El sol bajo tu piel Capítulo 15
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Capítulo 15

Francesca la sujeta de la mano sin soltar una sola palabra y tira de ella hacia una salida discreta del jardín del hotel.

Por un momento Verónica piensa que la va a llevar a algún almacén oscuro situado en algún rincón apartado, pero no.

Para su sorpresa, caminan hasta su propia casa, una zona acogedora a escasos metros del Il Fiore, rodeada de buganvillas salvajes y con unas vistas de infarto al mar, que brilla bajo la luna.

En cuanto cruzan el umbral y la puerta se cierra, el mundo exterior se queda fuera.

Francesca echa el cerrojo tras ellas y, sin darle tiempo a pronunciar una sola palabra, la empuja contra la pared del recibidor.

Su boca devora la de Verónica con un hambre urgente que la vuelve loca.

Sus labios son suaves pero exigentes, y su lengua se abre paso con una audacia que le arranca un gemido.

Las manos calientes y decididas de Francesca, bajan a toda prisa por los costados de Verónica, apretándole la cintura y subiendo por su espalda hasta enredarse con fuerza en su pelo.

—Francesca… espera… —Verónica intenta retenerla entre beso y beso para picarla, pero ella le da un mordisco juguetón en el labio inferior y niega con la cabeza, pegando sus caderas a las suyas.

—No digas nada… —susurra Francesca contra sus labios con una voz ronca de deseo que le derrite las bragas—. Deja que te demuestre lo mucho que te deseo y me haces sentir…

Suben las escaleras de la villa casi a trompicones, entre risas ahogadas y sin dejar de tocarse ni un segundo.

Los dedos de Verónica se cuelan entre la ropa de Francesca, rozando la piel hipersensible de su vientre y haciéndola temblar, mientras ella se aferra a sus hombros, besándole el cuello e inhalando su aroma a limón, a jazmín y a esa calidez tan puramente suya.

Cada escalón es una tortura: sus manos la exploran, le aprietan el trasero sin pudor y suben por sus muslos desafiando hasta la propia gravedad.

El corazón de Francesca late tan fuerte que está convencida de que ella puede oír el retumbar en el silencio de la casa.

—Verónica —murmura Francesca contra su oído, deteniéndose un instante en el rellano para clavarle esos ojos verdes que ahora mismo echan fuego—, no tienes ni la más remota idea de las ganas que tenía de volver a tenerte así…

Llegan por fin al dormitorio principal. La habitación es enorme, con unos ventanales abiertos de par en par que dejan entrar la brisa fresca de la noche y una cama de matrimonio gigantesca vestida con sábanas blancas inmaculadas.

Por un puto microsegundo, a Francesca le entra un pensamiento incómodo y molesto que cruza su mente, pero tampoco le da tiempo a pensarlo demasiado.

Verónica la arrastra hacia el borde de la cama y la empuja sobre el colchón.

Cae de espaldas, soltando una risa nerviosa y excitada, y ella se sube encima al instante, colocándose a horcajadas sobre sus muslos, mirándola desde arriba con los ojos brillantes de pasión.

—Eres preciosa… —murmura Verónica, mientras sus manos recorren los hombros de la mujer y empiezan a bajar para deshacerse de su ropa—. Tan increíblemente perfecta que creo estar alucinando. ¿Qué llevaba ese vino, eh?

Francesca suelta una pequeña risa y a Verónica le dan unas ganas tremendas de comérsela.

Francesca deja su pecho al descubierto, y se inclina para besar la curva de sus senos.

Sus labios son puro fuego; su lengua traza círculos lentos, exasperantes y deliciosos alrededor de sus pezones, que se endurecen al milisegundo.

Verónica arquea la espalda hacia arriba buscando más presión y ella suelta una risita baja, un sonido vibrante y lleno de triunfo que le pone la piel de gallina.

—Francesca… me estás volviendo loca, joder —confiesa Verónica entre jadeos, perdiendo los papeles y hundiendo los dedos con fuerza en su melena—. No pares, por lo que más quieras.

Sus manos, que no son precisamente de quedarse quietas, entran en acción.

Verónica se deshace del vestido, le toca los pechos, pesados, turgentes y perfectos, pellizcando suavemente sus pezones hasta que Francesca suelta un jadeo sonoro contra su cuello.

Baja sus manos más, explorando la curva de su cintura y la suavidad de sus caderas.

Francesca se mueve encima de ella con una sensualidad descarada, frotando su coño descaradamente contra su muslo mientras cuela los dedos entre las piernas de la mujer.

—Dios… estás empapada —gruñe Francesca—. Me vuelve loca ver cómo reaccionas a mí.

Francesca introduce dos dedos en ella con una lentitud tortuosa y criminal.

Verónica gime alto, sin importarle que alguien la pueda escuchar, aferrándose a sus hombros mientras Francesca mete una marcha más y acelera el ritmo, besándola con fiereza a la vez que su pulgar dibuja círculos perfectos e implacables sobre su clítoris hinchado.

El placer crece dentro de Verónica, concentrándose de forma brutal en su bajo vientre.

Intenta estirar los brazos para tocarla ella también, para meterse en su juego, pero Francesca, con un movimiento rápido y dominante, atrapa sus muñecas con una sola mano y las sujeta por encima de su cabeza contra el colchón.

