Capítulo 17
Después de lo que ha pasado estos días, Verónica tiene la cabeza en otra parte.
O más bien, en Francesca. Tiene el corazón agitado mientras termina de revisar algunos documentos en su portátil, sentada de mala manera en el borde de la cama de su habitación.
La brisa de la noche entra a ráfagas suaves por el ventanal entreabierto, trayendo consigo el aroma salado del mar y ese perfume dulce de las buganvillas que trepan por las paredes de piedra de Il Fiore d'Amalfi.
Las luces tenues y lejanas parpadean en mitad de la noche como si fueran estrellas caídas, pero ella no les hace mucho caso.
Sabe que Francesca no ha tenido un buen reencuentro con su marido; lo ha notado en su gesto, en sus ojos, y no sabe si quiere saber la razón de esa tensión que afloraba en aquella mesa del restaurante.
Solo sabe que no le ha gustado sentir que ella se estaba ahogando y no poder ayudarla, y eso la ha llevado a darle vueltas a una idea loca que de momento aún no ha tomado forma.
De repente, Verónica escucha tres golpes en la puerta y sus labios se curvan instintivamente.
Solo una persona sabe que este es su dormitorio, y esa certeza le recorre la espalda como una caricia anticipada.
Verónica se levanta a toda prisa, lanzando el portátil sobre la colcha, y camina descalza para abrir de inmediato sin encender ni una sola luz.
Francesca está plantada en mitad de la penumbra del pasillo. Lleva el pelo suelto, sus ojos brillan y esa expresión maravillosa de quien acaba de correr un riesgo que sabe que podría costarle el pellejo.
—Verónica… —susurra, y ese sonido basta para que el universo entero se reduzca a ellas dos.
No hace falta que diga nada más, Verónica la invita a pasar y entra como un torbellino en su habitación.
Ella echa un vistazo por el pasillo, y cierra la puerta girando la cerradura.
El peligro real de que alguien —un huésped, un empleado del turno de noche o el mismísimo estirado de su marido— las descubra, actúa en su cuerpo como un afrodisíaco infalible.
Sus miradas se cruzan en la oscuridad y, no lo pueden evitar, terminan sonriendo con esa complicidad que siempre las delata.
Francesca se muerde el labio inferior, un gesto que Verónica ya se conoce al dedillo.
—Estás completamente loca, lo sabes, ¿no? —murmura Veróinca, caminando frente hasta conseguir que sus alientos se mezclen. Sus manos, que ya tienen vida propia, van directas a buscar la cintura de la mujer, atraídas como si fueran imanes.
—Lo sé, pero estoy segura de que tú no dejabas de pensar en mí —le responde Francesca con una sonrisa picarona que vibra deliciosamente contra su pecho.
Sus dedos se enredan con fuerza en la tela de su camisón de seda, tirando de ella con ganas hacia la puerta acristalada que da a la terraza privada.
El contacto fresco contra su espalda desnuda contrasta de una forma brutal con el calor abrasador que emana del cuerpo de Francesca.
Verónica cierra los ojos, inhalando con ganas su aroma. El corazón le golpea las costillas con tanta fuerza que está convencida de que ella puede notar el retumbar.
—Llevo toda la mañana pensando en ti, aunque esto sigue siendo una auténtica temeridad —confiesa Verónica, mientras sus labios empiezan a repasar con suavidad la curva de su cuello—.
Desde que puse un pie en este hotel, no me puedo ni concentrar en el trabajo…
—susurra sobre su oreja—. Ya hasta me he olvidado de lo que vine a hacer aquí.
Solo quiero y deseo estar a tu lado… no me importa nada más.
Francesca eleva el rostro hacia ella y en el fondo de sus ojos oscurecidos brilla una mezcla perfecta de ternura y fuego.
—Ni a mí me importa nada más, Verónica. Hoy, cuando te vi al otro lado del comedor…
lo único que deseaba era dejar a Matteo ahí tirado e irme contigo —le dice, subiendo la tela de su camisón para buscar su piel—.
Ya no aguanto su compañía. No lo soporto.
He esperado a que se durmiera y he venido corriendo por los pasillos del hotel como si fuera una ladrona de guante blanco.
¿Tú tienes idea de todo lo que estoy arriesgando por ti?
