El sol bajo tu piel Capítulo 18
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Capítulo 18

Verónica Silva nunca imaginó que un simple correo electrónico pudiera sonar como una sentencia de muerte.

A las siete y cuarto de la mañana, mientras el resto del hotel despierta con lentitud, una notificación rompe el silencio de su dormitorio.

Ella aún lleva el pelo húmedo de la ducha, y algunas gotas rebeldes resbalan por su nuca recordándole que el día ha empezado demasiado pronto.

Aún guarda el eco de las caricias de Francesca.

Todavía le dura esa sonrisa de idiota que le sale cada vez que piensa en ella, en sus ojos verdes y en la jodida manera en que su risa le alegra la existencia.

Aunque la alegría se va a la mierda en cuanto presiona y abre el correo:

«Richard Wallace. Vicepresidente de Expansión.»

Ni siquiera necesita abrirlo para saber que le va a sentar como una patada en el estómago. Respira hondo, como si el aire que entra por la ventana pudiera aliviar la tensión.

«Verónica:

Hemos cambiado de opinión y tenemos que cuadrar números.

La dirección considera que el proceso de absorción se está prolongando más de lo previsto.

Queremos una resolución inmediata. Utiliza cualquier debilidad de la propietaria para acelerar la firma.

Si es necesario, endurece la negociación.

Ese hotel no puede seguir fuera de nuestro grupo.

Esperamos resultados en las próximas horas.

R. Wallace.»

Lo relee una segunda vez. Después, una tercera por si su cerebro ha decidido traducir mal el inglés de Richard.

Pero no. Las palabras «Utiliza cualquier debilidad de la propietaria» siguen inmutables en la pantalla mientras algo dentro de ella empieza a agrietarse, como un jarrón de porcelana después de caer y darse un buen golpe.

Cierra la tapa del portátil.

—¡Y un cuerno, Richard! No pienso hacer esto.

Verónica camina a zancadas hasta la ventana de la habitación intentando llenar sus pulmones. El Mediterráneo resplandece bajo el sol. Apoya ambas manos y cierra los ojos. El viento trae el aroma a sal y a los limoneros, pero eso no la relaja ni un poquito.

«Cualquier debilidad». Si su queridísimo jefe supiera cuál es ahora mismo la mayor debilidad de Francesca…

Suelta una risa que se pierde entre las buganvillas de la fachada.

Menudo desastre de ejecutiva está hecha.

Hace casi dos semanas llegó a este rincón de Italia convencidísima de que conseguir la absorción Il Fiore d’Amalfi era una operación empresarial más.

Ahora es totalmente incapaz de pronunciar el nombre del hotel sin pensar en Francesca.

—Enhorabuena, Verónica —se dice a sí misma en voz alta, soltando un gran suspiro—. Has venido a cerrar una operación y lo único que vas a conseguir es perder la cabeza y el puesto de trabajo.

Lo peor de todo es que ya no puede seguir engañándose. Hasta hace dos telediarios se repetía que lo que le pasaba con Francesca era el típico encanto efímero del verano que le nubla el juicio. Pero la mañana que la besó hizo estallar todo, y desde entonces ya nada es lo mismo.

Cierra los ojos de nuevo y entonces, despierta en su mente una realidad tan clara y rotunda que le congela la respiración: se está enamorando de Francesca.

Está enamoradísima diría ella. Y no porque el verano italiano sea muy idílico y sea capaz de alterar sus hormonas.

Está enamorada de una mujer que sigue casada con un impresentable, que es la dueña del maldito hotel que su multinacional quiere absorber y que resulta ser incompatible con el plan de carrera que lleva diez años construyendo.

—Perfecto, Verónica, un plan sin fisuras —murmura, sacudiendo la cabeza y dándose palmaditas mentales en la frente—. Martina se frotaría las manos con este giro dramático de los acontecimientos.

Casi se ríe al pensar en su psicóloga.

Camina hacia la cama arrastrando los pies y sintiendo un peso enorme en el pecho. Mira la pantalla del portátil apagada y toma una decisión. Abre el sistema, crea una carpeta nueva en el escritorio y, en vez de llamarla "Proyecto Amalfi", teclea una sola palabra: Alternativas.

Si Richard Wallace quiere una absorción a toda costa, ella le va a buscar una salida a Francesca. Cualquier resquicio legal que les sirva para salvar el pellejo.

Las horas se le pasan volando sin que se entere de que ya casi es mediodía. Pero al cabo de una hora, da con la clave. Hay un camino. Es mucho menos rentable para su multinacional a corto plazo, pero puede ser viable para las dos partes.

Una alianza estratégica. Su cadena se encargaría de la comercialización internacional, la tecnología y el marketing global.

