Capítulo 19
La puerta está cerrada para permitirles una pequeña intimidad.
Por los ventanales de la terraza del despacho de Francesca entra una brisa fresca.
Las cortinas se balancean con un meneo perezoso con cada soplo de viento y el aroma de los limoneros se cuela para mezclarse con el olor a café que Chiara les ha traído hace apenas unos minutos.
El sol de la tarde tiñe las paredes de unos tonos cálidos y dorados, y por un instante siente que están metidas en una burbuja de paz.
Francesca ocupa su butaca detrás del escritorio. Una butaca que gira y gira de un lado a otro mientras sostiene una pluma entre los dedos, trazando círculos invisibles en el aire con una sonrisilla.
—No me mires así —le suelta, con esa sonrisa tentadora en los labios.
Verónica apoya con descaro la cadera en el borde de su escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho y adoptando su mejor postura.
—¿Así cómo? —le pregunta Verónica, fingiendo inocencia.
—Como si fueras a comerme ahora mismo.
—Mmmmm, ya vas aprendiendo a leerme un poco más —responde.
Francesca levanta la barbilla y sonríe mientras niega.
Después clava los pies en el suelo para frenar el movimiento y termina soltando una carcajada que inunda cada rincón del despacho.
Es tan diferente a la mujer distante y estresada que se encontró el primer día que a Verónica le cuesta creer que sea la misma persona.
Le encanta verla así, sin esa sombra de tristeza que parecía haberse mudado a vivir en sus ojos.
—Al final vas a conseguir que se me pegue todo lo malo de ti —le dice Francesca entre risitas, inclinándose un poco sobre la mesa para acercarse a ella—.Yo antes de que tú aparecieses era una mujer seria, respetable y muy responsable.
—Eso no te lo crees ni tú —replica Verónica con una sonrisa pícara, inclinándose también hacia ella—. Esa vena gamberra ya la llevabas de serie. Lo único que necesitabas era una mala influencia como yo para que saliera a la luz.
Francesca amaga con lanzarle la pluma que tiene en la mano, entornando los ojos.
—No te atreverás —la desafía, arqueando una ceja y cruzándose de brazos.
—¿Que no? Pruébame… —le responde Verónica, sosteniéndole la mirada con un brillo travieso.
Antes de que la cosa pase a mayores y termine cruzando el escritorio para robarle un beso de época, la puerta del despacho se abre de golpe. Ninguna de las dos ha oído pasos en el pasillo, básicamente porque estaban demasiado ocupadas flirteando como adolescentes.
Francesca se aparta casi de un salto, sintiendo cómo una corriente helada y tensa congela el ambiente del despacho en un parpadeo. Enseguida, se queda pálida, perdiendo toda la luz de la cara.
Matteo entra como si el despacho fuera una simple extensión de su propio ego. Su mirada de águila recorre la habitación en un segundo y se clava directamente en ellas. Durante una milésima de segundo, capta un destello de sorpresa y recelo en sus ojos.
Y es que, claro, la escena habla por sí sola: Francesca sentada detrás de la mesa y Verónica apoyada justo al lado, invadiendo su espacio personal y a una distancia que roza lo peligrosamente indecente para ser dos simples desconocidas.
—Matteo… —consigue articular Francesca—. ¿Qué pasa?
Él arquea una ceja, examinándolas de arriba abajo con cierta parsimonia.
—Veo que no interrumpo una reunión —suelta con un tono cargado de segundas intenciones.
Francesca carraspea, intentando por todos los medios recomponer la faceta profesional.
—Quería presentarte a alguien, Matteo —dice, dando un paso al frente para intentar desviar la atención—. Ella es Verónica Silva, la representante de desarrollo y adquisiciones de la cadena hotelera que… bueno, que está interesada en absorver Il Fiore d’Amalfi.
Sus miradas se cruzan un instante. Verónica sabe perfectamente por qué ha dudado y ha hecho esa pequeña pausa antes de terminar la frase.
Durante un segundo de pánico, ha estado convencida de que Francesca iba a decir otra cosa.
Algo real, algo que no tiene nada que ver con el contrato que se supone deben de cerrar.
Matteo le tiende la mano con un gesto formal y rígido. Se la estrecha con toda la firmeza de la que es capaz, sosteniéndole la mirada.
—Un placer, señorita Silva —le dice con una sonrisa de tiburón—.
Así que usted es la mujer que está intentando convencer por fin a mi esposa de que acepte una oferta multimillonaria que cualquier persona con dos dedos de frente y sentido común habría firmado hace meses —apunta sin perder el gesto—.
Cuando hablé con sus superiores no me dijeron que iba a venir aquí.
«Mierda».
Verónica sonríe por pura cortesía, aunque por dentro le están entrando unas ganas locas de borrarle esa sonrisita de suficiencia de un plumazo. Siente una oleada de protección brutal hacia Francesca que le quema el pecho.