Las palabras de Francesca le derriten. Verónica la calla besándola con un hambre feroz, urgente, y ella le responde exactamente con la misma moneda: sus labios se vuelven exigentes, calientes, y su lengua busca la suya con una intensidad tan sumamente salvaje que consigue que se olvide por completo de dónde están.
Verónica siente sus manos recorriendo su piel con una prisa que la vuelve loca.
Con un movimiento fluido y firme, le da la vuelta a la situación y acorrala a Francesca contra la ventana acristalada del dormitorio.
El cristal tiembla ligeramente bajo el peso de sus cuerpos pegados.
Sus dedos encuentran con destreza el borde de la camiseta del pijama de Francesca para así, levantarla por su cabeza, besando segundos después y a conciencia, cada centímetro de piel dorada que va quedando a la vista.
Huele que alimenta, y cuando Verónica le roza con los dientes el hueco de la clavícula, Francesca ahoga un gemido ronco contra su hombro, clavándole las uñas en la espalda sin miramientos.
—Shh... —le susurra Verónica, aunque a ella también le tiembla la voz de la excitación. Una risa floja y burbujeante le nace en la garganta, una mezcla de nervios y descaro—. Como nos oigan, mañana vamos a ser la comidilla de todo el hotel. Imagínate si llegan los rumores a la cocina.
Francesca suelta una carcajada, apretando los dientes y volviéndose a morder el labio para no romper el silencio de la noche. Sus ojos la miran en la penumbra con una devoción y una travesura que la ponen a mil.
—Pues entonces vas a tener que esmerarte y hacerme callar tú —le desafía Verónica con un tono juguetón que le enciende las hormonas—. Bésame hasta que no sea capaz de decir palabra. Quiero que seas tú la que controle este incendio que hemos provocado entre las dos.
A Verónica no se lo tiene que decir dos veces.
Le quita lo que le queda de ropa con rapidez, dejando que caiga al suelo.
En cuestión de segundos, se queda desnuda frente a ella, con su cuerpo iluminado sutilmente por la luz que se filtra desde el exterior.
Sus manos empiezan a explorar las curvas de Francesca con avidez.
Disfruta de la suavidad de su vientre, moldea la curva de sus caderas y nota cómo se arquea descaradamente hacia ella en cuanto sus palmas rozan sus pechos.
Francesca no se queda atrás y tira hacia arriba de los tirantes de su camisón hasta que la deja completamente desnuda, pegando su piel ardiente contra la suya.
—Dios mío… —murmura Francesca contra su boca, mientras sus dedos trazan caminos lentos y eléctricos por toda su espalda—. Eres una maldita droga. Cada vez que me tocas siento que me falta el aire, como si este hotel se nos quedara pequeño para albergar todo lo que me haces sentir.
Las dos se empiezan a mover con ferocidad, una lucha de poder deliciosa.
La empuja con suavidad, pero con firmeza contra la madera, colando una de sus piernas entre los muslos.
Sus cuerpos se frotan con un ritmo instintivo, caliente, urgente.
Verónica siente su humedad rozando su muslo y eso le arranca un jadeo tan sonoro que se ve obligada a ahogarlo estampando su boca contra la suya.
Sus manos bajan a toda prisa, aferrándose a sus nalgas con fuerza, guiándola y encajándola todavía más cerca de ella.
—Te necesito… ya. Ahora mismo —le suplica Francesca contra los labios.
Ahí ya no hay espacio para las dudas ni los miedos.
Sus dedos se cuelan por fin entre las dos, explorando y acariciando su sexo—.
Dime que tú también lo estás sintiendo igual que yo.
Dime que no soy la única loca que se está muriendo por follarte.
Verónica hace exactamente lo mismo, deslizando la mano entre sus piernas, encontrándola completamente lista, resbaladiza, ardiendo y ansiosa por ella.
—Lo siento absolutamente todo, no puedo dejar de pensar en esto.
En ti… —le responde Verónica entre besos—.
No te haces una remota idea de las veces que he tenido que disimular mientras me imaginaba tus manos recorriéndome así.
Llámame loca… —pronuncia entre gemidos—, pero a veces siento como si hubiéramos estado esperando toda la vida para encontrarnos aquí, en este rincón del mundo.
