Capítulo 20
Existen personas que llegan a tu vida como una tormenta de verano, de esas que te despeinan, te empapan y te cambian el paisaje de golpe.
Otras lo hacen de manera sutil, como un amanecer lento que va tiñendo el cielo gris de tonos rosados.
Y Verónica Silva ha sido, sin duda alguna, ambas cosas a la vez.
Apoyada en el marco de la ventana de su despacho, Francesca la observa mientras cruza el patio principal del hotel.
Habla por teléfono gesticulando con una mano, derrochando una seguridad y una serenidad que ella, que es un manojo de nervios, envidia en silencio.
Cualquiera que la viera desde fuera pensaría que se trata de una fría ejecutiva resolviendo una operación empresarial rutinaria, pero ella ya conoce la verdad que se esconde detrás de esa fachada profesional.
Sabe que está dejándose la piel enfrentándose a sus jefes por ella.
Sabe que está buscando como loca una estrategia para salvar Il Fiore d'Amalfi sin que ella tenga que renunciar a la historia de su familia.
Y lo más increíble, lo que más la conmueve, es que lo hace sin esperar nada a cambio, solo porque le sale del corazón y porque quiere verla sonreír.
Francesca apoya la frente contra el cristal y cierra los ojos un instante dejando escapar un suspiro.
¿Cómo se supone que una mujer puede protegerse de alguien así?
¿Cómo se puede evitar enamorarse de esa entrega que derrumba cualquier tipo de defensa?
¿Cómo agarrar la valentía y dejar atrás la mayor parte de lo que has conocido en tu vida?
Hasta hace apenas un par de semanas, vivía convencida de que el amor era una palabra bonita y desgastada, destinada únicamente a los libros o a los recuerdos. Incluso a las experiencias del pasado que ahora se arrepiente de no haberles dado una oportunidad.
Francesca se había resignado a una existencia monótona, gris y segura, donde los días simplemente pasaban en bucle sin dejar ninguna huella.
Hasta que apareció una española empeñada en regalarle sonrisas, en hacerle preguntas que ninguna otra persona le había hecho y en recordarle, con cada mirada, que todavía sigue viva y que su corazón aún puede latir con la fuerza de un tambor de guerra.
Desde que la conoce, Francesca se ha reído como para tener dolor de tripa, ha dormido como un tronco, y hasta las buganvillas del jardín le parecen de un color blanco mucho más vibrante.
Incluso el mar de la costa tiene un azul más intenso, lleno de promesas que antes no se atrevía ni a soñar.
O igual es que la que ha cambiado es ella, y esa transformación le llena de una calidez que daba por perdida.
—¿Tan interesante está el panorama ahí fuera?
Francesca da un respingo y se gira de golpe, sintiendo cómo el rubor le tiñe las mejillas al instante. Chiara está apoyada en el umbral del despacho, arqueando una ceja con una sonrisa de absoluta picardía.
—Muchísimo —responde la mujer, carraspeando e intentando recuperar la compostura.
—Ya, ya veo —replica Chiara con una sonrisa cargada de picardía—. Sobre todo, cuando ese panorama mide un metro setenta y pico, tiene acento español y una sonrisa descarada que derretiría cualquier glaciar.
Francesca nota que el calor le sube por el cuello a la velocidad de la luz.
—Chiara, por favor… —la previene, aunque le entra la risa.
Ella levanta las manos abriendo mucho los ojos, fingiendo una inocencia que no siente para nada.
—¡Oye, que yo no he dicho ningún nombre! Solo estoy describiendo el paisaje que tiene embobada a mi jefa. Si resulta que coincide con la señorita Silva, es casualidad del destino.
Francesca se ríe con ganas, sacudiendo la cabeza y rindiéndose ante su evidencia.
—De verdad, Chiara, eres un peligro. No sé cómo te sigo pagando el sueldo.
—Porque hago muy bien mi trabajo. Soy la mejor recepcionista de toda la península sorrentina y parte del extranjero. Además, estaba deseando verte sonreír de verdad. Ahora… solo te toca ser valiente, jefa. —Chiara le guiña un ojo con cariño y sin cortarse un pelo—. En fin, me vuelvo a la recepción.
Cuando Francesca mira el reloj que hay colgado en la pared, la diversión se le escurre por los pies en un segundo.
Son las ocho menos cuarto, es la hora de la cena y últimamente, sentarse con Matteo consigue que toda la magia y la ligereza que Verónica le regala se desvanezcan como el humo de un cigarrillo.
Hace solo una semana, habría respirado hondo, se habría puesto su máscara de esposa perfecta y habría aguantado otra noche de reproches y frialdad, resignada y callada.
Pero hoy todo es diferente. Hoy ya sabe lo que hay al otro lado de esa jaula de oro.
Sabe lo que se siente cuando alguien te escucha con atención, cuando te miran como si fueras la octava maravilla del mundo, cuando te hacen sentir suficiente, valiosa y completa.
Y volver a encerrarse en esa oscuridad es como intentar cerrar los ojos después de haber visto el arcoíris más bonito del mundo.