—Encantada de conocerle, señor Mancini —le responde, manteniendo el tipo.
Francesca baja la vista discretamente, jugueteando con el anillo de su dedo. ¿Cómo que Matteo ya había hablado con los superiores de Verónica?
Quiere decir algo, pero apenas es capaz de respirar.
Conoce los gestos de su marido de memoria. Sobre todo, ese que hace cuando sabe que va a humillarla, de nuevo. Y, efectivamente, el impresentable de su “todavía” marido no tarda ni dos segundos en darles el espectáculo.
Matteo suelta el maletín sobre una de las sillas y se gira hacia ella con condescendencia.
—Ya era hora de que te centraras y me hicieras un poquito de caso con este tema, Francesca. Llevamos meses tirando el dinero y perdiendo oportunidades que son oro.
Mueve la mano de forma despectiva, señalando el ventanal del despacho como si el hotel entero fuera un simple capricho.
—Tienes que grabarte en la cabeza que esto es un negocio, no un museo de recuerdos familiares de tu abuelito.
Francesca se queda callada, encajando el golpe como si estuviera demasiado acostumbrada a escuchar el mismo discursito machista una y otra vez.
A Verónica, verla así de indefensa y sumisa delante de este tipejo le revuelve las tripas de una forma insoportable.
Necesita meter baza antes de cometer una locura.
Matteo vuelve a mirarla, buscando en ella la complicidad de ejecutiva agresiva que se supone que debe tener y que Richard le aseguró que tenía.
—Estoy convencido de que la señorita Silva me entiende perfectamente. En el mundo de los negocios, uno no se puede andar con rodeos ni sentimentalismos cuando hay una operación de este calibre sobre la mesa. Los números no mienten y hablan por sí solos.
Matteo mira de reojo a Francesca, que sigue con la cabeza gacha, esperando su golpe de gracia.
Y en ese preciso instante, Verónica siente que algo en su cabeza encaja, y se da cuenta de que le importa una mierda lo que pase de aquí en adelante.
Nadie va a hacer sentir pequeña a la mujer de la que se está enamorando delante de ella. Nadie.
Pone su mejor sonrisa y adopta un tono profesional pero letal.
—Los números son fundamentales para evaluar cualquier inversión, por supuesto, señor Mancini —admite, dándole cancha—. Pero cometeríamos un error de principiantes si pensáramos que lo son todo en este sector.
Matteo sonríe con suficiencia, dándose por ganador demasiado rápido.
—Me alegra saber que estamos de acuerdo.
—Me temo que solo en parte —le matiza Verónica con una calma pasmosa.
La sonrisa de superioridad de Matteo se le congela en la cara, y Verónica prosigue con toda la calma del mundo, buscando los argumentos correctos para callarle la boca de una puta vez.
—Los balances nos sirven para calcular riesgos y estudiar la rentabilidad a corto plazo, sí. Pero hay un factor crucial que ningún programa informático de contabilidad puede reflejar en una pantalla.
Él se cruza de brazos, adoptando una postura defensiva y desafiante.
—Dígamelo entonces, por favor.
Verónica asiente con la cabeza, sin ceder un milímetro de terreno.
—Hablo del valor humano y de la identidad de marca. Eso que hace que este lugar sea completamente único. El motivo real por el que los clientes regresan a Il Fiore d’Amalfi una y otra vez, año tras año, sin importarles nada más.
Verónica mira de reojo a Francesca. Ha levantado la cabeza despacio y la está mirando con los ojos bien abiertos y una mirada en la que brilla una gratitud infinita.
—Hay hoteles de cinco estrellas excelentes por toda la costa —continúa la mujer, viniéndose arriba—, y luego existen rincones mágicos capaces de hacer sentir a los huéspedes que están regresando a su propio hogar.
El hotel de su esposa pertenece a esta última categoría.
Aquí no se venden simples noches de alojamiento, señor; se venden experiencias personalizadas, recuerdos inolvidables y un pedazo de alma italiana. Y eso, en mi sector, vale oro.
Matteo deja escapar una risita cínica y despectiva que le enciende las venas.
—Con todos mis respetos, señorita Silva, pero la poesía y el «alma» no pagan las facturas a fin de mes.
—No —le concede Verónica con una sonrisa gélida—.
Pero consiguen que haya clientes que reserven incluso con un año de antelación.
La lealtad de un cliente no se compra con un descuento en una web de reservas.
Y es algo que pienso dejar muy claro a mis superiores.
Permitir que la señorita Moretti pierda la dirección de este hotel, sería una locura.
El silencio que se instala en el despacho tras esas últimas palabras, casi se puede cortar con un cuchillo.
Francesca no le quita los ojos de encima, completamente asombrada por la defensa de su legado, aunque siga teniendo muchísimas preguntas.
Nota su respiración agitada y esa electricidad estática que siempre vibra entre ellas.
