Capítulo 16
Cuando Francesca abre los ojos, el sonido del mar rompiendo más allá de las ventanas es lo único que rompe el silencio y la paz de la mañana.
Decide quedarse inmóvil en la cama, disfrutando de esa deliciosa y extraña sensación de no tener prisa por levantarse.
El sol de amanecer se filtra entre las cortinas y las sombras caen sobre las sábanas revueltas.
Por un instante se permite el lujo de creer que el tiempo se ha detenido para ellas, aunque sabe que los días siguen y que les espera la cruda realidad.
Es incapaz de no sonreír como una boba cuando escucha la respiración de Verónica a su espalda.
Se gira poco a poco y la encuentra durmiendo plácidamente boca arriba, con un brazo doblado sobre su cabeza y su melena castaña alborotada y esparcida sobre la almohada.
La sábana apenas le cubre el cuerpo y una diminuta e insufrible arruga aparece entre sus cejas, como si estuviera discutiendo con alguien en sus sueños. La observa embobada.
No puede evitar soltar una risita muy floja, mordiéndose el labio inferior.
Como si hubiese detectado su escaneo, Verónica abre un ojo lentamente y la enfoca como puede, aún medio dormida.
—¿Se puede saber de qué demonios te estás riendo? —le pregunta con la voz algo ronca por el sueño, pero horriblemente sexy.
—De ti. Un poco bastante, la verdad —responde Francesca, ensanchando la sonrisa y apoyando la barbilla en su mano.
—Pues es muy feo de tu parte burlarte de una mujer indefensa, desnuda y vulnerable —replica Verónica, aunque el tono vacilón y la comisura de sus labios la delatan.
Da una vuelta sobre la cama, incorporándose sobre un codo—.
Pensaba que después de la tremenda noche que me has dado y de todo lo que hemos vivido estos días, la directora del hotel me trataría con un poquito más de cariño… ya me entiendes…
Francesca levanta una ceja, mirándola con intensidad a los ojos.
—¿Con más cariño?
—Sí —insiste Verónica, estirando su brazo libre para apartarle con los dedos un mechón de pelo que le cae en los ojos.
—¿Es que no te sobró lo de anoche? —murmura Francesca, caminando con sus dedos por la sábana hasta arrastrar sus uñas por su piel—. Porque… creo que las paredes de este dormitorio aún guardan el eco de tus gemidos.
—Tampoco fue para tanto……
—A lo mejor es que no fuiste tú —dice Francesca abriendo los ojos de la sorpresa—. Porque, claro, ahora que te miro… no, la mujer con la que estuve anoche no tenía los pelos de loca que tienes tú ahora mismo.
Verónica abre la boca, agarra la almohada de su lado y se la lanza a la cabeza sin pensar.
Francesca consigue esquivarla de milagro, tirándose hacia un lado y las dos terminan riéndose a carcajadas, pegadas la una a la otra, con una naturalidad y una frescura que le resulta tan nueva como maravillosa.
Jamás en la vida se habría imaginado que compartir la mañana y las tonterías con otra persona pudiera sentirse tan sumamente sencillo, tan auténtico y real.
En este preciso instante, el mundo, los problemas y los agobios de fuera parecen algo lejano, borroso y sin la menor importancia.
Solo existen ellas dos en esta burbuja perfecta de intimidad que han construido.
Aunque Francesca tampoco tenga idea de un pequeño secreto que la otra sí que conoce.
Verónica se incorpora, desperezándose como un felino, y se pasa las manos por el pelo en un intento inútil y cómico de domarlo.
—Vale, oficialmente tengo hambre —declara con esa franqueza absoluta que a Francesca tanto le fascina de ella.
—Normal —le responde Francesca—. Anoche gastaste hasta el último rescoldo de energía.
—La verdad es que no importa qué haya hecho la noche anterior, siempre me despierto famélica —confiesa Verónica, soltando una risa—. Llenar bien el estómago a primera hora del día es ya casi un ritual que no me puedo saltar.
—Pues será mejor que vayamos a desayunar antes de que me quieras comer a mí de nuevo.
Las dos se visten sin ninguna prisa, con una calma placentera, intercambiando miradas cargadas de dobles intenciones y roces casuales que vuelven a encenderles la piel.
Aprovechando que todavía es muy temprano y que la villa permanece envuelta en un silencio absoluto, Francesca baja a la cocina y prepara una bandeja enorme: café recién hecho, zumo de naranja natural exprimido al momento, fruta cortada, pan artesanal recién horneado y un tarro de la mermelada de limones casera cuya receta era de su abuela.
El aroma cítrico e intenso impregna el aire de la cocina al instante, trayéndole recuerdos preciosos y dulces de su infancia.
Sube de nuevo las escaleras equilibrando la bandeja.
Sentadas sobre el colchón con las piernas cruzadas y la bandeja en medio, empiezan a desayunar mientras la luz dorada del verano entra a raudales por los ventanales abiertos.
Verónica toma una tostada, le unta una buena capa de mermelada, le da un mordisco y abre los ojos, deteniéndose a saborear con deleite.
