Capítulo 16 #2
—Quiero que seas exactamente igual de valiente con tu propia vida y con tu felicidad de lo que fuiste con el hotel ayer.
Todo el equipo entró en un pánico ridículo.
¿Y qué hiciste tú? Tú no te achantaste. Respiraste hondo, te subiste a ese taburete, pensaste en una solución y pusiste orden en mitad del desastre.
Le echaste ovarios y salvaste la situación tú sola.
Verónica hace una breve pausa, apretando sus dedos con fuerza para asegurarse de que se entera.
—Pues ahora, Francesca, tienes que hacer exactamente lo mismo contigo misma. No le des el gusto al miedo de paralizarte otra vez. Plántale cara.
Las lágrimas amenazan seriamente con desbordarse por sus pestañas, pero traga saliva y las contiene como puede.
—Tengo miedo, Verónica. Mucho miedo por lo que se me va a venir encima ahora mismo.
—Es perfectamente normal tenerlo —admite Verónica, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—.
Pero el miedo ya no puede conducir tu vida ni seguir decidiendo por ti.
Solo hazte una pregunta y respóndetela con total honestidad: ¿la Francesca que eras hace diez días aceptaría vivir una vida como la que tienes ahora?
La respuesta aparece en su interior de forma instantánea: clara, rotunda, afilada y demoledora. No. Ya no.
*
Matteo hace su aparición triunfal en el hotel poco antes de la una del mediodía.
Escucha perfectamente desde el ventanal de su despacho el sonido inconfundible del motor de su coche deportivo entrando en el aparcamiento privado.
Durante unos segundos, Francesca cierra los ojos con fuerza, respira profundamente tres veces vaciando los pulmones y se mentaliza para el encuentro.
Cuando sale al vestíbulo principal para recibirlo, él ya está caminando a zancadas hacia el mostrador de recepción, arrastrando con suficiencia sus maletas.
Se acerca a ella y le planta un beso distraído, seco y casi mecánico en la mejilla, como quien cumple con una engorrosa costumbre automática.
—Hola —le dice sin el menor atisbo de entusiasmo o alegría en la voz.
—Hola, Matteo. ¿Qué tal el viaje? —responde ella, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener la fachada de siempre.
Ni siquiera se molesta en preguntarle cómo está o cómo han ido las cosas en el Il Fiore durante su ausencia. Lo primero que hace, con ese gesto eficiente y frío que tanto detesta, es abrir su maletín y sacar una carpeta de plástico.
—Traigo unas noticias magníficas bajo el brazo —anuncia Matteo con una sonrisa de suficiencia.
Francesca frunce el ceño, cruzándose de brazos.
—Sorpréndeme.
—He aprovechado los últimos días en Milán para reunirme en privado con el director de una constructora internacional importantísima.
Están sumamente interesados en desarrollar un complejo residencial de villas de superlujo en Amalfi.
Solo están esperando a que firmemos la absorción del hotel para que nosotros le cedamos parte del capital y podamos ser inversores.
Francesca, es el negocio de nuestras vidas. Una auténtica mina de oro.
Francesca siente cómo el corazón se le encoge con un dolor agudo y violento. No lleva ni cinco minutos en el hotel y su marido ya está intentando convertir su hogar, sus recuerdos, el legado de su familia y su mayor sueño en un simple y vulgar proyecto inmobiliario para ganar dinero.
Matteo abre la carpeta con parsimonia y le extiende los documentos con arrogancia.
—Es un preacuerdo de intenciones extremadamente beneficioso para todas las partes. Especialmente para nosotros dos. Podríamos retirarnos a vivir con una comodidad y sin volver a preocuparnos por el dinero el resto de nuestros días. Es perfecto.
Francesca levanta la vista del papel muy lentamente, conteniendo a duras penas la rabia y la tristeza que le queman por dentro. Después clava sus ojos en los de Matteo.
—El problema aquí es que no voy a perder el control de este lugar bajo las condiciones que me ofrecían —afirma Francesca.
La sonrisa ensayada de Matteo desaparece apenas un instante.