A cambio, Francesca conservaría el cien por cien de la propiedad que no estaría a manos de la empresa, y llevaría la dirección diaria del hotel y, lo más importante, el alma y la esencia de Il Fiore d’Amalfi, tal y como ella quiso desde el principio.

No sería una absorción fría y sin alma; sería una colaboración que respetaría la historia del lugar.

Se echa hacia atrás apoyando la espalda en las almohadas.

El corazón le va a mil por hora. Podría colar en el comité de dirección.

Siempre y cuando la junta acepte ganar un poquito menos de dinero al principio y un porcentaje mayor después.

Es decir… las posibilidades de que la manden a paseo son elevadas, pero no imposibles.

Verónica abre una hoja de texto en blanco y empieza a redactar el borrador. Cada palabra que teclea se siente como una traición en toda regla a la empresa que se lo ha dado todo profesionalmente. Pero, al mismo tiempo, es la primera cosa honesta que hace desde que aterrizó allí.

Por supuesto, no puede decirle nada a Francesca.

Todavía no. Si se entera de lo que anda tramando a sus espaldas.

Tampoco puede abrir la boca con Richard.

Si se huele que está diseñando un plan B que no implica la absorción total aun cuando quedaron en tener en cuenta a Francesca, la pondrá de patitas en la calle antes de que pueda decir «hola».

De pronto, el móvil empieza a vibrar sobre la mesa de noche, dándole un susto de muerte. Es un mensaje de Chiara, la recepcionista. «La signora Francesca pregunta si podrás revisar con ella los informes de ocupación antes de comer.»

Se le escapa una sonrisa tonta al leer la pantalla. Solo ver su nombre escrito hace que el nudo que tiene en el estómago desaparezca. «Por supuesto. Dile que ahora mismo bajo al despacho.»

Después, Verónica guarda el borrador de la propuesta en una carpeta oculta y encriptada con contraseña.

Si alguien husmea en su portátil, se va a comer un colín.

Mientras recoge las cosas, le golpea una certeza: en cualquier otro lugar o momento, habría usado la debilidad económica de ese lugar, el agobio de Francesca y su desastroso matrimonio con Matteo para asfixiarla y obligarla a firmar la absorción.

Ahora está haciendo encaje de bolillos para utilizar todo lo que sabe de ella para protegerla.

Se queda unos segundos quieta, mirando al vacío.

A veces enamorarse no consiste en querer besar a alguien a todas horas.

Consiste en descubrir que prefieres perder tú antes que verla perder a ella.

Y tiene muy claro que, cuando esta comedia acabe, tendrá que elegir entre su carrera de éxito… o Francesca.

Baja las escaleras del hotel casi a tropezones.

Cuando empuja la puerta del despacho pequeño, se encuentra a Francesca de pie junto al ventanal. Lleva un vestido ligero que le resalta esa piel dorada por el sol, con el pelo oscuro recogido. Al verla entrar, su rostro se ilumina con una sonrisa y le hace olvidar que tiene el agua al cuello.

—Buenos días —dice Verónica, dando dos pasos hacia ella—. Espero no haberte interrumpido. Los datos de ocupación del trimestre están listos y he pensado que podríamos revisarlos juntas.

—Buenos días, directora —le responde, acortando la distancia entre las dos un poco más de lo recomendable—. No has interrumpido nada. Al contrario, me salvas la vida. Necesitaba un respiro urgente.

Se sientan una frente a la otra en la mesa que tiene como escritorio. Francesca le sirve el expreso y le acerca la taza humeante junto a un pastelito de limón que tiene una pinta increíble.

—Estás rara esta mañana… —le suelta de sopetón, entornando esos ojazos que parecen leerle la cartilla—. Tienes esa arruguita tan mona que te sale justo aquí, entre las cejas, cuando estás más pensativa de lo normal. ¿Qué pasa?

«¿Qué tu marido es un traidor y que me están presionando para que yo también lo haga?»

Verónica duda un milisegundo, pero su mirada es tan limpia y sincera que decide darle una verdad a medias.

—Me ha llegado un correo de la central esta mañana. Ya sabes cómo son: quieren resultados para ayer y andan metiendo la presión para acelerar el papeleo.

Francesca asiente lentamente, dando un sorbo a su taza sin quitarle los ojos de encima.

—Ya veo. Los señores del traje gris tienen prisa —comenta Francesca, dejando la taza a un lado—. ¿Y tú? ¿Qué es lo que quieres tú? Porque cada día que pasas en este hotel… siento que tu labor aquí se difumina cuando estamos juntas.