—Madre mía, esto podría alegrar hasta a un muerto —anuncia solemnemente después de tragar—. Es un puto orgasmo culinario, Francesca.
La mujer se echa a reír con ganas, dándole un empujoncito con el pie.
—Exagerada…
—De eso nada, no exagero ni un pelo —insiste ella con la boca medio llena, untando con entusiasmo otra tostada—. Si alguien me sirve esto en la cama cada mañana de mi vida, te prometo que firmo cualquier contrato sin leerme la letra pequeña. ¿La receta es de tu abuela?
—Sí. Y la preparaba con tanto mimo y paciencia que a veces parecía que ponía un trocito de su propia alma en cada tarro que cerraba —explica Francesca, sintiendo una calidez preciosa en el pecho al recordarla—.
Siempre me decía que los limones de Il Fiore tenían algo mágico, como si tuvieran la capacidad de absorber toda la luz y el calor del Mediterráneo.
Verónica deja la tostada a un lado, la mira fijamente con una ternura brutal en los ojos y sonríe de lado.
—Me encanta cuando hablas de las cosas que amas —murmura la mujer, mirándola fijamente—. Esa sonrisa tuya… tus ojos brillan de una forma distinta.
Francesca se queda muda porque sabe que tiene razón. Hablar de su infancia, de sus abuelos, de este lugar que tanto ama la llena de felicidad, de ese calor en el pecho que le hace sentir en casa, en su hogar. Apoya su taza de café sobre la bandeja, respira hondo y clava su mirada en la suya.
—Gracias —dice con total sinceridad, sin ironías.
Verónica capta el cambio de tono al instante. Deja de bromear y su expresión se vuelve mucho más seria, madura y dulce.
—¿Gracias por qué?
—Por recordarme que todavía soy capaz de disfrutar de la vida así. Por hacerme sentir viva otra vez.
Su mirada se vuelve increíblemente tierna, envolvente, casi protectora. Estira el brazo y le acaricia la mejilla.
—Yo no te he recordado absolutamente nada que no estuviera ya latiendo dentro de ti, Francesca. Toda esa luz ya estaba ahí metida, esperando su momento. Solo necesitabas volver a echarle valor, dejarla salir y atreverte a ser tú misma de una puñetera vez, sin máscaras ni complejos.
A Francesca no le da tiempo a responderle nada, porque el sonido estridente y seco de una notificación rompe la magia del momento con una crudeza espantosa.
Su teléfono móvil empieza a vibrar con insistencia sobre la madera de la mesilla de noche.
Estira el brazo para tomarlo distraídamente, pensando que es Chiara con algún asunto del hotel, pero al ver que es de Matteo, siente cómo todo su cuerpo se hiela y paraliza al instante.
Abre el mensaje de texto y empieza a leer: «Estoy en el aeropuerto de Nápoles. El viaje de negocios a Milán ha terminado antes de lo previsto y ya estoy de regreso hacia el hotel. Llegaré en unas horas.»
Las letras impresas en la pantalla empiezan a desdibujarse delante de sus ojos.
—¿Qué pasa? —le pregunta Verónica.
Francesca levanta la cabeza del teléfono. Ella ya ha dejado su taza sobre la bandeja y su rostro ha cambiado por completo al verle la cara.
—¿Qué ocurre? Me estás asustando.
La mujer le tiende el teléfono móvil sin ser capaz de decir nada. Verónica lo toma, lee el mensaje en un segundo y después se queda en silencio.
Hace apenas cinco minutos el mundo parecía un lugar luminoso, divertido y lleno de posibilidades a su lado. Ahora, de golpe, Francesca vuelve a sentir el peso aplastante de su realidad cayendo sobre sus hombros como una losa de hormigón armado.
—Se ha acabado… —murmura con la voz rota, clavando la vista en las sábanas.
—De eso nada —responde Verónica con firmeza, negando con la cabeza y obligándola a mirarla—.
Lo único que se ha acabado aquí es nuestra semana de tranquilidad.
Pero no lo que has descubierto sobre ti misma estos días.
Eso no te lo quita nadie, Francesca. Eso sigue aquí, bien vivo, y sigue estando entre nosotras. Recuérdalo, ¿vale?
Francesca se lleva las manos al rostro, frotándose los ojos con desesperación, intentando por todos los medios controlar las emociones que amenazan con hacerla romper a llorar.
—No sé qué hacer, Verónica. Mi matrimonio con Matteo me supera. Es que siento que me ahogo.
Verónica se acerca a ella y toma sus dos manos entre las suyas, apretándolas con fuerza, transmitiéndole todo su calor, su seguridad y su solidez.
—Mírame a los ojos, Francesca —le pide.
Y ella o hace, perdiéndose de cabeza en sus ojos.
—Escúchame bien: yo no le voy a decir una sola palabra de esto a nadie.
Jamás. Todo lo que hemos sentido y vivido estos días se queda entre nosotras, como un tesoro que solo nos pertenece a ti y a mí.
Nadie tiene derecho a tocarlo. Pero sí voy a pedirte una sola cosa, y quiero que me escuches muy atentamente.
Francesca espera, conteniendo el aliento, pendiente de cada sílaba que sale de su boca.