Matteo da un paso al frente, invadiendo el espacio de forma intimidante.
—Empiezo a preguntarme seriamente si usted ha venido aquí a representar los intereses financieros de su prestigiosa cadena o a otra cosa, señorita Silva.
La pulla va con segundas y es una provocación de manual. Pero como en su empresa la han entrenado para lidiar con tiburones mucho más grandes que este pez de agua dulce, le responde con total naturalidad, como si le hubiera hecho una pregunta técnica de lo más normal.
—Precisamente porque represento los intereses de mi cadena tengo la obligación de analizar todas las variables del negocio, no solo los números. Un acuerdo de absorción inteligente nunca debería pasar por destruir aquello que hace única a la marca con la que vas a fusionarte.
—Yo jamás perdería una oportunidad de negocio millonaria por una pataleta emocional —le replica él con una sequedad cortante.
Verónica le sonríe con una condescendencia que sabe que le va a repatear el hígado, sin dar un solo paso atrás.
—No estoy hablando de emociones. Estoy hablando de una estrategia de mercado inteligente.
Un trato de éxito solo funciona cuando ambas partes sienten que ganan con la firma.
Si una de las partes entra en la mesa de negociación sintiéndose derrotada y humillada desde el principio, el acuerdo está abocado al fracaso a largo plazo por culpa de la desconfianza y la resistencia interna.
Y eso, en cualquier escuela de negocios, se considera una pésima gestión.
¿No cree señor, Mancini? —le pregunta con una sonrisa ladina—.
¿De verdad no se da cuenta que buscando una forma de ver que ambas partes estén de acuerdo, será mucho mejor que la no firma de la absorción?
Por primera vez desde que ha entrado, Matteo se queda sin argumentos y con la boca cerrada.
Analiza a Verónica con una mezcla de desconcierto y rabia, intentando descifrar si le está metiendo un farol de los gordos o si realmente hay una estrategia detrás de su discursito que su cerebro no alcanza a comprender.
Finalmente, se encoge de hombros con desdén, agarrando su maletín de nuevo.
—No esperaba escuchar este tipo de discursos románticos de alguien que trabaja para una multinacional de ese calibre.
—Es que las multinacionales están formadas por personas —le responde Verónica—, y las personas nunca caben en una celda de Excel. A veces hay que saber mirar más allá para ver el verdadero potencial de un negocio.
El silencio vuelve a adueñarse de la estancia, pero esta vez es un silencio de victoria absoluta para ella. Matteo aprieta la mandíbula, visiblemente molesto por haber sido ninguneado en su propio terreno por una "simple" ejecutiva. Se encamina hacia la salida a paso rápido.
—Supongo que seguiremos discutiendo los detalles de todo esto más adelante, señorita Silva —dice de espaldas.
—Por supuesto. Cuando usted quiera —le responde ella.
El tipo le lanza una última mirada cargada de reproche y frialdad a Francesca y sale del despacho, cerrando la puerta.
Solo cuando están completamente seguras de que se ha marchado, Francesca suelta una bocanada de aire enorme, como si llevara media vida conteniendo la respiración. Se gira hacia ella muy despacio. Tiene los ojos empañados por el brillo de una emoción que no sabe cómo gestionar.
—¿Por qué has hecho eso? —le pregunta a Verónica.
Está la mira fijamente, devorándole por completo. Decirle la verdad ahora mismo sería demasiado peligroso. Así que opta por poner su sonrisa más pilla y canalla, estirando la mano hasta rozar con sus dedos la calidez de su palma.
—Porque cuando te importa alguien, siempre debes escucharla. Y porque, ya no estoy dispuesta a consentir que nadie te haga sentir pequeña en tu propia casa, por mucho que Matteo o mis superiores lo quieran.
—¿Por qué no me habías dicho que él ya había hablado con ellos?
Verónica agacha un segundo la vista, mira hacia sus pies, y después, la observa de nuevo.
—Porque, como he dicho, quería buscar una solución antes de que se me acabara el plazo. Y tengo muy claro que puedo mantenerte en la dirección del hotel. Como también sé, que esa inyección de dinero podría cumplir cada uno de tus sueños, Francesca.
La mujer la mira, y por un momento, teme que le lance algún reproche. O peor, que la eche de su despacho. Pero Francesca, se limita a tirar el aire de sus pulmones.
—Todavía no sé qué va a pasar… —responde—. Pero serás la primera en saberlo.
Francesca le sostiene la mirada con una intensidad que le corta la respiración, y por un instante el universo entero se reduce a ellas dos en este despacho.
Su mano se cierra alrededor de la de Verónica, apretándola con una delicadeza y una complicidad que valen más que cualquier contrato firmado.
Y en ese gesto tan simple, Verónica nota el cambio, las raíces que empiezan a brotar entre las dos, profundas y verdaderas; tan fuertes como las de los limoneros que perfuman el ambiente de Il Fiore d'Amalfi.