Mientras cruza el patio, descubre que hay decisiones que te cambian el destino para siempre. Y ella acaba de tomar la más importante de toda su vida.