La pregunta la pilla con la guardia totalmente baja. Traga saliva y, mandando la prudencia profesional a paseo, estira la mano sobre la mesa hasta que sus dedos rozan la calidez de su piel.

—Lo que yo quiero… es encontrar una solución que no destruya todo esto. Este hotel no es un simple activo financiero para mí, ya no. Es tu vida, tu legado, el recuerdo de tus abuelos. Y yo… yo ya no soy capaz de ver este hotel como un puñado de números en un gráfico.

Ella gira la mano y entrelaza sus dedos con los suyos, apretándolos con una fuerza que le hace dar un vuelco al corazón.

—No tienes idea de lo que me alivia oírte decir eso —confiesa con una sonrisa cansada pero preciosa—.

Nunca imaginé que diría esto de la ejecutiva que venía a desahuciarme, pero…

me hace feliz que estés aquí, Verónica. Por ti, no por la multinacional.

Anoche sentí por primera vez en muchos años que no estaba sola.

Mi matrimonio con Matteo ha sido un error que he arrastrado por inercia demasiado tiempo.

—Francesca… —le susurra, apretándole los dedos con ternura.

Está a punto de soltarle la verdad, pero niega mentalmente—.

No quiero que te sientas presionada por mí ni por las circunstancias.

Pero necesito que tengas claro que, pase lo que pase con el Il Fiore, lo que siento por ti es real. Muy real.

Francesca se inclina sobre la mesa, acortando la distancia física entre las dos, y le planta un beso rápido y jugoso en los labios que la deja con sabor a limón, café y ganas de tirarse de cabeza a sus brazos.

—Pues entonces, hagamos esto juntas. Échale un ojo a estos informes conmigo y dime dónde tengo los agujeros negros. Quiero que seas completamente despiadada conmigo… profesionalmente hablando, claro.

Verónica se echa a reír y  niega con la cabeza.

Pasan la siguiente hora metidas de lleno entre balances de pérdidas y ganancias, pero la verdad es que la conversación fluye de una manera que nada tiene que ver con la oficina.

Hablan de sus planes de futuro para el hotel, de cómo Francesca quiere ampliar el jardín y de las cenas temáticas que quiere organizar en la terraza este verano.

Ella le cuenta anécdotas de su vida en España, de lo gris que se ve la ciudad desde su oficina y de cómo esta costa le ha cambiado la perspectiva de todo.

—Quién me iba a decir a mí que una mujer de ciudad como tú iba a aparecer en mi vida para ponérmelo todo patas arriba —se mofa Francesca en mitad de la reunión, mirándola de reojo con una sonrisa—.

Tan firme, tan profesional… y con esa vulnerabilidad que te empeñas en esconder pero que a mí me vuelve loca.

Me dan ganas de mandar todo a la porra y luchar, Verónica. Por el hotel… y por nosotras.

—Y yo pienso hacerlo a tu lado —le responde con una seriedad que le nace del fondo del pecho—. Aunque tenga que tirarme piedras a mi propio tejado y enfrentarme a toda la junta directiva de mi empresa.

En ese momento, Chiara asoma la cabeza por la puerta con una sonrisa pícara de oreja a oreja y una bandeja con unos bocadillos vegetales.

—Las señoritas tendrán que comer algo si no quieren desmayarse encima de las facturas —les suelta—. Se os ve muy… concentradas en los… números.

—Gracias, Chiara, eres un sol —se ríe Francesca, tirándole un bolígrafo de broma que la recepcionista esquiva con arte antes de cerrar la puerta.

Por suerte, en ella también tiene una cómplice.

En cuanto se vuelven a quedar solas, la tensión en el despacho cambia.

El ambiente se vuelve íntimo, de ese que te pone la piel de gallina.

Francesca se levanta de su silla, camina de forma felina hacia la suya y se coloca justo detrás de ella, apoyando las manos en sus hombros y empezando a darle un masaje lento y delicioso.

—Estás más rígida que un palo…

Sus dedos empiezan a hacer magia en la espalda de Verónica, presionando los puntos exactos donde acumula todo el estrés del dichoso correo de Richard. La mujer cierra los ojos, soltando un suspiro de placer que no puede reprimir.

—Esto que estás haciendo es juego sucio y muy peligroso —murmura Verónica, echando la cabeza hacia atrás para mirarla—. Si sigues tocándome así, te garantizo que no vamos a terminar de revisar esos informes en la vida.

—Pues que les den a los informes —le susurra Francesca al oído con un tono pícaro que le pone los vellos de punta, inclinándose para dejarle un beso en el lateral del cuello—. Quédate conmigo en este despacho todo el día. Hoy, mañana… y todo el tiempo que me dejes tenerte.