—Terminarás haciéndolo —insiste él—. Es, con diferencia, lo más inteligente que puedes hacer. No puedes seguir toda la vida luchando como una loca contra molinos de viento y perdiendo dinero.
—Para mí este lugar significa muchísimo más que una simple cifra y ya te lo dejé muy claro antes de irte.
Matteo resopla con una impaciencia más que visible, guardando los papeles de mala gana.
—Por Dios, deja de una vez de aferrarte de esa manera tan absurda al pasado. Este hotel ya ha dado de sí todo lo que podía dar. Está obsoleto. Es hora de avanzar y mirar al futuro.
Francesca siente un pinchazo brutal en el estómago. Y no solo por sus palabras despectivas, sino porque es plenamente consciente de que hace ya muchísimo tiempo que este hombre dejó de mirar este paraíso con los mismos ojos apasionados que ella.
—Este hotel sigue estando muy vivo, Matteo —replica Francesca, irguiendo la espalda—. Late con fuerza con cada nuevo huésped que cruza esa puerta, con cada desayuno que preparamos con mimo y con cada atardecer que la gente disfruta desde la terraza. Tiene un alma que nadie debería cambiar.
—Tiene alma porque tú te empeñas de forma enfermiza en sostenerlo con uñas y dientes, desgastándote la vida —le suelta él con frialdad—. Y sinceramente, no merece la pena semejante esfuerzo por algo sin futuro.
Francesca lo observa en silencio mientras sigue hablando.
Y no siente ni una pizca de culpa, ni el menor deseo de justificarse o pedirle perdón.
Solo experimenta una inmensa, insalvable y liberadora distancia emocional, como si entre ellos dos hubieran pasado de golpe muchísimos más años de los que marca el calendario real.
La conexión se rompió hace ya mucho tiempo, y ahora, gracias a Dios, es plenamente consciente de la realidad.
*
Francesca acepta comer con él en el comedor del restaurante principal, no porque le apetezca en lo más mínimo compartir mesa con él, sino porque mantener las malditas apariencias delante de los clientes forma parte de la aburrida coreografía de rutina que llevan años interpretando.
Las mesas del comedor están llenas de huéspedes que disfrutan alegremente del almuerzo mientras la brisa del mar mueve con suavidad las cortinas.
Matteo habla y habla sin parar, soltando tecnicismos sobre inversiones y oportunidades del mercado bursátil.
Ella apenas le escucha; se limita a asentir con la cabeza mientras su mente vuela muy lejos, debatiéndose entre los recuerdos ardientes de la noche pasada en su cama y un futuro completamente incierto que se abre ante ella.
Hasta que, de pronto, siente una mirada intensísima clavada en ella.
Una mirada cálida que le reconforta el alma y le inquieta a partes iguales.
Levanta la cabeza con discreción, disimulando el movimiento.
Al otro lado del restaurante, sentada junto a una gran ventana abierta de par en par, está Verónica.
Finge con total profesionalidad estar revisando unos documentos, pero sabe que la está observando a ella.
Sus ojos se encuentran a través del comedor durante apenas dos segundos exactos que a ella le parecen una eternidad.
No hay sonrisas cómplices, ni gestos evidentes, ni guiños; no pueden permitirse el menor desliz en público.
Verónica comprende con una sola mirada el torbellino absoluto de emociones que la está destrozando por dentro en esta mesa.
Y ella, al mirarla, comprende perfectamente la impotencia, el deseo y la rabia que brillan al fondo de sus ojos.
Francesca parta la mirada antes de que Matteo pueda darse cuenta de lo que pasa entre ellas.
Pero, desde que escuchó el motor de su coche entrar en el aparcamiento, se da cuenta de que ya no se siente sola en esta batalla.
Porque al otro lado de este restaurante hay una mujer espectacular que, sin necesidad de pronunciar una sola palabra, acaba de recordarle que todavía existe un lugar en el mundo donde puede volver a respirar en libertad.
Un lugar donde, por fin, puede ser ella misma y mandar al demonio todos sus miedos.
«Y vamos a salvar este sitio juntas.»