—Déjame disfrutarte… —le susurra al oído, mordisqueándole el lóbulo con malicia—. Después ya tendrás tiempo de tocarme todo lo que te venga en gana.

A Verónica no le quedan fuerzas ni ganas de resistirse.

Sus movimientos son profundos, y cada embestida de sus dedos la acerca más y más al borde del orgasmo.

El aroma de su piel, el sonido húmedo e íntimo de sus cuerpos colisionando, el roce de los pechos desnudos de Francesca contra los suyos…

todo se funde en una sinfonía erótica alucinante.

Hablan entre besos y gemidos, confesándose cosas que llevaban reprimidas demasiado tiempo.

—Nunca en la vida imaginé que pasaría esto… —admite Verónica, con la voz entrecortada por el subidón—. Joder…

—Y yo pensaba que nunca volvería a sentirme viva —responde Francesca, aumentando la velocidad de su mano sin piedad—. Me has hecho revivir. Hacerlo de verdad.

Cuando el orgasmo la atraviesa el cuerpo de Verónica, es salvaje, como una ola gigante rompiendo contra los acantilados.

Grita el nombre de Francesca con todas sus fuerzas, convulsionando con violencia alrededor de sus dedos, mientras ella no para y sigue moviéndose para prolongar el placer hasta que tiembla sin control.

Francesca la llena de besos el cuello y los hombros, murmurándole palabras dulces y ardientes que la vuelven loca.

—Así, córrete para mí…

Francesca apenas le da tiempo a recuperar un hilo de aliento antes de deslizarse hacia abajo, besando cada centímetro de su piel sensible.

Le separa las piernas y su boca reemplaza de golpe a sus dedos.

Verónica jura que su lengua es implacable: la come de maravilla, y explora cada pliegue de su coño con una dedicación que raya en lo obsceno y lo bendito a la misma vez.

Verónica agarra las sábanas con los puños cerrados, arqueando la pelvis hacia la boca de Francesca, completamente perdida en el calor húmedo de su lengua.

—Joder… Francesca —lloriquea, con la voz rota de puro placer—. No puedo más…

—Puedes y lo vas a hacer —le contesta Francesca, apartándose un segundo para mirarla a placer—. No pienso parar hasta que me llenes la boca y grites de placer.

Las palabras de Francesca son una delicia.

El segundo clímax golpea a Verónica con el doble de intensidad, arrancándole un sollozo de puro éxtasis que resuena en toda la habitación.

Sus muslos tiemblan incontrolablemente alrededor de la cabeza de Francesca, y ella sigue lamiéndola hasta que el placer es casi insoportable.

Solo entonces se incorpora despacio, con los labios brillantes y una sonrisa de satisfacción salvaje y ganadora.

Se tumba a su lado y la pega contra su pecho.

Su cuerpo todavía vibra, cubierto de sudor, y el suyo huele a deseo, a victoria y a gloria.

—Has dicho que luego podría tocarte lo que me diera la gana… —le susurra Verónica, incorporándose sobre un codo para devorarle la boca—. Y pienso cobrarme mi recompensa…

Francesca sonríe con picardía y se deja caer sobre el colchón, abriéndose de piernas ante ella con una confianza absoluta.

—Soy toda tuya. Haz conmigo lo que quieras.

Los labios de Verónica empiezan por su cuello, bajan por la clavícula y se detienen en sus pechos perfectos. Los lame con auténtica devoción, succionando los pezones de Francesca con fuerza hasta que arquea la espalda y enreda desesperadamente los dedos en su pelo.

—¡Así…, sí! —jadea Francesca, rompiendo su fachada de timidez—. No te detengas, por favor…

Verónica baja más, besando su vientre, la curva de sus caderas, hasta llegar a su sexo.

Francesca está empapada, ardiendo y listísima para ella.

La prueba con la punta de la lengua, lentamente al principio, saboreando cada espasmo y cada reacción de su cuerpo.

Francesca se retuerce bajo sus caricias, gimiendo sin pudor alguno.

—Verónica… —murmura—. Necesito sentirte dentro…

Verónica le mete dos dedos con fuerza mientras su lengua se concentra en su clítoris. Las caderas de Francesca se mueven al unísono con el compás salvaje que ella le marca, y sus gemidos se vuelven cada vez más urgentes y agudos.

Verónica la lleva directo al límite con paciencia y una pasión hambrienta, observando fascinada cómo todo su cuerpo se tensa al máximo para luego romperse en un orgasmo.

Francesca grita su nombre a pleno pulmón, convulsionando con fuerza contra su mano, y ella le prolonga el placer hasta que cae completamente rendida sobre el colchón.

—Esto…

Francesca la besa en la frente y en su gesto nota una liberación profunda, como si acabara de expulsar de su cuerpo años de silencio, desprecio y rutina.

—Es increíble… —continúa Verónica—. Y no quiero parar de repetir…

Verónica acurruca en el pecho de Francesca, escuchando los latidos compenetrados de su corazón, mientras la brisa del verano entra por el gran ventanal y el mar de Amalfi susurra a lo lejos.

El deseo sigue latiendo bajo la piel, prometiendo más guerra antes de que amanezca, pero por ahora les basta con esto.