*
El restaurante exterior del hotel no está del todo lleno, pero tampoco vacío.
Las mesas están iluminadas por decenas de bombillas que cuelgan entre las ramas de los limoneros, creando una atmósfera mágica.
Los huéspedes ríen, charlan y disfrutan de la noche mientras de fondo, suena una melodía italiana suave, nostálgica y preciosa.
Durante años, este rincón ha sido su santuario de paz.
Esta noche, sin embargo, siente que es el escenario de su batalla final.
Matteo llega con una puntualidad que la asfixia.
Traje oscuro impecable, camisa de lino blanco perfectamente planchada y esa expresión de suficiencia de quien cree que el mundo entero gira bajo sus órdenes.
Se sienta frente a ella sin molestarse siquiera en mirar el mar o en darle las buenas noches de forma cariñosa.
Él solo tiene ojos para su propio ombligo.
—Vaya, veo que hay bastante movimiento hoy —comenta de pasada, ojeando el comedor con desdén.
Francesca asiente despacio, entrelazando sus dedos sobre el regazo para que no note que le tiemblan.
—Sí. El hotel está lleno. Estamos funcionando muchísimo mejor de lo que esperábamos para estas fechas.
Un camarero les sirve dos copas de vino tinto de la casa con suma delicadeza. Matteo le da un sorbo corto, paladeándolo como si fuera un crítico experto, antes de volver a clavar sus ojos en ella.
—He visto dar vueltas por aquí a tu amiga la de la multinacional.
—¿Te refieres a Verónica? —le pregunta Francesca con toda la calma que puede reunir.
—La misma —Matteo pronuncia su nombre arrastrando las sílabas con un desprecio que le revuelve las tripas—. Sinceramente, cada vez entiendo menos qué clase de criterios tiene esa empresa para enviar a una profesional tan mediocre a cerrar un trato de este calibre.
Su mujer levanta la cabeza despacio, sintiendo cómo una chispa de rabia, caliente y afilada, se le enciende en el pecho.
—¿Has dicho mediocre?
—Sí, una mediocre —repite Matteo. Después se encoge de hombros con una soberbia insoportable—.
No tiene ni la más mínima idea de cómo se hace una negociación.
Es demasiado blanda. Demasiado sentimental.
Dudosa. Cualquier otro ejecutivo con dos dedos de frente ya te habría hecho firmar hace una semana sin tantos rodeos ni tontunas.
Francesca aprieta la servilleta de tela sobre sus muslos con tanta fuerza que las uñas se le clavan en las manos. Intenta calmarse a sí misma recordándose dónde está, pero a Matteo le da lo mismo todo y sigue lanzando dardos que impactan en el centro de su pecho.
—Supongo que se darán cuenta del error y acabarán sustituyéndola por alguien competente. Una empresa seria no puede permitirse tener en nómina a una inepta que antepone las emociones de la parte vendedora al beneficio económico.
Esas últimas palabras, provocan que se algo dentro de Francesca se rompa, como una presa que cede ante la presión del agua después de años acumulando grietas. Se acabó el callar. Se acabó el agachar la cabeza.
—Pues yo creo que precisamente eso la convierte en una profesional excepcional —le suelta Francesca, interrumpiéndolo con una firmeza que la sorprende a sí misma.
Matteo se queda a mitad de un gesto, arqueando una ceja con una mezcla de sorpresa y burla.
—Vaya. Veo que la defiendes con bastante… entusiasmo. ¿A santo de qué viene eso?
—A que no estás diciendo ni una sola verdad sobre ella —le responde la mujer, sosteniéndole la mirada sin pestañear—. Verónica es honesta, entregada, inteligentísima y capaz de ver el valor real de las cosas donde otros, como tú, sólo ven números en una pantalla de ordenador.
La comisura de Matteo se curva en una sonrisa helada, de esas que antes la hacían encogerse en la silla.
—¿Ah, sí? ¿Y desde cuándo la conoces tú tanto como para poner la mano en el fuego por ella?
—El tiempo suficiente para saber de qué pasta está hecha —afirma Francesca, con la cabeza bien alta.
—Qué curioso —suelta él, apoyando su copa de vino sobre la mesa—. Hace un par de semanas no sabías ni quién era y ahora resulta que confías plenamente en su criterio.
Francesca nota que la pareja de la mesa contigua ha dejado de hablar y los miran de reojo. El camarero que está junto a la barra se ha quedado de piedra. Pero, por primera vez en toda su vida, le importa una mierda lo que piensen los demás.
—Confío en la gente que demuestra tener valores, Matteo —le aclara su mujer, vocalizando cada palabra con una nitidez absoluta—. Y a ella le sobran.
—¿Me estás llamando inmoral? —pregunta él, inclinándose sobre la mesa y bajando el tono, con los ojos inyectados en rabia.
—No. Solo estoy constatando una realidad. Y esa realidad es que no tienes principios —le responde Francesca sin que le tiemble la voz ni por un momento.
El silencio a su alrededor se vuelve espeso. Matteo deja escapar una carcajada seca y rancia, sin una pizca de gracia.