Sus movimientos se vuelven salvajes pero rigurosamente silenciosos.
Contienen los gemidos a base de besos hambrientos, de mordiscos juguetones en el cuello y de respiraciones aceleradas.
El sudor de la piel las une, haciendo que sus cuerpos se deslicen el uno contra el otro con una facilidad pasmosa.
Verónica la siente temblar de arriba abajo en cuanto sus dedos entran en ella: va despacio al principio para torturarla, luego mete una marcha más y sigue el ritmo exacto que sabe que la hará gritar de verdad.
Por mucho que no pueda. Francesca le responde tocándola con la misma intensidad, dibujando con su pulgar unos círculos en su clítoris que la están volviendo loca.
—Más… por favor, dame… más —le suplica Francesca, arqueando las caderas con desesperación contra su mano—. No se te ocurra parar ahora.
Francesca arquea la espalda, presionando sus pechos con fuerza contra los de Verónica, y de repente nota cómo su centro se contrae espasmódicamente alrededor de sus dedos.
Su orgasmo llega en una serie de oleadas, teniendo que enterrar el rostro en el hueco del cuello de Verónica para no soltar un grito que despierte a toda esa parte del hotel.
Sentirla de esa manera, empuja a Verónica al placer, y se corre con ella, dándole un mordisco salvaje en el hombro para silenciar su propio grito, mientras el placer explota en su interior como si fueran fuegos artificiales.
Se quedan un buen rato contra el cristal, jadeando como si hubieran corrido una maratón y con las piernas temblando.
Las manos de Verónica, ahora más tranquilas, empiezan a acariciarle la espalda con movimientos lentos, intentando calmar el ritmo de su corazón.
Francesca levanta la cabeza despacio de su hombro y la mira de frente, dibujando esa sonrisa perezosa, satisfecha que ilumina toda la suite.
—Puede que esto sea una locura… —murmura Francesca, con una mirada que destila placer y diversión a partes igual—.
Pero te juro que no tengo ninguna intención de dejarte escapar.
Por mucho que esto pueda tener fecha de caducidad…
Necesito buscarte a todas horas. Joder…, es como si fueras el oxígeno que necesito para no ahogarme.
Verónica esboza una sonrisa nerviosa, dándole un beso tierno en su frente.
—Aunque mañana por la mañana tengamos que volver a ponernos la máscara y fingir que aquí no ha pasado nada… Adoraré saber que debajo de toda la ropa que lleves puesta, guardarás el recuerdo exacto de mis dedos dentro de ti… Eso sí, intentaré concentrarme en el trabajo —bromea Verónica.
Verónica la ayuda a vestirse despacio, robándole besos cortos y picantes entre prenda y prenda para no perder la costumbre.
—¿Sabes una cosa? Llevo unos días pensando en cómo sería mandar a la mierda a la cadena y quedarme a vivir aquí —le confiesa Verónica en un murmullo totalmente sincero.
Francesca se gira y le rodea el cuello con los brazos, hundiéndose en su pecho con fuerza.
—Ojalá las cosas fueran así de sencillas.
Tú estás aquí por una misión que… —Francesca entrecierra los ojos—, no estás haciendo muy bien.
Y no puedes echarlo todo a perder por mí.
Tienes que pensar las cosas muy bien porque yo…
bueno, aún no sé cómo hacer las cosas bien.
Eso sí… mientras estés aquí, me tendrás cada noche colándose en tu habitación. Siempre voy a volver a ti.
Francesca le planta un último beso, profundo y húmedo que tiene todo el sabor de una despedida temporal que la deja con ganas de más. Luego se separa con cuidado, y camina sigilosa hacia la puerta.
—Nos vemos mañana —le susurra Francesca, con un brillo en los ojos que la hace estremecer entera—. Duerme pensando en mí, como yo lo voy a hacer pensando en ti… toda la noche.
En cuanto Francesca cruza la puerta y se marcha, el silencio de la habitación la envuelve de golpe.
Se deja caer de espaldas sobre la cama, con el cuerpo todavía vibrando y el aroma de la piel de Francesca pegada a la suya.
Sonríe como una auténtica imbécil mirando al techo en la oscuridad, consciente de lo mucho que han cambiado las cosas.